Ánima
Ya era casi medianoche...
Ya era casi medianoche cuando Scott entró en la galería con la pequeña llave de latón que Vickie le había dado. Los desperdicios dejados por la masiva concurrencia estaban por todas partes. Vasos de plástico vacíos y a medio llenar cubrían las mesas y los antepechos de las ventanas, algunos de ellos contenían colillas de cigarrillo abiertas como flores rancias. El aire estaba viciado de olor a cigarrillo. Alguien se había dejado un pequeño bolso negro olvidado en un rincón.
Cuanto más elegante era la gente, más inmunda era la basura que dejaban, pensó.
Conservó la iluminación tenue, y las fotografías que lo rodeaban adquirieron una apariencia fantasmagórica en la penumbra. Se acercó a la última sección de la exposición y, con mucha delicadeza, desprendió de la pared la foto de Tyler en la cama del hospital y la llevó bajo el brazo al cuarto de trabajo que había en la parte trasera de la galería. Encendió las luces y, por un momento, le cegó la brillante claridad de los focos. Colocó la fotografía sobre la mesa de trabajo y se sentó ante ella, estudiándola. Lo llenó de espanto y furia, como siempre, aunque esta vez más, solo y de noche en una habitación sofocante.
Se sentía inexplicablemente extraño. Miró a su alrededor, examinando el lugar, observando las sombras en los rincones, detrás del archivador, el reflejo oscuro de su perfil anguloso en la única ventana de la pared posterior. Le invadió una oleada de ansiedad. Tenía la sensación —absurda, lo sabía— de que allí había alguien más, observándolo.
Intentó sacudirse esa sensación, trató de seguir con la tarea que tenía por delante. Colocó la fotografía boca abajo y aflojó suavemente los tirantes de la parte trasera, quitó el fino cartón y luego el marco blanco biselado. Levantó la fotografía para examinarla detenidamente. Y sintió un escalofrío en la espalda que subió hasta los hombros.
Allí estaba, la última fotografía de su hijo: las sábanas blancas, la cama antiséptica, la pequeña figura embutida en blanco, envuelta como una momia. El rostro de Tyler, el rostro que Scott conocía tan bien, estaba aplastado bajo los vendajes en una mueca hasta volverlo casi irreconocible. Lo estudió minuciosamente, intentó mirar a través de las sombras. ¿Eran acaso líneas de dolor las que aparecían en su rostro? ¿Las mejillas estaban hinchadas a causa del accidente o como consecuencia de la operación? ¿Su apariencia era tan cérea porque su cuerpo estaba tratando desesperadamente de bombear la sangre hasta su cerebro herido? Cuanto más miraba la imagen de Tyler, mayor era el número de preguntas que se agolpaba en su cabeza. Ahora casi podía oír en el fondo el incesante zumbido de las máquinas. Podía oírlas, el ritmo regular de los pulsos electrónicos que imitaban los ritmos de la vida.
¿Qué era lo que le había ocurrido para que colocara esa fotografía ante miles de desconocidos? Era una burla a todo el concepto que había detrás de la exposición. No era vida, no era la vida de un chico, sino todo lo contrario, la ausencia de vida, vida artificial. Su propio cerebro estaba tratando de eliminar esta misma imagen de su memoria y él la había colocado en la pared como la conclusión de la vida documentada de su hijo.
Nuevamente sintió que la ansiedad se apoderaba de él. Estaba empapado en sudor. Tal vez estaba siendo castigado, se estaba castigando a sí mismo, por mala fe. La letra de una canción acudió a su cabeza:
Cause I’m free… Free fallin’…
¿Dónde la había oído por última vez? Santo Dios, había sido en el funeral de Tyler, por supuesto.
Cogió la fotografía, la sostuvo con ambas manos y luego, con mucho cuidado, la dobló por la mitad y la rasgó por el centro. Reunió las dos mitades y volvió a rasgarlas y así continuó hasta formar pequeños montones que dejó sobre la mesa.
Imaginó que estaba oyendo un grito, pero evidentemente no era así. ¿Quién era entonces esa otra persona? ¿Una conciencia culpable?
Lanzó los trozos de la fotografía al interior de una papelera y tan pronto como llegaron al fondo sintió una imperiosa necesidad de abandonar aquel lugar asfixiante. Pero antes tenía que hacer una cosa más.
La exposición estaba en la página web de la galería. Tendría que entrar allí con el ordenador de la galería si quería erradicar completamente esa imagen odiosa. Se sentó ante el ordenador, lo encendió y esperó a que la pantalla se llenara. Al hacerlo, dejó de sudar y comenzó a sentirse extrañamente frío. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba enfermo? ¿Por qué estaba temblando de esa manera?
La pantalla estaba lista. Una superficie de hojas revueltas, iconos, un clic para conectarse a la Red. La máquina le pidió la contraseña y se dispuso a teclear la de Vidie. Tenía los dedos apoyados en el teclado. Y entonces, antes de que tocara una sola tecla, allí estaba. Su propia contraseña apareció en la pantalla.
Allí estaba, letra por letra:
DINGO
Pero ¿cómo era posible? No recordaba haberla introducido en el ordenador.
Además, se suponía que las contraseñas no se mostraban de ese modo. ¿Y por qué había aparecido letra por letra, casi como si hubiese alguien en el otro extremo, alguien tecleándola laboriosamente? ¿En el otro extremo de… qué?
«El ordenador debe de tener un virus», pensó. Eso o había incorporado de alguna manera su contraseña la última vez que lo había utilizado. No le gustaba nada todo aquello, se suponía que eran datos inviolables. Tal vez, de alguna manera, uno de esos piratas informáticos se había apoderado de ella. ¿Quién podía saber el daño que podía causar? Scott comenzó a pensar en sus archivos, qué clase de información guardaba allí: información económica, correos electrónicos, el material habitual. Nada que fuese realmente personal, nada que debiera lamentar si lo perdía. Su vida no era lo bastante interesante como para tener secretos profundos y oscuros, pensó irónicamente.
Pero entonces sus reflexiones cesaron de golpe. La pantalla cobró vida, sus manos no estaban sobre el teclado… sin embargo, las palabras comenzaron a aparecer solas.
Otra vez, lentamente, letra por letra, como si alguien, en alguna parte, estuviese pulsando las teclas. ¿Sería una especie de jerga?
EL
Esperó casi sin aliento mientras las palabras seguían apareciendo en la pantalla y la oración cobró sentido.
EL NI
Y, cuando lo hizo, cuando la oración estuvo completa, casi le dio un ataque. No era un mensaje sin sentido.
EL NIÑO ESTABA ABURRIDO.
«Nadie sabe eso, sólo Tyler y yo. Él debió de contárselo a alguien. Alguien ha entrado en el ordenador. Y conocen nuestro secreto… nuestra forma secreta de comunicarnos. La historia que yo le contaba todas las noches».
Pero no se detuvo allí. El ordenador continuó, solo, ahora un poco más deprisa, hasta completar el mensaje.
DE MODO QUE BUSCÓ DEBAJO DE SU CAMA Y ALLÍ ENCONTRÓ SU PIEDRA
MÁGICA. LA FROTÓ Y ENTONCES SUCEDIÓ ALGO MUY EXTRAÑO.
«Esto es muy extraño —pensó Scott—. Extraño y enfermizo. Pero voy a llegar hasta el fondo de esto. Y quienquiera que sea el responsable lo pagará caro».
Apagó el ordenador sin haber cerrado el programa. Luego apagó las luces y salió disparado de la galería, tan furioso que regresó andando hasta el loft. Sacó a Cometa a dar un paseo y pasó dos veces por delante de un bar, felicitándose por no haber entrado, pero preocupado porque la tentación había sido muy fuerte.
El padre de Johnny se sorprendió al oír la voz de Scott, una mezcla de sorpresa y nerviosismo porque no esperaba su llamada y porque no habían vuelto a hablar desde el funeral, hacía un mes.
La familia estaba tratando de recobrarse a su manera y reconciliarse con el pasado. Johnny no quería hablar del accidente. Su padre y su madre habían intentado convencerlo de que no había sido culpa suya, que había hecho todo lo que se esperaba de él en una situación así. Pero sus palabras se deslizaban como las gotas de lluvia sobre el cristal de una ventana. Johnny se había encerrado en sí mismo y no quería recordar nada de lo sucedido. Había construido una concha a su alrededor. Dos semanas después del accidente lo llevaron a un psicólogo, pero los resultados no fueron mucho mejores. Johnny lloró una vez, desconsoladamente, informó el terapeuta, al describir cómo se había caído Tyler, cómo había tratado de correr montaña abajo para llegar hasta él y cómo en un principio no podía encontrarlo. Luego se quedó en silencio, negándose a seguir hablando del tema.
—¿Por qué los chicos cargan con tantas culpas? —Le preguntó el padre al terapeuta después de la última sesión—. ¿Por qué creen que las cosas malas que suceden son culpa suya?
El terapeuta se encogió de hombros y lo miró fijamente antes de responder:
—No sólo los chicos.
Y ahora allí estaba Scott, llamando por teléfono para hablar con Johnny.
—Por supuesto, ahora lo llamo —dijo el padre. Pero no abandonó la línea—. Dime, ¿cómo estás, cómo te sientes? Se sintió estúpido por haber utilizado unas palabras tan comunes, las que uno usaría para hablar con alguien que ha tenido un dolor de muelas.
—Bien —respondió Scott—. ¿Cómo está Johnny? Estoy preocupado por él. No parecía estar muy bien la última vez que lo vi.
—No, no lo está.
—¿Habla de ello?
—No, ni una palabra. Ése es uno de los problemas. El koala que le diste, sin embargo, fue un gesto generoso por tu parte. Significa mucho para él… duerme con ese muñeco todas las noches. —El padre de Johnny no abandonó la línea—. Scott, ¿puedo preguntarte para qué quieres hablar con él?
—Quiero preguntarle algo.
—¿Qué?, si puedo preguntarlo. Scott hizo una pausa, pensando, luego dijo:
—Bueno, ha ocurrido una cosa muy extraña. Anoche, cuando fui a utilizar el ordenador, mi contraseña apareció en la pantalla sin que yo hubiese tocado el teclado, y luego… aparecieron otras cosas. Palabras que se escribían solas y algunas de ellas… Mira, todo esto resulta difícil de explicar. Sé que parece una locura…
—Continúa.
—Bien, una de las cosas que aparecieron en la pantalla era algo que solamente conocíamos Tyler y yo, que yo sepa, y por eso quiero saber si Johnny y él hablaron alguna vez de ello.
—¿Y eso qué probaría?
—No lo sé. Pero necesito saber cómo sucedió eso en el ordenador. Si hay un pirata informático o algo parecido.
—¿Crees que Johnny puede estar involucrado en algo así?
—No, por supuesto que no. En absoluto. Sé que nunca sería capaz de hacer algo semejante. Pero, como te he dicho, necesito saber qué es lo que está pasando y pensé que, tal vez, Johnny tuviese alguna idea de dónde buscar.
—Ah… Oye, espera un minuto.
El padre de Johnny cubrió el auricular con una mano. Su esposa estaba a su lado y había oído el final de la conversación. Tenía una expresión preocupada. Él la puso al tanto de lo que sucedía. Scott oía unos sonidos amortiguados, luego la voz del padre, exasperada, hablando con su esposa.
—Lo sé, lo sé.
Volvió a ponerse al teléfono.
—Bien, lo he comentado con Sarah y esto es lo que pensamos: trataremos de encontrar una respuesta a tu pregunta. Pero será mejor que nosotros hablemos con Johnny. Quiero decir, sé que no es nada comparado con lo que has tenido que pasar, pero este asunto también ha sido muy duro para él.
Scott le dijo que lo entendía y que estaba preocupado por Johnny. Pero quería una respuesta; necesitaba tener una respuesta. Y tal vez el muchacho podría hablar con sus padres más fácilmente que con él.
—De acuerdo —dijo—. Bien, tienes que preguntarle por un personaje inventado… llamado Jingo. Es un muchacho que yo utilizaba para contarle historias a Tyler a la hora de dormir, y la narración siempre comenzaba de la misma manera. Lo que tienes que preguntarle a Johnny es cómo comienza la historia.
El padre de Johnny sintió una punzada de compasión.
—¿Cómo comienza?
—Sí, eso es todo. Y vuelve a llamarme… pronto, por favor. Necesito saberlo.
—Por supuesto.
—Y espero que Johnny esté bien.
—Gracias.
Colgaron.