Ánima

John Darnton · Capítulo 49 de 63

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Ánima

Kate había tratado de llamar a Scott...

Kate había tratado de llamar a Scott y le había dejado dos mensajes en el contestador en diez minutos. Finalmente decidió ir al loft, subiendo en el ya familiar montacargas del viejo edificio. Llamó a la puerta. Nadie respondió, pero podía oír a Cometa que se movía por el apartamento, gimiendo y olfateando junto a la puerta. Intentó abrirla; como siempre, no tenía la llave echada, de modo que entró.

El lugar presentaba el desorden habitual. Kate había aprendido a leer el patrón que había en ello, acostumbrada como estaba ahora a los hábitos de Scott, que había registrado con ojo avizor y una memoria aún más aguda. Dio de comer a Cometa, que se sintió muy agradecido de poder contar con compañía, y aún más por el bote de comida. La cama de Scott estaba sin hacer, había una taza de café a medio beber, los restos de un almuerzo —a juzgar por las migas parecía haber sido un bocadillo—, pero nada más. Entonces vio que el ordenador estaba encendido y una reproducción de Kandinski a modo de protector de pantalla brillaba en el monitor. Pulsó una tecla. El protector de pantalla se esfumó pero la pantalla estaba vacía.

Había algo en el apartamento —tal vez fuese la taza de café a medio beber, tal vez el hecho de que Cometa estuviese rascando la puerta para salir, lo que indicaba que no lo habían sacado a pasear, tal vez alguna otra cosa que no alcanzaba a definir — que le sugería que Scott se había marchado precipitadamente de allí. Pero ¿adónde había ido? ¿Estaría fuera mucho tiempo?

Sacó a Cometa a dar un paseo, regresó y decidió que no seguiría esperando a Scott. Tenía que ir a Pinegrove sola. Tal vez pudiera descubrir algo que arrojase luz sobre lo que le había sucedido a Tyler, si efectivamente la ambulancia lo había llevado a ese lugar.

El decrépito asilo la había impresionado la primera vez que estuvo allí, hacía varios meses, cuando el autobús los había llevado a ella y al resto del grupo en esa visita deprimente al ruinoso pabellón. Recordó la breve sesión de preguntas y respuestas protagonizada por Cleaver y el patético desfile de pacientes. Desde el principio se había sentido asombrada por la institución que dirigía ese hombre, ya que representaba todo lo que ella detestaba, un lugar cruel donde se encerraba a la gente como en una tumba. Pero entonces no había tenido ni la más remota idea de lo que se convertiría para ella en un artículo de fe: cuán monstruoso era realmente el doctor Cleaver.

Kate se sentó frente al escritorio y escribió una breve nota para Scott, diciéndole adónde iba. Luego llenó un segundo bol con agua para Cometa, le dio unas suaves palmadas en la cabeza, y se volvió para echar un último vistazo al lugar. Reparó nuevamente en esa fotografía en la que aparecían Scott, Tyler y Lydia en la cabaña de Nantucket, la fotografía que le había provocado aquella intensa sensación de anhelo cuando la vio por primera vez, los tres tan felices e inocentes, ignorando lo que el futuro les tenía preparado. Le producía una gran alegría que la fotografía los hubiese captado de aquella manera, congelándolos para siempre en el tiempo y el espacio, y la hacía aún más feliz que, para la exposición de Scott, hubiese sido digitalizada y colocada en el sitio web de la galería de arte para que todo el mundo pudiese verla.

Cerró la puerta con fuerza y subió al montacargas, tratando de no pensar en el lugar adonde ahora se dirigía.

Cleaver pulsó el botón que había debajo del panel que decía [6] «Braintrust» y

esperó con impaciencia a que se abriese la puerta principal. La pequeña broma de Quincy con el nombre de su empresa nunca le había parecido divertida, pero ahora había adquirido un matiz irónico: el cerebro del hombre era cualquier cosa menos fiable. Lo había conducido a un callejón sin salida. Ahora todo iba de mal en peor.

Subió rápidamente los tres tramos de escalera sin detenerse en los rellanos. El corazón le latía con fuerza y sintió una punzada en el lado izquierdo del pecho en la que trató de no pensar. Penetraba profundamente debajo del esternón y se retorcía. Apoyó con fuerza los dedos de la mano derecha sobre esa zona e hizo presión, luego continuó subiendo. Eso era lo último que le faltaba en aquel momento, un ataque al corazón.

Cuando abrió la puerta, el mastín estaba allí para recibirlo, husmeándole la pernera del pantalón arriba y abajo y luego inclinando ligeramente el morro hacia un lado en posición de ataque. Los tendones en el cuello del perro destacaban como cuerdas. Quincy alzó la vista de su banco de trabajo pero no le dijo nada.

—Eh, venga, tío —se quejó Cleaver.

—Siempre lo hace con las personas que no han sido invitadas.

La conversación pareció tranquilizar al mastín, que se alejó, describió un pequeño círculo y se echó en un rincón de la habitación.

—He venido a pedirte ayuda —dijo Cleaver.

—No hay nada nuevo en eso.

—Pero esto es serio, realmente serio.

—Siempre lo es.

—Joder, escúchame.

—Vaya, vaya, ése es un lenguaje muy violento para ti… un jodido lenguaje violento.

Cleaver se acercó al banco de trabajo. Quincy estaba instalando un chip en una placa base, doblándolo con unos pequeños alicates. Se estaba tomando todo el tiempo del mundo. En la nuca tenía pequeños pelillos rubios. Cleaver sintió otra súbita oleada de desagrado hacia ese muchacho, tan arrogante, tan listo, tan vulgar. El cuello parecía muy frágil e imaginó una herida en esa zona, la sangre brotando a borbotones de una arteria cercenada, las terminaciones nerviosas curvándose como cables expuestos.

Quincy acabó su trabajo, se levantó y extendió los brazos para desperezarse.

—¿Y bien, qué es eso tan urgente? —preguntó.

—Se trata de Tyler.

Tan pronto como salió de su boca, Cleaver se dio cuenta de lo extraño que sonaba. Nunca le había puesto nombre al ánima que había liberado. Cuanto más independiente se volvía, más rebelde era su conducta, pareciéndose cada vez más a su progenitor humano.

Quincy pareció interesado.

—¿Qué está haciendo ahora?

Cleaver sintió el corazón latiendo como pequeñas agujas que se clavaban en él. ¿Por qué no lo abandonaba ese dolor?

—Es como una especie de virus. Está en mi ordenador, no todo el tiempo. Aparece y desaparece. Pero cuando está allí, todo funciona mal. Y no puedo hacer nada.

Las palabras habían salido precipitadamente de su boca.

Quincy lo miró detenidamente por primera vez desde que se conocían.

—¿Sabes?, no es por nada, pero no pareces estar en buena forma. De hecho pareces bastante jodido.

Cleaver se limitó a asentir. No le dijo la verdad, que últimamente casi no dormía, porque tenía unas pesadillas espantosas. Le asaltaban visiones horribles que pertenecían a un mundo que nunca habría imaginado.

Quincy tampoco admitió que él también estaba preocupado por el proyecto.

—Mira, si se trata de un virus, podemos solucionarlo. Tengo toda clase de defensas de las que jamás has oído hablar, todo un jodido arsenal.

Señaló una silla.

—Ahora siéntate y tómate un respiro. Deja que acabe con esto. Luego nos encargaremos de tu pequeño problema. Cleaver se sentó y realmente sintió que comenzaba a quitarse un peso de encima. No era un hombre débil, no era un mocoso llorón. Era un científico, un pionero, un miembro de esa casta que no rehúye aquello que se debe hacer. Al diablo con las pesadillas, las dudas y todo lo demás. ¿Qué era esa persona aburrida? Ser valiente no significaba no sentir miedo… significaba sentir miedo y, sin embargo, seguir adelante. Cuánta verdad había en ello. Al diablo con lo que estaba sintiendo. Haría lo que debía hacer. Acabar con ese trabajo que había comenzado y que tanto significaba para él. Quincy tenía razón, era el momento de utilizar un lenguaje violento. Muy violento. Jodidamente violento.

Sintió una ligera excitación al pronunciar la palabra, en otro tiempo tan prohibida. Él no era un jodido llorica. No era aquel niño pequeño de pie en medio de la nieve en Massachusetts, después de haber oído la noticia que le había dado su madre, esperando a que su dolorido cerebro estallara en mil pedazos. Un niño pequeño. Temeroso de su padre.

La jodida nieve. Su jodido padre.