Ánima
Cleaver se inclinó sobre la cama de hospital
Cleaver se inclinó sobre la cama de hospital para estirar las sábanas del anciano y le tocó suavemente el dorso de la mano. Pensó en enjugarle la frente, pero eso no tenía sentido. Estaba inconsciente, probablemente ni siquiera lo sentiría. Y, además, con el casco encajado en la cabeza y los cables y alambres que salían de él y se conectaban al aparato que había junto a la cama, sólo se alcanzaba a ver una pequeña porción de la frente; una fina banda de piel, arrugada y blanquecina, gris como un pescado.
Comprobó la respiración. Era trabajosa y ronca, como si tuviese el pecho lleno de guijarros.
Ahora que el momento había llegado, Cleaver apenas era capaz de reprimir su nerviosismo. Sé sentía agradablemente, sorprendentemente joven. ¿Quién sabe lo que habría hecho si hubiera estado solo? ¿Empezar a dar vueltas con su capa de médico? ¿Chocar los tacones en el aire?
—Ya no debería de faltar mucho.
El que había hablado era Félix, su joven ayudante, que le estaba tomando el pulso al anciano al otro lado de la cama, sosteniendo con dos dedos la débil muñeca en un cuadro que parecía haber sido preparado ex profeso: Médico junto al lecho de un paciente moribundo. Era absurdo que le tomase el pulso al anciano con el monitor cardíaco emitiendo su señal luminosa en una esquina de la habitación.
Cleaver respondió con un gruñido.
—Iré a ver a su esposa —dijo, volviéndose y alejándose hacia la puerta.
Tenía necesidad de estar solo. Un momento como ése requería algo especial, un poco de introspección… un sentido de la historia.
Una vez en el corredor, Cleaver se desvió hacia la antigua galería para fumadores. Estaba débilmente iluminada, pero conocía el mobiliario de memoria: dos sofás destartalados, media docena de sillas plegables de metal, una mesa de bridge cuyo tapiz de fieltro tenía un corte de diez centímetros. El linóleo estaba marcado con quemaduras de cigarrillo y, en una zona del suelo, faltaban las baldosas, cuadrados oscuros con garabatos de cola seca que parecían serpientes.
Cleaver nunca dejaba de asombrarse por la forma en que el estado había permitido que Pinegrove alcanzara esa condición ruinosa. Allí estaba, en plena ciudad de Nueva York, irguiéndose en la península más meridional de Roosevelt Island, en el East River. Remolcadores y barcazas pasaban a veinte metros del edificio y cientos de miles de ventanas daban al mismo; sin embargo, muy poca gente podía decir de qué edificio se trataba. A este respecto, podría haber estado trabajando en un manicomio medieval.
Pinegrove había sido construido en la década de 1930, una época en la que la gente aún utilizaba esa palabra —manicomio— y la literatura contemporánea hablaba del centro como una institución progresista. Pero los tiempos habían cambiado; el tratamiento de los pacientes había dado paso a su reclusión en una suerte de depósito, y luego, con la llegada de los fármacos psicoactivos, a su puesta en libertad. En la década de los sesenta se habían cerrado tres pabellones completos de esquizofrénicos confusos. El sindicato de trabajadores del hospital ejerció la suficiente presión en Albany para mantener dos plantas abiertas, con su correspondiente personal, pero la administración proporcionaba muy poco dinero para su mantenimiento.
Con el paso de los años, el lugar se fue deteriorando irremediablemente. El jardín inglés que había sido el orgullo de los primeros gerentes estaba invadido de malezas. Árboles que necesitaban una buena poda dejaban caer sus ramas muertas sobre el tejado, y en dos ocasiones cayeron al suelo trozos de tejas que habrían resultado mortales de haber alcanzado a alguien. En el último piso desierto, Cleaver había encontrado manchas de humedad en el techo.
Ahora Pinegrove era un último reducto. Sus cuarenta camas estaban reservadas a los casos más graves e incurables de trastornos mentales y deterioro cerebral. «Si puedes andar, hablar o levantar un tenedor sin matar a alguien, tu lugar no está aquí», solía bromear el ayudante principal.
Pero, al mismo tiempo, el abandono había proporcionado un manto de anonimato al trabajo de Cleaver, algo que a él le venía de maravilla. No había que lidiar con ningún burócrata.
Se acercó a la pared de gruesos cristales entretejidos con lazos de alambre, protegidos por una rejilla metálica que se extendía del suelo al techo, y contempló la tarde que caía sobre Manhattan. Los coches que circulaban velozmente por la autopista Franklin D. Roosevelt llevaban los faros encendidos, y las luces que se veían en las torres residenciales, brillando trémulamente en el atardecer, hacían que parecieran más cercanas.
Su ojo captó su propio reflejo. La bata blanca de laboratorio le devolvió el destello en el cristal oscuro como si fuese un fantasma, y pudo ver su rostro: la frente amplia, la coronilla calva, el pelo largo a los lados que ya comenzaba a mostrar vetas grises. Tenía cuarenta y dos años y estaba preparado para la fama.
Sabía que el experimento con la pareja de ancianos funcionaría. Le habían conmovido: marido y mujer, juntos durante treinta o cuarenta años, abandonados a su suerte, sin un lugar donde vivir. Pero había tenido que dejar la compasión a un lado. El anciano estaba preparado para morir, y ahora el hecho de esperar su muerte era como estar esperando a que el sol se escondiera en el horizonte. No era más personal que eso.
Cleaver miró hacia fuera. Pequeñas olas lamían la orilla; las rocas estaban brillantes de limo y despedían reflejos dorados bajo la luz del crepúsculo. Un viejo desagüe llegaba hasta el borde del agua. Estuvo a punto de sacudir la cabeza. ¡Pinegrove! Qué lugar para un experimento que barrería las fronteras de la neurociencia. ¿Por qué la ciencia demostraba tan poco interés en el escenario para sus momentos elegidos? Todos esos humildes telones de fondo… El Proyecto Manhattan: los cimientos para un estadio de fútbol en Chicago; la bomba-A: una cabaña en el desierto de Nevada. Y ahora allí, ese lugar…
Miró a través de la línea del cielo de Manhattan, vio el hospital St. Catherine y frunció el ceño. Saramaggio estaba allí; el mundialmente famoso Leopoldo Saramaggio, jefe de neurocirugía. Aquellos médicos, lo bastante talentosos como para formar parte del equipo del célebre cirujano, disfrutaban de la gloria que él les aportaba, y la adulación molestaba a Cleaver. Había trabajado codo con codo con él; su experiencia en el campo de los ordenadores era esencial para el trabajo de quirófano. Saramaggio lo necesitaba más que él a Saramaggio. Eso era algo que Saramaggio aún no había comprendido, pero algún día lo haría.
Apartó ese pensamiento de su mente. En Pinegrove, él era el jefe. Podía ser un edificio ruinoso y parcialmente abandonado, pero era todo suyo. ¡Y mira lo que había hecho con él! Había implorado para conseguir seis millones de dólares de fundaciones médicas, y con ese dinero había instalado un laboratorio. Todo el equipamiento que necesitaba permanecía a salvo de la vista de los curiosos en el sótano del edificio. Y lo que era aún más importante, disponía de un suministro regular de pacientes para su estudio. Esos pacientes representaban el núcleo duro, los olvidados y rechazados que no tenían esperanza alguna de ver nuevamente la luz del día: el paranoico que jamás recuperaría la razón, el individuo con disfunción que padecía un síndrome tan extraño que carecía de nombre, el niño nacido sin hemisferio izquierdo en el cerebro. Algunos de ellos habían sido abandonados en la calle, otros habían sido enviados por padres que estaban desesperados. Si alguna vez habían tenido familias que se preocupaban por ellos, los visitaron durante un tiempo y luego dejaron de venir. Porque, había que reconocerlo, el lugar era deprimente.
Todo eso significaba que Cleaver disfrutaba de cierta libertad necesaria en su trabajo. Eso formaba parte de una larga y venerable tradición en neuroanatomía: el trabajo de Paul Broca con epilépticos en el hospital Bicétre de París en la década de 1860, los experimentos de Carl Wernicke sobre el centro receptor del lenguaje en el cerebro en la Alemania de la década de 1870, Wilder Penfield realizando intervenciones quirúrgicas en el cerebro con anestesia local para trazar su mapa de las sensaciones corporales en los años cuarenta y cincuenta. Ninguno de ellos había sufrido coerciones en su trabajo.
Y, después de todo, no se podía obtener nada del estudio de personas normales. Los avances científicos se conseguían a través de los heridos y los chiflados, aunque pudiera parecer cruel. Los grandes avances eran el producto de grandes hombres que no se amedrentaban en el momento de operar: cortaban la carne y serraban el cráneo; separaban los cerebros de los monos e insertaban electrodos en los cerebros de los gatos. Pensaba en Friedrich Goltz, el joven profesor de fisiología que insistió en la localización de la función cerebral en el Séptimo Congreso Internacional de Medicina celebrado en Londres en 1881; en cómo había abierto su maletín para extraer la cabeza ensangrentada de un perro que había sufrido cuatro operaciones en el cerebro. Goltz había sido un verdadero científico.
Algún día, tal vez, el nombre de Cleaver se uniría al de todos ellos. Él se encargaría de terminar lo que ellos habían empezado. Porque él estaba tratando nada menos que de delinear y medir el más esquivo de los conceptos teóricos: la propia mente. Se puede llamar como se quiera: conciencia humana, psique, razón, lo que los antiguos llamaban «el asiento del alma», o lo que los teólogos llamaban alma. Constituía el primer y último gran misterio. Porque, ¿cómo podía la mente humana examinarse a sí misma? Eso sería como un ojo que tratara de verse sin la ayuda de un espejo.
Pero nosotros sabemos que existe. Lo sabemos de una manera intuitiva porque lo experimentamos desde nuestro interior. Sócrates, que ni siquiera sabía que el cerebro era el centro del funcionamiento mental, que creía que el corazón era el órgano encargado de la facultad de pensar, sabía sin embargo que había algo que nos gobernaba que no podía explicarse sólo en términos físicos.
Cleaver lo llamaba ánima, la quintaesencia de la conciencia, esa parte de nosotros que nos hace ser conscientes de nosotros mismos y nos separa de todo lo demás. Era una palabra que procedía del latín, el femenino de animus, la mente o el espíritu; un vocablo con un extenso y honorable linaje, incluyendo a Carl Jung, quien la describió como el verdadero yo interno. Pero Jung simplemente había teorizado con respecto a su existencia. Cleaver estaba dispuesto a demostrarla. Y lo haría esa misma noche preparando una trampa. Si el ánima existe en vida, entonces debe liberarse en la muerte. Y si es liberada en la muerte y, como reza el folclore, viaja a través del espacio para establecer contacto con un ser amado en el preciso momento del fallecimiento, ¿por qué no tratar de registrarlo a través de neuroimágenes? Y registrarlo no sólo en la persona que muere —uno esperaría ver dislocaciones en la actividad cerebral en ese caso—, sino en la persona viva, en el receptor. ¿Por qué no ver si la persona viva registra una extraordinaria actividad cerebral en el momento exacto en que la otra persona muere?
Cleaver abandonó su fantasía y regresó por el corredor. Pasó junto al pabellón y echó un vistazo a través del grueso cristal de la pequeña ventana de la puerta. Vio a una docena de pacientes: algunos yacían inmóviles en sus camas, otros vagaban por la habitación, y alcanzó a oír el apagado susurro de los monólogos y el altisonante y agudo discurso. Continuó su camino pasando junto a la sala de enfermeras y el corredor que se bifurcaba hasta llegar a la habitación que buscaba.
Al igual que la habitación del anciano, ésta también daba al río. Lo había dispuesto deliberadamente cuando organizó el experimento: por qué no ofrecerles al menos una vista agradable, había pensado entonces, algo etéreo, algo trascendente. Entró sin llamar y miró fijamente a la mujer mayor. Ella no estaba interesada en el paisaje que se extendía fuera de la ventana. Estaba sentada en la cama, apoyada en las almohadas, el casco colocado en su lugar desde arriba, de modo que, bajo la tenue luz de la habitación, por un momento dio la impresión de ser hidrocefálica. Tenía los ojos cerrados como si estuviese dormitando. Felicity, su otra ayudante, estaba ocupada con las máquinas, comprobando los cuadrantes y tomando lecturas.
—¿Cómo va todo? —preguntó Cleaver.
Felicity se sobresaltó ante el sonido de su voz. No lo había oído entrar.
—Bien —dijo ella, ocupada con los aparatos.
Tenía una tablilla con sujetapapeles, aunque no era necesaria; los datos que emitían las máquinas quedaban registrados automáticamente.
—¿Y el RMT? —preguntó, mirando el casco que se ajustaba alrededor del cráneo de la mujer.
El acrónimo significaba «receptor magnético transcraneal», un aparato que registraba los impulsos eléctricos de la actividad cerebral. Era casi tan eficaz como recogerlos en forma de tomografía de emisión de positrones, y presentaba la ventaja de ser un instrumento portátil. La información era enviada a un ordenador y mediante la manipulación de un botón podía llevar el corte transversal de cualquier parte del cerebro a una pantalla de sesenta centímetros de ancho.
—Parece que está bien. Por el momento está tranquila.
—Por supuesto que está tranquila —dijo una voz áspera, agresiva, procedente de la cama—. Usted me dijo que descansara.
A Cleaver le divertía el ánimo de la anciana. Ella siempre había parecido más fuerte que su esposo. Se acercó a la cama y apoyó una mano sobre su hombro, del mismo modo que le había visto hacer a un profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Nueva York durante sus rondas con los estudiantes. Como respuesta, la mujer se irguió en la cama, de modo que una de las almohadas cayó en el estrecho espacio que había detrás de su espalda. Alzó la vista y miró a Cleaver.
—Elmore —dijo, ahora con voz quejumbrosa y el rostro surcado de profundas arrugas de preocupación—. ¿Cómo está él?
Cleaver reflexionó sobre la respuesta. No tenía sentido darle demasiada información. No quería ponerla sobre aviso, podía echarlo todo a perder, aunque eso era bastante improbable. Además, tampoco tenía sentido mentirle.
—Está cerca del final. No siente ningún dolor y yace tranquilo en su cama. Pero no creo que le quede mucho. La mujer se mordió el labio y volvió la cabeza, fijando la vista en el río. Cleaver se acercó a la máquina e hizo girar un botón. La pantalla se llenó con una imagen exterior de su cerebro, elevándose como un puño deforme en el extremo de la muñeca: los pliegues de la corteza cerebral, la pequeña y ceñida protuberancia del cerebelo, el tronco cerebral. Manipuló otros dos botones y en la pantalla aparecieron secciones transversales, finos cortes a lo largo de los planos sagital, coronal y axial.
A partir de esos datos pudo leer inmediatamente cuál era su estado. Las emociones de la mujer estaban provocando pequeños estallidos de actividad que quedaban registrados en brillantes colores debido a la sustancia colorante que había ingerido. A él siempre le recordaba una tormenta, rayos y relámpagos iluminando un manto de nubes sobre el océano.
Era una buena señal. Era exactamente lo que quería ver. En cualquier momento, sin duda dentro de una o dos horas, llegaría el momento.
Pero, tal como se fueron sucediendo los acontecimientos, Cleaver tuvo que esperar mucho más. Habría tenido tiempo suficiente para acudir a su despacho, quitarse los zapatos y echar una cabezada en el sofá de cuero, si no hubiese estado demasiado nervioso para dormir. Incluso tiempo suficiente para haber caminado hasta el puente de Queensboro y haber cogido el tren elevado a Manhattan para una cena solitaria, si la perspectiva de estar tan lejos del hospital no lo hubiese llenado de ansiedad. Cleaver intentó leer algo pero no podía concentrarse. Estuvo mirando la televisión durante un rato y luego salió a dar un paseo nocturno.
Estaba caminando por la zona de la isla que correspondía a Queens cuando recibió la llamada. Había estado recorriendo el descuidado paseo y aspirando el olor que llegaba del río. Una brisa impregnada de sal pasó junto al cartel rojo de Pepsi-Cola y pudo oír cómo silbaba levemente al cruzar por debajo del puente hacia el norte. Entonces, su busca comenzó a zumbar con una estridencia que lo sobresaltó. Echó a correr de regreso al edificio, y en el primer escalón resbaló y se golpeó la espinilla izquierda, lo que le hizo proferir un insulto.
Llegó a la tercera planta sin aliento.
—¿Y bien? —le dijo a Félix en tono acusatorio, como si hubiese sido su ayudante quien hubiera estado dando un paseo por la oscuridad.
—Sus signos vitales se debilitan rápidamente. Se acerca el final.
—Muy bien. Voy a la otra habitación. Ya sabes lo que debes hacer. Recuerda, vigila la actividad cerebral y envía una señal en el momento exacto de la muerte tan precisamente como puedas determinarlo, ni un instante antes ni un instante después.
Félix asintió.
Cleaver corrió por el pasillo, la bata agitándose detrás de él. Cuando llegó a la habitación no dio crédito a lo que veía: la anciana estaba durmiendo.
—Despiértala —ordenó, con mayor severidad de la que pretendía.
Felicity se levantó de un salto de la silla y corrió hacia la cama, pero la mujer ya había abierto un ojo pequeño y brillante.
—No hay necesidad de gritar —dijo—. Estoy despierta. Cleaver estuvo tentado de disculparse, pero se mantuvo en silencio, porque ya había percibido algo. El otro ojo de la anciana se había abierto y ahora ambos ojos aumentaban súbitamente de tamaño y ella miraba hacia un rincón lejano como si estuviese viendo algo terrible. Le temblaba el labio inferior.
Miró detrás de la cama. La pequeña luz que estaba situada detrás de la mujer y fuera de su vista estaba encendida. Félix había enviado la señal. Cleaver volvió ligeramente la cabeza y vio que la pantalla estaba registrando todos los impulsos eléctricos que ella estaba produciendo. Estallidos de color por todas partes rebotaban como fuegos artificiales, pero él ya podía notar que se estaban concentrando debajo de la corteza cerebral, cerca del hipotálamo. La señal enviada por Félix también estaba registrada en la pantalla como una línea ondulada; ahora se produciría un registro cronológico de las actividades de ambos cerebros, perfectamente sincronizadas. Las videocámaras instaladas en las dos habitaciones también estaban funcionando.
Los temblores aumentaron en los labios de la mujer y formaron un agujero negro y tenso. Comenzó a hablar con un sonido de asombro bajo, casi gutural.
—Elmore —dijo—. Elmore.
Repitió el nombre una y otra vez. Ahora miraba hacia el rincón de la habitación, inclinándose hacia allí como si la empujase una poderosa fuerza magnética.
—Puedo verte, puedo verte —dijo ella—. ¿Qué sucede? ¿Qué sucede, querido?
Se había olvidado de ellos, estaba completamente absorta en la visión, perdida en otro mundo.
Cleaver sintió que se le aceleraba el pulso. Todo funcionaba a las mil maravillas. Estaba registrando todo el proceso, unos datos que serían clasificados y analizados hasta que tuvieran sentido.
La anciana continuó con la vista fija en el rincón de la habitación durante varios minutos, pero dejó de hablar, sólo asentía. Luego se hundió nuevamente en la almohada, los ojos aún abiertos pero ya no fijos en la aparición. Era difícil leer la expresión de su rostro: perturbada pero, al mismo tiempo, casi extasiada. Cualquiera que fuese el secreto que le había sido revelado, lo guardaba para sí. Cleaver podía ver en la pantalla que Elmore estaba clínicamente muerto.
Todo había terminado.
Se recompuso, inspiró hondo y miró de modo portentoso a Felicity, que parecía atontada. Tosió ligeramente como para obligarse a volver a la realidad.
—Bien —dijo Cleaver—, acabas de ser testigo de algo realmente extraordinario. ¿Tienes idea de lo que has visto? Felicity lo miró y negó con lentitud con la cabeza. —Contacto psíquico en el momento exacto de la muerte, totalmente registrado por primera vez. ¿Qué dices a eso?
—¡Dios mío! —dijo Felicity con la boca abierta. Cleaver desvió la mirada. «Dios mío», repitió para sí. Acto seguido, apartó el pensamiento de su mente. «Había sido un gran experimento», pensó. Y como todos los grandes experimentos, engañosamente simple. Era como una nuez dentro de la cáscara. Durante siglos, probablemente milenios, la gente había hablado de los fenómenos de visitas de la muerte: todas esas historias de viejas que hablan de la visión de un ser querido en el momento de morir, sobre gente separada por enormes distancias que se reúnen en el instante final, sobre experiencias de muerte en las que la gente sale de sus propios cuerpos y se dirigen hacia una luz cegadora. Tenía que haber algo en esas historias. Pero sólo Cleaver había pensado en intentar medir el fenómeno, la neurobiología del alma, y en crear un medio para lograrlo.
Hasta donde Cleaver era capaz de recordar, su vida intelectual había estado impulsada por dos conceptos. Uno era la idea de que la mente era capaz de existir fuera del cuerpo, de que los pensamientos, los temores, los sueños, las pesadillas y las emociones tenían una existencia independiente. El otro era la idea de que las máquinas y el hombre podían fundirse, a través de esa mente desposeída de cuerpo, para crear el nuevo hombre del futuro. Porque si la mente podía ser medida de alguna manera, si existía como algo que viajaba de un punto a otro, entonces se la podía capturar. Y si era posible capturarla, podía ser unida al potencial infinito que proporcionaban las máquinas, una especie de chispa divina de inteligencia dirigida que haría que la Creación pareciera un juego de niños.
Cleaver miró a Felicity y suspiró. Era una lástima que no tuviese una ayudante de laboratorio que supiera valorar aquel momento.