Ánima

John Darnton · Capítulo 31 de 63

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Ánima

Scott estuvo recorriendo su celda...

Scott estuvo recorriendo su celda arriba y abajo durante cinco horas, siguiendo un trayecto que repetía una y otra vez, como lo haría cualquier animal enjaulado. Su círculo lo llevaba hasta los barrotes, luego pasaba junto a una litera y a los barrotes de nuevo. La rutina de ese recorrido le permitía pensar, aunque sus pensamientos eran tan repetitivos como los movimientos. Su paseo acabó por poner nerviosos a sus dos compañeros de celda: un dominicano negro con el pelo rizado que se había metido en una pelea en un bar y se había llevado la peor parte, y un muchacho blanco muy delgado cuya mirada vidriosa revelaba un historial de heroína y que ahora dormía acostado en el suelo.

—Eh, tío, tómate un respiro —le gritó el dominicano en un momento dado.

Scott lo miró sin decirle nada y luego se sentó en el suelo y apoyó la espalda en los barrotes. Pero, unos minutos más tarde, estaba nuevamente de pie y recorriendo la celda. No podía evitarlo. El dominicano dejó de protestar y pronto se instaló en un catre de acero que colgaba de la pared y apoyó la cabeza en un brazo como un niño inocente.

—Tío, estás jodido —dijo, poco antes de quedarse dormido. Comenzó a roncar, pero Scott casi no lo oía. Jodido. Eso lo resumía todo.

Scott revivió la noche en su mente. Cuando llegó a la sala de observación del hospital y vio a Tyler suspendido en el aire, unido a las máquinas pero sin vida, su pecho moviéndose como un fuelle, su corazón latiendo como un metrónomo, sin que nada sucediera porque su voluntad lo decidía, cerró los ojos y trató de deshacerse de las imágenes. Pero regresaban una y otra vez, y la única forma de apartarlas de su mente era obligarse a considerar lo que podría suceder después. Ahora, seguramente, si les quedaba un gramo de decencia, desconectarían a Tyler de todas esas máquinas y dejarían que muriese en paz. Si no era así, los demandaría y los obligaría a que lo hicieran. Conseguiría al mejor abogado de la ciudad, un abogado con instinto asesino, no importaba lo que pudiera costarle. Ya era demasiado tarde para cualquier clase de muerte con dignidad, pero Scott había renunciado a eso hacía mucho tiempo. Ahora, lo único que quería era que Tyler descansara en paz, de una vez y para siempre. Eso era todo. No importaba nada más.

El alcohol había abandonado su cuerpo, empujado por la adrenalina y la ira. La boca le sabía a bilis y le ardía la garganta, y tenía magulladas las muñecas donde le habían colocado las esposas, pero podía pensar con claridad. Se sentía extrañamente tranquilo. Esperaba poder enfrentarse a todos ellos: Saramaggio, Brewster, la junta de revisión, todo el lote. Estaba ansioso por comenzar la batalla y, cuanto antes, mejor. Pero primero tenía que salir de ese lugar, y haría todo lo que fuese necesario para conseguirlo, aunque ello significara tener que tragarse la furia y agachar la cabeza ante un juez. Pronto tendría su venganza.

Comenzó a pasear más lentamente, pensando. Debería conservar toda su fuerza. Miró a su alrededor. La celda apestaba. Se preguntó si el heroinómano se habría cagado en los pantalones. En un rincón había un váter sin asiento. La celda tenía rejas en tres de sus lados y una pared de ladrillos con pintura blanca descascarillada. La luz procedía de dos bombillas desnudas situadas detrás de una rejilla metálica.

Debería descansar. Se acercó al catre de acero vacío y se sentó, dejando que las piernas colgaran sobre el borde. Las sentía acalambradas, tensas.

La única vez que había estado entre rejas había sido durante un viaje de una semana a Somalia, cuando fotografió a una anciana en un mercado y casi provocó un tumulto. Ésa había sido una de las pocas veces que había viajado fuera del país sin Tyler, al que había dejado en casa de su suegra, y había estado preocupado todo el tiempo ante la posibilidad de que su encarcelamiento retrasara su regreso. Afortunadamente, salió a las pocas horas, hizo el trabajo en dos días y regresó según lo previsto.

Su suegra. Había pasado casi un año desde la última vez que la habían visto. Scott y ella nunca se habían llevado bien y, extrañamente, después de la muerte de Lydia, ella pareció perder todo interés por su nieto. Se mudó a una zona residencial en Florida, enviaba cheques decorados con peces vela para el cumpleaños de Tyler, los visitaba durante sus pocos frecuentes viajes a Nueva York para ver alguna obra de teatro, y eso era todo. Cuando Scott la llamó para contarle que Tyler había sufrido un accidente, ella se sintió horrorizada pero no viajó hasta allí.

—Eh, tú. Es tu día de suerte.

Era un policía, que se acercaba por el corredor y se detenía luego delante de su celda. Llevaba un vaso de plástico con café en una mano y se lo llevó a los labios, soplando y haciendo ruido al beber. Miró a Scott.

—Arriba. Ven a recoger tus cosas. Puedes irte ya. Apoyó el vaso con café en uno de los barrotes horizontales y abrió la puerta de la celda. Scott se levantó de un salto y salió rápidamente. El dominicano protestó:

—¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué sale ese tío? ¿Tiene privilegios o algo por el estilo? ¿Tiene enchufe?

El policía lo miró.

—Así es. Él lo tiene y tú no, lo que significa que cogerás el próximo autobús a Rikers.

—Ah, tío. Los polis blancos siempre cuidan de los suyos. Todo el sistema está podrido.

—Tal vez, pero todavía puede coger a basura como tú.

—Tío… —El dominicano volvió a acostarse en el catre y cerró los ojos—. Al menos déjame dormir, joder.

—Que duermas bien.

El policía hizo que sus palabras sonaran como una amenaza.

Scott lo siguió. El trasero del policía y su cinturón con su equipo, esposas, linterna; radio y libreta de multas, se balanceaban lentamente de un lado a otro. Sólo faltaba el arma en su funda.

En el escritorio de la entrada había otro policía con un vientre prominente que le alcanzó a Scott un sobre de papel manila con su nombre escrito en él. En su interior estaban su cinturón, la billetera y las llaves. A través de una ventana vio que estaba amaneciendo.

—¿Quedo en libertad bajo mi propia responsabilidad? ¿Debo pagar una fianza?

—No, nada de eso. Puede marcharse. No hay cargos. Sólo necesitaba una noche para tranquilizarse. Pero le aconsejo que no cause más problemas.

Scott sacudió la cabeza. Habría dicho cualquier cosa para salir de allí y regresar al hospital.

—Y tal vez quiera agradecérselo a ella.

En ese momento, Scott sintió una mano en el brazo derecho y se volvió para encontrar a Kate.

—Nos lo ha explicado todo —dijo el policía—. Suena muy duro.

El policía apartó la mirada, como si Scott tuviese alguna enfermedad.

Kate le sonrió y con la mano lo instó a darse la vuelta y caminar hacia la puerta. Estaba despeinada y tenía la blusa de seda blanca completamente arrugada.

—¿Ha estado aquí toda la noche? —preguntó él.

—No, he estado entrando y saliendo. Me decían una y otra vez que no podían tomar una decisión hasta que no llegase el sargento. Había problemas en East Harlem, de modo que estuvo fuera hasta hace unos minutos. Un hombre agradable llamado Paganelli. Fue él quien dijo que podían dejarlo en libertad.

—Gracias a usted.

—Cuando escucharon la historia se mostraron muy compasivos. Sólo necesitaban un pretexto, un médico que les dijese que todo estaba bien, que usted no estaba loco ni nada parecido.

—No estoy tan seguro de eso.

Fuera el sol brillaba con fuerza y Scott cerró los ojos ante el resplandor.

—Vamos al hospital —dijo.

—Creo que primero debería ir a su casa, cambiarse de ropa, afeitarse y tomar una taza de café.

Le hizo una seña con la mano y él se miró. Tenía la camisa desgarrada y en el pecho había una mancha de sangre seca que se había vuelto marrón.

—Tenemos un largo día por delante, muchas reuniones, demandas, peleas, quién sabe cuántas cosas más. Y, sinceramente, podrá defender mejor su caso si su aspecto es un poco más presentable.

—Parece más un abogado que un médico.

Kate sonrió y sintió deseos de decir algo alentador.

—En este momento no soy ninguna de las dos cosas. Sólo soy una amiga.

Llegaron a la esquina de Lexington. Scott levantó una mano para llamar a un taxi y, cuando el coche frenó y él abrió la puerta, se sorprendió al ver que Kate también subía.

Una hora más tarde llegaban a la puerta del hospital. Tan pronto como entraron en el vestíbulo y vieron la expresión en el rostro de la recepcionista, supieron que había ocurrido algo. La mujer parecía nerviosa y levantó el auricular del teléfono.

—Doctora Willet. Por favor, espere un momento. El doctor Saramaggio ha dado instrucciones de que aguarde aquí. Lo avisaré.

Scott ya se dirigía hacia los ascensores.

—Llámelo —dijo Kate por encima del hombro—. Dígale que estaré en la tercera planta.

Se apresuró para alcanzar a Scott y consiguió entrar en el ascensor justo cuando se cerraban las puertas. Dentro había otras tres personas, que miraban fijamente al frente. Kate observó a Scott; no resultaba difícil ver que estaba sobreexcitado. Miraba hacia delante, tenía los ojos entrecerrados y los hombros levantados, y apretaba los puños.

El ascensor se detuvo en la segunda planta, las puertas se abrieron con exasperante lentitud y entró un médico con una chaquetilla blanca; pulsó un botón y las puertas volvieron a cerrarse con la misma lentitud. Scott pulsó tres veces el botón de la tercera planta casi con violencia. Nadie habló.

En la tercera planta, Scott salió del ascensor antes de que las puertas se hubiesen acabado de abrir y Kate lo siguió. Ambos se dirigieron rápidamente a la sala de enfermeras —nuevamente una mirada extraña por parte de la enfermera de guardia, entre sorprendida y preocupada—, y doblaron a la derecha por el corredor que conducía al pabellón especial de aislamiento. Pero unos metros antes de llegar descubrieron que todo era diferente.

Había desaparecido. El pabellón ya no estaba allí. Las puertas, que normalmente estaban herméticamente cerradas, se encontraban abiertas de par en par y pudieron ver claramente dónde, sólo unas horas antes, había estado la pared de cristal de la sala de observación.

Scott cubrió a la carrera los metros que quedaban. Luego se detuvo y continuó caminando a través de las puertas, como si estuviese en un sueño, contemplando las paredes vacías a su alrededor, los enchufes vacíos, el suelo recién fregado. Olía a desinfectante.

Scott se volvió y Kate vio su expresión de perplejidad y confusión. Sabía lo que había ocurrido y parecía como si no supiera qué sentir, lo temía y lo deseaba a la vez.

Oyeron pasos detrás de ellos. Era Saramaggio, que se acercaba rápidamente, la bata flotando a su espalda. Parecía ansioso y desconcertado.

—Quería verlo antes para explicarle lo que ha pasado —dijo, casi sin aliento—. Lamento que se haya enterado de esta manera. Verá, no teníamos alternativa. Después de lo sucedido… después de lo que usted vio anoche, decidimos… —Hizo una pausa, respiró profundamente y se lanzó—: Tuvimos que retirarle la asistencia vital a su hijo. No había ninguna razón para continuar…

Saramaggio miró a Scott, implorante. Scott avanzó hacia él y, por un momento, Kate pensó que iba a aplastarle. En cambio, se quedó mirándolo fijamente con el cuerpo temblando de furia.

—Maldito cabrón, egoísta…

Se interrumpió. Parecía que había conseguido controlar sus emociones, pero no, no era así. Se acercó a la pared y se inclinó contra ella con la mano izquierda apoyada, y entonces dejó escapar un profundo sollozo y estrelló el puño derecho contra la lisa superficie pintada de verde. El ruido retumbó en la pequeña habitación. Volvió a golpearla una y otra vez hasta que la pared mostró las huellas de los impactos y en el suelo se formó una fina capa de yeso.

Saramaggio estaba paralizado y tenía la cabeza inclinada. Kate vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

De modo que era humano después de todo.

—Lo siento —dijo finalmente con un hilo de voz—. Me gustaría que hubiese algo que yo pudiera hacer. Ojalá… ojalá nunca hubiésemos hecho esto. Nunca fue mi intención que acabase de esta manera. Yo quería… yo quería salvar la vida de su hijo.

—Usted quería llevar a cabo su experimento con él. ¡Mi hijo le importaba una mierda!

Scott se volvió, con la mano izquierda aún apoyada contra la pared, y lo miró fijamente.

Saramaggio volvió a llenarse los pulmones de aire y le devolvió la mirada. Lentamente, asintió.

—Supongo que hay algo de cierto en sus palabras —dijo—. Tal vez tiene razón. Yo quería realizar esa operación. Lo deseaba con todas mis fuerzas. La había estado preparando desde hacía muchos años, pensando en ella, en lo que podría llegar a significar…

Su voz se quebró, agitó levemente la mano y luego se cubrió los ojos.

Kate no podía creer lo que sucedió a continuación: los hombros de Saramaggio comenzaron a moverse y luego a agitarse tan violentamente que ella pensó que estaba sufriendo un ataque. Lloraba sin poder controlarlo, un llanto que nacía en algún lugar muy profundo, de modo que la parte superior del cuerpo parecía estar sometida a violentas convulsiones. Cuando apartó las manos, sus ojos parpadeaban sin cesar mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas y su rostro estaba contraído y convertido en una patética bola roja.

Y lo que sucedió luego fue incluso más extraordinario. Saramaggio se acercó a Scott y juntó las manos como si estuviese rezando.

—Por favor, lo siento —farfulló—. Se lo ruego, perdóneme.

Y continuó acercándose hasta quedar frente a él. Abrió los brazos como si fuese a abrazar a Scott, apoyó las manos sobre sus hombros y movió las manos sobre su espalda. Pero Scott permaneció erguido e inmóvil, las manos tensas a los lados.

Saramaggio retrocedió un paso y miró a Scott con expresión implorante, luego desvió la mirada hacia la pared.

Kate sintió una súbita oleada de conmiseración por ese hombre que había permitido que su sueño lo llevase demasiado lejos por un camino que jamás debería haber tomado. Por un momento pensó en consolarlo, diciéndole lo que necesitaba oír, que había traspasado los límites pero que podía ser perdonado, que su alma aún no estaba perdida.

Pero ella también se quedó inmóvil. Todo había ido demasiado lejos. Habían sucedido cosas que jamás deberían haber ocurrido. Se había causado demasiado dolor y sufrimiento, y todo ello innecesariamente.

Scott había obtenido un pequeño triunfo. Saramaggio había sido transformado por una noche de epifanía, y ahora estaba ante ellos, una figura abyecta y abandonada. Pero ni Kate ni Scott se sentían bien por ello.

Ese mismo día, más tarde, se celebraron reuniones de la junta de Ética, la Junta de Revisión Institucional y la junta directiva del hospital, se cumplimentaron formularios, los prolegómenos de investigaciones, todo el papeleo y las formalidades vacías del procedimiento administrativo que una gran institución inicia en tiempos de crisis.

Scott se negó a ser entrevistado y esto fue advertido por un investigador médico experto, quien anotó en una casilla del formulario pertinente que el «familiar más cercano se mostró reacio a cooperar». Todos los que estuvieron presentes en ambas operaciones, incluida Kate, fueron citados para que redactasen un detallado informe que sería dado a conocer a su debido tiempo. Habría que elaborar nuevas directrices para cubrir situaciones similares; por el tono de las preguntas formuladas, Kate estaba segura de que acabarían siendo ineficaces. Brewster se encargó de dejar muy claro que apoyaría sin reservas a su personal, incluyendo a Saramaggio, cuya contrición sorprendió a todo el mundo y quien solicitó, y le fue concedida, una licencia de dos semanas. Todos estuvieron de acuerdo en que merecía la pena continuar trabajando en las áreas de cultivo e implantación de, células madre reproductivas y de cirugía asistida por ordenador, a pesar de la «reciente tragedia».

No se dijo prácticamente nada acerca de la visita nocturna que habían hecho Kate y Scott al pabellón de observación y tampoco sobre el papel de Kate en todo el asunto. Estaba claro que no habría ninguna represalia pública contra ella, y Kate pensó que, al no presentar cargos, podían estar tratando de comprar su silencio. No podía imaginarse asistiendo a Saramaggio en otra operación. Ellos quizá querían olvidar, pero ella, no.

Kate encontró a Gully solo, bebiendo café en la sala de cirujanos, una pequeña habitación con sillones y mesas dispares y lámparas situada en la cuarta planta. Comenzaron a hablar y ella se dio cuenta de que se estaba desahogando con él. Pero sus dudas respecto a la muerte de Tyler no encontraron unos oídos comprensivos.

—¿Qué hay de extraño en ello? —dijo él—. Para empezar, se trataba de una operación experimental. Todos conocían el riesgo implícito de usar ordenadores para ayudar al chico.

—¡Ayudar! Ahórrame esa clase de ayuda. Acabar con alguien sería más correcto.

—Venga, no seas tan dura.

—¿Por qué no se realizó una investigación rigurosa sobre lo que ocurrió realmente? ¿Quién sabe por qué falló el jodido invento? Todo parece indicar que fueron los ordenadores los que le provocaron la muerte.

—¿Cómo puedes decir eso? Ese chico habría muerto mucho antes si esas máquinas no lo hubieran mantenido con vida. Por favor, no dejes que la ira te nuble el pensamiento. No te metas en más problemas. Estabas haciendo un buen trabajo aquí y todos te apreciamos mucho. Gully bebió un trago de café.

Kate no se había calmado.

—No lo sé, todo este asunto me huele mal. Creo que los ordenadores no funcionaron como estaba previsto. Esas máquinas son responsables de la muerte del chico, ¿no lo comprendes?

Pero Gully se limitó a encogerse de hombros y se volvió. Su rostro parecía afligido, pero su gesto delataba una brusquedad que no habría mostrado dos semanas antes, pensó Kate.