Ánima
Kate, empapada por la lluvia...
Kate, empapada por la lluvia que caía sobre la ciudad, entró en el montacargas y pulsó el botón del cuarto piso sin dudarlo. Echó un vistazo a la tarjeta que llevaba en la mano. La dirección de Scott estaba impresa en letras mayúsculas, con el diminuto icono de un antiguo visor Brownie en la esquina inferior izquierda. No sabía qué le diría o qué haría una vez que estuviese allí.
Llamó suavemente a la puerta. Nadie respondió. Cogió el pomo y comprobó que giraba sin resistencia; no se sorprendió, estaba comenzando a tener la extraña sensación de que la guiaban unas fuerzas inexorables, innombrables. Simplemente tenía que entregarse a ellas, y eso, se había dado cuenta, hacía que todo fuese menos complicado. No tenía que pensar tanto.
La puerta se abrió de par en par. Un perro grande la recibió alegremente, golpeando la cola contra el suelo de madera. No había nadie en casa. Le dio unas palmadas al perro, dejó la gabardina sobre el respaldo de una silla y echó un vistazo al enorme loft. Estanterías altas, llenas de libros y objetos, dos bicicletas, bellas pinturas abstractas en las paredes de ladrillo, un montón de fotografías enmarcadas. Se tomó unos minutos para reflexionar: de alguna forma, había adivinado que ese lugar sería así; se sentía bien por haber acertado.
Sobre una mesa baja había un montón de fotografías en blanco y negro. Sintió una punzada en el pecho: todas eran de Tyler. En ese momento se dio cuenta de que nunca lo había visto sin la herida; era un chico muy guapo. Los ojos, los pómulos, la forma de la barbilla eran como los de su padre.
Atravesó el salón y entró en una habitación más pequeña. Apenas tardó unas décimas de segundo en adaptarse a la oscuridad. Se sobresaltó.
¡Scott estaba allí!
Acostado en la cama, junto a un pequeño objeto apoyado en la almohada, un muñeco de peluche. Un koala. Tenía un aspecto horrible.
Scott no se movió, pero sus ojos se desviaron hacia ella. No se sorprendió al verla; apenas parecía registrar su presencia en la habitación. Ella trató de pensar en algo que decir.
—Pensé… pensé que debía venir aquí. No hubo respuesta.
Vio que en el suelo había una botella de whisky medio vacía. Se acercó y se sentó a los pies de la cama. Podía oler el alcohol en su aliento. Pero no parecía estar borracho. Scott se sentó.
—Gracias —dijo en un tono distante—. Me alegro de que haya venido.
Hizo girar las piernas para sentarse en el borde de la cama. Sus muslos casi se rozaban. Él se inclinó, apoyó los codos sobre las rodillas y ocultó la cabeza entre las manos. Cuando habló, su voz había cambiado, era más emotiva.
—No lo esperaba —dijo—. Aunque ahora, volviendo la villa atrás, veo cuán engañado estaba. No había ninguna posibilidad. Nunca hubo ninguna posibilidad. Ellos querían seguir adelante y nada les haría cambiar de opinión. Ella apoyó una mano en su espalda.
—Tal vez tenga razón. Pero no ha terminado. Hay cosas que todavía podemos hacer.
—Los tribunales. ¿Y cuánto tiempo llevará eso? Mientras tanto, Tyler sigue allí, en una cama, más muerto que vivo. —Scott se irguió—. No lo entiendo. ¿Quiénes son ellos para tomar esa decisión? Yo soy su padre, por el amor de Dios.
Comenzó a pasearse por la habitación.
En ese momento, Kate se dio cuenta de que estaban en la habitación de Tyler. ¿Cómo podía haberlo pasado por alto? Los posters de películas, los patines, un montón de camisetas, el desorden adolescente. Supuso que todo estaría tal como Tyler lo había dejado. Así era siempre en las novelas, y ahora, allí estaban, en la vida real. En la cama, el koala estaba caído de lado, el hombro de piel gastado y con parches, debido a los abrazos de Tyler, imaginó. El chico se volvía cada vez más real.
Scott se estaba alterando.
—¿Quiere saber qué es lo que más me enfurece? No le expliqué esto en su momento. Lo que realmente me irritó fue cuando ese individuo, el administrador del hospital… ¿cómo se llama?
—Brewster.
—Brewster. Cuando empezó a interrogarme y me preguntó si yo entendía que Tyler no sufría ningún dolor. ¡Ningún dolor! Mi hijo está allí, conectado a esas jodidas máquinas, sumido en una especie de coma y sufriendo quién sabe qué. Tal vez no haya dolor. Pero tal vez sí. Quizá cada vez que mueve un párpado está sufriendo una horrible pesadilla. Quizá está sufriendo una agonía permanente. O tal vez se siente perdido, solo o abandonado. ¿Quién puede decirlo? Ellos no lo saben. Nadie lo sabe. Ni siquiera yo, y siempre me he sentido tan cerca de él que a veces solía pensar que realmente podía leer su mente.
Scott continuó paseándose por la habitación. Su voz se suavizó.
—¿Sabe?, cuando era pequeño y le hacía dormir, le contaba una historia. Siempre comenzaba de la misma manera; hablaba de una casa que tenía mil habitaciones. Me acostaba a su lado, justo aquí, y apoyaba la cabeza en la almohada junto a la suya, y juro que miraba profundamente en sus hermosos ojos y podía pensar lo que él estaba pensando, podía sentir lo que él sentía.
Ella asintió sin decir nada.
—Y aunque no sufra ningún dolor, él debería… ellos deberían dejarlo partir. Ya no es Tyler. Puedo verlo. Ellos no quieren verlo.
Hizo una pausa y la miró fijamente.
—Permítame preguntarle algo. Cuando usted me llamó, ¿ellos le dijeron que me lo contase?
—No. Oí que hablaban del asunto. Piensan comunicárselo formalmente mañana.
Scott asintió. Parecía estar maquinando algo, pero apartó ese pensamiento por un momento. En cambio, le hizo una pregunta amable:
—¿Le gustaría tomar una copa?
Ante su propia sorpresa se oyó contestar que sí. Y añadir luego, «mucho».
Scott cogió la botella por el cuello y abandonó la habitación de Tyler, atravesó el loft y entró en la pequeña y desordenada cocina. Buscó dos vasos sucios en el fregadero y los lavó. Kate se sentó en el sofá del salón y lo observó mientras servía medio vaso para cada uno y se acercaba al sofá. De pie junto a ella, le alcanzó su bebida. Luego se inclinó ligeramente e hizo entrechocar los vasos, un acto realizado de manera distraída.
Kate bebió un largo trago. Sintió que el líquido le quemaba la garganta, luego el pecho y la ola de calor se extendía a los brazos y las piernas. Eso hizo que se sintiera bien.
Scott bebió un trago, dejó el vaso sobre la mesa baja y luego se sentó junto a ella y la miró a los ojos.
—Me pregunto si podría pedirle algo, si podría hacerme un favor. Me pregunto…
—¿Sí?
—¿Cree que podría llevarme allí para verlo?
—¿Cuándo?… ¿Ahora?
—Sí, ahora.
Ella miró por la ventana; estaba oscuro. Por las luces de la calle pudo ver que la lluvia había arreciado.
—¿En este momento?
Él asintió.
Kate lo pensó brevemente, pero estaba actuando; desde el instante en que él se lo había preguntado, ella sabía que lo haría.
—Supongo que sí. Pero creo que han anulado mi autorización para acceder a ese pabellón. Oficialmente estoy fuera del caso.
Él pareció aturdido. «Por primera vez —pensó ella—, está pensando en lo que todo esto significa para mí».
—No lo sabía. Lo siento.
—Oh, no importa —mintió ella.
Scott dejó su vaso donde estaba pero ella acabó su bebida de un trago. Luego ambos salieron en busca de un taxi.
El hospital estaba en silencio y pudieron pasar delante de la sala de enfermeras sin que los viesen. Pero cuando se encontraban a medio camino del corredor, una voz resonó a sus espaldas.
—Eh, ustedes, ¿adónde van?
Era la enfermera de guardia y su tono de vieja gruñona anticipaba problemas. Ambos se volvieron y regresaron al mostrador de la entrada con sus ordenadores, tablillas con sujetapapeles y demás parafernalia. El agua había dejado de chorrear de sus ropas, pero ambos tenían aún los zapatos empapados.
Cuando vio a Kate, la actitud de la enfermera cambió por completo.
—Oh, doctora Willet.
Kate se relajó exteriormente. Pero su mente volaba: ¿qué pasaría si habían cambiado el código de acceso y su tarjeta de identificación ya no podía abrir la puerta del pabellón donde se encontraba Tyler? En ese caso, no podrían llegar a la sala de observación para mirarlo a través de la pared de cristal, por no hablar de la segunda cerradura que impedía el paso a la cámara interna donde estaban el ordenador y el resto del equipo médico. Si no podían pasar, ¿cómo podría regresar allí y abrirse camino a través de la puerta cerrada con el código de seguridad? Scott no tenía aspecto de poder soportar que le negasen la posibilidad de ver a su hijo.
—No hay ningún problema. Sólo hemos venido a… hacer una visita. —Kate sonrió—. Fuera del horario habitual —añadió innecesariamente.
—Entiendo. —La expresión de la enfermera sugería que no. La mujer dudó durante unos segundos—. Bueno, pero él tiene que firmar, sea o no el padre del chico.
Scott se acercó al registro con una ira apenas reprimida y garabateó su firma. La enfermera insistió en que anotase también la hora. Kate no quería que tuviese un altercado con ella, eso lo echaría todo a perder. Scott tenía un aspecto terrible. Había insistido en entrar en un bar que se encontraba a un par de manzanas, un tugurio con suelo de linóleo y hombres en camiseta que parecía que viviesen allí. El barman lo conocía. Otra ronda de tragos rápidos. No era una parada casual; él había insistido, y en su insistencia había habido dureza, casi desesperación. Ella se preguntó: ¿estaba tratando de reunir valor para ver a Tyler?
En cuanto a Kate, hacía tiempo que no se sentía tan insegura. Al abandonar el bar notó que las rayas del linóleo parecían moverse formando ondas. Y cuando entraron en el ascensor del hospital, ella había vacilado antes de pulsar el botón, quedándose momentáneamente en blanco mientras trataba de recordar la planta a la que iban.
Ahora la enfermera la miraba con el oprobio bailando en sus ojos.
Ambos se dieron la vuelta y Kate sintió la mirada de la enfermera que la seguía como un carámbano que goteara en su espalda. Se le erizó el vello de la nuca. Las pisadas eran tan sonoras que provocaban eco en el corredor vacío y, mientras avanzaban hacia el otro extremo, su extensión se hacía interminable y las paredes verde pastel con un friso blanco de madera parecían estrecharse, cerrándose desde ambos lados. Tardaron una eternidad en llegar al otro extremo. Kate no se atrevió a volver la vista.
Abrió su bolso y sacó la tarjeta de identificación. Tenía el pelo húmedo, pero lo sentía caliente y pegajoso en la frente y las sienes. La blusa también estaba húmeda alrededor de los hombros y tembló ligeramente, aunque no sabía si era de frío o de calor. Tenía un nudo en el estómago y, de pronto, sintió náuseas. Por un momento se preguntó si sería capaz de volverse hacia Scott y decirle que no creía que ésa fuese una buena idea después de todo. ¿No podrían regresar a ese bar, beber otra copa y hablar? Lo miró por el rabillo del ojo. Scott estaba a su lado, inclinado hacia delante, expectante, esperando con calma. No aceptaría una negativa.
Su mano tembló ligeramente al pasar el borde de la tarjeta por la ranura, conteniendo el aliento.
Clic. La cerradura se desactivó.
Kate respiró profundamente, sintió una oleada de alivio, y buscó el pomo de la puerta. Pero Scott se había anticipado, abriendo la pesada puerta con decisión. Estaba dentro de la sala de observación antes de que ella pudiera darse cuenta y tuvo que apresurarse antes de que la puerta volviese a cerrarse automáticamente.
Scott se encontraba junto al cristal, apoyado con ambas manos por encima de la cabeza, mirando a través de la superficie transparente. Su cuerpo estaba tenso, como si una corriente eléctrica le atravesara la columna vertebral. Tyler estaba dentro, detrás del cristal, suspendido boca abajo en la montura de la cama, sujeto con correas y rodeado de tubos y cables. Kate observó su rostro, que parecía rígido, fijo, mientras colgaba en el espacio, esculpido como si fuese un mascaron de proa.
Algo le llamó la atención. Había algo que no estaba bien.
¿Acaso los sonidos de las máquinas eran ligeramente diferentes, más silenciosos? ¿O había algo en las luces que atravesaban la ventana redonda del monitor, una línea ondulada donde debía haber picos y valles serrados? ¿O era algo en el propio Tyler, un color gris en sus facciones, una inmovilidad?
—Dios mío —dijo Scott en voz baja.
Él también lo había advertido. Comenzó a golpear el cristal.
Kate dejó escapar un gemido.
—Mire —dijo—. Mire las máquinas.
Scott se volvió, mirando frenéticamente a su alrededor, luego otra vez a ella. Kate señaló el ordenador en la habitación contigua. Allí, los signos vitales estaban en todas partes, líneas que latían a través de las pantallas con vigor e intensidad, luces que parpadeaban, señales rítmicas y definidas.
Ninguno de los dos entendía lo que estaba pasando. Los monitores colocados a la izquierda, conectados directamente al cuerpo de Tyler, apenas mostraban señales de actividad. Las líneas que controlaban su corazón, su cerebro, su respiración, su temperatura corporal… casi no se movían. El electroencefalograma era plano. No obstante, los monitores en la habitación de la derecha, conectados al ordenador, estaban totalmente activos.
—¿Qué está pasando aquí? —Preguntó Scott—. ¿Qué ha ocurrido? Algo no marcha bien. Mire.
—Y allí —dijo Kate con voz aguda y nerviosa.
Señaló y Scott se giró para ver lo que ella estaba mirando.
El monitor principal, el artilugio que revelaba cuál de los dos, paciente u ordenador, estaba a cargo de las señales que ordenaban al cuerpo que funcionara, tenía su aguja señalando muy claro hacia el uno. No al cero, sino al uno.
—Eso significa que el ordenador está registrando actividad antes que Tyler —dijo ella.
—O sea, que el ordenador es el que manda.
Scott se quedó callado un momento y luego habló rápidamente.
—Y cuando usted ha entrado aquí, él no ha notado nada. Las máquinas no se han alterado. Dígame, ¿lleva el mismo perfume?
—Sí, sí, el mismo de siempre.
Kate buscó dentro de su bolso, sacó el pequeño frasco y le quitó la tapa. Roció su brazo con unas gotas. El aroma les llegó de inmediato a las papilas olfativas. Observaron atentamente los monitores.
Ninguna respuesta. La aguja no se movió.
Kate buscó un pañuelo en el bolso, vació el contenido del frasco en la tela blanca hasta que quedó totalmente impregnada. Guardó el frasco vacío en el bolso y sostuvo el pañuelo extendido en el aire. El olor era irresistible. Ambos miraron a través del cristal. Nada, ninguna respuesta.
Je m’en souviens.
O sea que Tyler no podía recordar nada. Ni siquiera su yo primordial, su segundo cerebro primitivo, justo por encima del tronco cerebral, donde se suponía que la sensación olfativa se disparaba como una bala.
—Se ha ido. Para siempre —dijo Scott con voz quebrada. Kate se preguntó si debía hablar. Porque era peor que eso. Algunas palabras regresaron para acosarla: «Expansión en el adyacente posible».
Decidió que debía contárselo a Scott. Le debía la verdad, ahora más que nunca.
—No, no se ha ido completamente —dijo por fin—. Su cerebro no está operativo. Cualquier cosa que haya estado ahí, esa parte de la mente que regulaba sus funciones corporales, se ha ido allí. —Señaló las máquinas en la habitación de la derecha—. Ha pasado al ordenador.
Scott golpeó el cristal con la frente y permaneció en esa posición durante varios segundos, inmóvil, con los ojos fijos en Tyler. Su hijo no estaba totalmente pálido; estaba recibiendo sangre. Pero en él había una ausencia de vida que resultaba evidente ahora que Scott sabía dónde buscarla. Sus pestañas estaban inmóviles, no había ningún leve tic que él había llegado a reconocer en las últimas semanas y al que se había aferrado como presagio de esperanza. El rostro de Tyler era ahora una especie de máscara de cera.
No le resultaba fácil traducir sus pensamientos en palabras.
De modo que se trataba de eso. El cuerpo de su hijo era un caparazón vacío que seguía funcionando gracias a los tubos y los cables. Su mente estaba ausente. Lo que hubiera habido en su interior y que lo había convertido en un ser único, en ese ser humano especial y adorable llamado Tyler, había viajado a través de esos cables hasta quedar cautivo dentro del ordenador.
El ordenador era más su hijo que el caparazón inerte que tenía delante de sus ojos. El ordenador lo había secuestrado.
Finalmente lo habían hecho. Finalmente habían hecho algo peor que matarlo.
Sintió ganas de gritar. Y gritó.