Ánima
Ese mismo día, un poco más tarde...
Ese mismo día, un poco más tarde, cuando la madre de Johnny le preparó un almuerzo compuesto de sopa de tomate y un bocadillo de salchicha —su favorito— y puso el plato delante de él, dejó caer el tema con mucha delicadeza. ¿Por casualidad había oído hablar de un personaje de ficción llamado Jingo? ¿Un personaje de esos cuentos de hadas que se explican en las guarderías? Johnny se quedó atónito… No, en absoluto. Por qué se lo preguntaba, quiso saber, y su madre le respondió: «Oh, por ninguna razón en especial, en realidad. Era sólo curiosidad», como si hubiese sido la pregunta más natural del mundo.
El padre de Johnny llamó a Scott y le explicó lo que había pasado durante el almuerzo. Cuando colgó el auricular, se volvió hacia Sarah, sacudió la cabeza y dijo:
—Santo Dios, está hecho polvo. Oye cosas, ve cosas. Ojalá hubiese algo que pudiéramos hacer por él.
—Tiene que buscar ayuda —dijo ella—. Tiene que salir de ese estado.
—Johnny no ha podido.
—Eso es diferente —repuso ella, retirando los platos—. Es nuestro hijo.
Aquella misma tarde, Scott regresó a la galería. Cuando entró, Vickie estaba al teléfono. Sosteniendo el auricular en el cuello, lo señaló con un índice con la uña perfectamente pintada y frotó el otro contra él, un gesto cariñoso que significaba que había sido un chico malo. Habló unos minutos más mientras él esperaba y luego colgó, soltó un profundo suspiro y procedió a recriminarle que se hubiese marchado de ese modo de la exposición el día de la inauguración.
—Una de las mayores exposiciones del año y eliges ese momento precisamente para convertirte en un artista sensible, nada menos que tú. Por Dios, Scott, solías fotografiar chabolas, hambrunas, guerras. Y ahora, mírate, un puñado de grandes derrochadores del Upper East Side y te escapas con el rabo entre las piernas.
Él no dijo nada.
—Si pudiera haber vendido tus fotografías, ahora estarías ante una mujer rica. Aunque, por supuesto, siempre estás a tiempo de cambiar de idea.
Él negó con la cabeza.
—Y veo que has quitado la última fotografía. No ha sido muy inteligente por tu parte. Deja el conjunto incompleto. Me habría gustado que lo hablásemos antes.
Entonces de dio cuenta de que Scott parecía preocupado.
—Y ahora… no estás escuchando lo que te digo. ¿Tengo razón o no?
—Necesito usar tu ordenador —fue todo lo que dijo. Ella giró una muñeca hacia la habitación trasera, en un gesto de diva.
—Sírvase usted mismo, señor artista.
La habitación tenía exactamente el mismo aspecto que la noche anterior. Los papeles estaban en las mismas pilas en el archivador y el cenicero estaba a rebosar de colillas manchadas de lápiz de labios. La papelera aún contenía los trozos de la fotografía que él había destruido. Y, en medio del escritorio, con el teclado extendido, la pantalla oscura y apuntando hacia arriba, como si esperase ansiosamente ponerse en marcha, se encontraba el ordenador.
Dio una vuelta alrededor de la máquina, se sentó delante de ella y luego se levantó. Se acercó a la puerta y gritó:
—¿Cuánto tiempo te quedarás?
—No mucho —respondió ella.
Se acercó a la puerta y se apoyó en el marco.
—¿Por qué? ¿Tienes pensado visitar algunas páginas porno? Ten cuidado, pueden ser rastreadas, ¿lo sabes? No quiero que me cierren el negocio.
Scott volvió la cabeza.
—El arte es una cosa —continuó ella—. Y la pornografía es otra.
Él le dio la espalda.
—Bien, sé cuando no me quieren. De todos modos, ya me marchaba. Sólo necesito un minuto para recoger mis cosas.
Sus tacones altos resonaron sobre el suelo de madera.
—No te olvides de cerrar con llave —gritó desde la puerta de entrada.
Esperó a que la puerta se cerrara. Luego volvió a sentarse, se rodeó el cuerpo con los brazos y clavó la vista en la pantalla vacía y gris. Tenía profundidad, algo que no había advertido antes, y podía ver su reflejo. El rostro que lo miraba estaba demacrado y ojeroso. Sus ojos eran dos pozos de tristeza. Pasó las manos sobre el teclado como un hombre que se sienta por primera vez ante el piano. Esperó un momento. Luego se inclinó ligeramente, encendió el ordenador y se recostó en el respaldo, lejos de la pantalla. Oyó el zumbido de la máquina al ponerse en marcha. Miró el monitor de reojo y esperó un poco más mientras las luces parpadeaban y números y letras incomprensibles atravesaban la pantalla, luego aparecía el familiar salvapantallas con hojas volando en el viento. Su visión hizo que se sintiera un poco mareado.
Notaba una vena que latía con fuerza en su cuello, también podía oírla, latiendo dentro de sus oídos. Tenía erizados los pelos de la nuca. Comenzó a sudar, igual que la noche anterior, y pensó que también estaba empezando a temblar, a menos… a menos que se lo estuviese imaginando.
Observó la pantalla atentamente. Cliqueó el icono para conectarse a la Red. La máquina le pidió la contraseña. El cursor parpadeaba.
No pasaba nada. Absolutamente nada.
Esperó. El cursor seguía parpadeando. ¿Cuánto tiempo tendría que esperar?
Entonces apareció en su mente el pensamiento que él no habría querido tener nunca, y lo tradujo en forma de una pregunta a sí mismo, de modo que casi podía oírse hablando: «¿Y si no vuelve a aparecer?».
Desconocía la respuesta. Se formuló otra pregunta: ¿Cómo se sentiría? ¿Profundamente aliviado, como si una pesadilla ya hubiera pasado, o decepcionado? ¿Por qué, si estaba completamente convencido, como se había dicho a sí mismo, de que el suceso de la noche anterior no había sido más que una jugarreta maliciosa? ¿Quién más podía estar enterado de su ritual secreto?
¿Debía seguir conectado?
Lo hizo. Tecleó su contraseña.
DINGO
… Ya estaba dentro.
¿Y ahora qué? No lo sabía.
Esperó unos minutos más y, sin saber qué otra cosa podía hacer, comenzó a escribir ociosamente… o tal vez no tanto:
HABÍA UNA VEZ UN NIÑO QUE ESTABA ABURRIDO.
Pulsó Enter. Nada. Continuó escribiendo:
DE MODO QUE UN DÍA BUSCO DEBAJO DE SU CAMA.
Enter. Nada.
Y ALLÍ ENCONTRÓ UNA PIEDRA MÁGICA.
Enter.
Esperó un buen rato, hasta que se sintió estúpido y confundido. Apagó la máquina y las luces, cerró la puerta de la galería con llave y se marchó a casa.
Scott oyó los ladridos de Cometa antes incluso de que el ascensor se detuviera en el piso. Se sintió culpable, lo estaba dejando solo demasiado tiempo esos últimos días. Y, además, estaba seguro de que el perro echaba de menos a Tyler, quien acostumbraba a llevarlo a dar largos paseos por Chelsea Park y dejaba que durmiese en su cama.
Como era previsible, vio el charco de orina en cuanto abrió la puerta. No había podido esperar. Cometa estaba muy excitado. Saltó para saludarlo, apoyando las patas delanteras en sus costillas, y luego comenzó a dar vueltas por el loft. Nunca lo había visto de esa manera; gemía de alegría, y eso hizo que se sintiera aún más culpable.
—De acuerdo, muchacho, de acuerdo. Tranquilo. Te sacaré dentro de un minuto —dijo, mientras le acariciaba el cuello, luego lo tumbó de espaldas y le rascó el vientre rosado, haciendo que su pata trasera bailara en el aire. No cabía duda de que estaba excitado—. Sólo estamos nosotros dos —añadió, sin saber por qué.
Limpió con servilletas de papel la zona donde había orinado y luego las arrojó a la bolsa de la basura. Mientras buscaba debajo del fregadero una bolsa nueva, golpeó algunas botellas, un sonido que conocía demasiado bien. Se levantó y se apoyó contra el fregadero, pensando.
«Qué diablos —decidió—. Vamos a hacerlo». De modo que sacó una botella de whisky J&B, luego otra y una tercera, que estaba medio llena. Una tras otra vació el contenido en el fregadero. El característico olor a grano fermentado le llegó directamente al cerebro. Esperaba estar haciendo lo correcto. Hacía tiempo que tenía intención de deshacerse de esas bebidas, pero algo siempre lo había detenido: la reconfortante certeza de que el licor estaba allí si él realmente lo necesitaba. Al mismo tiempo, su presencia le confería una falsa sensación de fuerza de voluntad, por ser capaz de negarse a beber cuando tenía el alcohol al alcance de la mano. En cualquier caso, pensó, seguía siendo un esclavo de la bebida. Mejor desprenderse de ella de una vez y para siempre.
«Sin lamentaciones», pensó mientras el último resto del líquido marrón se escurría por el sumidero. Descubrió su rostro reflejado en el pequeño espejo que había encima del fregadero; no estaba mal, tal vez un poco pálido, unas cuantas arrugas más, pero seguía siendo él, a pesar de lo sucedido. Y pensó que sería mejor si lo decía en voz alta, de modo que así lo hizo, mirándose directamente a los ojos:
—Sin lamentaciones.
Luego recogió la bolsa de la basura y la correa de cuero verde de Cometa que colgaba de un gancho en la puerta. Habitualmente, cuando veía la correa, Cometa comenzaba a dar vueltas a su alrededor, pero ahora parecía confundido y continuaba gimiendo con la cola baja.
—Venga, chico.
Cometa se sentó en el ascensor. Su amor por ese animal era mucho más grande desde que Tyler no estaba. No se molestó en analizarlo, pero sabía que la razón era que el perro era una de las escasas conexiones que le quedaban con su hijo.
Salieron juntos al aire de la noche, ahora prematuramete frío. Scott lanzó la bolsa con basura y las botellas vacías a un contenedor y echó a andar hacia el este por la calle Veintiocho, pasando por delante del cartel de «Hermanos Lieberman» colocado encima de la vieja tienda. Las aceras estaban desiertas excepto por una pareja de novios que cruzaban la calle cogidos del brazo. Se alegró de que no se tratase de un hombre y un muchacho. Cada vez que se topaba con una pareja así, el dolor era tan intenso que se le hacía insoportable. Aquella misma tarde se había encontrado a un padre que llevaba a su hijo de la mano y el chico le hacía preguntas desde la altura de la cadera: «¿Papá, por qué las cosas parecen diferentes si abro un ojo y cierro el otro muy deprisa?» y «¿Por qué está pidiendo dinero ese hombre? ¿Por qué no trabaja?».
Scott había sentido deseos de coger al hombre del brazo, advertirle, echando espuma por la boca como el viejo lobo de mar: «Por Dios, disfrute de esta bendición; cada segundo que pasa es un tesoro incalculable».
Los taxis redujeron la velocidad en la Octava Avenida, no por él, sino por un hombre que estaba en la acera de enfrente. Una persona que pasea a un perro raramente coge un taxi. Dobló la esquina, luego regresó en dirección oeste por la Veintisiete, de cara al viento que soplaba desde el río, luego cubrió una manzana y se dirigió nuevamente al este hasta llegar al portal de su edificio. Cuando entraron en el ascensor, Cometa parecía excitado de nuevo. Una vez en el interior del loft comenzó a gemir, de modo que le puso su comida. Pero no la probó.
El ordenador de Scott seguía encendido porque había estado escribiendo una carta. Sin ningún motivo en especial, se sentó ante la pantalla y pulsó una tecla, haciendo que el protector de pantalla se esfumara y el fondo blanco cobrara vida.
Y entonces comenzaron a aparecer palabras, sin que él tocase el teclado, de la misma forma lenta y laboriosa que la vez anterior. Las palabras que aparecieron en la pantalla eran:
AL PRINCIPIO SINTIÓ CALOR Y LUEGO SINTIÓ FRÍO.
Una larga pausa. Scott apoyó los dedos en el teclado casi sin aliento. Escribió:
Y DESPUÉS EL CALOR DISMINUYÓ Y EL FRÍO TAMBIÉN.
Esperó, desconcertado, asustado, sin ira esta vez. El ordenador tardó apenas unos segundos en contestar, las letras aparecieron más rápidamente esta vez:
Scott sintió una oleada de pánico. No estaba seguro de recordar el resto de la historia. Tal vez era imprescindible que la escribiera sin errores; tal vez si no lo hacía el hechizo se rompería. ¿Cómo estaba sucediendo eso? ¿Cómo podía un ordenador hacer algo semejante? Escribió rápidamente:
HABÍA UNA ENORME MANSIÓN BLANCA Y DINGO SUBIÓ LA ESCALERA QUE
LLEVABA A LA ENTRADA PRINCIPAL, ABRIÓ LA PUERTA Y FRENTE A ÉL HABÍA
UN LARGO CORREDOR, QUE SE EXTENDÍA HASTA DONDE ALCANZABA LA VISTA…
Hizo una pausa y esperó, sin aliento. No sucedió nada. «Tal vez he cometido un error. ¿Qué pasa si las palabras no son las correctas? Tal vez me haya excedido».
Tuvo la sensación de haber roto una especie de encantamiento, una invocación. Y cuanto más tiempo pasaba sin que recibiera una respuesta, más se convencía de que había cometido un error y el pánico aumentaba. ¿Debería teclear una pregunta? ¿Preguntar quién estaba haciendo eso, cómo estaba sucediendo?
Pero entonces, para su alivio y su horror, comenzaron a formarse más palabras, lentamente, como si procedieran de un lugar muy profundo. Cuando las leyó, sintió que le arrancaban el corazón del pecho.
PAPÁ. AYÚDAME. AYÚDAME, PAPÁ
Scott se abalanzó sobre el teclado. Golpeó las teclas con furia.
TYLER, HIJO. ¿ERES TÚ?
No hubo respuesta. Esperó varios minutos, tratando de silenciar los latidos en sus oídos, tratando de pensar. ¿Debería volver a intentarlo, afectaría eso la respuesta de donde… de dondequiera que viniese? Volvió a intentarlo.
¿TYLER, DÓNDE ESTÁS?
Esta vez la respuesta llegó incluso más lentamente que antes, cada letra necesitaba cinco, diez segundos, de modo que antes de que la palabra estuviese completamente formada, él supo lo que diría. Y también supo que estaría con él para siempre y que su vida nunca volvería a ser la misma.
La respuesta decía:
EN TODAS PARTES.