Ánima

John Darnton · Capítulo 5 de 63

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Ánima

Kate Willet había resistido...

Kate Willet había resistido el impulso de colocar el adhesivo con su nombre sobre el bolsillo superior de su recién estrenado traje de chaqueta de rayas finas. La verdad era que nunca se le habían dado bien las visitas guiadas, nunca le habían gustado las multitudes.

De hecho, no pertenecía a esa multitud. Miró a su alrededor mientras subían en fila al autobús, en su mayoría mujeres con el pelo rizado que eran demasiado mayores para llevar esas faldas tan cortas, y hombres cuyo exagerado acicalamiento (uno de ellos llevaba una perilla negra sin un pelo fuera de lugar) sugería una vanidosa satisfacción. Todos ellos eran miembros activos de la American Psichological Association.

Un hombre joven y delgado de su edad, treinta y pocos años, se sentó junto a ella. Le sonrió fugazmente, sólo una media sonrisa para mostrarse amable. Era su educación provinciana.

—Menudo viaje, ¿eh? —dijo el hombre, señalando hacia la ventanilla con la barbilla.

Ella se tomó el comentario como una referencia a la visita previa a South Bronx. El día era caluroso y las bocas de incendios estaban abiertas; pequeños cuerpos negros corrían, gritando, delante de los chorros de agua.

Kate asintió evasivamente. Sólo llevaba tres semanas viviendo en la ciudad y le estaba costando adaptarse. Hasta el momento, lo que más le gustaba era la vida en las calles. Además, los niños hacían que añorase la normalidad de su pequeña ciudad natal: cuando uno los miraba, ellos devolvían la mirada.

Una mano grande se extendió por encima de su regazo, abierta y ansiosa.

—Butterworth —dijo el hombre—. Fred Butterworth. Ella tuvo que volverse hacia él para estrecharla. —Kate Willet.

Hubo una breve pausa.

—Bien, Kate. ¿Dónde tienes tu consulta?

—Me temo que no tengo ninguna —contestó—. No soy psicóloga, ni psiquiatra. Sólo aprovecho el viaje.

—Oh, ¿y a qué te dedicas?

—Soy neurocirujana.

—Oh.

Pudo reconocer la decepción en su voz. Su profesión tendía a hacer que la gente clavase los frenos, especialmente los hombres. Hacía que se pusieran a la defensiva.

—Me han trasladado a Nueva York hace algunas semanas, después de hacer mi residencia en California. Estoy en el St. Catherine.

Él pareció animarse.

—Con el famoso Saramaggio.

—Así es.

Él soltó un débil silbido.

—¿Qué piensas de él? —preguntó el hombre.

—Bueno, no hay duda de que es un médico brillante. Buenas manos, como suele decirse. Me sentiré satisfecha si algún día llego a ser la mitad de buena que él.

Su compañero de viaje asintió y ella se quedó en silencio. La verdad era que estaba nerviosa ante la perspectiva de encontrarse nuevamente con Saramaggio. La primera entrevista había ido bien —de hecho, él había estado encantador—, pero su reputación de perfeccionista implacable era pavorosa. Ella amaba la medicina y lo que más deseaba era sobresalir en el ejercicio de su profesión. Por ese motivo había ido al este a trabajar con uno de los mejores equipos de neurocirugía que había en el país. Pero había algo en Saramaggio que resultaba inquietante, un soplo del complejo de dios que afectaba a tantos neurocirujanos. Ella había llegado a detestar a su anterior jefe de cirugía en San Francisco, un hombre técnicamente brillante, pero que tenía un ego del tamaño de una pelota de playa. Cuando todo había acabado, no parecía preocuparse por sus pacientes. Raramente volvía a verlos después de la operación y ellos, a su vez, raramente le enviaban fotografías una vez recuperados. Era decepcionante pensar que el genio podía reducirse a una cuestión de destreza manual.

Obviamente, ella no compartió nada de todo eso con el señor Butterworth. Lo miró de reojo. No era feo, pero sus ojos parecían aburridos. Como muchas mujeres, incluyendo su homónima shakesperiana, Catalina de Aragón, Kate era exigente: sólo podía interesarle un hombre que estuviese a la altura de su inteligencia. Necesitaba que él tuviese esa agudeza juguetona tan propia de ella, de modo que no fuese necesario tener que decirlo todo. Ésa era la chispa que encendía el flirteo en ella.

Sus exigencias eran elevadas; no, según ella, exageradas. En una o dos ocasiones había estado cerca del amor, lo bastante cerca como para sentir algo sin que las llamas la abrasaran, y ya estaba empezando a perder la esperanza de encontrar al hombre adecuado. Su soledad se había visto acentuada por Nueva York, una ciudad que la abrumaba. La gente caminaba tan deprisa por las aceras que parecían dejarla inmóvil, y una o dos veces al anochecer, mientras se masajeaba los pies después de un día de exploración, le preocupaba la posibilidad de que hubiese cometido un error al ir allí. En San Francisco había dejado a un buen hombre, Harry. Era una persona ingeniosa y amable, tan presentable que sus amigas bromeaban diciendo que querían ser informadas cuando la ruptura fuese inminente. Pero hacía algún tiempo había comenzado a sospechar que no era el hombre adecuado para ella, y ahora la separación le confirmaba que no se había equivocado.

—Este lugar que vamos a visitar, Pinegrove, se supone que es realmente algo serio —dijo Butterworth—. Una especie de casa del terror.

Su rostro se ensombreció.

—Oh, lo siento —continuó—. El lugar donde trabajas.

St. Catherine, ¿no está asociado a Pinegrove?

—Sí —dijo ella—. Ésa es precisamente la razón de que esté aquí. Quiero verlo.

—Bien. Eso tiene sentido. Oye, te dejaré mi tarjeta.

Se incorporó a medias en el asiento y buscó en uno de sus bolsillos. Sacó una tarjeta y se la tendió. Ella le echó un vistazo.

FREDERICK BUTTERWORTH

Corporación de suministros para hospitales Flushing, Queens, NY.

Desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Si no lo tenemos, sabemos dónde

encontrarlo.

—Gracias —dijo ella.

Guardó la tarjeta en su bolso y volvió a mirar a través de la ventanilla, tratando de imaginarse la ruta. Cuando se volvió para hablar con su acompañante no pudo evitar una sonrisa. El señor Butterworth se había dormido, y no se despertó hasta media hora más tarde, cuando el autobús giró en una esquina alrededor de un almacén en Queens y el conductor redujo la velocidad a segunda para cruzar el estrecho puente que conducía a Roosevelt Island.

Después de la excursión, los visitantes entraron en una gran sala pintada de verde hospital, con sillas dispuestas en filas irregulares. Todos estaban callados como niños en una ejecución. Tal vez estaban conmocionados por los pabellones que acababan de visitar: el olor a antiséptico que asaltaba la nariz, los farfulleos y los sonidos chirriantes de las sillas al ser arrastradas por el suelo, los pacientes que vagaban sin rumbo o permanecían sentados en sus camas, meciéndose. Uno de los enfermos, un hombre con el pelo cortado al cero, con una sonrisa vacía y unos ojos que no cesaban de moverse, tenía llagas abiertas en la cabeza.

Como psicólogos y psiquiatras, todos ellos habían pasado mucho tiempo en pabellones que alojaban a enfermos mentales, y eran inmunes a la visión de individuos que susurraban continuamente sus propias alucinaciones. Muchos de esos pacientes eran como los que estaban ingresados en las instituciones estatales. Pero era todo en conjunto lo que resultaba difícil de asumir: el antiguo edificio de piedra, las plantas desiertas que resonaban con el sonido de sus pasos y, finalmente, los propios pabellones.

Kate se sentó cerca del fondo en una silla de madera cuyo brazo derecho se extendía ante ella, una silla de examen. Estaba furiosa por lo que había visto. No era que pareciera que los pacientes fuesen maltratados, sino que habían sido claramente enviados hacia un lugar donde podían olvidarse de ellos. Los imaginó viviendo sus vidas un largo día tras otro en aquel horrible lugar, sin sentido alguno y para siempre, sin hallar alivio.

Butterworth estaba sentado a su derecha; Kate comprobó que la breve visita guiada por el edificio lo había afectado. Ambos se miraron y él alzó las cejas y sacudió lentamente la cabeza de un lado a otro.

Presentaron a un hombre que llevaba bata de médico, el doctor Warren Cleaver. Kate reconoció el nombre. Trabajaba con Saramaggio y decían que era un médico brillante, licenciado en inteligencia artificial y neurología. Los rumores lo perseguían —decían que era más autómata que sus ordenadores—, pero ella los había atribuido a la envidia, porque era evidente que Cleaver tenía éxito. ¿Por qué estaba trabajando con enfermos mentales?, se preguntó. Lo observó detenidamente: un hombre bajo y robusto, con una cabeza grande y una calva en la coronilla, como Lenin, pensó.

La auxiliar administrativa, una mujer de pelo cano con gafas gruesas, se encargó de la mayor parte de la conferencia. Describió la historia de Pinegrove, habló del presupuesto y de lo difícil que resultaba conseguir más dinero de las arcas del estado y encontrar enfermeras y ayudantes que fuesen realmente competentes. No cabía duda de que el dinero era difícil de conseguir; estaba claro que la administración del hospital se enfrentaba a obstáculos enormes. Su retahíla de quejas se desgranó con una monotonía absolutamente desapasionada.

La mujer mencionó que Pinegrove había recibido una beca de investigación. De entre las primeras filas se alzó una mano y un hombre se puso en pie para formular una pregunta.

—¿Qué clase de investigación se realiza aquí? ¿Están especializados en algo en concreto?

La mujer miró a Cleaver.

—Creo que es justo decir que nuestro programa ha sido preparado por el doctor Cleaver y se ajusta perfectamente a sus intereses.

—¿Y qué es lo que le interesa a usted, doctor Cleaver? —preguntó el hombre.

Cleaver se adelantó hasta quedar frente al grupo, las manos cruzadas detrás de la espalda.

—En primer lugar, permítanme decir que percibo que algunos de ustedes se sienten un tanto conmocionados por lo que han tenido ocasión de ver hoy durante su visita. Espero que así sea. Es la razón por la que deseo que vengan a visitarnos. Quiero que vean con sus propios ojos lo que le sucede a una institución cuando los únicos que se preocupan por ella son quienes trabajan allí. Lo que han visto hoy aquí es el emblema de la negligencia de la sociedad.

Miró las caras del grupo.

—Ahora contestaré a su pregunta. ¿Qué es lo que me interesa? Me interesa la mente humana, pura y simplemente, en todos sus aspectos: cómo crece, cómo se desarrolla, cómo progresa y cómo se derrumba. En especial, cómo se derrumba. La enfermedad y las desgracias son grandes maestras.

Qué cosa tan extraña había dicho, pensó Kate, pero era verdad.

Cleaver volvió a pasear la mirada por los presentes y continuó hablando.

—Ésa es la razón por la que estoy aquí, para ayudar a algunas de estas pobres almas y para trabajar con ellos para ayudar a los demás. Hasta el momento, mi trabajo me ha enseñado dos cosas. Una: el estudio de la anormalidad es el camino que nos conducirá a comprender la normalidad. Al mirar algo que se ha roto, podemos comprender cómo funciona cuando está completo. Dos: la mente es una verdadera maravilla; es capaz de muchas más cosas de las que podemos llegar a imaginar.

Una mujer de la última fila levantó la mano.

—¿Puede decirnos en qué parte del cerebro está trabajando ahora?

—No, no, el cerebro, no —dijo—. Yo no he dicho en ningún momento que estuviera trabajando en el cerebro. La mujer pareció desconcertada.

Cleaver se dirigió a la pared y desenrolló una lámina que describía un corte transversal del cerebro. De modo que esa habitación era una sala de clases, después de todo, pensó Kate. Cleaver miró a su alrededor, buscando aparentemente un puntero y, al no encontrar ninguno, se volvió nuevamente hacia la lámina y le dio unos golpecitos con el índice. Cuando habló, las palabras brotaron de su boca con un tono de urgencia.

—Éste es el cerebro. El sistema límbico, el tronco cerebral, el cerebro superior, la corteza cerebral, el cerebelo, todos los presentes lo conocen muy bien; pueden verlo, nombrarlo, hablar de él. Es algo que se puede plasmar en un trozo de papel, algo que se puede cortar. Eso no es lo que yo hago.

Tiró de una cuerda y envió nuevamente la lámina hacia arriba.

—Lo que yo examino es la mente. Y examino la diferencia entre ambos: mente y cerebro. Ahí reside toda la cuestión, en la diferencia. La gente habla del problema mente-cuerpo, pero es un error. Pensemos en el problema mente-cerebro. ¿Dónde acaba una y comienza el otro? —Los miró como si buscara una respuesta—. ¿Qué es lo que forma la conciencia? ¿Qué es lo que nos hace conscientes?

Ahora hablaba como un profesor de universidad.

—Descartes. Cogito ergo sum, pienso, luego existo. ¿Qué significa eso exactamente? La mayoría de las personas lo interpretan de un modo erróneo. No significa que pensar es en sí mismo una prueba de que existimos. Significa que el conocimiento de que estamos pensando es una prueba de que existimos.

La clave no es que nosotros pensemos. La clave es que sepamos que estamos pensando. Los animales piensan, hasta cierto punto. Dejen un trozo de carne sobre una mesa, abandonen la habitación, y un perro ideará una manera de conseguirla. Una rata puede superar un laberinto. Eso es pensamiento, una forma rudimentaria de pensamiento, pero pensamiento al fin y al cabo. Aunque es limitado: cuando un ser humano concibe un plan o se implica en una actividad determinada, no sólo está pensando, sino que, simultáneamente, es consciente del hecho de que está pensando. ¿Lo comprenden?

La mujer que había hecho la pregunta asintió. Cleaver comenzó a pasearse por el frente de la sala.

—El cerebro no es nada del otro mundo. Podemos deducir su funcionamiento. La sangre que suministra alimentos a las células, neurotransmisores activados a través de las sinapsis… Pero ¿qué nos dice eso? No mucho. ¿Cómo puede toda esta actividad producir una colección uniforme de pensamiento superior que puede ser separada y examinada? ¿Cómo origina la conciencia? En otras palabras, ¿cómo llega a existir la mente? Porque la mente está formada de conciencia. Y la existencia de la conciencia no se deriva de las leyes físicas.

Era evidente que Cleaver se estaba dejando llevar por sus propios pensamientos.

—Es ese sentido de la conciencia, o como quieran llamarlo, lo que crea a un ser consciente. Es lo que hace que tú comprendas que eres tú y nadie más, y que cuando mañana te despiertes sigas siendo tú. Porque, de otro modo, no serías nada, solamente una sombra. Vivirías en el momento exacto, el presente justo. No habría pasado ni futuro. Habría miles de tús, cientos de miles de tús, cada uno para un momento diferente. La conciencia es lo que nos lleva de un momento al siguiente. Es nuestro modo de existencia. Es la concha que nos mantiene intactos; sin ella sólo duraríamos lo que un caracol desnudo en una playa.

Volvió a la tierra. La mujer de la última fila insistió:

—Pensaba que su interés se centraba en la inteligencia artificial —dijo—. ¿Por qué se dedica a hacer que las máquinas sean inteligentes si cree que solamente los seres humanos son capaces de desarrollar un pensamiento consciente?

Cleaver aguardó un momento antes de contestar, luego dijo:

—Yo no he dicho que sólo los seres humanos sean capaces de hacerlo; he dicho que los seres humanos son los únicos que tienen esa capacidad ahora.

—¿O sea que está trabajando para incorporar ese proceso a las máquinas? ¿Cree que algún día las máquinas llegarán a ser tan inteligentes como nosotros… o más inteligentes incluso?

—¿Tan inteligentes como nosotros? Es difícil de decir. No lo creo. ¿Y usted?

Era una pregunta retórica y no esperó una respuesta.

—¿Alguna otra pregunta?

Kate levantó la mano.

—Me preguntaba por los pacientes que están ingresados aquí. ¿Tienen algún programa para ayudarlos? ¿Pueden hacer algo para aliviar su sufrimiento?

Cleaver dudó un momento, luego sacudió la cabeza con pesar.

—Me gustaría que pudiéramos hacer algo por ellos. Pero si hay algo que hemos aprendido como científicos es que debemos elegir nuestras prioridades. Debemos llevar a cabo aquello que podemos hacer, lo que es realista. No se puede ayudar a estas personas; no con nuestros conocimientos actuales. Ésa es la dolorosa verdad. De modo que lo que debemos hacer es pensar en los pacientes del futuro, y en cómo podemos ayudarlos. Antes les hemos prometido que examinaríamos detenidamente los casos más inusuales que tenemos aquí. Es lo que haremos ahora.

Estas palabras dieron inicio a un desfile de pacientes con síntomas extraños. Llegaron acompañados de la auxiliar administrativa, quien hizo que se sentaran delante del grupo. La mujer tenía el mismo sentido del tiempo que un maestro de ceremonias, y la misma sensibilidad también, pensó Kate. Algunos de los pacientes parecían estar bajo los efectos de fármacos muy potentes, otros se mostraban claramente confusos ponla experiencia.

El primero era un hombre de alrededor de cincuenta años, con aspecto ratonil, el pelo muy largo y ojos que no dejaban de moverse. Fue presentado como un paranoico típico. El hombre, según se supo, había matado a su familia: esposa, un hijo de siete años y una hija de tres. Según él, «las voces» le habían ordenado que lo hiciera.

La ayudante de Cleaver lo interrogó.

—¿Cuándo comenzaron esas voces?

—Hacía muchos, muchos años.

—¿Y habían cesado?

El hombre dudó, luego asintió.

—Sí. Tenía saliva en las comisuras de los labios.

—¿De verdad? ¿Han cesado por completo? —lo presionó la mujer.

—Sí. Casi siempre. Excepto… excepto cuando uso las gafas protectoras.

Cleaver tomó la palabra y se extendió sobre «el sistema cerrado» del razonamiento paranoide, cómo la mente buscaba una explicación, no importa cuán absurda, para dar cuenta de algo profundamente inquietante como las alucinaciones auditivas. Una vez que esa extravagante premisa era aceptada y explicada, todo lo demás continuaba en un orden lógico. La casa era sólida; los cimientos eran los que se encontraban en mal estado.

—En este caso nos hallamos ante una anomalía en el centro de la audición localizado en la corteza cerebral. El paranoico lo incorpora en un esquema de racionalización mayor, lo atribuye a unas gafas de protección inexistentes y procede a actuar como si fuese una verdad incontrovertible. Él sigue ese delirio allí donde lo lleve, incluso al asesinato.

A Kate no le gustaba que estuviesen hablando del paciente delante de él, como si el hombre no existiera. Lo miró, pero tras devolverle la mirada él bajó rápidamente los ojos y ella apartó la vista.

A continuación pasaron otra media docena de pacientes con pérdida grave de memoria, personalidades múltiples, lobotomías frontales y diversos trastornos de personalidad.

Una mujer de unos treinta años, con una larga cabellera rubia, habría sido muy bella si no hubiese sido por la absoluta falta de expresión en su rostro. No respondía a las preguntas y permanecía inmóvil en su silla, aunque sus ojos se movían y estudiaban lentamente al grupo que tenía delante.

—Mutismo acinético —explicó Cleaver—. Un trastorno muy poco frecuente que, en ocasiones, se diagnostica erróneamente como catatonia. Sus ojos pueden seguir el movimiento. Ella está alerta, en el sentido de que es consciente de su entorno, pero no reacciona ante él. Es indolente y permanecerá acostada durante horas sin moverse. Se encuentra en lo que llamamos un coma vigile.

—Los pacientes que consiguen recuperarse (algo extremadamente raro) describen este estado como de apatía eterna. Nada les afecta. La espontaneidad no existe. La vida pasa ante ellos como una película.

La mujer fue acompañada lentamente fuera de la sala y un joven locuaz ocupó su sitio. Se presentó como Bruce y parecía tratarse de un individuo normal en todo sentido. Entonces comenzó el interrogatorio. Había crecido, explicó, en una pequeña ciudad de Michigan, pero no la echaba de menos y no quería regresar allí «porque mis padres han desaparecido».

—Pero Bruce, ¿cómo puedes decir que han desaparecido? —Preguntó la auxiliar administrativa—. Los dos te acompañaron el año pasado cuando ingresaste aquí, y te visitaron hace dos meses.

—No, ellos no eran mis padres —contestó él casi con indiferencia—. Son personas muy agradables, pero no son mis padres. Son unos impostores.

Cleaver se adelantó para dirigirse a los visitantes.

—«Impostores» es la palabra clave —dijo—. Ocurre continuamente con los pacientes afectados por el síndrome de Capgras. Bruce no está siendo paranoide en este caso. En muchos aspectos es un adulto joven y normal. Lo que sucede simplemente es que está convencido de que se han llevado a la gente más próxima a él y la han reemplazado por personas que sólo se parecen a ellas.

Mi opinión es que este trastorno tiene su origen en un funcionamiento anómalo de las amígdalas cerebelosas. Cuando Bruce se encuentra con un ser, querido carece de una respuesta emocional; literalmente, no siente nada. El centro de sus vínculos emocionales ha sufrido un cortocircuito. Y en un plano intelectual, sin embargo, él sabe que debería estar sintiendo algo. ¿Cómo es posible que mires a tu madre y a tu padre y no sientas absolutamente nada? La mente debe encontrar una explicación. De modo que la explicación es que no se trata realmente de tus padres, sino que son dobles, impostores.

Lo que están viendo es una patología del yo emocional. Creo que está provocada por un daño en el sistema límbico. ¿De qué otro modo podría estar tan minuciosamente especializada la anormalidad? Bruce sólo reconoce a un impostor cuando está mirando un rostro humano. Si habla con su padre por teléfono no tiene ninguna duda de que está hablando con su verdadero padre. En mi opinión, eso indica una interrupción en los caminos que unen el área visual de la corteza cerebral y las amígdalas cerebelosas.

El hombre que había hecho la primera pregunta lo interrumpió:

—Freud no estaría de acuerdo con esa interpretación mecanicista —dijo—. Él tenía una visión de la personalidad humana que se basaba en las relaciones sociales. Era, por así decirlo, un enfoque más complicado, más sofisticado.

—La navaja de Occam —replicó Cleaver—. En el terreno de la ciencia, cuanto más complicada es la teoría, menos correcta tiende a ser. Me pregunto qué habría hecho Freud en el caso de Phineas Gage.

Su interlocutor pareció sentirse arrepentido. Kate conocía ese nombre; era uno de los casos más famosos de trastorno de la personalidad. En 1848, Gage, un trabajador del ferrocarril de Vermont, había sido víctima de un accidente con dinamita, que hizo que una barra de hierro entrase por su mejilla izquierda y saliera por la parte superior de la cabeza. Gage había conseguido sobrevivir a ese terrible trance, pero su corteza cerebral prefrontal quedó dañada, lo cual provocó en él una misteriosa metamorfosis. De ser un hombre religioso, respetuoso con la ley y buen padre de familia, pasó a ser un individuo mentiroso, bebedor y depravado.

—¿Puedo preguntarle si cree en Dios? —continuó Warren Cleaver, con sus ojos oscuros fijos en su interlocutor.

—Bueno, sí, creo en Dios.

—Me siento tentado de apostar que, si pudiese llevarlo a mi mesa de operaciones, podría escoger una diminuta porción de su lóbulo frontal izquierdo y quitarla, y, cuando despertase, descubriría que su fe había desaparecido. Y quién sabe, tal vez incluso su creencia en Freud.

Este último comentario suscitó las risas de los visitantes. Cleaver miró a su alrededor y añadió:

—Y ahora, si no hay más preguntas…

Dicho lo cual, agradeció a todos su presencia y se marchó de la sala.

Pocos minutos después, la auxiliar administrativa acompañó a los visitantes a la salida pero, en el camino, un pequeño grupo se apiñó en torno a la ventana de una puerta, atisbando al interior de la habitación. Kate se reunió con ellos y no pudo contener un leve sobresalto.

—Por Dios —dijo el hombre que estaba a su lado—. ¿Qué le pasa a ese hombre?

La habitación estaba débilmente iluminada y ella no alcanzaba a ver bien lo que había en su interior, pero no se molestó en conseguir una visión mejor. En la habitación había una cama y un hombre joven acostado en posición supina. Las muñecas y los tobillos estaban sujetos a los lados de la cama con gruesas correas blancas, y el joven permanecía completamente rígido, como si fuese un trozo de madera. Tenía los ojos abiertos e inmóviles, y la mirada fija en el techo. Tampoco parecía parpadear. Su piel era de un color gris ceniciento. No llevaba camisa y, cuando Kate miró con más detenimiento, pudo apreciar que la parte superior del torso, los brazos, los tobillos y la cara estaban cubiertos de heridas. Estrías profundas y rojas que corrían en líneas paralelas. Era evidente que se las había hecho él mismo con las uñas.

La auxiliar administrativa se acercó al grupo. Cuando habló, Kate dio un respingo.

—Es un hombre muy desgraciado —explicó la mujer—. Padece una enfermedad extremadamente rara llamada síndrome de Cotard. El doctor Cleaver cree que se trata de un trastorno relacionado con el síndrome de Capgras que han podido ver antes, sólo que una variante mucho más severa. En este caso, el paciente carece de toda emoción. Está completamente vacío de afecto.

Está privado de todos los signos vitales. De hecho, tiene el convencimiento de que está muerto y es imposible conseguir que salga de ese delirio. En ocasiones huele su propia carne descompuesta. Y, en otros momentos, se convence de que los gusanos se arrastran sobre su cuerpo putrefacto y se rasca sin cesar. Por esa razón debemos inmovilizarlo de vez en cuando.

Kate no podía esperar un minuto más para abandonar aquel lugar. Butterworth la estaba esperando en la sala de enfermeras.

—Bastante siniestro, ¿verdad?

Ella asintió, con evidente preocupación. Miraba por encima del hombro como si estuviese buscando a alguien.

—Disculpa —dijo—. Sólo será un minuto.

Se dirigió a donde se encontraba la auxiliar y la llevó aparte. Ambas hablaron brevemente y la mujer frunció el ceño; luego Kate regresó y el grupo se volvió a reunir en el vestíbulo para marcharse.

—¿Qué ocurre? —preguntó Butterworth.

—Nada, en realidad —dijo Kate—. Me he dado cuenta de que ese hombre tenía una llaga que parecía haberse infectado. Se lo he dicho a la auxiliar y ella me ha asegurado que se encargaría de solucionarlo.

—No parecía muy feliz.

—No —dijo Kate, preocupada.