Ánima

John Darnton · Capítulo 39 de 63

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Ánima

Kate se dirigía a su despacho...

Kate se dirigía a su despacho, una habitación sencilla y sin ventanas que había heredado como la cirujana más nueva, cuando sonó el busca que llevaba en la cintura. Mostraba una extensión que no conocía. Llamó desde uno de los teléfonos de pared.

—Doctora Willet, soy la recepcionista… del mostrador del vestíbulo. ¿Podría venir, por favor? —La voz de la mujer se convirtió en un susurro confidencial—. Aquí hay un hombre que pregunta por usted. La conoce, o al menos eso dice.

—¿Cómo se llama? —preguntó. Aunque ya lo sabía… o esperaba que así fuese.

—Es el señor Jessup. Dice que su hijo fue paciente del hospital. Pero actúa de un modo un tanto… no sé… agitado.

—Ahora mismo bajo —dijo ella.

Mientras se apresuraba para llegar al ascensor se sintió sobrecogida por la ansiedad. Aquello la sorprendió, de modo que se entregó a un ejercicio de introspección: deseaba reconocer un tumulto de sensaciones, alegría, alivio y preocupación, todas juntas. Incluso un poco de excitación. Durante las últimas cuarenta y ocho horas había hecho un esfuerzo por no pensar en Scott y, como le sucedía siempre en esos casos, el propio esfuerzo fue su peor enemigo. Ahora que él había ido a verla, ahora que era él quien había dado el primer paso, podía admitirlo. Estaba preparada para ser generosa. Nada de resentimiento. Pero ¿qué había querido decir la recepcionista con agitado? ¿Acaso había vuelto a beber?

Pero tan pronto como vio a Scott esa preocupación se desvaneció, aunque fue reemplazada con otra. Scott se paseaba nerviosamente por el vestíbulo. Parecía descontrolado y excitado, como si estuviese bajo los efectos de anfetaminas.

Cuando la vio no sonrió.

—Tiene que venir conmigo —dijo—. Me estoy volviendo loco, no sé qué hacer.

Ella supo de inmediato por su tono de voz que no estaba hablando de cuánto la había echado de menos. Scott la cogió de un brazo y comenzó a llevarla hacia la puerta.

—Espere un momento, no puedo marcharme de este modo. Estoy trabajando.

Él se detuvo en seco, en ello.

Kate continuó:

—¿Y si tuviese que operar?

—¿Tiene que hacerlo?

—No. ¿Y si tengo que ver pacientes?

—¿Tiene que hacerlo?

—No.

—Entonces venga conmigo y salgamos de aquí. Kate accedió. En realidad no tenía nada que hacer.

—De acuerdo. Pero deje que vaya a buscar mi abrigo.

—No lo necesita. Hace calor.

—Muy bien.

—Tengo un taxi esperando.

Scott apretó el paso y desapareció delante de ella, cruzando la puerta giratoria.

—Pero tendrá que decirme adónde vamos —le gritó. Pretendía que sus palabras sonaran como una especie de ultimátum, pero a ella le pareció que era una modesta solicitud—. Yo también me alegro de verlo, muchas gracias —murmuró, pasando a su vez por la puerta giratoria.

El taxista estaba irritable y no precisamente feliz por haber tenido que esperar junto al bordillo cuando podría haber estado buscando una nueva carrera. Scott mantuvo la puerta abierta para que ella entrase, luego subió al coche y gritó su dirección a través del separador de plástico.

—De modo que ahí es adonde vamos —dijo ella alegremente, tratando de romper el hielo—. Está lleno de sorpresas.

Pero Scott no tenía ganas de jugar.

—Lo siento —dijo, mirando a través de la ventanilla—. Debería habérselo dicho.

Tenía una expresión tan preocupada que ella lamentó haber bromeado.

—Scott, ¿qué sucede? Parece realmente alterado.

—No quiero hablar aquí —repuso, haciendo un gesto con la barbilla en dirección al taxista, quien se hallaba con la cabeza inclinada hacia la izquierda para hablar sin parar a través de un teléfono móvil.

«Genial —pensó ella—. Ahora se está volviendo paranoico».

—¿De verdad? —dijo ella—. No creo que esté escuchando.

—Aun así… no, no se trata de eso. Es que parece tan increíble y tan extraño que tengo miedo de que no me crea. Quiero que se siente, le explicaré todo lo que ha pasado y, tal vez, si hay suerte, podré enseñárselo.

—¿Enseñármelo? ¿Qué quiere decir con enseñármelo?

Pero él no contestó y volvió a mirar a través de la ventanilla. Ella se apoyó en el respaldo para continuar el viaje y también para poner a salvo su columna vertebral, ya que el taxista había comenzado a coger todos los baches como si su vida dependiera de ello.

—¿Ni siquiera una pequeña pista? —preguntó.

Él volvió a mirar al conductor, sin dejar de farfullar en un lenguaje críptico.

—Creo que hay una posibilidad, una buena posibilidad, en realidad no sé cómo explicarlo, pero creo que tal vez Tyler sigue con vida. Al principio pensé que se trataba de algún cabrón que me estaba gastando una maldita broma, alguien del hospital o algo así. Pero ya no lo creo o, al menos, no estoy seguro.

Ella apartó la vista, se mordió el labio y gimió por dentro. «Oh, pobre Scott — pensó—. Desea con tanta fuerza que sea verdad, que su mente le está jugando una mala pasada».

A pesar de su promesa de permitir que ella se sentara para contárselo con todo lujo de detalles, Scott estaba tan nervioso que comenzó a escupir toda la historia cuando subían en el vetusto y ruidoso montacargas que los llevaba al loft. Le explicó la experiencia que había tenido con el ordenador de la galería de arte y cómo la máquina había enviado la señal de su propia contraseña y luego le había contestado misteriosamente con respuestas que sólo su hijo conocía. Y luego cómo su ordenador había hecho exactamente lo mismo al día siguiente hasta que, finalmente, el propio Tyler le había enviado un mensaje —al menos dijo que era Tyler— y le había pedido ayuda y era evidente que estaba en problemas.

Ella le pidió que le repitiese las palabras del mensaje y él lo hizo así, ya que había memorizado perfectamente el intercambio de mensajes.

Una vez dentro del apartamento, Kate pidió café, dejando pasar el tiempo mientras pensaba qué decir. Antes de preparar el café, Scott se acercó al ordenador, apartándose unos pasos del escritorio para mirar la pantalla con aire expectante, como lo haría un peregrino al contemplar un icono religioso.

Luego fue a moler los granos en la cocina. Ella se volvió hacia él, invitándolo a continuar con la historia.

—No sé cómo explicarlo —dijo—. Lo he repasado una y otra vez, como podrá imaginar, y no puedo llegar a ninguna conclusión. No tiene sentido, se mire como se mire. La única explicación que se me ocurre es que en alguna parte, de alguna manera, Tyler aún está vivo. Y no sólo eso, sino que está consciente, puede comunicarse conmigo, y necesita mi ayuda.

—Tal vez, como ha dicho, se trata sólo de una estúpida y horrible broma, de alguien increíblemente malvado o rencoroso…

—Por supuesto, eso tiene sentido. Pero me he estrujado el cerebro. Nadie que conozca sería capaz de hacer algo así. Sería algo monstruoso. Y, además, nadie, y quiero decir absolutamente nadie, sabe nada de Jingo y de las historias que yo le contaba a Tyler.

—Seguramente hay algún chico, tal vez alguien que un día se quedó a dormir aquí y oyó esas historias.

—No, nunca se las contaba cuando alguno de sus amigos se quedaba a pasar la noche. Era nuestro pequeño ritual privado.

—Tal vez Tyler pudo habérselo contado a alguien. —No, lo comprobé con la única persona a quien se lo podría haber dicho. Y, en cualquier caso, Tyler no habría hecho eso; como ya he dicho, era algo entre nosotros dos. Eso es lo que lo hacía especial y mágico.

Ella volvió a maravillarse, por enésima vez, ante lo buen padre que había sido Scott, criando a su hijo sin ayuda de nadie. Algún día le gustaría que alguien así fuese el padre de sus hijos.

Scott le llevó el café. Ella bebió un pequeño trago, sopló la superficie caliente del líquido y dejó la taza. Era hora de adoptar un enfoque distinto.

—Scott, si toma distancia con respecto a la situación, verá que resulta difícil creer que Tyler aún pueda estar vivo —dijo suavemente—. Aquella noche fuimos juntos al hospital. ¿Recuerda? Los dos vimos que no tenía signos vitales. Eso fue lo que lo enfureció, el hecho de que él estuviese… virtualmente muerto.

—Vimos que no respiraba y que no hacía latir su corazón Las máquinas se encargaban de eso. Pero las funciones continuaban. Técnicamente estaba vivo. Virtualmente muerto no es lo mismo que estar muerto.

—Pero le retiraron la asistencia mecánica. Y sabemos que nadie puede sobrevivir a eso.

—Ellos dicen que lo hicieron. ¿Cómo sabemos que realmente fue así?

—Scott, hay muchas cosas que hacer en esa situación, un procedimiento completo. Se rellenan formularios, se obtiene la verificación de otro médico. Es un procedimiento complejo.

—¿Y quién era ese segundo médico? Respóndame a eso.

—No lo sé, pero estoy segura de que había uno.

—¿Puede averiguar quién era?

—Supongo que sí, pero Scott, eso no probará nada.

—No confío en ese hospital y tampoco en las personas que trabajan allí. —La miró y añadió rápidamente—: Excepto en usted, por supuesto. Yo confío en usted.

—Eso espero —dijo ella, nada molesta. Pero su mente volaba—. Pero fuimos al funeral; usted y yo. Estuvimos sentados juntos.

—Sí, pero era un ataúd cerrado. En la funeraria dijeron que los daños en la cabeza eran tan profundos que no se podía abrir. De modo que nunca vi a Tyler allí dentro. Estaba demasiado trastornado. Acepté su palabra. Y ahora lamento haberlo hecho.

—¿Y quién podría estar enterrado allí si no es él?

—No tengo la menor idea. Como ya he dicho, no puedo explicarlo.

Su voz comenzaba a irritarse, pero ella sintió que era importante seguir insistiendo con preguntas difíciles.

—Eso significa que algún empleado de la funeraria lo vio también, probablemente tuvo que trabajar con su cuerpo. Scott, todo esto es una locura. Si existe alguna especie de conjura, no sé, alguna clase de conspiración, entonces la gente de la funeraria tendría que formar parte de ella. Esto se nos está yendo de las manos.

—Yo también he pensado en eso. He pensado en todo lo que acaba de decir. Pero, créame, si hubiese visto lo que yo vi, el mensaje que había en esa máquina —señaló el ordenador—, entonces no estaría tan segura de sus palabras.

Él lo estaba convirtiendo en algo personal, trazando una línea entre ambos. Acabó el café y apoyó la taza con fuerza en la mesa.

—De acuerdo, quiero verlo —dijo.

Scott se sentó ante el ordenador; su rostro reflejaba el brillo fantasmal que proyectaba la pantalla, y tecleó unas cuantas letras. Escribió:

DINGO

Esperó… y esperó. Luego tecleó:

HABÍA UNA VEZ UN NIÑO QUE ESTABA ABURRIDO.

Pasaron los minutos, cinco, luego diez. Volvió a pulsar las teclas:

TYLER.

Nada. Luego escribió:

TYLER, TYLER, ¿ESTÁS AHÍ? HÁBLAME…

Durante todo ese tiempo Kate se había estado paseando por la habitación, mirando por las ventanas y leyendo todo lo que encontraban sus ojos, portadas de revistas viejas, mensajes dejados en un tablón de noticias, cajas de cereales.

—¿Por qué no deja de pasear? —Dijo Scott—. Me pone nervioso.

Ella lo miró.

—Lo siento —dijo él—. No siempre funciona así… al menos al principio.

—¿Cuántas veces ha… funcionado?

—Dos.

Ella volvió a mirarlo.

—Sé lo que está pensando —dijo él—. Dos veces no es mucho. Pero cada vez que aparece, ya sabe, los mensajes van y vienen… es un verdadero intercambio.

—Entiendo.

Kate decidió cambiar de tema y se fijó en una fotografía con marco de plata que había encima de la mesa de la cocina. En ella aparecían Scott, su esposa y Tyler, y había sido tomada hacía muchos años. Scott llevaba el pelo largo hasta los hombros, y Tyler mostraba una amplia sonrisa llena de dientes, un chico de expresión dulce que parecía serenamente contento por estar junto a sus padres, cada uno de ellos con una mano apoyada en sus hombros. Los tres estaban en la puerta de una cabaña junto al mar —la fotografía tenía una cualidad azulada, desvaída— y el marco de la puerta era blanco y formaba un borde para las tablillas grises y gastadas por el tiempo. A sus pies se veía un camino de piedra rodeado de arena y, encima de la puerta, al mirarlo más atentamente, la figura tallada de una ballena.

Kate concentró su atención en la mujer. Sus ojos eran asombrosos, de un marrón intenso y profundo como el centro de la tierra, brillaban con inteligencia y parecían atraer tu mirada, de modo que resultaba difícil apartarla. El pelo era deslumbrante y caía como una cascada; la nariz era fuerte y recta, y su boca tenía un rasgo original, triste. Ella era el centro, el centro maternal del trío, y era una de las mujeres más hermosas que Kate había visto en su vida.

En conjunto, en aquella fotografía había algo que a Kate le resultaba fascinante y conmovedor, algo en el brillo de la luz, los tres de pie, mirando directamente a la cámara, una audacia en la postura, la naturalidad del amor entre sí, la certeza de que esa familia pronto quedaría separada por un rayo. Se quedó casi sin aliento. Cogió la fotografía y la miró durante unos minutos.

—Fue tomada en Nantucket —dijo Scott. Kate seguía mirándola.

—Se llamaba Lydia —continuó—. En esta foto tenía veintisiete años. Estuvimos casados siete años. Tyler debía de tener… unos cinco. Habíamos alquilado esa pequeña cabaña; la habitación de Tyler no era más grande que un armario. Las camas estaban apelmazadas, las paredes eran finas y había arena por todas partes. Pero estaba junto al océano. Te levantabas y podías caminar sobre la arena y zambullirte entre las olas. Nos encantaba ese lugar.

—Creo… que hay algo maravilloso en esta fotografía —dijo ella.

La recordaba de la exposición. No le dijo ni la mitad de lo que pensaba; no le dijo que la fotografía le había provocado un anhelo infinito.

—A mí también me gusta —señaló Scott—. Siempre llevo una copia encima.

Sacó la billetera del bolsillo trasero, extrajo una pequeña foto y se la dio. La fotografía perdía parte de su poder en su versión reducida, pero sólo un poco… aún podía ver la mirada brillante de Lydia, la serenidad de Tyler, el orgullo de padre de familia de Scott.

—Salgamos a dar un paseo —dijo ella de pronto—. Necesito tomar el aire. — Miró el ordenador y añadió—: Ya sabe lo que dicen: «Si miras un cazo fijamente, el agua nunca hierve».

Caminaron hacia el este por Broadway y luego subieron hasta Times Square. Las aceras estaban llenas de gente: viajantes, mendigos, vendedores ambulantes, mensajeros, africanos que vendían bolsos de mujer extendidos en la acera, adolescentes gritando en los escaparates de la MTV, hombres de mediana edad buscando tiendas porno, turistas que leían las noticias en el viejo edificio del Times y las luces brillantes de los carteles de Nasdaq y Reuters.

Scott se sentía bien en medio de aquella multitud, renovado, como si aquella marea humana lo limpiase por dentro, arrastrando su inquietud. Gente tan distinta, pasando deprisa y dirigiéndose a destinos tan diferentes. Pensó en una línea de diálogo de Humphrey Bogart en Casablanca, acerca del mundo en guerra y los problemas de dos personas que, en comparación, parecían una insignificancia.

Continuaron su paseo, subiendo por Broadway hasta el Lincoln Center, donde se sentaron en el borde de la fuente y hablaron. Luego cruzaron la calle, ocuparon una mesa en una terraza de un café y pidieron un capuchino, y después pasearon por Central Park.

Cuando regresaron finalmente a la calle Veintiocho oeste ya había anochecido. Subieron en el ascensor en silencio, ambos pensando en el ordenador. Aunque con pensamientos diferentes; Scott preguntándose si habría algún mensaje en la pantalla y qué diría, y Kate preocupada por Scott, por qué hacer para consolarlo y ayudarlo en su decepción cuando viera que no había ningún mensaje.

Una vez en el loft, no tuvieron que esperar mucho. Allí estaba, mirándolos en blanco y negro, las letras brillando contra el fondo espectral:

SOY YO, TYLER. AYÚDAME.