Ánima

John Darnton · Capítulo 30 de 63

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Ánima

La mano de Saramaggio temblaba...

La mano de Saramaggio temblaba mientras marcaba el número. Oyó que el teléfono sonaba, dos, tres, cuatro veces. Pensó que podía oír los latidos de su corazón en la línea, una especie de tintineo en sus oídos. La tormenta de sus propios pensamientos, quizá.

Pero ¿cómo… cómo era posible?

El gran experimento se había ido al garete. El paciente estaba inmóvil, tal como ella había dicho; el chico estaba en algo mucho peor que un estado vegetativo. El electroencefalograma era plano, no había actividad cerebral. No estaba vivo, ni tampoco muerto. El ordenador se había hecho cargo de todo, de todas sus funciones autónomas. Saramaggio jamás había visto algo semejante.

—Maldita sea, ¿por qué no coge el jodido teléfono?

Finalmente, cuando sonó por novena vez, se oyó el ruido del auricular levantado, ruidos y gruñidos de fondo, y luego la voz adormilada de Cleaver:

—Hola.

Saramaggio no perdió tiempo en formalidades.

—Venga ahora mismo. Le necesito, por favor. Algo ha salido mal.

Hubo una pausa momentánea mientras Cleaver conseguía discernir quién llamaba y lo que quería. Se despejó rápidamente. No se le había escapado el hecho de que Saramaggio había utilizado la expresión «por favor». Eso era muy raro en él.

—¿Dónde está? ¿Qué es lo que ha salido mal?

—No lo sé. Si lo supiera no lo estaría llamando, ¿no cree?

Las palabras trataban de transmitir una nota de sarcasmo, pero no podían ocultar un matiz de debilidad, que Cleaver detectó de inmediato. Estaba ocurriendo algo grave, y cuanto más lo pensaba Cleaver, mayor nerviosismo sentía.

—Bien… dígame qué ha pasado.

—Estoy en el hospital. Algo ha salido mal con el chico. No responde. Los monitores no muestran absolutamente ninguna actividad.

—¿Está muerto, entonces?

—No, en realidad no lo está. Es difícil decirlo.

—Pero ¿respira? ¿Su corazón late? ¿Funcionan sus pulmones?

—En cierto modo, pero no lo hace él.

—¿Qué quiere decir? Explíquese.

—El monitor principal está en uno. El ordenador se encarga de realizar todas las funciones. Es casi bueno, no sé de qué otra forma decirlo.

—Adelante.

—Es casi como si su mente…

—¿Como si su mente qué? Cleaver comenzó a maldecir.

—Como si su mente se hubiese ido, desaparecido.

—¿Desaparecido?

—Como si hubiese sido absorbida por los cables y llevada a las máquinas.

—Iré enseguida.

Saramaggio no tenía modo de saberlo, pero su especial manera de expresar lo que había sucedido había pulsado un resorte profundo e impensado en Cleaver, quien saltó de la cama y se vistió sin quitarse el pijama. Nunca se había movido tan deprisa en toda su vida. Eso es lo que sucede cuando escuchas algo que podría significar que el sueño de tu vida está a punto de hacerse realidad.

Cleaver llegó al hospital al cabo de media hora, a pesar de la lluvia. Atravesó el vestíbulo casi desierto, saludando con la cabeza a la recepcionista, que estaba medio dormida, y trató de caminar sin prisa, como si nada hubiera sucedido. Cogió el ascensor hasta la tercera planta, donde encontró a Saramaggio paseando arriba y abajo con una expresión afligida en el rostro.

Desde el instante en que Cleaver lo vio y observó sus hombros hundidos, las arrugas de preocupación que surcaban su frente, su estúpida barba moteada, supo que Saramaggio estaba asustado.

«Bueno, bueno, el gran Saramaggio. Es en momentos como éste cuando se pone a prueba nuestro temple. Y estoy empezando a preguntarme si tienes lo que hay que tener».

El cirujano fue a su encuentro con una expresión medio aliviada, medio ansiosa en el rostro que intentaba disimular.

—Me alegra que esté aquí. ¿Por qué ha tardado tanto? No he tocado nada. No les he dicho a las enfermeras que hay algo que no está bien, pero creo que aquella de allí, la corpulenta, no se vuelva, está mirando hacia aquí, sospecha algo.

Saramaggio condujo a Cleaver por el corredor sin dejar de hablar. Le explicó que el padre de Tyler había llegado al pabellón acompañado de la doctora Willet y que había descubierto que las máquinas…

—¡Esa mujer! ¿Qué estaba haciendo aquí? Pensé que se le había negado la autorización.

—Bueno, así era. Pero no entró realmente en el pabellón. Quiero decir, no en la habitación interior. Se quedó en la sala de observación.

—No me importa. Esa mujer no debería haber estado aquí.

—Lo sé. Se suponía que debían haber cambiado el código de acceso. Imagino que no lo hicieron.

—Usted sabe muy bien lo que eso significa. Tiene que ser suspendida o, mejor aún, despedida.

Saramaggio le explicó el incidente con la silla.

—¡Bien, pues ahí lo tiene! —Exclamó Cleaver—. Seguramente dañaron el equipo, alteraron el proceso de alguna manera. Eso explicaría el deterioro del paciente.

—No lo creo —repuso Saramaggio—. Ella dijo que descubrieron el problema antes; que fue entonces cuando el padre del muchacho se puso furioso y comenzó a golpear el cristal con la silla.

—¿Y qué podía decir? Es una forma perfecta de encubrir sus huellas y culpar a otros.

—No lo sé…

Llegaron al pabellón. Cleaver sacó su tarjeta de identificación y la pasó por la ranura que había en la pared; la puerta se abrió y ambos entraron. Los ojos de Cleaver se movieron rápidamente de las máquinas a Tyler y nuevamente a las máquinas; tomó nota mentalmente de todo: el monitor principal, la fila de monitores junto al ordenador, las líneas prácticamente planas en las pantallas. El chico estaba suspendido boca abajo en el aire con su bata blanca y los brazos sujetos a los costados. Parecía un ángel detenido en mitad de su vuelo.

Cleaver sentía el corazón latiéndole furiosamente en el pecho y tenía los nervios a flor de piel. Era evidente que el estado del muchacho había cambiado drásticamente. Saramaggio rompió el silencio.

—¿Y bien, qué opina? —preguntó.

Cleaver lo ignoró durante varios minutos, caminando lentamente detrás del cristal de observación. Luego utilizó su pase para abrir la puerta interna y pulsó el botón que hacía girar la cama. La estructura exterior rotó como un enorme giroscopio hasta que la cama quedó mirando hacia el techo y Tyler descansó sobre la espalda. Las correas ya no tiraban de él y las sábanas y las mantas volvieron a cubrirlo. Una de las muñecas estaba doblada hacia atrás, trabada en una extraña postura que acentuaba aún más su absoluta indefensión. El efecto era el de alguien que había sido golpeado y muerto, como un cadáver encontrado en un campo de batalla. Y, sin embargo, al examinarlo más atentamente, se apreciaba una leve diferencia. Cleaver fue capaz de detectarla de inmediato: el cuerpo estaba flácido, no rígido. El tono de la piel era céreo, pero aún presentaba diminutas manchas rojas. Boca arriba en la cama, el chico parecía estar sumido en un profundo sueño. Después de una rápida observación, no había ninguna razón para dudarlo: era una persona cuya mente había huido de su cuerpo pero que no estaba técnicamente muerta. Un recipiente vacío que aún era fuerte por fuera y capaz de ser llenado de nuevo… con sólo localizar el precioso elixir de la vida.

Cleaver se lavó las manos, las secó y tocó la frente de Tyler. El chico no se movió. Le pellizcó el brazo y su dedo dejó un círculo blanco que se desvaneció rápidamente, otro signo de normalidad. Palmeó sus mejillas, le abrió un ojo y estudió la pupila y el borde blanco y sintió el lento y regular ritmo cardíaco en el cuello. Le abrió la boca y examinó la lengua. Su temperatura era perfecta: 36,6 °C.

Sonrió ligeramente al recordar un viejo chiste: la operación fue un éxito, excepto que el paciente no murió. Apartó las manos, volvió a lavárselas por hábito, y se reunió con Saramaggio, que lo estaba esperando en la antecámara de observación.

Vayamos a algún lugar donde podamos hablar —dijo—. Evidentemente nos encontramos ante algo muy serio. Ojalá me hubiese llamado antes.

—Pero acabo de llegar —protestó Saramaggio—. Lo he descubierto hace unos minutos.

—Unas medidas de seguridad adecuadas podrían haber evitado todo este problema.

Cleaver no creía lo que acababa de decir, sólo se lo estaba pasando bien siendo cruel con Saramaggio.

La espaciosa sala de la planta quince estaba oscura y, ante la insistencia de Cleaver, no encendieron las luces. No había querido que fuesen al despacho de Saramaggio porque era pequeño y no tenía ventanas; no era el escenario más adecuado para la gran propuesta que estaba meditando. Y, al mismo tiempo, sentía una extraña necesidad de estar a oscuras, no porque temiese que sus emociones pudiesen leerse en su rostro, sino porque ese ambiente se adaptaba a su estado de ánimo.

«Dios mío, qué impresionantes son las luces sobre el río —pensó—. Como diamantes extendidos sobre una manta de terciopelo. Nada como un poco de emoción para liberar nuestra naturaleza poética».

—¿Qué cree que debería hacer usted? —le preguntó a Saramaggio, enfatizando el «usted».

La pregunta era falsa. Cleaver estaba disfrutando plenamente del momento. Quería hacer sudar a su rival. Quería que estuviese colgado y meciéndose en el viento, como lo había descrito aquella maravillosa metáfora del Watergate.

Saramaggio dudó.

—Bueno —empezó a decir finalmente, su voz no demasiado segura—. Tenemos que tomar medidas. Debemos desconectarlo y acabar con todo el experimento. Me estaba preguntando cómo hacerlo, qué decir.

—¿Se refiere a qué decirle a la junta? —Sí.

—Bien, veo que eso supone un problema para usted. Especialmente teniendo en cuenta que estaba tan absolutamente seguro de que el chico se conservaría en buena forma hasta que se iniciara el proceso de implantación de las células madre.

Saramaggio no dijo nada.

—Especialmente teniendo en cuenta que usted rechazó la exigencia del padre de desconectar a su hijo de toda asistencia mecánica.

—Yo no la rechacé. Lo hizo la junta.

—Sí, bueno, pero usted mostró su oposición durante la vista, y yo diría que con bastante elocuencia.

—Yo no vi que usted dijera nada al respecto.

—No, en eso tiene razón. Era un caballo que debía guiar usted. No quería entrometerme.

—Me habría gustado que lo hiciera.

—A mí también —contestó Cleaver—. De ese modo ahora podría cargar con parte de la culpa.

Saramaggio se agitó en su sillón. Cleaver no podía verlo, pero lo sintió.

—Y también está el problema de esa mujer —continuó diciendo Cleaver. Nunca llamaba a Kate por su nombre, y mucho menos por su título—. ¿Qué cree que pasará cuando le cuente a la junta lo que descubrió? —Saramaggio se encogió de hombros —. Por cierto, ¿dónde está ahora? Saramaggio alzó la vista.

—No lo sé. La dejé en mi despacho. Dudo… no creo que aún esté allí.

—Estoy seguro de que no está en su despacho. No me sorprendería nada que hubiese ido en busca del padre del muchacho. ¿Dice que a él se lo llevó la policía?

—Sí.

—Entonces probablemente esté en la comisaría. Tal vez podamos usar eso.

—¿A qué se refiere?

—No importa. Yo me encargaré de todo. Incluso podría pensar en un plan que lo saque de este aprieto.

—¿Un plan?

—Sí, pero usted tiene que hacer exactamente lo que yo le diga. Y no quiero que me haga un montón de preguntas. Estoy cansado de sus preguntas.

—Bueno, no quiero hacer nada que sea ilegal. No estará pensando en eso, ¿verdad?

—Saramaggio…

—¿Sí?

—Eso es una pregunta.

Cleaver se levantó, se acercó a la puerta y encendió las luces. Una brillante claridad, que hizo que Saramaggio pareciera aún más vulnerable, inundó la habitación. Y Cleaver había vuelto a quedarse callado, algo que lo desconcertaba aún más.

—Nunca pensé que esto pudiera pasar —dijo—. No lo entiendo.

Cleaver lo ignoró. Estaba paseándose por la habitación, luego se detuvo, miró a Saramaggio y dijo:

—Para empezar, hay que encargarse de esa enfermera. Necesito que se ausente de esta planta durante dos horas.

—¿Dos horas? ¿Qué piensa hacer?

Cleaver lo miró.

—Saramaggio, le dije que ya era suficiente.

—¿Cómo?

—Otra pregunta. De hecho, dos preguntas. Me da la impresión de que no sigue muy bien las instrucciones. Espero que sea capaz de estar a la altura de las circunstancias.

Saramaggio decidió morderse la lengua. Ya había llegado hasta ese punto; vería qué tipo de plan se le había ocurrido a Cleaver. Aquel hombre era inteligente, tal vez tuviese realmente un as escondido en la manga. En última instancia, siempre podía ir a hablar con la junta y reconocer que el procedimiento experimental había fracasado. Cómo detestaba esa palabra: fracaso. La junta insistiría entonces en que acabaran el experimento de inmediato. Quizá pudieran hacerlo ellos solos, y eso era probablemente lo que Cleaver tenía en mente. De ese modo no habría necesidad de dar explicaciones complicadas, ninguna retractación, ninguna disculpa.

Suspiró.

Miró el río a través de la ventana, una cinta oscura que se abría paso sinuosamente a lo largo de los bancos de hormigón de la isla de Manhattan, y sintió que su corazón se hundía en la desesperación.

¿Cómo habían llegado a esa situación?

La enfermera Beadham no estaba de buen humor ni mucho menos. En primer lugar, había sido una noche difícil, con ese hombre llegando al hospital y provocando semejante escándalo —se había dado cuenta de que había algo sospechoso en la forma en que la doctora Willet había tratado de entrar sin registrarse—, y luego la llamada al guardia de seguridad y la llegada de la policía y todo lo demás. Muy molesto. Y después el doctor Saramaggio, apareciendo a esas horas de la noche, y paseándose nerviosamente por el corredor hasta la llegada de ese tal doctor Cleaver. Ese hombre le daba miedo; nunca te miraba a los ojos. Parecía que siempre estaba maquinando algo.

Miró el reloj. Aún faltaban dos horas para que acabase su turno. Deseó que ya fuese la hora de marcharse. En ese preciso momento se abrieron las puertas del ascensor y ¿quién salió al corredor?: Cleaver. Tuvo un sobresalto y casi sintió como si lo hubiese evocado de algún lugar oscuro e infernal.

Él se acercó y ella vio que miraba la placa con el nombre que llevaba prendida en el bolsillo superior del uniforme, un rectángulo blanco con letras grabadas en azul.

—Ah, enfermera Beadham —dijo hipócritamente—. ¿Le ha informado alguien acerca de la trágica situación que se ha producido aquí esta noche?

Ella negó con la cabeza.

—Nuestro joven paciente, lamento decirlo, ha empeorado y ahora se encuentra más allá de nuestras posibilidades de ayudarlo. No tiene ninguna esperanza de recuperarse. El doctor Saramaggio me ha dicho que eso sucedió mientras el padre del muchacho y la doctora Willet estaban en el hospital. Aparentemente, ellos provocaron alguna especie de altercado, que desencadenó un ataque y precipitó el súbito colapso del chico. ¿Fue usted testigo de ello?

Cleaver miró la hoja de registro mientras ella asentía.

—Bien. Necesitaré una declaración completa. Puede ir al despacho del doctor Saramaggio a redactarla. Él la está esperando allí. Pero antes necesito que vaya al pabellón de aislamiento del chico y tome nota de todos los indicadores. Es muy importante. Quiero que se tome su tiempo, anote todos los números y firme la hoja. Luego suba al despacho del doctor Saramaggio.

Ella dudó un instante.

—Pero ¿quién se hará cargo de la planta? No puedo dejar mi puesto hasta las dos de la madrugada.

—No sea ridícula —replicó él—. Yo estoy aquí. Si alguno de los pacientes tuviese problemas, sé dónde localizarla.

—¿Y qué es lo que hará usted?

—Estaré retirando la asistencia mecánica. Todo es legal. En este momento, el doctor Saramaggio está llamando al doctor Brewster y a otros miembros de la junta.

Ella se demoró, sin saber muy bien lo que debía hacer.

—Venga, en marcha —dijo Cleaver, como si estuviese hablando con un niño.

Y la enfermera hizo lo que le ordenaban.

Cleaver no podía creer en su suerte. Al fin solo, hizo las llamadas necesarias con su teléfono móvil; no quería que quedasen registradas en el hospital. Luego recorrió la planta asegurándose de que todo estaba tranquilo, caminando por el corredor hacia el ala sur para luego regresar y acabar el recorrido en el pabellón de aislamiento. Utilizó su tarjeta para entrar y le pareció que el chasquido de la puerta sonaba excesivamente fuerte.

Estaba tranquilo. Sabía lo que estaba haciendo. Si sólo pudiese contar con Félix en ese momento. Le hubiese gustado tener más confianza en ese joven.

Se inclinó hacia el cristal y descubrió una muesca a la altura del hombro. Probablemente era el lugar donde Jessup había estrellado la silla. Cleaver se permitió un momento de compasión por él; pobre hombre, realmente debía de estar hecho polvo. Bien, muy pronto todo habría acabado.

Miró al chico a través del cristal. Incluso con el vendaje que le cubría la cabeza parecía guapo. Y en paz. Eso era importante, que estuviese en paz, el caparazón exterior del que la vida había sido extraída, el recipiente vacío aún de pie.

Era un momento histórico. Casi deseó que hubiese alguien más para ser testigo de ello y dejarlo registrado, un Boswell para su Johnson. El consumado hombre de ciencia, el innovador a punto de dar el gran salto hacia el mundo desconocido, de «cambiar el paradigma» de la sabiduría humana recibida, como diría ese filósofo, Thomas S. Kuhn.

¿Qué diría Cybedon si estuviese aquí? Pero venga, se estaba retrasando.

Cleaver entró en la habitación del ordenador utilizando su tarjeta. Abrió un cajón que había debajo del aparato y encontró lo que necesitaba, nada importante realmente, un simple cable de conexión. Buscó una toma de teléfono a lo largo del zócalo pero no encontró ninguna.

Santo Dios, ¿no sería perfecto? La batalla se perdió por el canto de una uña.

Apartó una máquina de la pared unos cuantos centímetros y miró detrás. ¡Ajá!, ¡allí estaba! Movió la máquina de un lado a otro hasta separarla medio metro de la pared. Se agachó y conectó el cable a la toma del teléfono. Luego conectó el otro extremo del cable al ordenador y se sentó en un sillón a reflexionar.

Era difícil decir lo que podía suceder. Pero sabía que había llegado el momento de dar el gran paso, que el mundo necesitaba un ánima, la quintaesencia de la inteligencia humana, que entrase en ese éter y se deslizase a través de todos esos miles de millones de bites, les diese un sentido y volviese a conectarse. Humanos y máquinas, unidos al fin.

Volvió la mirada nuevamente hacia el chico. Parecía incluso más guapo bajo el brillo de la luz del hospital. Tal vez lo estaba mirando y lo sabía, la certeza de que él iba a ser el primero…

Cleaver se levantó y se dirigió al ordenador. Pulsó rápidamente el teclado e introdujo todos los códigos correctos sin dudarlo un instante. Luego retrocedió unos pasos. La máquina estaba esperando, parpadeando con obediencia. ¿Era una locura pensar que la máquina sabía lo que estaba a punto de suceder, que ella también quería desesperadamente que sucediera?

«Tal vez algún día podamos preguntárselo —pensó—; tal vez algún día conozcamos sus sentimientos».

Y ése fue el pensamiento foral que tuvo Cleaver antes de realizar su movimiento culminante, antes de inclinarse hacia delante y pulsar el botón de «Enviar» y mandar el ánima de Tyler, su mente, si se prefiere, a través de los cables y hacia el infinito del ciberespacio.