Ánima

John Darnton · Capítulo 53 de 63

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Ánima

Cleaver había registrado su nombre...

Cleaver había registrado su nombre y estaba esperando a que el ordenador respondiera cuando se sintió inquieto sentado en aquella silla de respaldo duro. El dolor en el costado izquierdo no había desaparecido, de hecho, había empeorado. Ahora eran como trozos de cristal que le atravesaban el esternón desde un lugar muy profundo de la caja torácica. Pero haberse sentado no había servido de mucha ayuda; sólo conseguía hacer que se sintiera confinado.

 

Se levantó y comenzó a pasearse por la pequeña habitación. Desde una esquina, donde estaba acostado formando una gran masa de pelo gris, el mastín alzó la cabeza y lo observó con cautela.

Cleaver sentía una apremiante necesidad de hablar. Tal vez eso lo ayudaría a olvidar el dolor, a conseguir que desapareciera.

—No lo entiendo —dijo—. Quiero decir, al principio estaba bien. Casi podía sentir que era capaz de controlarlo. No podía conseguir que hiciera todo lo que yo quería, pero no era como esto… ahora esa cosa parece estar contra mí. Lo echa todo a perder. Juro que eso se ha metido en mi sistema y ha arruinado mis registros.

Quincy dejó de trabajar y miró a Cleaver.

—He notado que has dicho eso —dijo—. Hubiera pensado que dirías él. Hace un momento lo llamaste Tyler. —Bueno, sí, pero fue un error. Aún me resulta un poco difícil pensar que allí fuera hay una inteligencia humana.

Y mucho menos una que está poniendo patas arriba mi sistema. Quiero decir que tiene todo el ciberespacio para vagar por él.

—Pero es sólo ciberespacio, no lo olvides. Es un universo completamente diferente, es otro mundo de cargas eléctricas o estanterías repletas de un montón de cosas, incluyendo a todos los que han muerto alguna vez; al menos ésa es tu teoría, que yo recuerde. Y no lo olvides: tú fuiste quien lo puso allí.

—Lo sé —contestó Cleaver débilmente.

—Y eres tú quien pudo observar la partida del ánima, o como coño la llames, de aquel viejo. Y su reaparición ante la vieja, ¿verdad?

—Sí.

—Y eres tú quien ha estado enviando a todos esos jodidos pacientes chiflados al espacio exterior con tu jodida máquina… Mi jodida máquina, de hecho.

—Sí, bueno, no exactamente al espacio exterior; más bien al espacio interior.

—Lo que sea. Y eres tú quien está manteniendo con vida a ese pobre crío sólo para controlar de alguna manera lo que sucede en su mente.

—¿Y…?

—Lo que estoy diciendo es: ¿quién eres tú para empezar a plantear dudas en este punto?

Cleaver entendió lo que Quincy quería decir. Pero necesitaba seguir hablando. Estaba empezando a dar resultado, en los últimos minutos había dejado de estar pendiente de su corazón. Aunque fue precisamente este pensamiento el que hizo que volviese a ser consciente del dolor.

Su voz asumió un tono hipócrita, autocomplaciente.

—Supongo que eso se debe a que soy un científico. Exijo pruebas, pruebas rigurosas, antes de suscribir algo que no puedo ver con mis propios ojos. Aun cuando se trate de algo que confirma mi propia teoría y que deseo con todo mi corazón que sea verdad.

El perro se levantó de pronto y comenzó a dar vueltas por la habitación con evidente nerviosismo.

Quincy lo llamó y cuando el perro no lo obedeció, suspiró y dejó los alicates sobre la mesa. Se levantó, arrastrando las patas de la silla sobre el suelo de madera, y fue a ver qué era lo que estaba molestando al animal.

Al hacerlo pasó junto a la pantalla del ordenador. Le echó un vistazo y lanzó un silbido.

—¡Joder! —dijo, con un tono de auténtico asombro.

Cleaver se detuvo de golpe, súbitamente nervioso.

—¿Qué ocurre?

—Será mejor que vengas a ver esto.

Cleaver se acercó al escritorio, olvidando por un momento el dolor agudo en el pecho. En la pantalla podía leerse:

TYLER, AHORA VOY. PAPÁ.

Ambos se quedaron un momento en silencio. Quincy fue el primero en hablar.

—¿Qué interpretación le das?

—Es un mensaje. De su padre. Para él.

—Obviamente. Pero ¿desde dónde? ¿Cómo ha conseguido acceder al sistema? ¿Cómo piensa llegar hasta él, como dice?

Por una vez, Cleaver iba por delante de Quincy. Pero no tenía ganas de explicárselo todo: que él había deducido que, con la ayuda de esa mujer, el padre de Tyler estaba al corriente del experimento, que de alguna manera había conseguido la contraseña, que había ido al laboratorio instalado en el sótano de Pinegrove para tratar de contactar con su hijo, en el sitio que Cleaver había utilizado, y que ahora estaba a punto de embarcarse en un viaje en el interior del ERT, probablemente con la ayuda de Félix.

Cleaver no quería explicarle todo eso porque su propia mente ya corría a toda velocidad por un sendero sinuoso. Era un sendero que estaba plagado de peligros y obstáculos, pero que a su vez —tuvo que admitirlo mientras miraba la máquina—, había estado contemplando durante algún tiempo.