Ánima
Kate llamó a la mañana siguiente...
Kate llamó a la mañana siguiente. Cuando escuchó su voz temió que le llamase para darle malas noticias sobre Tyler, pero ella se encargó rápidamente de calmar sus temores.
—Es mi día libre —dijo—. Si no es demasiado pedir, si no está ocupado, ¿cree que podría hacerme un gran favor?
—¿Qué?
—En el Centro Internacional de Fotografía se celebra una exposición que quiero ver. Y me gustaría verla con alguien que sepa de fotografía. ¿Querría acompañarme?
Él permaneció en silencio varios segundos, los suficientes como para parecer desconsiderado. No quería ir, pero no era capaz de encontrar la forma de decirlo, de modo que, finalmente, accedió. Se arrepintió en el mismo momento en que colgó el teléfono. Pensó en llamarla para anular la cita, pero eso era demasiado difícil. Se puso unos vaqueros y una camiseta y salió.
Encontró a Kate en la Sexta Avenida, esperándolo en la acera, apoyada contra un edificio. Él no había esperado encontrarse con ella de ese modo, de forma que fue como si la viese por primera vez. Era extraño verla sin su bata de médico. Llevaba una blusa de seda, un collar de perlas de una sola vuelta y tenía los brazos cruzados sobre el pecho de una manera informal. Kate sonrió simpáticamente al verlo. El fotógrafo que había en él advirtió que en ese momento ella habría representado un tema muy interesante.
—Empezaba a preocuparme que no pudiese venir —dijo ella.
Él miró su reloj con expresión confundida.
—Lo siento —dijo—. ¿Hace mucho que espera? Salí de casa después de recibir su llamada, o al menos, eso creo. —No, no, está bien. Yo he llegado temprano. Lo llamé desde una cabina cercana.
Él farfulló otra disculpa, pero ella ya se había dado la vuelta y estaba entrando en el edificio. Scott vio que sacaba dos entradas del bolsillo del pantalón. Kate se hizo a un lado para que él entrase primero.
—Hacía tiempo que quería ver esta exposición. Había leído sobre ella en el Times. La mayoría son fotografías nuevas. Tres o cuatro de ellas ganaron un Pulitzer.
La exposición llevaba por nombre Up Close. La primera sección, titulada «El paisaje urbano», estaba repleta de las habituales fotografías desoladas de los guetos urbanos, chicos jugando con el chorro que brotaba de una boca de riego y viejos cansados de la vida que miraban desde los porches de las vetustas casas. De vez en cuando, sin embargo, Scott descubría una foto que parecía ir contra la naturaleza del entorno y captaba algo sorprendente. Conocía a muchos de los fotógrafos y podía identificar con un simple vistazo la mayor parte de su obra.
Kate estaba de pie ante una fotografía que mostraba a un grupo de adolescentes negros que mataban el tiempo delante de una heladería, con una boca de metro en el fondo.
—Ésta me gusta mucho —dijo—. Aunque no estoy segura de por qué.
Él se colocó junto a ella.
—Son los chicos, están sonriendo, probablemente por algo que hizo éste. — Señaló a uno de los adolescentes que estaba poniendo una cara triste—. Están flirteando. Precisamente a esa edad, doce o trece años; una edad difícil. Tienen el sexo en el cerebro. La ansiedad se palpa en el aire a pesar de las sonrisas. Tres chicos y dos chicas, una combinación peligrosa. Los chicos probablemente están pensando que uno de ellos quedará fuera de juego.
Ella asintió y añadió su propia interpretación.
—Y cada una de las chicas está preocupada de que la otra sea más atractiva — dijo—. Ésta está sonriendo con cierta timidez, como si intentase ocultar los hierros de la ortodoncia.
—Y si mira a través de la ventana de la heladería, puede ver a un viejo blanco que los está observando; parece divertido.
Ella sonrió.
—Ahora entiendo por qué me gusta.
—Ahí están pasando muchas cosas y la cámara lo capta todo —dijo él—. Uno mira la fotografía y siente deseos de construir una historia sobre ella.
Continuaron la visita en la sección titulada «Catástrofe», que describía incendios, explosiones, inundaciones y terremotos. Seres humanos de todos los tamaños, formas y colores escapaban, miraban, eran rescatados de casas aplastadas, montañas de ruinas, maderas calcinadas. Después de un rato, tanto sufrimiento resultaba insoportable.
—Es demasiado para absorberlo de golpe —dijo Kate—. Me imagino que ustedes, los fotógrafos, llegan a ver el lado más terrible de la vida.
—Algunos lo hacen. Sobre todo los fotógrafos de noticias.
Scott comenzó a pensar en los reporteros gráficos que había conocido, esos individuos de aspecto andrajoso que viven pegados a la frecuencia de la radio de la policía y salen disparados al oír que se ha producido un hecho importante, los fotógrafos de prestigio internacional que trabajan para agencias como Magnum y Sygma y se meten en los aviones para volar hasta lugares remotos de los que la gente huye despavorida. La mayoría estaban quemados. Algunos habían sido asesinados. Ninguno de los que habían conseguido sobrevivir parecía del todo humano.
—No son lo que uno podría llamar un grupo feliz. Como si hubiese sido una premonición, llegaron a la siguiente sección, titulada «El flagelo de la guerra», una mezcla de fotografías tomadas en Afganistán, Kosovo, Chechenia, el Congo y África Occidental. Uno tras otro, los cadáveres se apilaban ante sus ojos. Kate se sintió especialmente horrorizada por tres fotografías de Sierra Leona en las que aparecían unos chicos capturados por las fuerzas rebeldes a los que habían cortado las manos con machetes, alzando los muñones en el aire mientras yacían sobre las sábanas sucias de un hospital. Sintió un estremecimiento, sacudió la cabeza y luego permaneció en silencio. Scott trató de llevarla a otra sala, pero ella se demoró, obligándose a mirar todas y cada una de las fotografías expuestas.
—Es suficiente para que abandones toda esperanza por la raza humana —fue cuanto dijo.
Al llegar a la siguiente sección sintieron un gran alivio. Se titulaba «Personas y retratos», y mostraba una mezcla de fotografías de norteamericanos trabajando y jugando. Chicos patinando, trabajadores de la construcción durante la pausa del almuerzo, modelos en la pasarela, familias disfrutando de una comida campestre y bajando en botes de goma por los rápidos de un río de montaña… todo estaba allí.
Entonces Kate dio un respingo. Estaba delante de una fotografía impresionante. Mostraba a cuatro hombres con las camisas arremangadas, inclinados hacia atrás en unas sillas de madera que se apoyaban en una pared de ladrillo. Encima de ellos, sobresaliendo de la pared, había grandes bombillas de diferentes colores, azules, verdes y rojas, y al lado un hombre hablaba con dos policías mientras sostenía con un dedo su chaqueta que colgaba del hombro. La fotografía había sido tomada cuando comenzaba a anochecer y hacía calor. Los hombres de las sillas sudaban y parecían aburridos, pero preparados para entrar en acción. La fotografía desprendía un extraño misterio.
Scott casi no la reconoció al principio.
—Esta foto es suya —dijo Kate, sorprendida. Había leído la etiqueta que estaba fijada a la pared—. Se llama La cabaña de la policía. ¿Qué significa?
Scott se lo explicó. Le habló del antiguo edificio en la calle Mulberry donde, hacía años, los reporteros de los principales periódicos tenían unas oficinas mugrientas, cada una con un solo mueble, un viejo escritorio. Las radios de la policía resonaban continuamente y, en el corredor, una vieja campana sonaba de vez en cuando siguiendo un código para avisar de que se había producido un incendio. En las noches calurosas, los reporteros se sentaban fuera y mataban el tiempo con los policías mientras disfrutaban de la brisa. Cuando llamaban de la oficina principal, una de las bombillas de color se encendía y los avisaba de qué periódico los reclamaba.
—Siempre me impresionó como si se tratara de la sala de urgencias de un hospital; largos períodos de aburrimiento y momentos intermitentes de pánico. Me gustaba esa sensación extraña que emanaba de aquel lugar, esa absoluta lasitud que podía convertirse en actividad frenética en un instante. Eso es lo que buscaba transmitir con la foto.
—Bueno —dijo ella—, pues lo consiguió.
Cuando ella lo miró, Scott vio que había respeto en sus ojos.
En la siguiente sala había una fotografía que él habría deseado que no estuviese allí. Tan pronto como entraron, la imagen de la pared pareció atravesar el espacio y cogerlo con fuerza. Intentó evitarla pero fue atraído hacia ella. La foto mostraba a un hombre y a un muchacho sentados en un muelle un día de verano, con las piernas colgando sobre el agua y provocando olas en la superficie. El hombre estaba hablando, parecía como si le estuviese explicando algo al chico, quizá comunicándole un hecho importante acerca del mundo o, tal vez, explicándole simplemente una historia, y el muchacho lo escuchaba con atención. Su rostro estaba serio y absorto. Sin duda era una conversación importante. Y el padre —porque estaba claro que el hombre era el padre del chico— estaba igualmente concentrado en lo que decía. Parecía profundamente serio y, en algún sentido, profundamente satisfecho.
Scott se acercó a la fotografía y permaneció delante de ella, paralizado. Así se quedó largo rato, y perdió toda noción del tiempo hasta que sintió una ligera presión en el codo. Sin decir nada, Kate lo llevó fuera de la sala.
Un momento después abandonaron la exposición y caminaron durante algunos minutos en silencio. Luego llegaron a una cafetería, entraron y se sentaron en uno de los reservados. Le hicieron señas a una de las camareras, quien les llevó un par de tazas.
—¿Sabe?, no soy muy bueno hablando de mis sentimientos —dijo él—. Y, a veces, la mayor parte del tiempo, ni siquiera sé qué es lo que siento. Es algo tan intenso que no tiene nombre.
Ella asintió.
—Me gustaría poder expresar lo que estoy sintiendo respecto a lo que sucedió con Tyler. Todo lo que pueda decir, que todo mi mundo se ha hecho pedazos, que existe este inmenso vacío, que no merece la pena seguir viviendo, suena trivial. Es un cliché. Y, sin embargo, es verdad. Siento todo eso y mucho más. Cosas que no puedo expresar.
Ahora ella se inclinó sobre la mesa y apoyó la mano en su muñeca.
—Lo único que sé es que tengo que estar con él. Y pase lo que pase, aunque sólo quede un pequeño fragmento de él, quiero que viva. Quiero que mi hijo viva. Pero si se ha ido, si realmente se ha ido, entonces así debería ser. No lo sé. Era un muchacho tan maravilloso, tan vivo… tan, esto puede sonar ridículo, pero era tan divertido. Era una presencia tan importante, incluso cuando era pequeño. Solía cantar por toda la casa, todo el tiempo, con diferentes voces, canciones terriblemente cursis, como si fuese una estrella del rock o un cantante de blues. Siempre inventando juegos, entretenimientos, toda clase de proyectos. Se lanzaba de cabeza. Ni siquiera sé de dónde sacaba todas esas ideas. Como una vez que grabó una especie de visita guiada por nuestro loft, actuando como si fuese uno de esos estúpidos locutores con voz grave. Era maravilloso, tan divertido.
»La gente lo quería. Tenía tantas amistades, tantas relaciones… no podía seguirles el ritmo. Iba a la tienda de golosinas y resulta que él y el dependiente habían estado haciendo apuestas. El dependiente bromeaba diciendo que Tyler le debía un montón de pasta, de modo que un día apareció en la tienda con una maleta llena de dinero falso. La apoyó en el mostrador y la abrió con un gesto dramático. La gente se partía de risa. Caminábamos alrededor de la manzana y todo el mundo lo saludaba con la mano.
»Era realmente una de esas personas especiales, lo sabes cuando las conoces. La gente lo veía, su sonrisa se extendía por todo su rostro, y quedaban prendados de él. La gente lo conocía y no dejaba de preguntar por él. Era así. Tan inteligente, tan amistoso, tan abierto. Tan… tan auténtico, realmente diferente… realmente especial. No sé cómo…
Ella le cogió la mano y se la apretó, y Scott comenzó a llorar. Las lágrimas le hacían bien, de modo que no las reprimió, ni siquiera las enjugó de las mejillas.
Scott se dio cuenta de que, por primera vez desde el accidente, estaba hablando de Tyler en pasado. ¿Pensaba también en él en pasado?
La camarera se acercó con una cafetera, luego los miró y se retiró.
Kate sonrió a la joven y Scott se lo agradeció. Respiró profundamente y ella apartó suavemente la mano.
—Es bueno que lo deje salir —dijo—. Pero me siento estúpida diciendo esa clase de cosas… quiero decir, hablando de trivialidades…
—No, es bueno. Excepto que, en realidad, no sale. Pero por el momento, en este mismo instante, está bien. Acabó su café y la camarera volvió a llenar las tazas. —Y, ¿sabe una cosa?, cuando estaba contemplando aquella fotografía, sí, por supuesto que fue doloroso. Pero en alguna parte, en algún nivel, sentía al menos que estaba conectado con algo fuera de mí. La paternidad o algo… universal. No fue sólo un sentimiento negativo.
—No, todavía está conectado.
Scott hizo una pausa, la miró y añadió:
—Tengo que dejar de beber. Tengo que dominarme. Decir eso, sin que viniese realmente a cuento, le sorprendió. Se sintió súbitamente avergonzado.
Pero ella sólo pronunció una palabra:
—Sí.
—¿Sabe?, no siempre soy así. Quiero decir, antes de que sucediera todo esto, no acostumbraba a hablar de mí mismo.
—Estoy segura —dijo Kate con sinceridad.
Unos minutos más tarde, mientras abandonaban la cafetería, él sostuvo la puerta abierta para que ella saliera y Kate lo rozó levemente. De pronto, Scott percibió una fragancia tan intensa, tan inesperada, tan profundamente familiar, que se sintió mareado.
—Su perfume —dijo—. Lo reconozco.
—Es Je men souviens, de Lanvin.
Él se detuvo, vacilante.
—Era el perfume que usaba mi esposa. El mismo.
Ella sonrió. Él parecía apenado. Entonces, de pronto, ella soltó una exclamación:
—Dios mío —dijo—. ¿Cree que es… posible?
—¿Qué?
—¿Cree que ésa puede ser la razón de que Tyler tenga una reacción tan intensa cuando yo entro en la habitación?
Scott se quedó inmóvil, con la boca abierta.
Ella no terminó de expresar el pensamiento en voz alta, porque sabía que perturbaría a Scott. El resto del pensamiento era éste: sería lógico que los olores quedaran registrados en Tyler, porque el sentido del olfato es el único que está localizado en la parte inferior del cerebro, la única parte que aún funcionaba de forma independiente.
Cleaver había estado ocupado toda la mañana con sus tareas en Pinegrove, rellenando formularios para conseguir subvenciones, comprobando los suministros farmacéuticos y cumpliendo con las visitas de rutina a los pacientes, aunque esta última actividad consistía en poco más que pasear por el pabellón, donde muchos ojos furtivos lo observaban con recelo y temor. Dejó el pabellón atrás y caminó por el corredor principal mientras sus pasos resonaban en el amplio recinto. Volvió a experimentar una oleada de excitación infantil. Disfrutó aún más de la sensación reprimiéndola. Era realmente delicioso, como el secreto de un espía.
Había telefoneado a Quincy tantas veces que había conseguido enojar al muchacho, quien optó entonces por desconectar su móvil.
—Por el amor de Dios —había exclamado Quincy durante su última llamada—, llegará ahí cuando llegue. Ahora déjame en paz. —Luego había colgado.
Cleaver decidió que no podía enfadarse con él, no en las actuales circunstancias.
Esa tarde, finalmente, Quincy le entregaría el ERT.