Ánima
Juan Montoya, el guardia de seguridad...
Juan Montoya, el guardia de seguridad, recibió la alarma poco después de medianoche. Incluso antes de que la enfermera lo llamase, al borde de la histeria, él había visto que había problemas a través del monitor de video. Había un hombre en la tercera planta, su figura se percibía en movimientos extrañamente rápidos a través de la pantalla en blanco y negro. Y cuando Montoya activó el sonido, oyó gritos, la voz de un hombre, baja y furiosa y, al fondo, una mujer que gritaba: «¡No, no, no lo haga!».
Entonces llegó la llamada. La enfermera Beadham, su voz teñida de un insólito temor:
—¡Venga enseguida! Es el padre de ese chico que está en el pabellón de aislamiento. Se ha vuelto loco. Montoya se permitió un momento de confusión.
—¿Pabellón de aislamiento?
—El paciente de Saramaggio. El que es un vegetal. De todos modos eso ahora no tiene importancia, suba aquí ahora mismo, maldita sea.
La enfermera se interrumpió, horrorizada.
—Dios mío, ahora viene hacia aquí. No. Está entrando en una habitación. ¿Qué hace?
Montoya seguía con la vista fija en el monitor. El hombre había salido del campo de visión de la cámara. Miró otra pantalla pero no vio nada.
Unos segundos después la enfermera Beadham contestó su propia pregunta:
—Ahora vuelve a salir. Tiene una silla. ¿Qué está haciendo con ella?
En el monitor, Montoya veía claramente lo que estaba haciendo con la silla. El guardia contempló en una especie de congelada fascinación cómo la figura levantaba la silla metálica por encima de su cabeza y luego, reuniendo todas sus fuerzas, la descargaba contra el cristal de la sala de observación. Al fondo se oía la voz de una mujer que le rogaba que no lo hiciera. Hubo un ruido sordo. El cristal se sacudió ligeramente pero no se rompió. Montoya vio que el hombre volvía a levantar la silla. Realmente parecía que se hubiese vuelto loco.
—Voy hacia allá —dijo en el auricular.
—Más le vale —gritó la enfermera Beadham.
Una poderosa y muda amenaza se ocultaba en sus palabras.
«Tan pronto como lleguen los refuerzos», se dijo Montoya. No era tonto: había pulsado el botón de alarma, conectada directamente con la comisaría que se encontraba a ocho manzanas de distancia, incluso antes de recibir la llamada de la enfermera. El teléfono volvió a sonar. Esta vez era la policía y les dijo que acudieran lo antes posible. Mientras esperaba a que llegasen, fue a su taquilla y buscó su porra, que se encontraba debajo de una pila de periódicos viejos. Llevaba cuatro años en ese trabajo y jamás había tenido que utilizarla. La cogió y se dio un golpe en la mano izquierda. Era más pesada de lo que parecía, sostenida por el extremo superior. «Este chisme podría hacer mucho daño», pensó.
Cinco minutos más tarde, dos agentes de policía, un hombre y una mujer, entraron en la sala de urgencias.
—¿Qué ocurre? —preguntó el policía.
Montoya les contó lo poco que sabía y señaló el monitor, donde la figura seguía golpeando el cristal. Los policías miraron la pantalla, casi paralizados, luego la mujer dijo: «Vamos». Los tres corrieron hacia los ascensores. Montoya pulsó el botón y esperaron en un nervioso silencio durante lo que pareció una eternidad hasta que llegó el ascensor.
No tardaron mucho en reducir al hombre. Tal vez ya estaba cansado de tanto golpear el cristal con la silla, que estaba en suelo, volcada de lado. El grueso cristal había resistido. Detrás, una aparición que descompuso a Montoya: un chico cubierto de vendajes estaba suspendido boca abajo y sujeto con correas.
La puerta que normalmente se abría con una tarjeta de identificación había sido abierta de una patada. Así era como el hombre había podido salir al corredor, coger la silla y volver a la habitación, imaginó Montoya. Debía de tener una buena razón para querer hacer pedazos ese cristal.
—Tranquilo, tranquilo, amigo —dijo el policía, mientras sujetaba a Scott contra el suelo, apoyando una rodilla, no demasiado amablemente, entre sus hombros.
—Agente —intervino Kate—. Por favor, no le haga daño. Es el padre del chico.
El policía miró a su compañera y ésta señaló hacia el cristal. Lentamente, la comprensión se hizo visible en el rostro del policía, que volvió a mirar ese horrible cuadro con el muchacho suspendido boca abajo y alivió la presión de su rodilla en la espalda de Scott.
—¿Piensa comportarse? —preguntó, casi retóricamente. Parecía que eso era lo que debía decir, teniendo en cuenta las circunstancias. En realidad, no esperaba ninguna respuesta y no la obtuvo.
—¿Por qué está el chico en esa posición, boca abajo? Kate se colocó delante de él, junto a Scott.
—Es para impedir que se le formen llagas.
—¿Qué le pasa?
—Tuvo un accidente —contestó ella, sin querer entrar en detalles.
—¿Y él es el padre? —preguntó el policía, demostrando no ser demasiado listo.
—Sí.
—¿Y qué hace aquí a estas horas de la noche? ¿Y cómo llegó la silla hasta aquí?
—Estaba tratando de romper el cristal —dijo la enfermera Beadham, quien había abandonado la sala de guardia para reunirse con ellos, pareciendo más entrometida que de costumbre—. Sólo Dios sabe lo que habría hecho si lo hubiera conseguido. — Parecía percibir que las simpatías de los policías se inclinaban del lado de Scott.
—¿Y usted quién es? —preguntó la mujer policía, dirigiéndose a Kate.
—Soy médico. La doctora Willet. He estado llevando este caso.
—Ajá. Bien, ¿qué piensa usted? Imagino que ha presenciado todo lo que ha pasado aquí.
—No sólo lo ha presenciado. Ella lo ayudó a entrar —intervino la enfermera Beadham.
—Por favor, no estoy hablando con usted. Estoy hablando con la doctora Willet.
Kate pensó deprisa. ¿Qué podía aliviar la situación?
—Su padre, su nombre es Scott, acababa de recibir malas noticias acerca del pronóstico de su hijo. Estaba trastornado, lo que resulta comprensible. Y quería venir y… verlo, quizá por última vez, supongo. Y la situación se nos fue de las manos…
—¿Y usted lo ayudó, es eso correcto? —Preguntó la mujer policía—. Tengo entendido que se necesita una tarjeta especial para entrar en esta habitación. ¿Es así como entraron usted y él? ¿Con su tarjeta?
Señaló la tarjeta que colgaba sobre el pecho de Kate. En ese momento, Scott comenzó a debatirse en el suelo y gritó:
—Quíteme las manos de encima, joder.
—Eh, cálmese, amigo —dijo el policía.
—¡Cuidado! —gritó la mujer.
Scott había levantado una pierna y, arqueando la espalda, había enganchado un tobillo alrededor del hombro del policía. Con un movimiento rápido, el agente salió despedido hacia atrás y cayó pesadamente al suelo. Se levantó de un salto, furioso y con el rostro encendido, mientras su compañera saltaba sobre Scott y volvía a inmovilizarlo apoyando con fuerza la porra contra la tráquea.
—Cálmese —dijo Kate—. Le está haciendo daño.
—Eh, mierda —exclamó la mujer policía, inclinándose sobre el rostro de Scott e inhalando profundamente—. Este tipo apesta a alcohol. Está como una cuba.
El otro policía apartó la porra de su compañera, cogió a Scott por el cuello del abrigo y lo obligó a levantarse. Luego cogió su porra y lo empujó apoyándola en sus costillas.
—Veamos cómo camina. Quiero verlo caminar en línea recta.
Scott se negó. Miró al policía y sacudió la cabeza.
—Parece que tenemos aquí a un individuo que no quiere cooperar con la ley — dijo el policía.
—Espere un minuto —pidió Kate, colocándose entre ambos—. Tranquilicémonos todos un momento.
—Quien tiene que tranquilizarse es él. Me golpeó. Eso es un delito. Voy a arrastrar su culo hasta la comisaría.
—Pero tiene que haber algún modo de solucionar esto. Este hombre está aturdido. Está desesperado por la vida de su hijo. Tengan compasión.
—Señora, acaba de agredir a un agente de la ley. En lo que a mí concierne, eso acaba con cualquier compasión que pueda tenerle.
El policía hizo girar a Scott, juntó sus brazos detrás de la espalda y le colocó un par de esposas.
—¿De qué lo acusarán? —preguntó la enfermera Beadham, no sin una nota de excitación en la voz.
—Se me ocurren muchas cosas. Ebriedad y conducta escandalosa. Agresión a un agente de policía. Ya lo veremos cuando lleguemos a la comisaría.
—Les acompañaré —dijo Kate.
—De eso nada, señora. —Bueno… ¿dónde está la comisaría?
—Señora, puede averiguarlo por su cuenta.
Los policías se marcharon. Scott iba entre ambos, mirando al suelo, y cada uno apoyaba una mano sobre sus hombros.
—Venga conmigo, doctora —dijo Montoya suavemente—. Tengo la dirección abajo.
Kate lo acompañó, después de volverse para echar una última mirada a Tyler, detrás del cristal. Allí seguía, exactamente igual, perdido en otro mundo y oculto en su capullo médico, envuelto como una mosca en la tela de una araña.
Cuando Kate estaba a punto de abandonar la oficina del guardia de seguridad, una sombra se recortó delante de ella, interceptándole la salida. Instintivamente, dio un paso atrás. Era Saramaggio.
La miraba con los ojos brillantes y tenía el rostro rojo e hinchado.
—Acompáñeme a mi despacho —le ordenó—. Ahora mismo.
—No puedo. Debo ir a la comisaría.
—¿La comisaría? ¿Por qué?
—Han arrestado a Scott Jessup.
—Vi cómo se lo llevaban. Lo tiene merecido.
—No, él no ha hecho nada malo. No deberían haberlo arrestado.
—Eso no es lo que yo he oído.
Saramaggio se volvió hacia el guardia de seguridad.
—Usted, ¿cómo se llama?
—Montoya, señor.
—Muy bien, Montoya. Usted acompañará a la doctora Willet a mi despacho.
Dicho aquello, Saramaggio giró sobre sus talones y se marchó. Montoya la miró con expresión suplicante y ella asintió. El guardia comprobó en el listín el número del despacho y salió de la oficina seguido de Kate, pero, una vez en la planta correspondiente, se detuvo, dubitativo. Ella le mostró cuál era el despacho de Saramaggio y Montoya abrió la puerta con una llave maestra. La habitación estaba vacía. Montoya señaló una silla y Kate se sentó, sin saber muy bien si el guardia estaba comportándose como un caballero o la mantenía como rehén. Aguardaron unos diez minutos a que llegara Saramaggio; aparentemente había estado en el pabellón de aislamiento, comprobando si se había producido algún daño. Kate supuso que había sido muy cuidadoso y se había tomado su tiempo para hacer su reconocimiento.
Entró en el despacho y le indicó a Montoya que se marchara. Luego se sentó detrás del escritorio y dejó escapar un suspiro de cansancio. Llevaba un suéter verde, pantalones caqui y zapatos Timberland. A Kate le impresionó porque nunca lo había visto vestido de manera informal. Estaba despeinado e incluso su barba moteada parecía descuidada. El efecto general era inquietante; tenía el aspecto de un hombre de negocios en una convención que acababa de regresar de una noche en la ciudad. Era evidente que se encontraba en algún lugar de la ciudad y que lo habían sacado de la cama; probablemente, la enfermera Beadham.
Saramaggio se aclaró la garganta ruidosamente y la miró como un profesor a un alumno díscolo.
Un pensamiento cruzó por su cabeza. Él estaba disfrutando de aquello. Se estaba regodeando en su poder. Decidió no mostrar ni una pizca de incomodidad. Otro pensamiento apareció en su conciencia, pero lo ignoró… por el momento.
—Supongo que sabe… —comenzó a decir lentamente, midiendo sus palabras como si fuesen cucharadas de aceite de ricino— o al menos espero que sepa, no puedo imaginar que sea de otro modo, que lo que ha hecho aquí esta noche es muy grave, sin precedentes. Es, en una palabra, simplemente escandaloso.
«Eso son dos palabras», pensó ella. Lo miró, esperando, y puso una expresión expectante, como si simplemente sintiera curiosidad por lo que él iba a decir a continuación. Pero a él no le importó en absoluto. Kate volvió a jugar con su pensamiento privado.
—Procediendo en contra de todas las instrucciones, aprovechando la oscuridad, invadiendo el hospital a una hora intempestiva…
Hace que parezca una saboteadora de la segunda guerra mundial, pensó Kate, trayendo con usted a un individuo no autorizado…
Un individuo no autorizado. Es el padre del chico, por el amor de Dios.
—… Y quién sabe lo que tenía usted en mente, cuál era su objetivo… Objetivo… Otra vez la jerga bélica.
Saramaggio se interrumpió, cruzó las manos sobre el escritorio y fijó la vista en un punto por encima de la cabeza de Kate.
—También podría preguntárselo abiertamente, y le aconsejo que lo piense muy bien antes de responder. ¿Planeaba usted o no, con ayuda del padre del paciente, quitarle la asistencia mecánica?
Kate dio un salto en su silla.
—¡Cómo! Por supuesto que no. Es la cosa más absurda que he oído en mi vida.
—Bueno, eso es lo que parece desde aquí. El padre quería desconectarlo. Usted, habiendo prescindido de cualquier atisbo de profesionalidad, se puso de su parte y decidió ayudarlo. Sabe muy bien que ha cuestionado cada paso del camino. Testificó contra nosotros ante la junta. Y cuando fue derrotada honrada y abiertamente, cuando la decisión fue contra sus intereses, decidió ignorarla. Usted decidió, de manera unilateral, no hacer caso de los descubrimientos de sus colegas, sus superiores, y entonces resolvió conseguir su objetivo a través de medios ilegítimos. Ese objetivo, pura y simplemente, era obstruir nuestro importante trabajo de investigación y nuestros intentos por devolver a ese pobre chico a un estado de salud y funcionamiento normales. Doctora Willet, ¿comprende usted la gravedad de la situación?
Saramaggio se apoyó en el respaldo, las manos entrelazadas detrás de la cabeza, como un fiscal satisfecho de su alegato.
Pero estaba claro que aún tenía otros recursos, un último as oculto en la manga. Estaba tomándose su tiempo para descargar el golpe de gracia. Estaba preparándose —y su boca ya había comenzado a formar las palabras— para abrir fuego contra ella.
Pero no llegó a hacerlo. En ese preciso momento, Kate decidió liberar el pensamiento que se había instalado en su cabeza y tomar el mando. Le clavó su mirada más dura y penetrante y dijo:
—Doctor Saramaggio, me alegro de que esté sentado. Porque hay algo que usted debería saber. Me sorprende que aún no lo sepa, después de la visita que ha hecho al pabellón de aislamiento.
De hecho, estaba más que sorprendida. Estaba horrorizada. Muy típico de él, pensó, que comprobase los daños en el cristal, la silla y todo lo demás, antes de comprobar el estado del paciente.
Saramaggio parecía disgustado, un tanto desconcertado. Sus manos se descruzaron y volvieron a su posición de descanso sobre el escritorio.
—¿De qué demonios está hablando?
—Estoy hablando del hecho de que la operación haya salido mal. El chico, Tyler, ya no está en coma; está sumido en un estado incluso más profundo que un coma. No muestra ningún signo de vida. No está funcionando por sus propios medios; no está haciendo nada. El ordenador lo está haciendo todo por él.
—¡Qué! ¡Eso es imposible!
—No, no lo es. Ha sucedido. El ordenador se ha hecho con el control total del cerebro. De ese muchacho sólo queda un cuerpo inerte. Por eso su padre sufrió ese ataque de furia.
—No la creo.
—Pues vaya a verlo con sus propios ojos.
—Eso es exactamente lo que pienso hacer.
—Y si comprueba que estoy en lo cierto, sólo hay un curso de acción posible.
Pero Saramaggio, sin decir una sola palabra más, ya se había levantado de su sillón y estaba saliendo por la puerta, dejando a Kate sentada ante un escritorio vacío. «Bien —pensó ella—, no hay razón que me retenga aquí».
Abandonó el despacho de Saramaggio. Ningún guardia de seguridad a la vista. Decidió dejar su gabardina donde estaba, en la tercera planta, para no encontrarse con la insufrible enfermera o su Malévola Majestad, cogió un ascensor hasta la planta baja y salió del edificio bajo la lluvia.
No había taxis en las calles, de modo que tuvo que recorrer andando las ocho manzanas que la separaban de la comisaría de policía.