Ánima
A lo lardo del corredor...
A lo largo del corredor, incluso a través de la pesada puerta que se cerraba herméticamente con un leve sonido succionador, Saramaggio podía oír el craneótomo. Agudo y penetrante, el aparato producía un característico sonido apagado en el material que cortaba con su broca rotatoria: el resistente hueso del cráneo humano. El sonido era inconfundible, incluso, aunque resultara extraño, para aquellas personas que jamás lo habían oído antes.
Saramaggio era tristemente famoso por hacer que le pasaran las llamadas de negocios al quirófano durante las operaciones. Una de las enfermeras sostenía el aparato junto a su oreja mientras él mantenía los brazos extendidos, enfundados en guantes estériles como si fuese un sonámbulo. Entretanto, a dos metros de distancia, el cirujano ayudante estaba abriendo una pequeña tapa de hueso en el cráneo, de pie junto al paciente, cuya cabeza estaba envuelta en vendas verdes estériles que cubrían el rostro como si fuese una tienda. Luego trasladaría el trozo cuadrado de piel desde el cráneo hasta el soporte. Posteriormente, su pie accionaría el pedal, elevaría el gran taladro negro, lo bajaría con sumo cuidado y ese sonido estridente atravesaría las paredes como si fuese un alarido. Tarde o temprano, la persona que se encontraba en el otro extremo de la línea —el representante de una tarjeta de crédito o un empleado de banco o un corredor de Bolsa— preguntaría: “Por cierto, ¿qué es eso que se oye de fondo?”. “No quiera saberlo”, respondía Saramaggio, realmente encantado.
A Leopoldo Saramaggio, Leo para sus amigos, le encantaba ser dramático. Le gustaba que hablaran de él, ser el ombligo del mundo, tener el control de todo. Desde el principio había sido bendecido con las facilidades que concede el privilegio. Hijo de una familia que poseía un rancho en Nebraska, que él llamaba «una granja» para dar un matiz de «hombre que se ha hecho a sí mismo» al relato de su vida, había asistido a Yale, a la Facultad de Medicina de Harvard y al Johns Hopkins para hacer la residencia casi sin pestañear. Era un buen cirujano, muy bueno, y probablemente habría ascendido igual de rápido, aunque no hubiera estado en todos los buenos clubes, desde Skull & Bones hasta Knickerbocker. Ya de mediana edad, corría el peligro de convertirse en un cliché, el neurocirujano elegante que lleva una vida lujosa. Conducía un Ferrari negro, aunque sin matrícula personalizada, que consideraba vulgar. Tenía licencia de piloto y disponía de un avión para utilizarlo cuando le apeteciera, cortesía de un importante ejecutivo a quien había tratado un aneurisma. En Nueva York había muchos lugares que le abrían alegremente las puertas: restaurantes donde jamás le permitían pagar la cuenta, palcos preferentes en el Metropolitan Opera House, asientos a pie de pista para ver los partidos de los Knicks en el Madison…
Resultaba realmente asombroso cuántos hombres ricos y bien relacionados requerían tarde o temprano la intervención de un famoso neurocirujano en alguna urgencia médica. Leopoldo —«por favor, puede llamarme Leo», respondía al instante — aceptaba esos tributos como si se tratara de un derecho. No eran sobornos, sino muestras de estima. Era muy importante comprender la diferencia, porque lo que motivaba a Leo Saramaggio no era el dinero, aunque no carecía de él, sino la mirada en los ojos de una persona a quien le había salvado la vida. O la forma en que un marido o una esposa saltaban prácticamente de su asiento en la sala de espera para correr hacia él, ansiosos pero llenos de esperanza. No existía ninguna otra experiencia comparable a ésa; el propio Zeus no podría haber sentido un placer más profundo.
En el St. Catherine era un secreto a voces que Saramaggio tenía el poder. Si alguna vez se producía una confrontación entre él y Calvin Brewster, el administrador del hospital, no cabía absolutamente ninguna duda acerca de quién saldría victorioso. Pero una confrontación era una situación altamente improbable dadas las circunstancias; Brewster jamás permitiría que eso sucediese, sin importar lo que hiciera Saramaggio. Y el jefe de neurocirugía podía ser un hombre exigente y arrogante. Sólo quería trabajar con el mejor equipamiento del mundo, olvidarse de los costes, contar con los mejores cirujanos a sus órdenes y que los salarios estuviesen en relación directa con el talento. No le importaba irrumpir intempestivamente en el despacho de Brewster para quejarse porque en el lavabo de los residentes el dispensador de papel higiénico estaba vacío.
En la vida de Saramaggio había una única nube negra. Por el momento se encontraba en el horizonte lejano y no era mayor que la mano de un hombre, pero él sabía muy bien que su tamaño aumentaría. Había cumplido los cincuenta y cinco hacía dos semanas, y aunque estaba en buena forma física y jugaba al tenis (dos veces por semana con un espíritu competitivo realmente salvaje), comenzaba a sentir el peso de la edad. No tanto física como psicológicamente. Adquiría la forma de una silenciosa desesperación, como si alguien le estuviese pisando los talones. Sí, era un cirujano consumado y famoso, pero lo que él necesitaba, lo que anhelaba, era algo por lo que la gente siempre lo recordase: un acto de grandeza médica. Y estaba trabajando en pos de ese objetivo con cada fibra de su ser. Tenía la idea, y con la ayuda de Cleaver, tenía el equipo. Ahora lo único que necesitaba era tiempo para investigar y realizar experimentos y luego, un día, el paciente apropiado.
Zeus nació inmortal; el resto de nosotros tenemos que trabajar en ello.
—En muy poco tiempo se pondrá al corriente de todo —dijo Saramaggio, hablando por encima del hombro. Hablaba con la nueva cirujana residente, Kate Willet, mientras le mostraba las instalaciones.
Entraron en su despacho, las paredes cubiertas con diplomas, medallas, premios y fotografías en compañía de personajes famosos.
Él, por supuesto, lo sabía todo acerca de ella. Su currículum, de varios centímetros de grosor y lleno de excelentes informes, había permanecido en una esquina de su escritorio durante semanas, y la había entrevistado personalmente tras lograr el premio al residente del año en el hospital Moffitt de San Francisco. Pero, esa mañana, cuando ella se presentó para empezar su trabajo, él se había mostrado inusualmente reservado y frío, casi como si nunca se hubieran conocido. Tal vez actuaba de ese modo porque ella era joven y atractiva. El hecho de tenerla a su alrededor sería muy agradable, pero también perturbador.
Saramaggio tenía una gran reputación de seductor. Estaba casado con una sufrida mujer llamada Joy, y su centenaria mansión estilo colonial, situada en Round Hill Road, en la zona residencial de Greenwich, Connecticut, era el hogar que ambos compartían con sus tres hijos. No obstante, nadie podía esperar que alguien de su nivel y su temperamento creativo fuese esclavo de la monogamia. Se acostaba con muchas de las enfermeras y de las internas, pero raramente mantenía largos romances con alguna mujer. Tan pronto como vio a Kate, cuando entró en su despacho para mantener aquella primera entrevista, supo que la contrataría y que, tarde o temprano, tendría que hacerle una proposición amorosa. Pero, en verdad, ahora no se sentía con ánimo para ello empezaba a preguntarse si los asuntos del corazón, con toda la expectación y la emoción añadidas, no acababan por hundirle a uno. Comenzaba a pensar que las mujeres se llevaban más de lo que dejaban.
—Hoy, naturalmente, puede limitarse a observar. Me gusta que mi equipo se vaya acostumbrando a mi ritmo. Si tiene alguna pregunta, dispare… siempre, claro está, que elija el momento oportuno.
Ella asintió.
—Dejaré que elija la música que acompañará a la operación de hoy —dijo, alzando una mano con la palma hacia arriba—. Siempre que no se le ocurra escoger uno de esos mantras californianos. Me vuelven loco.
«¿Qué me dice de un rap?», pensó ella subversivamente. En cambio, se limitó a preguntar:
—¿De qué operación se trata?
—Una lobotomía.
—¿Epilepsia?
—Sí.
—¿Grave?
—Bueno, vamos a operarle, ¿no?
Ella se sonrojó intensamente. La pregunta le había sonado estúpida en el mismo instante en que las palabras salían de su boca. Pero la había hecho sólo para mantener la conversación; quería impresionarlo y demostrarle que no se había equivocado al contratarla. Ahora se sentía ridículamente torpe. Él ya no era el hombre encantador que la había entrevistado.
Saramaggio se disculpó, tenía que hacer una llamada y ella abandonó su despacho. Esperar en el corredor sin nada que hacer no hizo más que aumentar su sensación de incomodidad. Fingió estudiar un gran plano de Manhattan y parte de Queens que estaba clavado en un tablón de anuncios. Estaba cubierto de chinchetas rojas y blancas. Advirtió que las chinchetas estaban agrupadas alrededor de los barrios de viviendas protegidas de East Harlem.
—¿Buscas apartamento?
La voz la sobresaltó y, cuando se dio la vuelta, vio a un hombre joven, de hombros anchos, vestido con una bata verde. Su piel era cetrina; era indio o pakistaní, y a través de la zona abierta de la bata se veía una mata de pelo negro; como un pequeño jardín de arbustos en un parque, se descubrió pensando.
—No… yo… —Sintió que sus mejillas volvían a encenderse—. Sólo me preguntaba…
—Es un plano de nuestros casos urgentes. La información se obtiene de la sala de urgencias. Las chinchetas rojas corresponden a trauma agudo, y las blancas a trauma contuso.
—Entiendo.
—Sólo Dios sabe por qué lo conservamos. Supongo que algún día servirá para obtener un doctorado en salud pública.
—Y te dice qué vecindarios debes evitar. —Sí. Eso podría ser.
Él sonrió y le tendió la mano con una calidez que parecía auténtica. Tenía un acento apenas perceptible.
—Singh. Gulchaman Singh. Puedes llamarme Gully.
—Yo soy Kate Willet.
—Lo sé. Aquí las noticias vuelan. Bienvenida a nuestro equipo. Hoy estoy de ayudante.
Finalmente una cara amistosa, pensó ella.
Gully la acompañó a un gran tablero dividido por quirófanos; había previstas una docena de operaciones: la hora, el paciente, el procedimiento, el cirujano, el anestesista, la enfermera instrumentista y la enfermera circulante. Encontraron el quirófano que le correspondía al doctor Saramaggio. Sala 7.
—Podríamos ir a hacer una visita —dijo Gully—. A Saramaggio le gusta entrar en el último momento, justo cuando el paciente está abierto y se necesita su toque experto. A veces ya se ha marchado antes de que te hayas enterado. Kate aguzó el oído para detectar un tono de crítica en sus palabras, pero no lo había.
Ambos se vistieron y entraron en el quirófano. La enfermera instrumentista ya estaba allí y había extendido el instrumental sobre la mesa de Gerhardt, encima de la mesa de operaciones. La mujer bajó de la plataforma para ayudar a Singh con sus guantes estériles e hizo lo propio con otro hombre. Llegó el anestesista y comprobó la disposición de los aparatos que mantenían un registro de los signos vitales. Por último, el paciente, una mujer de rasgos hispanos que rondaba la treintena, llegó en una camilla. Había sido sedada con Valium, pero el miedo era evidente en sus ojos al ser transferida a la mesa de operaciones bajo la potente luz de las lámparas. Se le aplicó un goteo intravenoso para completar la sedación con una infusión de propofol, o «leche de amnesia», como lo llamaban los residentes. Se la sometió a ventilación asistida y quedó sujeta con una correa mientras un hombro quedaba levantado con la ayuda de un cojín.
La música, elegida por otra persona, era Las cuatro estaciones de Vivaldi.
Los cirujanos ayudantes trabajaban deprisa. Esterilizaron la cabeza rasurada de la mujer con yodo, tiñendo la piel de un brillante color naranja y luego colocaron los paños verdes estériles a través de una barra retenedora que le rodeaba la frente; el rostro desapareció dentro de una tienda de tres lados, abierta para que el anestesista pudiese trabajar. Procedieron a cortar a través de la piel. El olor a quemado se extendió por la sala cuando cauterizaron el músculo frontal y lo separaron del cráneo. Luego utilizaron el taladro chirriante para cortar un trozo regular de cráneo, que fue extraído y entregado a la enfermera, quien lo depositó sobre las almohadillas estériles que tenía sobre la mesa. Ampliaron la ventana ósea separando los bordes con pinzas afiladas y luego cortaron a través de la duramadre, con lo que dejaron expuesto el cerebro, una masa de protuberancias azules y rojas y vasos sanguíneos, ligeramente palpitantes. El monitor mostraba tres líneas: latidos cardíacos, ritmo respiratorio y temperatura. Uno de los cirujanos cortaba profundamente mientras el otro succionaba la sangre y limpiaba los vasos de vez en cuando con una solución salina.
Kate permanecía a un lado. Muy pronto se le unieron otros dos observadores, un chico y una mujer joven, que lo miraban todo con los ojos muy abiertos y hablaban en voz baja, como si estuviesen en la iglesia. Ella supuso que se trataba de invitados del doctor Saramaggio, y tomó su presencia en la sala de operaciones como otro signo de su habilidad para actuar sin hacer caso de las reglas.
Dos horas más tarde, los cirujanos comenzaron a explorar una porción de la corteza cerebral. El anestesista hizo que la paciente recuperara la conciencia, y Gully colocó una corona esterilizada con dieciséis electrodos suspendidos en el cráneo a través de finos alambres revestidos. Insertó uno de los electrodos en la amígdala cerebelosa y otro en el hipocampo, y el otro ayudante le pidió a la paciente que contara. Una voz vacilante salió del interior de la tienda. La mujer llegó a doce y luego permaneció en silencio durante varios segundos antes de continuar hasta veinte. El cirujano le mostró la imagen de una granja y le pidió que nombrase a los animales uno por uno. La mujer abrió la boca varias veces, pero de ella no salió ningún sonido; los cirujanos detuvieron la pequeña prueba y tomaron nota.
—Esto es para preservar el centro del lenguaje —explicó Gully a los asombrados visitantes—. Esta mujer es epiléptica, de modo que eliminaremos la parte de su cerebro que provoca los ataques. Si el electrodo estimula ese punto y ella no puede hablar, sabemos que debemos salvarlo. Saramaggio entró en el quirófano como una exhalación, con una gruesa lente microscópica en un ojo, lo que le confería un aspecto llamativo. Saludó a los visitantes con una leve inclinación de la cabeza, lo ayudaron a enfundarse la bata quirúrgica y echó un vistazo al cerebro de la paciente. Luego se irguió y examinó las placas de resonancia magnética sujetas a un tablero electrónico.
—El área donde la paciente sufre los ataques es muy interesante en este caso — anunció, dirigiéndose a sus jóvenes invitados—. Padece lo que denominamos «ataques de ausencia», lo que significa una suspensión total de la conciencia. Hace dos semanas sufrió uno de esos ataques en mi despacho. Estaba sentada delante de mí y, de pronto, se quedó sin expresión, su rostro era una máscara, sin el más mínimo rastro de emoción. Luego se levantó, abrió la puerta, salió al corredor y se sentó en la sala de espera. Todo ello sin tener la más remota idea de lo que estaba haciendo; sin ser en absoluto consciente de su comportamiento. Cuando despertó, varios minutos más tarde, no recordaba nada de lo sucedido.
—Tío Leo —dijo el chico—. Está despierta. ¿Cómo puede soportar el dolor?
—No siente dolor alguno. En el cerebro no hay terminaciones nerviosas. Eso tiene sentido, del modo en que las cosas que suceden en el cuerpo habitualmente lo tienen: los nervios existen para avisar al cerebro de la existencia de un peligro en otra parte. No hay ninguna razón para que lleguen hasta aquí; si algo llega tan lejos, se acabó la fiesta.
—Pero ¿quedará bien sin esa parte de cerebro que le han quitado?
—No puedo prometer que no muestre alguna diferencia. Pero tratamos de reducirla al máximo. Para eso sirve la exploración previa. Tratamos, sobre todo, de conservar el lenguaje. En este caso específico, la paciente es latina y su lengua madre es el español. Hemos decidido preservar el inglés, que es su segunda lengua. Está localizado en un área diferente, en la parte posterior de la corteza cerebral.
—¿Por qué el inglés y no el español?
—Necesita el inglés para su trabajo —contestó Saramaggio—. Naturalmente, lo consultamos con ella antes de operarla.
—¿A qué se dedica? —preguntó la mujer joven. Saramaggio miró a Gully, quien se encargó de contestar a la pregunta.
—Es programadora informática en White Plains. —Pero ¿será diferente a partir de ahora? ¿Será capaz de funcionar como antes?
—Nunca se sabe —contestó Saramaggio—. He visto cosas realmente asombrosas. He visto a pacientes que habían perdido la mitad del lóbulo temporal y, si te sientas junto a ellos en una cena, no te darías cuenta de nada. Otros… apenas un trozo diminuto y cambian para siempre.
A Kate la desconcertó el hecho de que hablase de ese modo en el preciso momento en que estaba utilizando un Penfield del n.º 4 para tantear el tejido cerebral blando, con su consistencia de batido de leche. Estaba buscando un camino para entrar más profundamente en el área afectada. Kate podía comprobar la destreza de sus manos; se movían lentamente, pero de forma continua y eficaz.
—Solíamos hacer muchas de estas operaciones, abriendo el cerebro. Cuando la epilepsia es tan grave y se halla tan extendida, hay que separar ambos hemisferios, lo que se hace separando el cuerpo calloso, el haz de fibras nerviosas que las conecta. El cerebro izquierdo, como saben, se especializa en el lenguaje, y el derecho, en ciertas tareas preceptúales, pero no siempre es tan estricto. En ocasiones, y esto es realmente extraño; los dos hemisferios luchan. Tuve una paciente cuyos brazos se golpeaban entre sí.
—No bromees —dijo la chica, súbitamente interesada—. ¿Qué le pasó?
—Afortunadamente para ella, la situación no se prolongó durante mucho tiempo. La mano derecha ganó. Habitualmente, el cerebro resuelve la situación y una de las partes implicadas se vuelve dominante. Pero, en ocasiones, siguen luchando de forma apenas perceptible, como una mano que siempre abrirá el grifo para que, a continuación, la otra lo cierre. Esa clase de cosas. Como dos personas tirando de los extremos de una cuerda.
Le dijo algo a Gully y señaló el cerebro con la otra mano. Luego retrocedió y observó mientras Gully cortaba pequeñas láminas, que luego eran colocadas en una bandeja esterilizada y entregadas a la enfermera.
—Como pueden ver, no se trata de una elegante pieza de ingeniería —continuó —. Es de construcción barata: miles de millones de neuronas unidas de forma casual y billones de conexiones sinápticas tratando de salir del paso a duras penas. Los caminos se encienden unas veces y fallan otras; se producen defectos eléctricos, pequeños ataques. Unas partes se derraman sobre otras. Unas áreas se saturan de humedad o sufren un cortocircuito y dejan de funcionar, y otras continúan funcionando. A veces lo hacen bastante bien y otras no, se sobrecargan y estallan. Y entonces, de pronto, empiezas a oír voces que salen de los radiadores de la calefacción, y antes de que puedas darte cuenta, los radiadores te están diciendo que hagas algo; tienes la misión de llevar a cabo una tarea heroica, como asesinar al presidente.
Kate estaba impresionada por su elocuencia y decidió disculparlo por la brusquedad que había mostrado en su despacho.
En el quirófano reinaba el silencio, excepto por el sonido regular de los monitores, hasta que Gully dijo:
—Doctor Saramaggio, estamos listos.
El cirujano se colocó en posición, se ajustó las gafas y comenzó a recibir el instrumental. Ahora sus manos se movían muy deprisa, pero dando la misma sensación de certeza.
En un momento dado, la sonda se hundió profundamente y la mujer reaccionó aspirando con rapidez una bocanada de aire. Luego lanzó un breve sollozo.
—No quiero seguir con esto —exclamó abruptamente. La voz, que salía de debajo de la tienda, sobresaltó a todo el mundo.
Saramaggio movió ligeramente la mano y la mujer se calló al instante.
—Esa reacción —dijo con calma—, la he provocado yo. ¿Han visto lo que puede conseguir una pequeña estimulación? He tocado la amígdala cerebelosa; es la puerta de entrada a las emociones. Luchar o huir. Todos los sentidos: vista, gusto, tacto, oído, alimentan el sistema límbico. Pero el olfato es el más poderoso de todos ellos, el sentido que activa la agresión, la sexualidad y la defensa territorial. Y el olfato se encuentra conectado firmemente con la amígdala cerebelosa. —Hizo una pausa, luego señaló una fina manguera de plástico—. Señorita Willet, ¿le importaría?
Kate limpió el cerebro con la solución salina. Estaba tan concentrada en su trabajo que no prestó atención a la nueva figura que había aparecido en el quirófano, vestido con una bata verde y con mascarilla. Sólo cuando el recién llegado se colocó justo delante de ella y pudo mirarlo a los ojos que asomaban por encima de la mascarilla descubrió quién era: Cleaver.
Había traído una serie de máquinas que ella nunca había visto antes. ¿Qué estaba haciendo?
Saramaggio se apartó, se sentó y se quitó la mascarilla, que quedó colgando debajo de la barbilla como una pequeña hamaca. Luego hizo un gesto para que sus invitados abandonaran la sala de operaciones.
Cleaver colocó otra corona, ésta provista de veinticuatro electrodos, y comenzó a instalarlos metódicamente en puntos clave del cerebro de la paciente.
—¿Qué está pasando? —preguntó Kate.
—Sólo un pequeño desvío —dijo Saramaggio desde su silla—. Experimentación rutinaria.
Ella observó, escéptica, mientras Cleaver terminaba de conectar los electrodos y volvía a sus máquinas, ajustando botones y leyendo los cuadrantes. La pantalla de un ordenador lanzó un destello. El segundo cirujano ayudante le administró una inyección a la paciente.
—¿Qué es eso? —preguntó Kate.
Cleaver permaneció en silencio, de modo que Saramaggio contestó por él.
Dos-deoxiglucosa. Es como la glucosa, pero no puede ser descompuesta por la actividad metabólica.
Kate pensó un momento, luego reunió las distintas piezas de información.
—Y puesto que las células consumen glucosa para disponer de energía, la absorben. Cuanta más actividad desarrolla la célula, más glucosa incorpora. Y si no puede ser descompuesta, se acumulará. Y, de ese modo, se puede hacer una lectura.
—Exactamente —dijo Saramaggio con una pizca de admiración en la voz—. Autorradiografía avanzada. Es usted muy rápida.
—Pero sólo se aplica en animales, y hay que matarlos para hacer esa lectura.
—No, disponemos de un sensor para ello.
—Pero ¿para qué quiere esos datos?
—Para esto —interrumpió Cleaver, sosteniendo un fino estimulador.
Introdujo profundamente el estimulador debajo de la corteza cerebral. Luego otro y otro, hasta haber colocado siete en su sitio. Comprobó las máquinas y le hizo una seña al segundo cirujano ayudante, quien le administró a la paciente otra inyección. La pantalla del ordenador cobró vida con una cascada de latidos. Cleaver y Saramaggio miraron la pantalla sin pestañear, fascinados. Transcurrieron dos minutos.
—Suficiente —dijo Saramaggio.
—Un minuto más. Saramaggio suspiró.
Pasó un minuto y Cleaver le hizo una señal a la enfermera, que alzó los reanimadores cardíacos, los apoyó sobre el pecho de la mujer y gritó: «¡Despejado!». Al recibir la descarga eléctrica, el cuerpo de la paciente se sacudió violentamente. La pantalla se normalizó.
—Perfecto —declaró Cleaver, y comenzó a quitar los estimuladores.
—Así es —dijo Saramaggio. Se levantó, examinó el cráneo abierto, luego se volvió hacia Kate y dijo—: Ya puede cerrarla.
Cinco minutos más tarde, los dos hombres abandonaron la sala de operaciones.
Kate ocupó su puesto y trabajó deprisa para taponar la herida, cerrándola lentamente con una costura. Gully la ayudó.
—Muy bien —dijo ella—. Quiero que me expliques qué ha sucedido aquí exactamente.
Gully sonrió con cierta vacilación.
—Tal como ha dicho… experimentación. Ambos lo hacen a menudo en casos como éste, en los que las sondas se hunden profundamente y el cerebro inferior está expuesto.
—Pero ¿cuál es el objeto del experimento? —Oh, eso… pensé que lo sabías. Es importante.
—¿Qué es importante?
—Esa inyección, la segunda, hace que el corazón se detenga durante un breve espacio de tiempo. Y el ordenador, el que estaba conectado directamente al sistema límbico de la paciente, se hizo cargo de sus funciones. Enviaba las señales que hacían que respirara y que su corazón continuara latiendo. Cuando apagaron el ordenador y aplicaron la reanimación eléctrica fue para poner en funcionamiento nuevamente su propio sistema.
—¡Jamás había oído nada semejante!
—Sí, es realmente asombroso. Lo han hecho una docena de veces. Pero aún no lo han publicado.
Gully notó que ella parecía preocupada.
—Todo es legal —explicó—. Los pacientes firman un documento autorizando el procedimiento.
—Pero ¿y si sucede algo… el riesgo, si algo va mal? Gully sonrió.
—Pero no es así. Nunca ha sucedido, ni una sola vez. —¿Y por qué lo hacen? ¿Cuál es su objetivo?
—Es el sueño del doctor Saramaggio. Algún día llevará a cabo una operación tan complicada que necesitará ayuda para mantener al paciente con vida mientras trabaja. —Gully sonrió—. Y eso es lo que harán los ordenadores.
Mucho después de haber abandonado la sala de operaciones, Kate reflexionó acerca de lo que Gully le había dicho. ¿Qué clase de operación tenía Saramaggio en mente?