Ánima

John Darnton · Capítulo 40 de 63

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Ánima

Scott se paseaba arriba y abajo...

Scott se paseaba arriba y abajo, delante de la comisaría 19, en la calle Sesenta y siete Este, pensando qué decir, a la vez que trataba de aumentar su coraje y de tranquilizarse. Sabía que su actitud al presentar el problema significaría mucho, porque el asunto escapaba a cualquier noción de normalidad, por no decir algo peor. Tenía que ser directo y racional, un padre con sentido cívico que iba a presentar una denuncia por un posible delito, un delito grave: la desaparición de su hijo. En otras palabras, se dijo: «No te presentes ahí como un loco de atar».

Cuando llegó a la esquina de Lexington se dio cuenta de que estaba haciendo algo más que recitar silenciosamente las palabras, las estaba pronunciando en voz alta. Lo descubrió cuando una mujer que estaba paseando a un niño en un carrito lo miró asustada y se apartó de su camino. No era un buen comienzo para alguien que está tratando de controlar los nervios. Ordenó nuevamente sus pensamientos, se volvió, subió los peldaños que llevaban al viejo edificio de ladrillo de hormigón y piedra roja y se acercó al mostrador del oficial de guardia.

—¿El sargento Paganelli? —preguntó.

De alguna manera, en la atmósfera borrosa de confusión y furia de la noche en que había sido arrestado —arrestado no: detenido— había conseguido recordar el nombre del compasivo agente con barriga cervecera.

El oficial de guardia también tenía el vientre abultado por la cerveza, pero ahí terminaba cualquier parecido. Miró a Scott con ojos cansados.

—No. Entra en el último turno.

La pregunta de Scott había dejado fuera el verbo y la respuesta del policía había olvidado el pronombre.

—¿Y a qué hora es eso?

—Comienza a las seis de la tarde.

—De acuerdo, gracias.

Se volvió para marcharse. El policía lo llamó:

—¿Puede esperar?

—Oh, sí.

Scott ya se encontraba en la puerta.

¿Y quién quiere que le diga que ha preguntado por él?

—Nadie. Volveré más tarde para hablar con Paganelli.

—Como quiera.

 

El bufete de Klinger, Klinger y Beaner ocupaba el segundo piso de un moderno edificio cuadrado en el centro de Bridgeport. Los miembros del bufete y sus viejos clientes aparcaban en un parking del sótano, accionaban la palanca de una pesada puerta de metal y subían hasta el segundo piso por una escalera de hormigón. No era una entrada particularmente atractiva y, en verdad, no era propia de una de las mejores firmas de abogados que había en Connecticut.

Steve Klinger era uno de los amigos más viejos de Scott, aunque sus vidas profesionales discurrían por caminos tan divergentes que no se veían con mucha frecuencia. Se habían conocido doce años atrás, cuando una revista le había encargado a Scott que hiciera un reportaje fotográfico sobre abogados importantes. Scott había seguido a Steve durante dos días por todas partes y habían congeniado. Steve era un fotógrafo aficionado y Scott le enseñó algunos trucos del oficio. El padre de Steve era un hombre fuerte y corpulento con un halo de angelicales rizos blancos, que fumaba enormes puros, daba abrazos de oso, conducía un Cadillac El Dorado, y era uno de los abogados defensores más famosos de Nueva Inglaterra. Sentía un profundo afecto por Scott y Lydia y, cuando ella murió, la familia Klinger adoptó a Scott y a Tyler. Los domingos los atosigaban con salmón ahumado y roscos de pan, apuntalaban a Scott con una mezcla de consuelo y whisky de malta en proporciones adecuadas y asistían a las obras de teatro en la escuela de Tyler para que contase con una buena sección de seguidores que lo aplaudiera. Una familia numerosa de reemplazo.

—¿Te molesta si fumo? —preguntó Scott, sentándose junto a Steve en un sofá de su despacho.

Las paredes estaban cubiertas con placas, diplomas y fotografías. Por encima del hombro de Steve, Scott alcanzó a ver una foto de su padre junto a Huey Newton, tomada durante los juicios a los Panteras Negras en New Haven a principios de los setenta.

Steve, delgado y vehemente, hizo una mueca. No estaba permitido fumar en el bufete y obligaban a sus secretarias a que salieran del edificio para dar unas caladas, incluso en invierno.

—Tratándose de ti… no hay problema —dijo, levantándose del sofá para abrir la ventana. Luego se sentó detrás del escritorio ante un montón de papeles.

—Después de que hablamos por teléfono, hice algunas investigaciones sobre la exhumación. Sólo he solicitado una exhumación en mi vida, y otro abogado de la firma se encargó de llevar el caso. De modo que no soy un experto en la materia. He consultado la ley; por cierto, es la sección 19.ª-413 del reglamento general de Connecticut. Scott lo miró sin entender. Steve añadió:

—En caso de que pudieras necesitarla para futuras referencias.

—Ésta es la única que tengo intención de investigar. Steve continuó:

—La ley autoriza al médico forense a exhumar el cuerpo bajo determinadas circunstancias. Veamos… —Consultó un grueso volumen que estaba abierto sobre la mesa. Murmuró durante un momento y luego leyó en voz alta y de forma espaciada, de modo que Scott sólo pudo descifrar algunas frases—… si la muerte se produce bajo circunstancias que autoricen… un cuerpo es enterrado sin contar con la adecuada certificación… el médico forense jefe notifica al abogado del estado… presenta los hechos ante el juez del tribunal superior… etcétera, etcétera. Cerró el libro con un ruido seco, un movimiento que debía de haber realizado ante cientos de clientes, y que hizo que Scott tuviera la sensación de que su amigo tenía un aspecto absolutamente nuevo que él ignoraba.

—Scott, permíteme que te haga una pregunta: supongo que, dada la naturaleza del caso que nos ocupa… —Sus palabras tenían un matiz absolutamente impersonal y Steve tuvo la delicadeza de hacer una pausa y volver atrás—. Lo siento. No es mi intención entrar en tecnicismos contigo. Sé lo difícil que es todo esto para ti. Lo que quiero decir es que Tyler permaneció en el hospital bastante tiempo y el procedimiento al que fue sometido era altamente experimental, ¿no es así?

—Altamente experimental. Jamás se había hecho antes con seres humanos. Y no era un procedimiento. Era una operación.

—De acuerdo. Pero a lo que voy es que tenemos que suponer que los médicos seguían un protocolo normal y eso significaría que, en esas circunstancias especiales, dado que la operación era experimental, una vez que el paciente muere debe practicársele la autopsia. ¿Sabes si lo hicieron? —Sí, le practicaron la autopsia.

—Hum.

—Hum, ¿qué?

—Nada, en realidad. Es sólo que las autopsias solían ser bastante comunes en Connecticut, y ahora se practican muy raramente.

—¿Y?

—Y eso hace que las cosas sean un poco más complicadas para nosotros. Cuando un juez sabe que se ha llevado a cabo una autopsia, tiende a prestar más atención. Hace pensar que las cosas son honestas.

—¿Honestas?

—Sí. En el sentido de que se ha examinado el cuerpo como corresponde y todo eso. El hecho de que el cuerpo haya sido examinado dificulta la posibilidad de una exhumación, suponiendo, por supuesto, que la autopsia se haya realizado correctamente. ¿Supongo que tú no… no tienes ninguna razón para pensar que no lo fue?

—No.

Steve hizo una pausa y apoyó los codos sobre el escritorio, uniendo las puntas de los dedos.

—Verás, la ley establece cinco o seis condiciones bajo las cuales se puede ordenar la exhumación de un cuerpo: una muerte súbita o violenta, circunstancias sospechosas, una muerte relacionada con una enfermedad o que afecte a la salud pública, esa clase de cosas. —Circunstancias sospechosas. Ahí lo tenemos.

—Ah, ¿te refieres a esa cuestión del ordenador que me explicaste? ¿Los mensajes?

—Exactamente.

—Bueno, no es tan sencillo como eso. Las circunstancias sospechosas, como dice el texto, hacen referencia a la forma en que se produce la muerte y no… a lo que suceda después.

—Y qué me dices del hecho de que quizá Tyler no esté muerto, ¿no dirías que eso es sospechoso?

—Bueno, seguro que sí, pero aquí estamos tratando con un tribunal… o al menos con un juez, y él tiene que ser capaz de verlo claramente. Tenemos que conseguir que él convenga en que es sospechoso.

—Maldita sea, Steve, ¿de qué lado estás?

—Del tuyo, naturalmente. Espera un momento: sólo te estoy diciendo que no es fácil. No digo que sea imposible; no se trata simplemente de una cuestión formal. Para conseguir del tribunal una orden para proceder a una exhumación, necesitas probar una de las condiciones que fija la ley, digamos, circunstancias sospechosas, y la ausencia de una autopsia. Y tienes una autopsia, lo que complica bastante las cosas.

—¿Puedes hacerlo o no?

Steve volvió a mirar a través de la ventana, luego cogió una pluma y comenzó a escribir en un gran cuaderno de hojas amarillas.

—Creo que sí. Puedo intentarlo. Lo que tenemos que buscar en este caso es la posibilidad de una identidad equivocada.

—¿Identidad equivocada?

—Sí. Tenemos que afirmar que otra persona ha sido enterrada en lugar de Tyler, o al menos que tenemos razones para creer que la identificación de Tyler fue errónea en algún aspecto… que fue incorrecta o tal vez no totalmente segura.

Hizo una lista y le entregó la hoja a Scott.

—Necesitaré toda esta información, tan completa como puedas conseguirla. Oh, ¿y cómo se llama esa mujer que trabajaba en el hospital, la que estaba sentada junto a ti en el funeral?

—Kate Willet. Trabaja allí como neurocirujana.

—Correcto.

Apuntó el nombre, luego se levantó, con aspecto de sentirse un tanto torpe ahora que las cosas estaban en marcha.

—Bueno, creo que eso es todo —dijo.

—Steve, ¿crees que lo conseguiremos?

—Sí. No creo que un juez del tribunal superior niegue una orden de exhumación solicitada por el único familiar vivo. Pero el problema es que, debido a lo que te he explicado antes, no ocupará el primer lugar en el calendario judicial.

—¿De cuánto tiempo estamos hablando?

—Te seré sincero. No creo que tengamos resultados antes de dos o tres meses.

—Meses… No puedo esperar tanto. Por Dios, Steve, esto es urgente. Está sucediendo algo realmente extraño. Tyler está ahí, en alguna parte, y tengo que encontrarlo. No sé por qué otro lugar empezar.

—Lo sé, de acuerdo. Haré todo lo que esté en mi mano para acelerar el proceso.

—Tienes que hacerlo.

—Nos moveremos tan rápido como podamos en este caso.

Scott se despidió de Steve y se marchó rápidamente. Steve lo siguió con la mirada mientras cerraba la puerta. Luego cogió el teléfono y trató de localizar a Kate. No sabía qué le diría exactamente, aparte de presentarse como amigo de Scott y decirle que creía que necesitaba ayuda de alguna clase, tal vez incluso un psiquiatra que fuese realmente bueno. Sabía que se trataba de una amiga reciente, pero dada su posición en el hospital imaginó que podría recomendarle a alguien.

Pero Kate no contestó. En lugar de dejarle un mensaje, Steve pensó que sería mejor llamarla más tarde.

Kate esperó hasta última hora de la tarde, el momento en que había menos gente en el hospital. Luego se dirigió a la sección de archivos como si su visita formara parte de una serie de tareas que debía cumplir.

La mujer encargada del archivo estaba junto a una mesa, examinando unos microfilmes antes de colocarlos en sus lugares correspondientes. Levantó la vista y alzó una ceja.

—Tengo que buscar un montón de cosas. ¿Le importa si me encargo yo personalmente? —preguntó Kate con tono práctico.

La mujer frunció el ceño y volvió a lo que estaba haciendo, ignorándola. Por una vez, Kate se sintió feliz de recibir ese típico gesto de desaire neoyorquino.

Los archivos habían sido ordenados meticulosamente hasta 1985, cuando comenzó el proceso de informatización. A partir de aquella fecha estaban más dispersos. Las filas se extendían por la habitación como estanterías, a lo largo de una decena de metros a cada lado de estrechos pasillos. Los archivos superiores sólo podían alcanzarse con la ayuda de escaleras provistas de pequeñas ruedas. Kate se sintió aliviada al comprobar que los archivos más recientes, donde ella tenía que buscar, no eran los más próximos a la encargada.

Encontró la sección con los cajones «J» y abrió el correspondiente a «JAS-KAMN». No le resultó difícil encontrar «Jessup, Tyler», la carpeta era más nueva que las demás. En la tapa había grapado un papel rosa con un mensaje escrito a máquina que decía: «No entregar. Notificar al doctor Saramaggio si alguien lo solicita».

Eso era muy extraño. Examinó el resto de las carpetas para ver si alguna de ellas llevaba notas similares. Ninguna. Miró a ambos lados del pasillo. No había nadie. Sacó la carpeta y leyó rápidamente su contenido. La mayor parte le resultaba familiar: la descripción de la operación, las tablas, las anotaciones diarias, las actas de las reuniones de la Junta Ejecutiva y la Junta de Ética. Se sorprendió al encontrar un papel con su letra, luego lo recordó, el formulario que había rellenado el día en que Scott llegó en el helicóptero con Tyler.

Al final encontró lo que estaba buscando. El certificado de defunción, un simple trozo de papel, inocuo considerando el peso de su carácter oficial. La causa de la muerte había sido rotulada como «fallo cardiorrespiratorio» después de un «prolongado decaimiento postoperatorio». La hora de la muerte fue fijada «aproximadamente» a medianoche. Interesante. Eso los situaba a Scott y a ella en el pabellón. ¿Por qué decir que la muerte se había producido a medianoche cuando Tyler probablemente habría muerto antes? Miró la firma y vio la letra sinuosa de Saramaggio. Había estampado su firma en tres lugares separados como médico a cargo de la operación. En eso no había nada extraño. Junto al certificado estaba el informe de la autopsia, que ella leyó rápidamente. De nuevo, no había nada sospechoso; todo parecía indicar otro inventario de la incapacidad de un cuerpo para seguir viviendo: muestras extraídas y examinadas, análisis de fluidos corporales, peso de los órganos. Pero había unos datos que ella no esperaba encontrar. El segundo médico —ya que se requiere la presencia de dos de ellos en los casos inusuales— era nada menos que Cleaver. ¡Cleaver! ¿Qué diablos estaba haciendo en el hospital a esa hora? ¿Por qué no había pedido al médico residente de guardia que firmase el informe?

Kate oyó pasos, de modo que guardó rápidamente la carpeta y cerró el cajón. En ese momento, la encargada del archivo apareció junto a ella y la observó inquisitivamente. Kate la miró a su vez. «Es mejor amedrentarla», pensó. Ambas sostuvieron la mirada durante cinco segundos. Finalmente, la mujer apartó la vista.

—Pensé que podría necesitar ayuda —dijo mansamente.

—No, en absoluto —contestó Kate, conservando la ventaja—. Soy perfectamente capaz de hacerlo sola. —Sonrió—. Pero gracias de todos modos.

Era el día libre de Saramaggio, y también el de Kate. Pensó que aprovecharía la ventaja que le daba esa coincidencia y lo pillaría con la guardia baja encontrándose con él en su terreno. El día era inusualmente cálido, caluroso incluso.

Scott insistió en llevarla en su coche hasta Greenwich. Cogieron la Merritt Parkway y viajaron alrededor de media hora a través de las lujosas propiedades de al menos un par de hectáreas del «país interior» hacia el norte, antes de encontrar la casa del neurocirujano, una bella construcción de madera blanca estilo colonial con persianas verdes. Los recibió una sirvienta y les dijo que podrían encontrar al doctor en su club de vela, Belle Haven.

Tardaron otros cuarenta minutos en encontrar el lugar, un paraíso de los navegantes en la Costa Dorada de la ciudad. Ocupaba el extremo de una península y rodeaba un pequeño puerto. En el lado opuesto, las enormes mansiones de piedra estilo Tudor se alzaban en el terreno elevado; sus prados perfectamente cuidados descendían unos cientos de metros y acababan al borde del agua en muros de piedra, y en muelles de madera blanqueados que se movían con la marea. Delante del club había pistas de tenis de tierra batida, donde mujeres ricas y delgadas, con ceñidos pantalones cortos, se movían a ambos lados de la red. Los botes de las pelotas era prácticamente el único sonido que se oía, ése y el profundo tono de barítono de los gordos y felices abejorros que se lanzaban sobre las lilas en flor. Al fondo, un prado verde llevaba a un muelle abierto desde el que se podían ver los grandes barcos anclados y, detrás de ellos, dos pequeñas islas y luego las aguas grises y encrespadas del canal de Long Island.

A unos veinte metros de la casa-club había una pequeña playa y una piscina rodeada por una valla. Delante, en una bonita fila de coches aparcados, estaba el Ferrari negro de Saramaggio.

—La esperaré aquí —dijo Scott, aparcando bajo la sombra de un arce.

—De acuerdo —respondió ella—. Espero hacerlo mejor que usted con ese policía.

Scott no tuvo más remedio que sonreír. Le había contado la conversación que había mantenido finalmente con el sargento Paganelli en la comisaría 19. Al policía se le habían puesto unos ojos como platos mientras Scott intentaba explicarle que su hijo, oficialmente muerto, en realidad estaba atrapado o secuestrado en alguna parte y le enviaba mensajes de socorro a través de un ordenador. El sargento no se había mostrado totalmente indiferente, y había escuchado con paciencia toda la historia que le explicaba, pero Scott pudo ver que había otros pensamientos detrás de su reservada máscara de policía. La confirmación llegó cuando rodeó los hombros de Scott con un brazo mientras lo acompañaba hasta la puerta y le aconsejaba que se tranquilizara y, tal vez, se tomara unos días libres y se marchara a algún lugar agradable.

Kate cruzó la puerta abierta en la valla blanca y pasó delante de una caseta de baño de ladrillo que había a la izquierda. En el lugar no había mucha gente. A la derecha estaba la piscina infantil, donde un niño y una niña, con flotadores de plástico en forma de alas, se arrojaban agua y luego corrían gritando a refugiarse entre los brazos de sus niñeras latinas. Media docena de adolescentes retozaban en la piscina principal bajo la mirada aburrida de una socorrista, una chica de instituto con un bañador anaranjado y una gorra que estaba sentada en lo alto de una silla de madera como la que usan los árbitros de tenis.

Kate divisó a Saramaggio, solo bajo una sombrilla de playa y recostado en una tumbona que miraba al canal. Llevaba bañador. Un libro descansaba sobre su regazo, pero parecía perdido en sus pensamientos y con la mirada fija en el océano. Se sintió extraña, acercándose a él así, de improviso. Pero tal vez el elemento sorpresa favoreciera su misión.

—Doctor Saramaggio.

Él se quitó las gafas de sol y la miró, momentáneamente desconcertado. Durante un minuto no consiguió ubicarla.

—¿Ehhh, doctora Willet? ¿Kate Willet? ¿Qué está haciendo aquí? —Saramaggio parpadeó, como si fuese un búho, luego echó un vistazo a su alrededor. Estaba tratando de deducirlo—. ¿Conoce a alguien…?

—No, no. No conozco a nadie aquí. Sólo a usted. He venido a hablar con usted.

—Entiendo.

Se irguió en la tumbona, apoyándose en un brazo. Tenía varios michelines en la cintura y pensó cuán apropiada era la vestimenta de cirujano como camuflaje para la carne flácida. Mientras él la miraba, buscando en su rostro algún tipo de respuesta, su actitud comenzó a cambiar. El cambio fue algo que ella sintió, más que observó. Pasado el momento de sorpresa, Saramaggio parecía extrañamente tranquilo. No le preguntó cómo había llegado hasta allí y tampoco cómo se las había arreglado para encontrarlo. Era como si esas preguntas carecieran de importancia ante algo mucho más profundo, ahora que ambos estaban juntos a orillas del océano.

Se trasladaron a una mesa de metal a la sombra de una sombrilla. El sol calentaba, a pesar de que ya era septiembre, y Kate comenzó a sentirlo. Tenía húmedas las axilas de su blusa blanca.

—¿Le gustaría…? —Saramaggio señaló vagamente en dirección a la caseta de baño donde, ella vio ahora, había un pequeño bar. El olor a aceite frito llegaba incluso hasta allí.

Ella negó con la cabeza.

—Doctor Saramaggio…

—Leo. Por favor, llámeme Leo.

Eso era extraño. Nunca se había mostrado antes con tanta familiaridad. ¿Por qué había elegido ese momento para mostrarse informal? Cuanto más lo miraba, más se convencía de que no se trataba de una concesión amable. Era un gesto de apaciguamiento.

«Dios mío —pensó ella—, está nervioso».

—Bien —prosiguió Kate—. He venido a hacerle algunas preguntas sobre la muerte de Tyler.

Saramaggio profirió un leve sonido, una casi imperceptible inspiración, y luego asintió lentamente.

—No veo cómo puedo ayudarla. —Una breve pausa y luego añadió—: ¿Qué es lo que desea saber?

Notó que Saramaggio no ponía en cuestión, a ella, una subordinada, su derecho a hacerle preguntas. Era mejor comenzar con las más sencillas, pensó.

—Varias cosas, si me lo permite. La primera, ¿cómo determinó que Tyler estaba muerto y cómo fijó la hora de su muerte?

—Usted estaba allí. Usted lo vio. De hecho, si no me equivoco —aquí incluyó una pizca de sarcasmo—, fue usted quien me alertó acerca de lo que estaba pasando. ¿O no fue así?

—Sí.

—O sea, que usted vio que había muerto, que todos sus signos vitales habían cesado y que no había ninguna posibilidad de practicarle ningún método de resurrección.

—Sí, pero el ordenador seguía haciéndose cargo de todas las funciones. ¿Cómo define uno entonces la muerte en una situación así?

—Es una situación inusual, eso se lo puedo garantizar. Pero decidí determinar el momento de su muerte cuando todos los signos vitales del paciente habían cesado: los que procedían del paciente, de modo que no sería capaz de sobrevivir ni un segundo una vez que el ordenador dejase de asistirlo.

—Yo me puse en contacto con usted después de medianoche. ¿Por qué registró la medianoche como el momento de su muerte?

El cuerpo de Saramaggio se puso tenso. Desvió la mirada hacia el mar y, por un momento, ella pensó que volvería a ser el viejo Saramaggio, que se levantaría y le preguntaría adónde quería llegar interrogándolo de ese modo y gritaría que la echasen de allí de inmediato. Pero no sucedió nada de eso.

—Fue un dato aproximado. Anoté medianoche por extrapolación, pensé que ésa sería aproximadamente la hora en que usted se encontraba en el pabellón y lo vio y que, por tanto, era la hora más temprana conocida en que había dejado de existir.

«Es bueno —pensó Kate—. Ante un tribunal sería un testigo perfecto».

La socorrista hizo sonar su silbato. Se oyó un estridente chirrido que parecía violar la paz de los alrededores.

—Hora de los padres —gritó la chica.

Uno de los adolescentes protestó. Todos salieron del agua lentamente y a regañadientes, irguiendo sus cuerpos bronceados y esbeltos hasta sentarse en el borde. Su lugar fue ocupado por un grupo de púdicas mujeres con gorros de baño, que entraron graciosamente en el agua y luego comenzaron a nadar braza mientras movían la cabeza como si fuesen majestuosas embarcaciones.

Saramaggio y Kate permanecieron algunos minutos en silencio. Él fue el primero en hablar.

—¿Debo interpretar que ha visto el certificado de defunción?

—Así es.

Saramaggio volvió a desviar la mirada hacia el océano, casi con anhelo, decidió Kate.

—Y el informe de la autopsia —añadió ella—. Vi que la segunda firma corresponde al doctor Cleaver. ¿Puedo preguntarle por qué él? ¿Por qué no el médico residente que estaba de guardia aquella noche? ¿Qué estaba haciendo el doctor Cleaver en el hospital a esa hora de la noche?

—Yo lo llamé.

—¿Usted lo llamó?

—Sí. Pensé que era mejor que viniese, ya que la mitad de todo el procedimiento era responsabilidad suya. Fue él quien instaló los ordenadores y quien debía estar allí si algo salía mal.

—¿Salía mal?

—Bueno, doctora Willet, imagino que estará de acuerdo conmigo si digo que, cuando un paciente muere, se presume que algo ha salido mal.

«Bien —pensó ella—. Ahora ha vuelto a adoptar ese aire de superioridad. Es un buen momento para hacerle la pregunta que me ha traído hasta aquí».

—Doctor Saramaggio… perdón: Leo, ¿practicó usted realmente la autopsia? ¿O lo hizo otra persona?

Él desvió la mirada rápidamente, pero no lo suficiente, porque sus ojos contaron toda la historia. Había sido víctima de una emboscada y ellos habían respondido antes de que tuviese la más mínima posibilidad de censurarlos. «No —dijeron ellos—, no lo hice yo».

—Por supuesto que la practiqué yo. —Luego compuso una expresión de ira—. ¿Acaso sugiere que sería capaz de falsificar un certificado de defunción? ¿Sabe cuál sería el castigo por una falta semejante?

—Lo sé. De modo que quiero preguntarle más acerca de la autopsia, cómo la llevó a cabo, incluyendo las anomalías que encontró.

—¿Anomalías?

Ahora su expresión era de preocupación.

—Sí.

Permaneció en silencio un momento, finalmente respondió:

—No recuerdo que hubiese ninguna anomalía.

—¿Recuerda por casualidad el nombre del asistente que se llevó el cuerpo?

—No.

—¿El ayudante que estaba de guardia en el depósito de cadáveres?

—No.

—¿La hora?

—No. Era más de medianoche, eso es todo. ¿Sabe?, todo este asunto me alteró bastante.

Su admisión era más que un reconocimiento de debilidad, pensó Kate; era un reconocimiento de culpa.

—Pensándolo mejor —dijo ella—, creo que aceptaría una taza de café. ¿Le molestaría ir a buscarme una? Cuando él regresó, una figura alta que llevaba la taza encorvando el cuerpo de modo que parecía incluso más viejo, ella fingió que había logrado convencerla y cambió de tema. Saramaggio no estaba completamente seguro de haber conseguido disipar todas sus dudas, pero sabía que, con tiempo, podría lograrlo.

La socorrista volvió a tocar el silbato.

—La hora de los padres ha terminado —gritó, y la ceremonia que se desarrolló a continuación, adultos abandonando la piscina mientras los adolescentes se lanzaban al agua, impresionó a Kate como una especie de extraño ritual suburbano.

Entretanto, le hizo a Saramaggio algunas preguntas ociosas acerca de Cleaver; dónde trabajaba cuando no estaba en el St. Catherine o Pinegrove, con quién trabajaba, especialmente quiénes eran sus ayudantes en el asilo para enfermos mentales y la gente que lo ayudaba a construir los ordenadores.

Saramaggio, aliviado ante la posibilidad de hablar de otra cosa, se explayó libremente.

Media hora más tarde, cuando abandonó la casa-club y le hizo señas a Scott para que la recogiese, él pensó, por la inclinación de su cabeza, que Kate estaba satisfecha consigo misma.

—¿Ha habido suerte? —preguntó.

—Sí.