Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 22 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

Cuentos tradicionales

EL CABALLO PARDO

 

I

Hace muchos años, vivían en la tribu Pawnee una anciana y su nieto, un muchacho de unos dieciséis años de edad. Estas dos personas no tenían pariente alguno y eran muy pobres. Eran tan pobres que el resto de la tribu los despreciaba. No tenían nada de nada; y siempre, cada vez que levantaban el campamento para trasladar el poblado de un sitio a otro, ellos dos se quedaban detrás a rebuscar por el campamento viejo y recoger cualesquiera cosas que los otros indios hubiesen tirado por gastadas e inútiles.

De esta manera conseguían, algunas veces, hacerse con pedazos de vestidos, mocasines gastados con agujeros o trozos de carne.

Sucedió un día que, después que la tribu hubiese abandonado su viejo campamento, esta anciana y su muchacho estaban caminando tras el resto del poblado cuando se encontraron un viejo y famélico caballo pardo, que en seguida supusieron abandonado por algunos indios. El animal estaba delgado y exhausto, era ciego de un ojo, tenía la espalda mala y dolorida y sus patas delanteras estaban muy hinchadas. De hecho, era tan inútil que ninguno de los Pawnees había querido tomarse la molestia de intentar conducirlo al nuevo destino. Pero, cuando la anciana y su nieto pasaron junto a él, el muchacho dijo: «Vamos, cogeremos este viejo rocín y podremos hacer que lleve muestra carga». Entonces la anciana puso su hato sobre el caballo y lo llevaron con ellos, pero el animal cojeaba y sólo podía caminar muy lentamente.

 

II

La tribu siguió la línea del North Platte hasta que llegó a Court House Rock. Los dos indios pobres la siguieron y acamparon con los otros. Un día, mientras estaban allí acampados, los hombres jóvenes que habían sido enviados a buscar bisontes, volvieron a toda prisa al campamento y dijeron a los jefes que una gran manada pastaba cerca de allí, y que entre ella había un ternero con manchas.

El Gran Jefe de los Pawnees tenía una hija muy hermosa y, cuando oyó lo del ternero con manchas, ordenó a su anciano pregonero recorrerse el poblado y anunciar que aquel hombre que matara al ternero manchado obtendría a su hija por esposa. Y es que un vestido a manchas es ti-war’-uks-ti, «gran medicina».

Los bisontes estaban pastando a unos siete kilómetros del poblado, y los jefes decidieron que la carga se haría desde allí. De este modo, el hombre que tuviese el caballo más rápido sería quien con más probabilidad mataría al ternero. Entonces, todos los guerreros y jóvenes cogieron sus mejores y más veloces caballos y se prepararon para salir. Entre aquellos que se preparaban para la carga se hallaba el muchacho pobre montado en su viejo caballo pardo. Pero, cuando lo vieron, todos los jóvenes guerreros más ricos desde sus veloces monturas le señalaron, diciendo: «Eh, mirad; ahí está el caballo que va a atrapar al ternero manchado»; y se rieron de él, haciendo que el pobre muchacho se sintiese avergonzado y se retirara con su caballo a uno de los lados de la partida, donde no pudiera oír sus bromas ni sus risas.

Cuando hubieron cabalgado una pequeña parte del camino, el caballo se detuvo y, volviendo su cabeza hacia el muchacho, le habló. Y esto le dijo: «Llévame a la orilla del río y embadurna todo mi cuerpo de barro. Cubre con él mi cabeza, cuello, cuerpo y patas». Cuando el muchacho oyó hablar al caballo, se asustó; pero hizo cuanto éste le había dicho. Después el caballo dijo: «Ahora, monta, pero no vayas a reunirte con los guerreros que se ríen de ti por tener tan pobre caballo. Quédate aquí hasta que se dé la orden para cargar». Así que el muchacho obedeció y permaneció allí.

Y, al cabo de un rato, todos los buenos caballos se colocaron en línea; no dejaban de hacer cabriolas y los jinetes apenas podían sujetarlos de ansiosos que estaban por lanzarse a la carrera. Hasta que, al fin, el viejo pregonero gritó la palabra de salida: « Loo-ah ¡Adelante!». Entonces los Pawnees se inclinaron todos sobre sus caballos, lanzaron un grito y partieron a la velocidad del rayo. De pronto, allí a lo lejos por la derecha vieron al viejo caballo pardo. No parecía correr. Más bien parecía surcar el aire como un pájaro. En un momento, había dejado atrás a todos los caballos rápidos y se hallaba entre los bisontes. En seguida divisó al ternero manchado y, acosándolo por uno de los lados, U-ra-rish!, recta voló la flecha. El ternero cayó. El muchacho disparó otra flecha y mató a una lustrosa hembra que corría delante de él. Entonces desmontó y comenzó a desollar el ternero, y todo esto antes de que los otros guerreros hubiesen llegado a la manada. Pero, cuando el jinete se apeó, ¡qué cambiado estaba el caballo pardo! No dejaba de hacer cabriolas y apenas se podía quedar quieto allí junto al bisonte muerto. Su espalda aparecía bien recta otra vez; sus patas estaban hermosas y fuertes y sus dos ojos claros y brillantes.

El muchacho desolló el ternero y la hembra que había matado, después hizo un paquete con la carne y la cargó sobre su caballo, poniendo la piel manchada encima de la carga, y partió de vuelta al campamento a pie, tirando del caballo pardo. Pero, hasta con su pesada carga encima el caballo continuaba haciendo cabriolas sin cesar, sobresaltándose ante cualquier cosa que veía. En el camino al campamento, uno de los ricos jóvenes jefes de la tribu cabalgó hasta el muchacho y le ofreció doce buenos caballos por su piel manchada para así poderse casar con la bella hija del Gran Jefe; pero el muchacho se rió de él y no le vendió la piel.

Entonces, mientras el muchacho caminaba hacia el campamento llevando al caballo pardo tras él, la mayoría de los guerreros regresaron cabalgando y uno de ellos se adelantó el primero hasta el poblado, fue a donde estaba la anciana y le dijo: «Tu nieto ha matado al ternero manchado». Y la anciana le dijo: «¿Por qué vienes a decirme esto? Deberíais avergonzaros por reíros de mi muchacho sólo porque es pobre». El guerrero insistió: «Lo que te he dicho es verdad», y se alejó en su caballo. Al poco rato, otro guerrero se acercó hasta la anciana y le dijo: «Tu nieto ha matado al ternero manchado». Entonces la pobre mujer se echó a llorar; se sentía desolada porque creía que no hacían sino burlarse todos del muchacho porque era pobre.

Muy pronto el muchacho apareció en el poblado tirando de su caballo y fue hasta la tienda donde él y su abuela vivían. Era una vivienda pequeña, justo lo bastante grande para albergar a los dos, y estaba hecha de retazos de piel que la anciana había ido recogiendo y había cosido con tiras de piel y tendón. Era la vivienda peor y más miserable del poblado. Cuando la anciana vio a su muchacho conduciendo el caballo pardo con la carga de carne y las pieles encima de todo, apenas podía salir de su asombro. Entonces el joven le dijo: «Toma, aquí te traigo carne en abundancia para comer, y aquí tienes una piel para que te hagas un vestido. Baja la carne del caballo». La anciana estalló en risas; su corazón estaba lleno de contento. Pero, cuando la mujer fue a coger la carne de la grupa del caballo, éste empezó a resoplar y a dar saltos como si fuera un caballo salvaje. La anciana lo miró llena de asombro; apenas podía creer que se tratara del mismo caballo. Entonces el muchacho tuvo que coger él mismo la carne, ya que el caballo no dejaba a la pobre mujer acercarse a él.