Ánima

John Darnton · Capítulo 51 de 63

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Ánima

El taxi en el que viajaba Kate...

El taxi en el que viajaba Kate comenzó a reducir la velocidad en la Tercera Avenida con la calle Veintiocho y, cuando llegaron a la Treinta y dos, marchaba a velocidad de peatón. Confinada detrás de una mampara de plástico a prueba de balas, sentía oleadas de ansiedad que le recorrían el cuerpo.

—¿Qué sucede? —le gritó al conductor.

Un ruso de edad avanzada que parecía llevar el peso del mundo sobre su cabeza inclinada se volvió y se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Tal vez haya llegado un tipo importante a la ciudad. O tal vez haya ocurrido un accidente. El hombre se inclinó hacia la derecha, cogió un termo y se sirvió una taza de café humeante. Bebió un trago y luego volvió a mirar a través del parabrisas, indiferente. Kate se sintió invadida de pronto por una sensación de urgencia.

—Pero tengo prisa. ¿No hay otro camino? Esta vez el hombre ni siquiera se volvió.

—Señora, si quiere llegar a Roosevelt Island, sólo hay un camino. Tomo por Queensboro y vuelvo al punto de partida. Si voy por el Triborough hago el doble de recorrido. Mi consejo, inténtelo otro día.

Buscó el teléfono móvil en su bolso. Pulsó el dial de llamada automática al loft de Scott. El teléfono sonó y sonó, exactamente lo que había esperado. ¿A quién más podía llamar? ¿A la policía, a ese sargento… Paganelli? «No seas absurda, ¿qué esperas, balbucear algo acerca de ambulancias, colores y pacientes desaparecidos y que él deje todo lo que tiene entre manos y te recoja en un coche patrulla y te lleve a Pinegrove para arrestar a Cleaver? ¡Ni en sueños! ¿Saramaggio? No seas ridícula. Ese tío te despidió de tu trabajo. Despedida no, suspendida. Hay una gran diferencia. Por lo que sabes, él podría formar parte de todo eso, sea lo que sea. Y aunque no fuera así, ¿piensas que él te creería? ¿Quién más queda? Nadie».

Se percató, con una punzada de dolor, de que nunca se había sentido tan completa, abrumadoramente sola. Su corazón se aceleró, y sentía las palmas de las manos húmedas. La sensación dentro del taxi era claustrofóbica, sin espacio para los pies y con las ventanillas cerradas. Abrió una.

Entonces se dio una lección, una de las lecciones de su madre. «En momentos de crisis, debes respirar profundamente, no una vez, sino dos, tres, cuatro veces. Relajarte y pensar con claridad. Visualiza qué es lo que quieres hacer y luego hazlo. Nada de tonterías, nada de demoras, nada de compadecerse de uno mismo. Eso es para los débiles, no para nosotros, que somos de la helada Groenlandia».

Comprobó el taxímetro, metió la mano en el bolso y encontró un billete de cinco dólares, que lanzó sobre el asiento del conductor.

—Quédese con el cambio —dijo, bajando del taxi.

El hombre se encogió de hombros y bebió otro trago de café.

Caminó dos manzanas y se metió en la boca de metro de la calle Treinta y cuatro. Podía bajarse en la Cincuenta y nueve, caminar un par de manzanas hacia el este y coger el funicular hasta la isla.

En la calle, caminando con un objetivo, haciendo algo, comenzó a sentirse mejor. Su madre siempre sabía lo que había que hacer para salir de un embrollo.