Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 13 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

Capítulo IV

Los dos volvieron juntos sobre sus pasos, hacia el poblado que acababan de dejar atrás y treparon una colina que se elevaba junto a él, y en ella se escondieron. Allí esperaron y vigilaron, pues todavía no habían decidido qué iban a hacer. Al día siguiente después del mediodía comenzaron a sentirse hambrientos, y empezaron a hablar el uno con el otro. Jefe Corredor dijo a su amigo: «Hermano mío, ¿estás pobre

de mente?[4] ¿Tienes ganas de emprender alguna gran hazaña; algo que sea muy peligroso?».

Su amigo enseguida le respondió: «Sí, estoy “pobre”. Y estoy dispuesto. ¿Por qué me lo preguntas?».

Jefe Corredor pensó durante unos momentos antes de responder y, a medida que pensaba, todo el dolor y el sufrimiento de su vida pareció elevarse ante él, de modo que podía verlo. Recordó cómo había sido un muchacho pobre, mantenido por su madre, y todo lo que ella y él había padecido juntos cuando no era todavía más que un niño. Recordó cómo habían matado a su hermana cuando él era un muchacho de diez años, y cómo le había dolido su muerte, cuando su marido, que estaba celoso de ella, había atravesado su cuerpo con una flecha quitándole la vida. Era la única hermana que tenía, y la había amado mucho. Sentía ahora que era pobre, y que no había para él esperanza de nada mejor, y no sentía deseo de vivir más tiempo. Después de pensar en todas estas cosas, le dijo a su amigo: «Mi vida no tiene ningún valor para mí», y le contó todos sus malos sentimientos. Finalmente, dijo: «Ahora, vete y déjame solo. Yo estoy cansado de vivir, pero tú vete a casa. Tú tienes parientes que llorarán por ti. No quiero que pierdas la vida por mi causa».

Su amigo le contestó: «No me alejaré de ti. Hemos crecido juntos, y permaneceré junto a ti. Iré a dondequiera que tú vayas y haré lo que tú hagas». Entonces Jefe Corredor meditó durante largo tiempo. No había decidido aún qué hacer, y pensó para sí: «Éste, mi amigo, no se separará de mí. Yo no quiero ser la causa de su muerte». Así que consideró el asunto. Y finalmente, dijo a su amigo: «Si yo decido ir a algún lugar donde exista gran peligro, allí iré».

Y su amigo les respondió: «Yo iré contigo».

Jefe Corredor volvió a pensar, y al fin dijo: «De acuerdo con mis sentimientos, he decidido adentrarme en el campamento de mis enemigos y ser comido por sus perros».

El otro hombre dijo: «Aquello que tú determines haré yo también».

 

IV

Entonces saltaron del agujero donde se escondían, ciñeron sus cinturas y se prepararon para ir allá. No estaban muy lejos de un camino que unía dos poblados, a lo largo del cual no dejaba de pasar gente, y los indios de aquel lugar se hallaban por todas partes en torno a ellos. En el momento en que saltaron de su escondrijo para avanzar hacia el sendero, vieron a cuatro o cinco personas que pasaban a poca distancia. Cuando vieron a estas personas, Jefe Corredor les gritó: «Hai-eih!», e hízoles gestos con los brazos para que vinieran a él. Quería mostrar su fuerza de voluntad y que, de acuerdo con sus malos sentimientos, deseaba ver sus cuitas terminadas allí mismo. Les llamó dos veces, y cada vez los indios se detenían, miraban a los Pawnees y seguían su camino. No sabían quién era el que les llamaba;

tal vez pensaban que los Pawnees no eran sino dos [5] squaws.

Los dos jóvenes salieron hasta el sendero y siguieron a aquellas personas hacia el poblado. Subieron a una pequeña colina y, tan pronto como hubieron llegado a la cima y miraron al otro lado, pudieron ver el poblado. A este lado de la colina, y más cerca de ellos, había tres viviendas. Al pie de la colina vieron un río que habían de cruzar para llegar a aquellas tres viviendas. Cuando llegaron al río, el amigo preguntó: «¿Nos quitamos nuestros mocasines y polainas para cruzar?». Jefe Corredor respondió: «¿Para qué voy yo a quitarme mis mocasines y polainas cuando sé que mi vida está a punto de caer por un precipicio? Metámonos como estamos». Así que cruzaron con los mocasines y polainas puestos. El agua del río les llegaba solamente hasta las rodillas.

 

Justo cuando acababan de alcanzar la otra orilla, de repente, le vino a Jefe Corredor con toda claridad la realidad de lo que estaban haciendo: de que estaban caminando hacia una muerte segura. Todo su valor entonces pareció abandonarle, y sintió de pronto como si no tuviera huesos en su cuerpo. Entonces, por un momento, sus fuerzas flaquearon, pero ahora ya no podía echarse atrás. Se dijo que si era un hombre debía seguir adelante; no podía volver. Se detuvo por un instante, y su amigo le miró y dijo: «Vamos, démonos prisa. Estamos cerca de las viviendas». Entonces él dio un paso adelante, pero sus pies estaban pesados y parecían arrastrarse por el suelo. Caminó como si estuviera dormido.

No había nadie en las proximidades y, a medida que avanzaban, Jefe Corredor rogaba a Ti-ra’-wa con todas sus fuerzas para que no apareciese nadie hasta que hubiesen alcanzado la primera vivienda y entrado en ella. Cuando ya se hallaban a una distancia de menos de cien metros de la vivienda, un niño salió y se puso a jugar en torno a la puerta y, cuando ya hubieron alcanzado la distancia de unos cincuenta metros, el niño los vio. Tan pronto como les miró se dio cuenta de que no pertenecían al campamento y, lanzando un grito, se metió rápidamente en la tienda, pero nadie salió de ella. La gente que había dentro no prestó ninguna atención al muchacho. Mientras caminaban hacia las viviendas, Jefe Corredor parecía no saber dónde estaba; se sentía como si estuviera caminando en sueños. No pensaba en otra cosa que en su anhelo por llegar a aquella casa.

Cuando alcanzaron la mayor de las tres viviendas, Jefe Corredor levantó la cortina que hacía de puerta y asomó su cabeza en el interior y, mientras hacía esto, sintió como si su aliento se detuviera. Entró y se sentó en la parte posterior de la tienda, en frente de la puerta y, aunque su aliento se había parado, su corazón latía como un tambor. Su amigo había entrado tras él y se había sentado a su lado. Ambos llevaban los arcos tensados en sus manos y un haz de flechas.

Cuando hicieron su entrada en la vivienda, un hombre que estaba tendido en la parte trasera de la misma profirió una sonora exclamación, «Uuff», y se quedó de pronto tan mudo como si le hubieran asestado un golpe. Alguien le estaba entregando en ese momento un plato de gachas de maíz, pero él no lo cogió, y el plato se quedó allí en el suelo junto a él. Una mujer estaba levantando una cuchara de cuerno de bisonte llena de gachas hacia su boca, pero su mano se detuvo antes de alcanzarla y ella se quedó mirándoles con estupefacción, al tiempo que sostenía el plato delante de su cara. Otra mujer estaba echando gachas en un plato con un cucharón y, con el plato en una mano y el cucharón en la otra, miraba a los recién llegados sin hacer movimiento alguno. Todos parecían haberse convertido en piedra.

En cuanto los dos pawnees tomaron asiento, Jefe Corredor recobró de pronto el aliento. Antes todo había sido oscuridad en torno a él, como si hubiera estado dormido; pero ahora las nubes se habían diluido y podía ver el camino claro delante de sí. Ahora se sentía un hombre, y valiente. Cuando miró a su alrededor y vio al hombre yaciendo inmóvil, y a una mujer justo a punto de llevarse una cucharada a la boca, y a la otra sosteniendo el cucharón encima del plato, se percató de que no podían moverse de tan asombrados como estaban.

Al fin el Wichita volvió en sí y recobró sus sentidos. Exhalando una gran bocanada de aire, se sentó y miró a los dos pawnees durante un rato. Entonces les hizo una señal que ellos no entendieron, pero adivinaron que trataba de preguntarles quiénes eran. Jefe Corredor se golpeó con la mano en el pecho y dijo: «Pi-ta’-da». (Pawnee). En cuanto el Wichita oyó esto contuvo su aliento y elevó un largo suspiró. No sabía qué pensar de aquello: dos pawnees entrando de pronto en su vivienda. No tocó su plato de comida; por el contrario, hizo un gesto con la mano para que la mujer lo retirase. Al cabo de un rato, llamó en voz alta a alguien de la vivienda vecina. Alguien respondió y, un momento después, entró en su tienda. Después volvió a llamar, y otro hombre entró, y los tres se quedaron mirando a los pawnees durante un buen rato. Éstos seguían sentados sin moverse para nada, pero vigilando como dos gatos salvajes en espera de lo que pudiera pasar. Cada uno tenía a su lado su arco y las flechas, y dentro de sus ropas su cuchillo. Por fin, el dueño de la vivienda habló, y uno de los hombres salió, y al cabo de un rato se oyó el ruido de cascos de caballo aproximándose. A cada momento, Jefe Corredor tocaba con su rodilla la de su compañero como queriendo decirle: «Vigila».

El dueño de la vivienda hizo una señal y, apuntando hacia el este dijo:

« [6] Capitán » al mismo tiempo que se vestía con un par de pantalones de oficial y un chaquetón de uniforme. Mientras tanto, los pawnees oyeron el claqueteó de una montura y, luego de otra. El jefe Wichita se puso encima su manta y en torno a ésta sus pistoleras, y entonces les indicó que salieran con un gesto de su mano. Él fue delante y los pawnees le siguieron. Antes de cruzar el umbral, Jefe Corredor tocó a su amigo en el brazo como queriéndole decir: «Cuidado. Tal vez quieran dispararnos en cuanto salgamos». Pero, cuando miraron hacia fuera de la tienda, vieron que el Wichita caminaba hacia los caballos, así que no parecía haber peligro. Éste montó en un caballo e indicó a Jefe Corredor con una señal que montara detrás de él. Otro hombre montó en el otro caballo y el amigo montó tras él.

 

Mientras cabalgaban hacia el poblado principal, rozó la mente de Jefe Corredor la idea de matar al hombre que montaba delante y huir a todo galope. Ahí era donde habría de librar su más dura batalla. Sintió la tentación de matar a aquel hombre que tenía ante él, pero no se dejó arrastrar por esta tentación. La venció. Pensó además que podía ir montado sobre un caballo débil y, aun cuando él matara a aquel hombre y su amigo al otro, probablemente los atraparían en seguida si iban montados en malos caballos. A cada poco rato, miraba a su compañero moviendo sus ojos, como diciéndole: «Vigila bien por tu lado, que yo vigilaré por el mío».

Cuando ya estaban muy cerca del poblado, el guerrero Wichita gritó algo y comenzó a entonar una canción, y de pronto, todo el poblado se convirtió en una verdadera algarabía. Hombres, mujeres y niños aparecían como brotados del suelo y las viviendas comenzaron a manar gente por todas partes. Jefe Corredor sintió que estaba en peligro, pero sabía que él corría tanto peligro como el hombre que iba delante de él. Él podía muy bien apoderarse de la pistola que aquél llevaba en su cinturón y matarle, o bien podía hacer uso de su propio cuchillo. También el Wichita sabía que estaba en peligro. Sabía que se hallaba completamente en manos de su enemigo.