Ánima

John Darnton · Capítulo 26 de 63

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Ánima

Cleaver envió a Félix con una camilla...

Cleaver envió a Félix con una camilla a la habitación 35 para que recogiera al paciente que sufría la enfermedad de Cotard y esperó ansiosamente en el sótano junto al ERT. A decir verdad, estaba empezando a asustarse con esa extraña afección que convertía al paciente en un muerto viviente. Benchloss. Sólo tenía veinte años y, sin embargo, su pelo era completamente blanco. Incluso su pasado era escaso; su archivo era el más corto de todos. Un joven de Detroit. Tenía un primo que trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica de automóviles que lo cuidó hasta que se cansó cuando él comenzó a deslizarse hacia el infierno de la psicosis. ¿Qué pudo haberle ocurrido, se preguntaba Cleaver, para que sufriese esa metamorfosis que lo había convertido en un monstruo? ¿Qué profunda zona de su cerebro había sufrido un cortocircuito? ¿Había sucedido por sí solo, alguna clase de gen monstruoso que había estallado como una bomba de acción retardada? ¿O intervino un agente externo, algún hecho tan aterrador que se llevó su lengua, su vista y su tacto? Pero eso no importaba ahora. Estaba listo para el experimento, y si estaba muerto, seguramente no se quejaría.

Durante dos noches, desde el momento en que había metido a Mann en la máquina y había descubierto que, de alguna manera su cerebro se había conectado con el ordenador, entrando en la memoria de ese jodido chisme y despojándolo de algunos fragmentos de polaco, Cleaver no había podido conciliar el sueño. Había trabajado febrilmente, volcando un sujeto enfermo tras otro en el ERT, colocando todos los interruptores en posición de «Abierto», y esperando ansiosamente que transcurriesen los cinco minutos. Después retiraba expectante la camilla —la imagen de un chef abriendo la tapa del horno para examinar la consistencia de un soufflé pasó fugazmente por su cabeza— y sentaba a los sujetos para buscar señales que revelaran que habían sido transformados por su misterioso viaje al interior del tubo metálico.

No siempre se sentía decepcionado. Algunos de los sujetos mostraron ciertos progresos, junto con una nueva clase de rareza. Realmente parecían poseer información nueva, datos de los que antes no disponían. Pero la información no estaba totalmente integrada, se manifestaba de forma intermitente y no parecía hacerles demasiado bien. La transmisión de un cuerpo de conocimiento completo y coherente parecía imposible de conseguir.

Pero, por supuesto, eso era algo que resultaba difícil de asegurar; después de todo, todos ellos estaban chiflados. Bruce, el joven que pensaba que sus padres eran «impostores», había sido una terrible decepción. Cleaver esperó con ansiedad a que llegase su turno en la máquina; era un individuo inteligente, bien educado y que se expresaba con claridad; uno podía mantener con él una conversación normal siempre que evitara el tema de las relaciones familiares. Seguramente sería capaz de demostrar los efectos de una experiencia psicotelegráfica. Pero las cosas no salieron como Cleaver esperaba. Para empezar, Bruce se negó a ir al ERT; temía especialmente por sus ojos y se resistió a que le encajaran las huederas debajo de los párpados. Cuando, por fin, consiguieron culminar esta fase del procedimiento, Bruce se aferró con fuerza a ambos lados de la camilla rodante cuando era introducida en el tubo metálico, de modo que sus meñiques quedaron totalmente magullados. Lo sacaron y le curaron las heridas. Luego utilizaron las correas, lo que lo alteró aún más, de modo que comenzó a gritar una vez que estuvo dentro del tubo, el sonido extrañamente amortiguado como si procediera del interior de los pliegues de un capullo gigante. Cleaver esperó dos minutos completos a que se calmara un poco y ese tiempo precioso desbarató todos los cálculos previos. La máquina había sido puesta parcialmente en funcionamiento, por lo que Cleaver no estaba seguro de si debía restar o no esos dos minutos del tiempo asignado; luego decidió que era más seguro si lo hacía. Teniendo en cuenta el margen de seguridad de la máquina, Bruce sólo disponía de unos tres minutos, más o menos, con la válvula completamente abierta. No obstante, el muchacho salió atontado.

Cleaver lo condujo a la antigua galería de fumadores e hizo que Felicity le llevara la obligatoria taza de té. Bruce la rechazó, diciendo que siempre había odiado el té, lo cual resultó realmente extraño, considerando que todas las mañanas acostumbraba a beber tres tazas. Cleaver preparó un tablero de ajedrez, cargando previamente el ordenador con un nivel avanzado en el juego y consciente de que Bruce jamás había jugado antes. El primer movimiento del joven fue el de alguien instruido en el juego: avanzó dos casillas su peón de reina. El corazón de Cleaver dio un vuelco y se inclinó sobre el tablero con auténtica ansiedad; su joven adversario había aprendido las reglas. Pero después de cuatro o cinco movimientos nominalmente correctos, el juego de Bruce desapareció. Parecía incapaz de organizar ninguna clase de estrategia o incluso de relacionar las piezas entre sí. Y, lo más preocupante de todo, desarrolló de pronto un extraño tic, un estiramiento de la comisura izquierda de la boca que le dibujaba una mueca que, bajo una luz tenue, hacía que pareciera siniestro. Muy pronto, sus ojos comenzaron a moverse de un lado a otro. Cleaver sabía dónde había visto eso antes: era el signo revelador de la paranoia de Mann.

—¿Para qué es esto? —preguntó Bruce súbitamente, mirando el tablero. Luego comenzó a gritar—: ¡Cucarachas, cucarachas por todas partes! —Golpeó el borde del tablero con tanta fuerza que las piezas salieron volando por los aires. Cleaver recibió en la coronilla el impacto de uno de los caballos voladores y sintió un dolor punzante. Miró a Bruce, quien parecía estar al borde de un brote sicótico—. ¡Fuera de aquí! ¡Dejadme en paz! —gritó, golpeándose los antebrazos y cayendo al suelo presa de convulsiones.

Félix acudió de inmediato y le sujetó los brazos contra el suelo. Bruce se fue tranquilizando lentamente. De hecho, se calmó demasiado; se quedó mudo de golpe y entró en un éxtasis psicótico que, a primera vista, parecía catatonia.

Cleaver, que había presenciado toda la escena con distanciamiento clínico, estaba profundamente perturbado. El muchacho parecía haberse vuelto literalmente loco. No obstante, muchas de sus nuevas manifestaciones físicas le resultaban familiares: eran las peculiaridades y los mecanismos de defensa mostrados por otros pacientes que lo habían precedido en el ERT. ¿Era eso posible? ¿Acaso los pacientes o, mejor dicho, los sujetos, dejaban algo atrás en el ordenador, una huella, pequeños trozos de sí mismos, su ánima? ¿Y era posible acaso que otros recogieran, de alguna manera, esos vestigios mientras realizaban sus viajes solitarios hacia lo desconocido? Tendría que estudiar la cuestión, tomar notas detalladas, quizá recopilar cintas de vídeo.

Mientras tanto completaba los preparativos para el experimento con Benchloss. En el pasado, Benchloss se las había ingeniado para despertar en él cierto sentimiento de piedad. Pero, de hecho, su fuente de piedad no era inagotable y Cleaver había empezado a ver ese hombre desdichado exactamente como lo hacía el propio Benchloss, como una criatura que estaba más allá de los límites de la humanidad. Benchloss creía que estaba muerto, de modo que, a los ojos de Cleaver, ya se encontraba a las puertas de la muerte. No importaba demasiado si le sucedía algo desagradable.

Félix entró con el paciente. Felicity lo había ayudado a colocar a Benchloss en la camilla —un trabajo nada fácil, puesto que era literalmente un peso muerto— y ahora permanecía en la puerta del sótano, demasiado curiosa para marcharse. Cleaver decidió ignorar su presencia. En cualquier caso, no habían hecho un buen trabajo. Cleaver observó que uno de los brazos de Benchloss estaba parcialmente aplastado debajo de la espalda. Unos minutos más en esa posición y se le cortaría la circulación en esa zona. Un par de horas y el jodido brazo se volvería azul y luego negro y después probablemente comenzaría a pudrirse. No obstante, Benchloss no se daba cuenta de lo que estaba pasando. Qué demonios, probablemente lo tomase como una confirmación de que ya se estaba descomponiendo en la tumba.

Cleaver lo levantó, le quitó el brazo de debajo de la espalda y volvió a bajarlo, con un silencioso reproche dirigido a Félix, quien pareció no captarlo. Cleaver estudió detenidamente el rostro de Benchloss. ¿Había detectado un atisbo de temor? ¿Algo que se agitaba levemente detrás de esos ojos, habitualmente tan inerte como los de un tiburón? Imposible, aquel tipo estaba ido. Cleaver sintió un escalofrío. Tenía que admitirlo, estaba asustado, profundamente asustado ante ese paciente anormal. La boca de Benchloss estaba abierta, un agujero en el pozo negro e insondable. Cleaver se inclinó y apoyó la mejilla en ella; no sentía nada, ningún signo de respiración. Apoyó la oreja; allí, en la distancia remota y profunda, un débil sonido. Los pulmones haciendo su trabajo, algún reflejo elemental insuflando aire en ellos. ¿O quizá no era así? ¿Tal vez lo estaba imaginando? Volvió a sentir un estremecimiento. ¿Por qué ese agujero negro evocaba la imagen de su padre, el miedo, la hebilla que se abría para que el cinturón descargara sobre él castigo y humillación? Comenzó a sudar. En el pasado, cuando experimentaba este tipo de sensaciones, podía distraerse: la fantasía de la esclava cyborg o, a veces, simplemente la numerología, sistemas y más sistemas de números multiplicándose, sometiéndose a raíces cuadradas, dividiéndose y subdividiéndose. Un sistema, ciencia pura, religión pura.

—Y bien, ¿vamos a meterlo en la máquina?

La pregunta de Félix le sobresaltó. Era súbita y grosera, y se preguntó cómo podía expresar su desagrado. Felicity seguía en la puerta, de modo que Cleaver se acercó y la cerró en sus narices.

—Por supuesto —farfulló.

Pretendía que fuese una orden, pero sus palabras brotaron como un gemido incierto.

Levantaron al hombre y lo colocaron en la camilla de la máquina; Félix, cogiéndolo por los hombros desde detrás como si fuese un luchador, y Cleaver, abrazándole las piernas, postura menos difícil pero indecorosa. Nuevamente volvió a sorprenderle lo pesado que era Benchloss. ¿Era posible que la mente pudiera realmente cargar el cuerpo de esa manera, hincharlo, inundar las células de agua preparándolas para la descomposición final? ¿O era solamente la imaginación de Cleaver?

Lo tendieron sobre la camilla móvil. Cleaver se sentía débil y dejó que su ayudante hiciera casi todo el trabajo. Félix bajó el casco, con su confuso nido de cables y alambres, y lo ajustó a la cabeza de Benchloss. Cogió las hueveras y las retrajo hasta que formaron dos bandas horizontales.

—Al menos con éste debería ser sencillo —dijo.

Pero no lo fue. El peso muerto de los párpados de Benchloss hacía muy complicado encajar las bandas debajo de ellos; el párpado superior, que se mantenía abierto mientras trabajaban en el inferior, quedaba flojo y medio cerrado. Por un momento, Cleaver sospechó que Benchloss estaba fingiendo, intentando sabotear el experimento. Pero seguía sin haber ningún signo de vida. Félix insistió. Finalmente, entre los dos, consiguieron colocar las hueveras en su sitio e hicieron girar los botones para extenderlas, observando cómo el óvalo característico se hinchaba debajo de la piel a través del globo ocular.

Benchloss estaba listo para empezar el experimento. Pero Cleaver se detuvo. Necesitaba serenarse. Abandonó la habitación murmurando una excusa cualquiera, subió la escalera y salió del edificio. Se sentó en el porche y contempló el agua que brillaba bajo el sol. En ese momento, un pensamiento extraño invadió su conciencia. Parecía provenir de su propia voluntad; saliendo de ninguna parte, una flecha que volaba desde los campos de batalla del pasado. Un recuerdo, largamente reprimido y peligroso. Era de su padre. Volvió a pensar en cómo se había enterado de su muerte mientras estudiaba en el MIT. Y, de pronto, comprendió con una certeza que jamás había tenido el coraje de reconocer que había sabido de la muerte de su padre en el momento en que sucedió, antes de recibir aquella llamada telefónica de su madre. Estaba absolutamente seguro. Y ahora todo volvía a hacerse consciente. Al mirar por la ventana los prados cubiertos de nieve, había visto a su padre, una débil sombra recortada contra el paisaje blanco, mirando hacia su ventana con una expresión divertida en el rostro, como si hubiese estado riendo, ¿riéndose de qué? ¿De la broma que suponía ver a su hijo otra vez en la etapa final de la partida, de esa visita a un trozo de tierra cubierto de nieve cerca del río Charles?

No había otra cosa en el mundo que a Cleaver le provocase tanto miedo como estar muerto. No era el dolor que pudiera implicar, ni los últimos momentos agonizantes de vida, sino el propio hecho de estar muerto.

Nunca antes el pensamiento se había reunido de una forma tan cristalina y se había presentado ante él como una verdad dura e inmutable. Lo sacudió de su mente y apartó la vista del agua, sintiendo que le quemaban los ojos a causa del brillante reflejo del sol sobre las olas, y regresó al sótano.

Félix estaba allí, mirándolo con curiosidad.

—Empecemos de una vez —dijo Cleaver.

Oyó el característico roce de metal contra metal cuando la camilla entró en la máquina, y observó cómo Benchloss se deslizaba al interior del túnel, los cables prácticamente rozando las paredes redondas. Podía ver los arañazos allí donde otros sujetos se habían movido adelante y atrás.

Félix ya había ocupado su puesto en los controles.

—Creo que yo me haré cargo de esto —indicó Cleaver, haciéndole señas para que se apartase.

Félix dio un paso atrás, encogiéndose de hombros.

—¿Qué está haciendo? —preguntó.

Cleaver estaba manipulando el cronómetro. Había apagado el mecanismo de parada automática, de modo que la máquina pudiese superar el límite de seguridad de los cinco minutos e incluso el límite de peligro de los siete minutos.

—No veo ninguna razón para no probar algo nuevo —señaló.

—Pero usted mismo dijo que Quincy le había advertido que nunca hiciera eso — se quejó Félix—. No sabe lo que puede suceder. La máquina podría sufrir una sobrecarga. No es seguro.

—¿No es seguro para la máquina o no es seguro para el sujeto?

La pregunta confundió al ayudante de pobladas cejas, quien pensó cinco segundos antes de contestar.

—No estoy seguro. Para cualquiera de los dos, supongo.

—Bien, si tienes que adivinarlo, yo diría que no lo sabes.

Félix permaneció en silencio.

Oyeron el zumbido de la máquina al ponerse en marcha. Cleaver hizo girar dos mandos y el cerebro de Benchloss cobró vida en la pantalla, la imagen familiar de un gran puño cerrado. Otro mando y el cerebro comenzó a girar lentamente, exhibiéndose desde diferentes y sucesivas perspectivas: las crestas de colinas de lava, la profunda hendidura entre ambos hemisferios, las líneas arrugadas que separaban los lóbulos. Estaba separado del cuerpo como si fuese un holograma.

—¿Un poco de acompañamiento? —preguntó Cleaver, disimulando su miedo con una forzada despreocupación. Encendió el sistema de audio y de ambos altavoces brotó nuevamente el sonido de interferencia estática, neuronas disparando sus cargas eléctricas. En esta ocasión, el sonido era semejante a disparos de fusil procedentes de una batalla que se libraba a gran distancia.

Comprobó el cronómetro: dos minutos. Todos los electrodos habían encontrado sus objetivos; la cobertura era completa.

Cleaver ya había visto suficientes sujetos como para saber interpretar la descarga del impulso. Podía situarse con suficiente distancia y objetividad para ver el bosque, no solamente los árboles. Era capaz de interpretar el modelo completo de la actividad nerviosa, un incremento que se concentraba en el cerebro medio o mesencéfalo, alcanzaba rápidamente un crescendo y luego disminuía hasta casi desaparecer por completo. Félix también había advertido el modelo. “Como palomitas de maíz en un microondas —había dicho la última vez—. Comienza lentamente y luego el estallido se produce de golpe y, finalmente, se agota”. Cleaver había considerado la metáfora poco afortunada, pero sabía que el modelo era importante. Es la forma en que sonaría el cerebro si sus ondas se movieran hacia el exterior, hacia el ordenador. Luego, cuando el tiempo se agotaba y él comenzaba a reducir la potencia del ordenador, las ondas retrocedían, de regreso al cerebro. Era como verter agua de un vaso a otro, pensó, aunque sabía perfectamente que no era tan sencillo.

Manipuló los diales hidráulicos para conseguir un corte transversal y luego se concentró en un lado del cerebro inferior. Divisó las estructuras principales: las capas de la circunvolución cingulada, el duro núcleo del tálamo, el hipocampo curvo que se abría hacia fuera como un cuerno de la abundancia, y la glándula pineal central, el órgano más profundo que segrega melatonina para regular los biorritmos, de modo que el hombre primitivo, escondido en su cueva, no perdiese el contacto con la luz del día. Pobre Descartes, buscando el “asiento del alma” lo había encontrado allí; tal vez, pensándolo mejor, no estaba tan equivocado: todos los ordenadores comienzan con un reloj. Finalmente, los diales lo llevaron al último tesoro, unos órganos gemelos, ligeramente oscurecidos y con una forma de almendra perfecta: la amígdala.

Era extraño cómo le latía el corazón. ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿De qué tengo miedo?.

Miró el reloj. Ya habían pasado cuatro minutos. Se aproximaban a la zona de seguridad. ¿Qué pasaría si llegaban a los siete minutos?

Miró la amígdala. Era pequeña; si la tuviese en la mano podría aplastarla entre el pulgar y el índice. ¿Por qué pensaba esas cosas? Tenía un aspecto extraño, como si estuviese… ¿qué? Vacía, desolada.

Cuando era más joven, Cleaver había utilizado la numerología para combatir la ansiedad. Podía estarse horas creando fórmulas, recitando raíces cuadradas, enumerando el número pi: tres… coma… uno… cuatro… uno… cinco… ¿Qué viene luego?

—Doctor Cleaver —dijo Félix—, es el momento de volver.

Nueve, creo. U ocho… no, nueve… luego dos…

—Tenemos que volver, tenemos que hacerlo.

Y después del dos… ¿qué? Su padre le había parecido tan extraño allí, de pie en medio de la nieve, mirándolo. Pero no había tenido duda alguna: era su padre. Y tenía la mano apoyada en la hebilla del cinturón.

Pasaron cinco minutos. Luego seis.

Era vagamente consciente de que Félix se encontraba a su izquierda, casi rozándolo. Pero se mantuvo firme. La habitación parecía estar girando. Pi… el misterio de un número infinito.

Comenzó a abandonar lentamente su ensoñación. Era extraño cómo los colores y las neuronas que se activaban en la pantalla tenían el mismo aspecto que durante la muerte del anciano, mientras su ánima abandonaba el cuerpo y aparecía ante su esposa por última vez. Sonidos en el interior del tubo, más neuronas que se disparaban, ¿acaso era un ruido sordo?

Siete minutos. Se oyó un chisporroteo y la pantalla se volvió totalmente negra. No de golpe, sino como si estuviese quemándose, primero negra alrededor de la periferia y luego en el medio, dejando sólo un diamante de luz en el centro. El diamante perdió su brillo, se volvió opaco y acabó por extinguirse.

Félix estaba callado, horrorizado. Cleaver se agitó, se sacudió el miedo, y se sintió algo mejor, como si hubiese tenido náuseas y ahora hubieran desaparecido. Su cabeza estaba más clara. El ordenador estaba en silencio, la pantalla vacía. ¿Deberían sacar a Benchloss de allí? ¿Por qué no?, su tiempo se había agotado.

Félix cogió un extremo de la camilla y Cleaver se encargó del otro. No eran necesarias dos personas, pero ambos sentían una gran curiosidad, como cuando uno se siente atraído por un accidente de coche, pasando lentamente junto al arcén, con los ojos fijos en la maleza, todos los sentidos a flor de piel.

Retiraron la camilla y no hallaron nada sorprendente. Allí estaba Benchloss, inmóvil, cualquier signo de animación ausente de su cuerpo hundido. Resultaba difícil decir cuál era la diferencia; al entrar en el tubo metálico estaba prácticamente sin vida y estaba completamente sin vida al salir de él. Pero había una diferencia. Nadie hubiera confundido este montón de carne fría con un hombre enfermo que jugaba a hacerse el muerto.

Estaba muerto.

Y también había algo más: su rostro estaba contraído, paralizado en una mueca, como si hubiese muerto de algo horrible. Como si hubiera muerto asustado.

Cleaver reflexionó sobre ello. Se sintió mal, en cierto modo. Pero lo que le impresionaba, y lo que le preocupaba, era que no se sentía tan mal como pensó que se sentiría. Sobre todo sentía una suerte de levedad y sólo una pizca de vergüenza. Esperaba no haber ido tan lejos como para no ser capaz de mirar a esos pacientes como a seres humanos.

Lo que verdaderamente le impresionaba, y de lo que no podía escapar, era la flecha final de ironía en la aljaba del destino: el paciente que padecía una enfermedad cuyo síntoma principal es creer que está muerto de pronto resucita y luego, finalmente, muere de verdad.

Pobre Benchloss. Y ahora que estaba finalmente, realmente, irreparablemente muerto, a Cleaver le resultaba extraño que por fin fuese capaz de pensar en él como un paciente. No como un sujeto.