Ánima
Aquél estaba siendo un gran día...
Aquél estaba siendo un gran día para Tyler, la clase de día con la que acostumbraba a soñar durante aquellas espantosas tardes de invierno en el colegio en Nueva York. Estaban a principios dé julio, lo que significaba que tenía casi todo el verano por delante, una perspectiva que insuflaba una maravillosa sensación de bienestar a su cuerpo de trece años. No era que odiase el colegio, y además era consciente de lo duro que trabajaba su padre para poder enviarlo al Horace Mann; sólo era que sentía pavor a levantarse prácticamente al alba para coger el metro hasta el Bronx y que se sentía encerrado en el aula. A veces, las piernas le dolían debajo del pupitre y tenía la fantasía de que se escapaba por la ventana y corría a toda velocidad por el campo, con el viento agitándole el pelo, o se acostaba en la tierra y observaba cómo una hormiga transportaba una brizna de hierba. Y ahora podía hacerlo de verdad.
Estaba con Johnny, quien seguía siendo su mejor amigo desde los primeros años en Connecticut, antes de que su padre hubiese vendido la casa para trasladarse a un loft en Manhattan. Los padres de Johnny también se habían mudado a la ciudad; a ambos les encantaba salir de excursión y a menudo llevaban a Tyler consigo. Ahora estaban disfrutando de un fin de semana perfecto en las Catskill.
De algún modo, Tyler sabía que sentían pena por él porque era huérfano de madre. «Huérfano de madre». ¡Cómo odiaba esa expresión! Hacía que se sintiera como si tuviese alguna clase de enfermedad. Había llegado a percibir una mirada especial que la gente le dirigía, especialmente las mujeres, cuando pensaban que estaba ocupado en otra cosa y no las veía. Una mirada triste y melancólica, con una humedad en los ojos que los volvía brillantes. A él no le gustaba nada esa mirada, y la madre de Johnny era una verdadera especialista. En más de una ocasión, Johnny y él habían hablado acerca de cómo ella parecía protegerlo como si fuese su propia madre.
Se hospedaban en el hotel Balfour, una maravillosa construcción destartalada hecha de piedra y madera que se alzaba en el borde de un lago glacial de aguas transparentes, en la cima de una montaña. El hotel no había sido edificado según un plan previo, sino que se había ido ampliando con el paso de los años, añadiendo nuevas alas sin orden ni concierto, del modo en que lo hubiese construido un niño. En él había docenas de pasadizos ocultos, compartimentos secretos y montacargas donde esconderse. Fuera había una zona para nadar en el lago, delimitada con cuerdas, con una pequeña playa de arena gris, un minigolf en un prado perfectamente cuidado, un jardín con un laberinto de setos e innumerables senderos que serpenteaban hasta una torre de piedra que coronaba la cima de la montaña. Desde allí se podía mirar a varios kilómetros a la redonda en cualquier dirección, sobre un manto de bosques de pinos.
Tyler y Johnny habían estado jugando desde el momento en que se habían despertado: luchando en la playa, hundiéndose mutuamente en el agua fría y rodando por la ladera de la colina como si fuesen troncos, riendo a carcajadas. Para que no estuviesen estorbando en el hotel, la madre de Johnny había pedido unos bocadillos para el almuerzo, los había metido en una mochila junto con unas latas de Coca-Cola y había enviado a los chicos de excursión.
Llegaron al sendero que todos llamaban «La lágrima», un camino que finalmente llevaba a la cima atravesando unas enormes piedras. Donde comenzaba el sendero había un cartel que advertía de que aquélla era una ruta peligrosa, pero también incluía la tentación de la aventura con nombres tales como «El abrazo del hombre flaco», «La tortilla» y «No mires hacia abajo del puente». Ambos se miraron.
—Mi padre dijo que no debíamos ir por aquí —advirtió Johnny.
—El mío diría lo mismo si estuviese aquí. No puede soportar que corra ningún riesgo.
—¿Tú qué opinas?
—No lo sé. Parece muy bueno. —Tal vez deberíamos echarlo a sacando una moneda del bolsillo.
—Cara, subimos; cruz, buscamos otro camino para llegar a la cima.
La moneda se elevó reflejando la luz del sol y giró varias veces en el aire antes de caer en el sendero polvoriento. Los dos se agacharon para ver el resultado. Cruz. Decidieron subir por allí de todos modos.
Suertes —dijo Johnny.
A mitad de camino se detuvieron para descansar. La ascensión era como se advertía al comienzo del camino, incluso más difícil. Tyler había iniciado la marcha, ascendiendo por piedras de dos metros de ancho, deslizándose por grietas y cuevas donde tenía que arrastrarse sobre el estómago, y cruzando barrancos estrechos con laderas cubiertas de árboles. Justo cuando veía un obstáculo que lo convencía de que debería haberse desviado del sendero, descubría una flecha roja pintada en una roca que indicaba el camino correcto.
Fue una experiencia emocionante. Cuando conseguía atravesar un pasaje especialmente difícil, como cuando se deslizó entre dos enormes piedras y luego salvó una grieta que se extendía a lo largo de una treintena de metros, Tyler se volvía para gritarle a su amigo: «¡No te lo vas a creer!». En ocasiones, el eco devolvía sus palabras.
Y, unos pocos minutos más tarde, Johnny llegaba a ese lugar y Tyler lo oía gritar de alegría desde las rocas que él acababa de dejar atrás: «¡Tienes razón! No me lo creo». Y entonces eran sus palabras las que devolvía el eco.
Tyler se sentó en una piedra y apoyó ambos pies en otra que estaba delante. Se recostó y extendió los brazos frente a la cara para mirar el ardiente sol. El sudor lo inundó. Johnny se sentó a su lado, se quitó la mochila y buscó una botella con agua. Le dio unos cuantos tragos y se la pasó a Tyler, quien bebió un poco y luego vertió un pequeño chorro en la mano para refrescarse la frente. Un hilo de agua se deslizó por su camiseta y le refrescó el pecho.
—Esto es genial —dijo Johnny.
Tyler pensó en cómo su padre se preocupaba siempre por él y no le permitía hacer cosas que entrañasen el más mínimo riesgo. Y ésas eran, precisamente, las cosas que resultaban más divertidas. Hacía apenas dos semanas habían tenido una fuerte discusión a causa de la ascensión a través de las rocas; un día su padre le había prometido que le permitiría intentarlo, y ahora cambiaba de idea. Eso no era justo.
«Sin embargo —se dijo a sí mismo—, no hay nada peligroso en esto». Miró las rocas que se extendían debajo de ellos, volviéndose cada vez más pequeñas a medida que se alejaban hasta desaparecer bajo las copas de los árboles. Podía ver el hotel, que parecía súbitamente pequeño y extrañamente artificial desde esa altura, como si se tratase de una fotografía; la diferencia era que podía ver cosas que se movían en el lago, donde había botes en miniatura y figuras incluso más pequeñas inclinadas, remando. De pronto recordó algo: las pequeñas casas con las que solía jugar debajo de los arbustos en el jardín trasero de su casa.
—Es más que genial —dijo sosegadamente—. Es perfecto. Había algo en el tono de su voz que hizo que Johnny se volviese hacia él.
—Suenas raro. Tyler sonrió.
Si Johnny supiera lo que él pensaba a veces, si pudiera meterse dentro de su cabeza y ver los pensamientos que albergaba allí, no pensamientos exactamente, sino sensaciones, a veces aterradoras, pero reconfortantes en otras ocasiones, entonces sí podría decir que era raro. Las sensaciones eran imposibles de describir. Aparecían en los momentos más extraños, habitualmente por la noche, cuando observaba el cielo salpicado de estrellas. A veces se apoderaban de él; parecían oprimirle el pecho, no sabía cómo describirlas excepto para decir que sentía como si el tiempo se descompusiera en pequeñas piezas, abriendo el camino para algo grande y eterno, y luego algo en su interior se elevaba y salía al exterior y se encontraba flotando mágicamente, de modo que era parte de todo y todo era parte de él. Ésa era la única forma de describir lo que sentía. La sensación no duraba mucho, apenas unos cuantos segundos, pero su efecto perduraba durante horas.
No lo sentía en ese momento, pero casi. Sabía que estaba cerca y eso era reconfortante; porque había pasado mucho tiempo desde que lo había experimentado, y comenzaba a temer que estuviese haciéndose mayor, que estuviese perdiendo el don.
Las cigarras habían iniciado un concierto que se elevaba desde los árboles que cubrían las laderas.
—¿Quieres comer ahora o prefieres que sigamos? —preguntó Johnny.
Tyler volvió los ojos hacia el risco casi perpendicular que desaparecía de la vista decenas de metros más abajo. El sendero parecía introducirse de alguna manera dentro de la piedra. Tal vez hubiese una chimenea por la que se vieran obligados a subir. Eso sería muy divertido.
—Vamos —dijo—. Podemos comer cuando hayamos llegado a la cima.
Se levantaron y Tyler sintió dolor en los muslos y las pantorrillas. El sudor se había enfriado en la camiseta y lo sentía contra la espalda. Nuevamente encabezó la marcha, y había avanzado sólo unos cuantos metros cuando divisó otra flecha roja pintada en la superficie granulada de una piedra. Iban en la dirección correcta: la flecha apuntaba directamente hacia un barranco que dividía el risco y se dirigía hacia la cima. Vio que en su interior estaba oscuro y eso lo volvía aún más tentador, como la cueva de Aladino.
Se deslizó entre las dos paredes verticales de piedra y alzó la vista. Las paredes se retorcían, se ensanchaban y se inclinaban de tal manera que no alcanzaba a ver la luz del sol. Caminó a lo largo de la base y, al atravesar un charco fangoso, sintió el agua que le goteaba sobre la cabeza y los hombros. Después de recorrer unos diez metros llegó a un reborde donde los salientes de piedra formaban una escalinata natural, que comenzó a subir hasta que, en la penumbra, encontró una angosta escalera. La madera gastada era fría al tacto. Subió lentamente y sintió que giraba gradualmente hacia la izquierda, a medida que los peldaños se estrechaban y pasaban por debajo de una enorme roca que estaba encajada entre las dos gigantescas placas de piedra. Llegó a otro reborde y lo recorrió de lado hasta llegar a otra escalera. Podía oír a Johnny debajo de él, respirando agitadamente. Dejó caer una piedra pequeña.
—Eh, ten cuidado.
—Tienes suerte de que sea lo único que te he lanzado.
—Sabía que debería haber ido yo el primero.
—¿Alguna vez has visto algo igual?
—Nunca. Es impresionante… increíble.
Delante había otras dos escaleras y Tyler subió por ellas. En un punto determinado, las rocas se acercaban tanto que podía sentir su superficie áspera y dura delante y detrás. «Éste debe de ser El abrazo del hombre flaco», pensó.
No sentía claustrofobia. Al contrario, se sentía seguro y cómodo en esa húmeda oscuridad.
Entonces, finalmente, divisó un rayo de luz. Cinco peldaños más y, de pronto, se encontró fuera del barranco, parpadeando ante la luz intensa y alzando la cabeza para recibir la brisa fresca. Antes de que se diese cuenta, Johnny estaba a su lado, jadeando ligeramente.
Se encontraban en una enorme cúpula de piedra y, por tres de sus lados, el paisaje se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Había valles cubiertos de árboles, granjas con casas blancas, diminutos graneros rojos, pequeñas cintas de asfalto que serpenteaban bajo el sol y estanques y lagos de color morado. Hacia el norte podían ver un grupo de edificios que brillaban al sol, un pueblo, y más allá un río flanqueado de árboles. A lo lejos, por los tres lados, había montañas que se alzaban inmóviles formando morones verdes y se alejaban en oleadas que se volvían cada vez más difusas hasta acabar perdiéndose por completo en el horizonte brumoso. Arriba, destacándose contra el cielo azul claro, las nubes blancas se elevaban como torres abultadas y luminosas. Cambiaban de forma a cámara lenta y proyectaban sus sombras sobre la tierra como grandes charcos oscuros.
La roca sobre la que se encontraban se proyectaba hacia abajo por los cuatro costados, de modo que no podían ver el borde. Estar en la cresta de esa enorme piedra era como encontrarse encima de una criatura gigantesca, la frente de una ballena quizá, y hacía que ambos se sintieran mareados. El sol se hallaba ahora en su punto más alto y descargaba sus rayos sin piedad. Se oía un coro de cigarras que llegaba desde la maleza que había al pie de la montaña.
Encontraron una pequeña hendidura en la roca, donde pudieron sentarse con las piernas colgando en el vacío. Johnny se quitó la mochila y la dejó a su lado. Acto seguido comenzó a abrirla para sacar el almuerzo.
Tyler se levantó y comenzó a descender por la pendiente de la roca. Era peligroso, porque la piedra continuaba curvándose hacia la nada. Si tropezaba, comenzaría a rodar sobre la dura superficie hasta chocar con el aire y después caería como una piedra al vacío.
—Eh, ten cuidado —gritó Johnny—. Vuelve aquí.
Tyler se detuvo un momento donde se encontraba, lo suficiente para salvar las apariencias, luego dio media vuelta y regresó.
Miró hacia delante. Johnny había sacado un bocadillo y se lo estaba comiendo, sosteniéndolo con el papel de aluminio. Detrás de él, la montaña se elevaba aún otros treinta o cuarenta metros. Hacia el lado derecho, Tyler vio el comienzo de un sendero, semioculto por la hierba silvestre. Ascendía una pequeña loma y desaparecía; parecía una caminata fácil hasta la cima. Pero al lado izquierdo había un saliente rocoso de unos dos metros de ancho en la base de la cara de la roca. Parecía un milagro de la naturaleza, estaba perfectamente tallado, como un balcón instalado en la montaña para disfrutar de la vista del valle que se extendía debajo.
Se sintió arrastrado hacia ese lugar.
Sus ojos se fijaron en la pared de piedra que había encima del saliente. Se prolongaba, vertical y sólida, a lo largo de unos cuatro metros, y luego se proyectaba en, una especie de voladizo estrecho. Divisó una pincelada de color. Miró más detenidamente. Era uno de esos chismes que los escaladores fijan en las rocas. Aún retenía unos trozos pequeños de cuerda amarillos y azules que se agitaban con la brisa, y un polvillo blanco —resina, pensó— manchaba el borde de una grieta próxima. Servía para conseguir tracción, le había dicho alguien, para poder aferrarse a la pared de piedra con las yemas de los dedos o apoyarse con las puntas de sus zapatos especiales para la escalada.
Sintió la intensa alegría de saber que un día, pronto, quizá ese mismo año, se uniría a ellos.
Alzó la vista aún más. Un movimiento fugaz captó su atención. Un escalador, extendido sobre la pared de piedra. Luego otro, más arriba. Y otro más. Una vez que los había visto, ya no podía perderlos. Estaban separados de la roca, pero al mismo tiempo parecían pertenecer a ella, moviéndose apenas, luego flotando en el aire como unas criaturas magníficas, como dioses. Las tres figuras se movían lentamente, con sumo cuidado, como arañas que colgaran de los hilos de la tela, con el equipo sujeto a sus cinturones. Tejían su tela con perseverancia y paciencia, de grieta a saliente, y luego de nuevo a grieta. El sol emergió súbitamente de detrás de una nube y arrancó reflejos tan intensos de la pared de piedra que resultaba difícil distinguirlos. Los tres escaladores parecían suspendidos a cámara lenta, en un absoluto silencio.
Tyler se acercó a la cara rocosa que había junto al saliente y se inclinó contra él, sintiendo la dureza de la superficie áspera bajo sus dedos. Se inclinó un poco más y comenzó a desplazarse de lado, como si fuese un cangrejo, hacia el borde.
—Eh, ¿qué haces? —gritó Johnny. Tyler lo ignoró.
Ahora se movía más deprisa, sin pensar. Y antes de que pudiese darse cuenta estaba en el reborde rocoso. Volvió la cabeza lentamente y la vista lo dejó sin aliento: una inmensa alfombra verde que se extendía abarcando campos, bosques y montañas. Ya no escuchaba el coro de cigarras; en cambio, oía el viento que silbaba a sus pies. Sentía el sol directamente sobre él, como un foco. Los escaladores estaban muy por encima de él en la pared de piedra.
Tyler se agachó lentamente y se volvió hacia el norte antes de incorporarse. Ahora podía verlo todo; se extendía ante sus ojos como si alguien lo hubiera arrojado a sus pies. Tenía los brazos detrás del cuerpo, tocando la piedra. Por el rabillo del ojo alcanzaba a ver a Johnny, que ahora estaba de pie, observándolo desde arriba.
Dejó caer los brazos a los lados. Luego adelantó un pie. Estaba en mitad del estrecho reborde. Inclinando ligeramente la cabeza podía ver el precipicio más allá del borde. No sentía miedo, estaba perfectamente equilibrado y firme.
Entonces oyó algo, un sonido agudo junto a su pie. Luego otro. El suelo se movió ligeramente y tardó unos segundos en comprender de qué se trataba: guijarros, piedras, que caían desde más arriba.
Hubo un grito, una especie de alarido. Estaba desconcertado. Las cosas se sucedían deprisa. Alzó la vista hacia Johnny, quien agitaba los brazos frenéticamente. Más piedras, una muy grande ahora.
Se apoyó en la pared de piedra que había detrás y alzó la vista. Uno de los escaladores estaba colgado de una cuerda, balanceándose torpemente junto al abismo, y apartándose con lentitud de él, suspendido en el aire, de modo que sus manos tanteaban, impotentes, el vacío.
—¡Cuidado! —gritó Johnny.
Oyó el sonido de algo metálico que rebotaba contra la roca. Pero era demasiado tarde. El objeto llegó desde ninguna parte y lo golpeó. Apenas tuvo tiempo de registrarlo, un impacto en la cabeza. La oscuridad. Luego las rodillas comenzaron a doblarse.
Johnny lo vio todo. El escalador cayendo a plomo, precipitándose de espaldas al vacío y agitando los brazos hasta que la cuerda frenó su caída. Las piedras volando hacia abajo, el artilugio de metal rebotando en la cara de la pared y girando a medida que caía, como si fuese una bestia que corriera para salvar su vida, cayendo y volviéndose a levantar una y otra vez. Y vio cómo alcanzaba a Tyler y se clavaba en su cabeza, de modo que cuando Tyler se volvió lentamente para iniciar su larga caída en el vacío, su figura quedó detenida por un instante y esa cosa sobresalía de él. Parecía alguien que hubiese recibido un flechazo justo en el cráneo.
Johnny comenzó a bajar velozmente por la ladera de la montaña, tropezando, saltando, cayendo para volver a ponerse en pie. Se golpeaba los codos y las pantorrillas, se desgarraba la piel de los dedos, le chorreaba la nariz y le sangraban las piernas, pero no sentía absolutamente nada. Tenía que llegar adonde estaba Tyler.
Había mirado hacia abajo y lo había visto tendido en otro reborde rocoso a unos diez o quince metros del anterior. No podía determinar si estaba con vida. Había mirado detenidamente para ver si aún respiraba, si se percibía algún movimiento debajo de la camiseta, pero estaba demasiado lejos para saberlo. Cuanto más miraba sin estar seguro, y cuanto más tiempo Tyler permanecía allí sin moverse, más temía Johnny lo peor. Todo parecía tan irreal; hacía un momento, Tyler estaba allí, lleno de vida, y un segundo después se encontraba tendido inmóvil sobre una roca, decenas de metros más abajo. Su cuerpo parecía encogido, derrumbado sobre sí mismo de una manera extraña, artificial. Estaba apoyado sobre el costado izquierdo, el rostro vuelto hacia el vacío, el brazo derecho doblado detrás del cuerpo. Johnny no había sido rápido al decidir qué debía hacer, si correr hacia donde estaba Tyler o bien regresar al hotel. Y entonces había oído la voz de alguien que estaba más arriba, uno de los escaladores, una mujer. Gritó que ella iría a buscar ayuda, que él debía tratar de llegar hasta donde se encontraba su amigo.
En ese momento se decidió. Pero llegar hasta el lugar donde había caído Tyler le estaba costando todo el tiempo del mundo.
El corazón le golpeaba las costillas. Sin ser demasiado consciente de ello, tenía el terrible presentimiento de que, si no llegaba pronto hasta él, Tyler moriría; de alguna manera, dependía de él que eso no ocurriera. No sabía qué podía hacer exactamente para ayudarlo, sólo que debía llegar allí ya y hacer algo. Confortarlo de alguna manera y hacer que se sintiese mejor. Hacer que no se sintiera tan solo. Pero llegar hasta el lugar donde yacía Tyler no era fácil. Encontrarlo entre aquel laberinto de enormes piedras y pinos abigarrados, llegar al nivel correcto, resultaba una tarea exasperantemente difícil. En un par de ocasiones, Johnny creyó estar en el lugar correcto y vio el reborde rocoso pero, al llegar allí, estaba vacío. La segunda vez miró hacia abajo y comprobó que Tyler se encontraba a un par de metros de él. Descendió rápidamente, cayendo parte del camino y golpeándose una rodilla con violencia, pero no sintió nada. Se acercó al cuerpo inmóvil, tomándose su tiempo, y contempló a su amigo. Tyler tenía la camiseta medio levantada; su espalda estaba ensangrentada a causa de los cortes recibidos en la caída, y la sangre formaba una costra contra la piel. Johnny entrecerró los ojos y miró la cabeza. El trozo de metal seguía allí, sobresaliendo por uno de sus extremos, incrustado en el cráneo. El cuero cabelludo parecía cerrarse alrededor de la herida. Un fino hilo de sangre se había deslizado por el costado de la cabeza hasta manchar la piedra, siguiendo la superficie granulada y llenando una grieta diminuta situada a pocos centímetros.
Johnny se arrodilló y levantó el brazo que estaba torcido detrás de la espalda, que cayó flácidamente en la posición normal, y buscó el pulso de Tyler. Pero no sabía si lo estaba haciendo bien, y antes de que pudiese siquiera intentarlo, Tyler se movió ligeramente, temblando y doblando la pierna, de modo que rozó el muslo de Johnny. Él sabía que debía evitar que se enfriase, así que se quitó la camisa y le cubrió uno de los hombros. Parecía patéticamente pequeña. Luego cogió una mano de Tyler entre las suyas, la apretó con fuerza y le dijo, una y otra vez, que todo saldría bien, que pronto llegaría ayuda y que debía resistir. No tenía idea de si Tyler podía oírlo, pero no sabía qué otra cosa podía hacer. Johnny alzó la vista. Ahora soplaba una brisa más fuerte que agitaba levemente las ramas de los árboles.
Los del equipo de emergencia tardaron mucho tiempo en llegar. Johnny los vio primero en el reborde donde estaba Tyler en el momento de ser alcanzado por la pieza metálica hacía siglos, o al menos ésa era la sensación que tenía, y cuando los dos hombres llegaron finalmente hasta ellos comprobó que llevaban equipo de escalada y, entonces, se dio cuenta de que no eran miembros del servicio de urgencias, sino dos de los escaladores. Ellos tampoco sabían qué hacer y, después de examinar detenidamente la herida de Tyler —uno de ellos hizo una mueca de espanto y apartó la vista—, se limitaron a quedarse allí sin demasiado que decir. Johnny volvió a arrodillarse junto a Tyler, sintiendo que lo estaba protegiendo. Entonces, desde la base de la montaña, llegó otro grupo formado por dos hombres con chaquetas blancas y un tercero cuya chaqueta llevaba las palabras «The Balfour» bordadas en el bolsillo delantero y que portaba un gran botiquín de primeros auxilios.
Abrió la tapa del botiquín y todos miraron en su interior.
—Será mejor que esperemos —dijo uno de ellos—. Necesitamos algo más que esto. La hemorragia ha cesado.
—¿Qué es eso que tiene en la cabeza? —preguntó uno. Miraron a los dos escaladores, quienes apartaron la vista.
—Es un pitón de rosca —explicó uno de ellos en voz queda—. Es un… es un Camalot del número dos.
—Yo lo dejé caer —dijo el otro, un momento después—. Resbalé. Yo… lo estaba sacando del cinturón y me estaba sujetando de la cuerda con la otra mano. Perdí mi punto de apoyo. De modo que caí… y al caer se me escapó el pitón.
El hombre lloraba, pero de su boca no salía ningún sonido.
Nadie dijo nada durante unos minutos.
—¿Se pondrá bien? —preguntó el escalador.
—Es difícil decirlo —contestó uno de los hombres del equipo de urgencias—. Tenemos que limpiarlo antes de poder examinarlo a fondo. Su respiración es normal, lo cual es una buena señal. Pero no quiero siquiera intentar quitarle ese chisme de la cabeza, dejaremos que se encarguen de ello en el hospital —dijo, señalando la pieza de metal.
Pocos minutos después llegaron otras dos personas, un hombre y una mujer, portando un equipo completo. Llegaron sin aliento. Uno de ellos cogió un collarín y se lo colocó a Tyler, sujetando la cabeza y fijándolo en su sitio con un trozo de cinta adhesiva, evitando cuidadosamente tocar la herida de la cabeza.
—Por todos los santos —exclamó el hombre—. ¿Qué coño es eso?
—Una pieza de nuestro equipo —dijo uno de los escaladores—. Cayó desde allí arriba.
Señaló hacia la pared de roca y el hombre y la mujer alzaron la vista.
—¿Es algo pesado? —preguntó el hombre.
—Sí —contestó el escalador.
—Lo bastante como para aplastarle el cráneo —dijo el tipo de urgencias con tono irritado—. ¿Qué opinas? —le preguntó a su compañero, haciendo un gesto con la cabeza.
—Creo que debemos sujetarlo para mantenerlo todo en su sitio, hasta que podamos llevarlo montaña abajo. Tenemos que hacerle una transfusión.
Entretanto, los otros dos hombres montaban una camilla. Luego la empujaron debajo del cuerpo de Tyler, lo colocaron suavemente sobre ella, y lo sujetaron con correas. Acto seguido, la levantaron en el aire, con facilidad, como si apenas pesara, y echaron a andar montaña abajo entre las enormes piedras. El avance era lento y resultaba difícil mantener la camilla nivelada. De vez en cuando, el hombre que iba delante tropezaba y el extremo de la camilla se inclinaba peligrosamente.
—¡Por el amor de Dios, ten cuidado! —decía el hombre que iba detrás.
Su voz sonaba tensa y sudaba profusamente.
Johnny se dio cuenta de que no había visto que Tyler se hubiese vuelto a mover desde aquella vez.