Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 32 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

El hermano serpiente

Una vez, hace mucho tiempo, una gran partida de Pawnees salió en son de guerra con dirección hacia el sur. Al no encontrar enemigos en ninguna parte, prosiguieron su avance en tal dirección. En esta partida había dos hermanos, dos muchachos pobres, y un día, según marchaban hacia delante a través de una zona de bosques muy espesos, separados del resto de la partida, se perdieron. Cuando se dieron cuenta de que estaban perdidos, intentaron regresar al campamento, pero no pudieron encontrar a los demás; y anduvieron buscando y buscando sin resultado hasta que, al fin, abandonaron la búsqueda y reemprendieron la vuelta a casa con dirección norte. No llevaban ninguna comida consigo, y rastrearon los alrededores por ver si podían encontrar algo que cazar para poder saciar su hambre. Según avanzaban, se encontraron un bisonte muerto al que debían haber matado ya hacía algún tiempo, pues no quedaba de él más que los huesos; entonces cogieron algunos de los huesos con tuétano y se los llevaron para comer de ellos cuando acamparan.

No mucho más allá se detuvieron para descansar. Junto al lugar donde se detuvieron había un árbol y, cuando miraron hacia la copa, vieron a una ardilla que corría ramas arriba. Uno de los dos hermanos cogió su arco y sus flechas, y el otro exclamó: «¡Oh, mátala, mátala, rápido!». El joven disparó y la mató, y después, tras desollarla, la asaron al fuego. Mientras la estaban preparando, el hermano mayor dijo: «Me pregunto si será bueno comer el tuétano y la ardilla juntos». Y el hermano

menor afirmó: «No, no es bueno hacerlo. Esto no es carne verdadera[16]». El mayor, sin embargo, pensaba que las dos clases de comida irían bien juntas y estuvieron discutiendo el asunto durante algún rato. El hermano mayor no dejaba de animar al más joven para que comiese el tuétano y la ardilla juntos, pero el hermano menor terció: «Oh, hermano, a mí no me gusta esto. No me parece una buena cosa. Pero, si tú deseas hacerlo, ¿por qué no lo haces?». Y el hermano mayor dijo: «Sí, creo que así lo haré»; y así lo hizo, comiendo primero un pedazo de ardilla y, después otro de tuétano. Y aseguró a su hermano: «Está bueno; deberías probar un poco». Pero el hermano más joven no quiso. Solamente comió tuétano. Después que hubieron comido, decidieron no proseguir su viaje y pernoctar en aquel lugar.

Hacia la mitad de la noche, el hermano mayor escuchó un ruido a sus pies; rápidamente, se incorporó de medio cuerpo y comenzó a tocar sus piernas, y se encontró con que sus pies estaban pegados el uno al otro, al tiempo que tomaban una forma redonda, como la de una serpiente, que en su extremo tenía un cascabel, de modo que sus piernas eran cada vez más oblongas y semejante a la cola de una gran serpiente de cascabel. Entonces estiró la mano y despertó a su hermano empujándole en el hombro, y le dijo: «Levántate. Algo muy extraño me está sucediendo». El joven se despertó y tocó a su hermano en las piernas, y vio lo que ocurría; era como si su hermano se estuviera transformando en una serpiente, empezando por los pies. Cuando observó esto se sintió terriblemente apenado por su hermano, que comenzó a hablar y a dar buenos consejos al hermano menor, pues se sentía muy triste.

Le dijo: «Ahora, voy a morir y dejarte, hermano, aquí solo en la pradera. Y eres tan joven…, no podrás encontrar el camino de vuelta a casa y probablemente morirás también. Sin duda todo esto nos ha ocurrido porque comí el tuétano y la ardilla juntos». Y mientras decía esto, su cuerpo se había transformado ya hasta la cintura.

 

Al cabo de un pequeño rato, pareció sentirse más optimista y agregó: «Ahora, hermano, sé que llegarás a salvo a casa. Yo te protegeré. Sé que voy a ser una serpiente, pero me quedaré siempre aquí, en este mismo lugar. ¿Ves aquel agujero?», y señaló una pequeña oquedad que había en la orilla de una zanja. «Cuando me haya convertido del todo en una serpiente, tómame en tus brazos y llévame hasta aquel agujero. Permaneceré allí para siempre.

»Ésa será mi casa, debes contar a nuestro padre y a nuestra madre lo que ha sucedido y, cada vez que quieras salir de campaña, reúne una gran partida y dirígete hacia aquí, ven hasta este mismo lugar y podrás verme, pues yo estaré ahí. Sin embargo, hermano, cuando vuelvas a casa, al cabo de algún tiempo de haber llegado al poblado, quiero que vuelvas aquí completamente solo; hasta este mismo lugar. Recuerda lo que te he dicho; no tengas miedo de mí. Pienso que esto es algo que tenía que sucederme, y que yo no podía evitar. Tras tu primera visita solo, la segunda vez, podrás ya traer contigo a algunos otros; pero la primera vez ven solo».

Así le habló el hermano y, mientras hablaba, la transformación fue ascendiendo por su cuerpo cada vez más. Mientras la metamorfosis se desarrollaba en su cuerpo hasta llegar a la cabeza, su mente permanecía todavía como la de un hombre, pero su cuerpo era ya el de una enorme serpiente. Entonces volvió a hablar a su hermano, musitando: «Ahora, hermano, cubre toda mi cabeza con mis ropas y, cuando haya pasado un rato, descúbrela de nuevo». El hermano menor hizo tal como le pidiera y cuando, al cabo de un rato, retiró las ropas de la cabeza de su hermano, apareció una inmensa cabeza de ofidio, tan grande como sus dos manos juntas. El hermano mayor estaba completamente transformado en una serpiente.

El hermano más joven recogió a la serpiente en sus brazos y la trasladó hasta el agujero, depositándola en el suelo junto a él. Estaba muy triste por tener que marcharse dejando a su hermano allí. Antes de partir, quiso hablar a la serpiente con buenas palabras, y le dijo: «Ahora, hermano mío, me marcho a casa, y te pido que te apiades de mí y me protejas. No conozco la región que he de atravesar y debes cuidar de mí. No olvides las promesas que me has hecho». Una vez dicho esto, no esperó a ver a la serpiente entrar en el agujero, sino que comenzó su viaje inmediatamente alejándose con dirección hacia su poblado.

Cuando llegó al poblado, contó cuanto había sucedido a sus padres y pidió a todos sus familiares que no guardaran luto por él. «Está vivo y bien. Su único problema es que ahora tiene forma de serpiente».

Tras pasar diez días en casa, le pidió a su madre que le confeccionara cinco pares de mocasines, porque, según le dijo, partía de aventura solo. Su madre así lo hizo y los rellenó de maíz seco; él cogió un pequeño saco de carne de búfalo machacada, se lo cargó a la espalda y partió a encontrarse con su hermano.

Siete días de rápida marcha le llevaron a alcanzar el lugar donde se había despedido de la serpiente; en cuanto se acercó al lugar, pudo ver la cavidad que servía de morada a su hermano. Se aproximó hasta la boca del agujero y empezó a hablar: «Hermano, aquí estoy. He salido solo de aventura y aquí me tienes para verte. Tú me pediste que viniera, y que lo hiciera solo. He hecho, pues, exactamente lo que me pediste, y aquí estoy. Ahora, hermano, acuérdate de cumplir tus promesas. Quiero verte antes de que termine la tarde».

Esperó allí, de pie, durante un rato y, después, comenzó a oír un ruido como el que produce un cuerpo al arrastrarse unido al sonido de un cascabel y, pronto, empezó a salir tierra del agujero y de él surgió también la gran serpiente que era su hermano. Primero se presentó esta gran serpiente y, tras ella, muchas otras también de gran tamaño que se desparramaron, deslizándose por todas partes, mientras la más grande de todas, su hermano, yacía junto al lado del agujero. El muchacho se aproximó hasta la gran serpiente y, tomándola en sus brazos, la abrazó y le habló, y la serpiente sacó su lengua como si fuera a besarle. Después el muchacho volvió a depositarla en el suelo y todas las demás serpientes regresaron y desaparecieron en el agujero. En último lugar, detrás de todas ellas, entró la gran serpiente.

Entonces el muchacho abandonó aquel lugar y prosiguió su viaje un poco más adelante; y, hacia la puesta del sol, llegó a un pequeño río donde acampó y durmió. Aquella noche soñó con su hermano, que le decía: «Ahora, hermano, estoy contento porque has venido a verme tal como te pedí. Por ello te digo, sé bravo; ten coraje. Mañana por la mañana, cuando despiertes, vístete de arriba a abajo como si fueras a combatir. Pinta tu cara, adorna con plumas tu cabeza, disponte como es debido para la batalla».

Al alba, el muchacho se despertó e hizo lo que la serpiente le pidiera durante el sueño. Pintó su rostro, ciñó con plumas su cabeza y se atavió apropiadamente para la lucha Entonces reemprendió la marcha. Muy pronto llegó a una pequeña colina y, cuando miró por encima de ella, vio a gente venir hacia él; gente y muchos caballos. Pensó que serían los Sioux, de modo que, cuando los vio, retrocedió un poco en su camino para encontrar un lugar donde poder esconderse. Retrocedió hasta el pequeño río junto al cual había dormido, y se sentó entre el ramaje. Allí escondido en la espesura, esperó; y la gente se acercó directamente hacia donde él se hallaba oculto y acampó justo debajo. Después de un rato, se levantó y miró atentamente al campamento, y vio solamente a dos personas; y, más tarde, que una de ellas era una mujer. Estuvo vigilando durante largo tiempo, mirando de vez en cuando a su alrededor para ver si había alguno más, pero tan sólo pudo ver a aquellos dos. Entonces consideró lo que debía de hacer. Mientras estaba pensando, vino a su cabeza lo que el hermano serpiente le había dicho en el sueño, y entonces supo lo que iba a hacer.

Se arrastró lentamente hacia su campamento a través del follaje y, cuando ya estaba cerca de ellos, a unos veinte metros de distancia, levantó la cabeza y miró. Allí estaba la mujer cocinando y de un pequeño árbol colgaban el arco, las flechas y el escudo del hombre, pero no podía ver dónde estaba éste. Estaba tumbado por alguna parte, durmiendo.

 

El muchacho esperó y vigiló. Se hallaba presa de gran excitación y su corazón latía fuertemente contra sus costillas. Al cabo de un rato, la mujer dejó el fuego y se dirigió hacia los caballos. Probablemente su marido le había dicho: «Los caballos se están alejando; mejor será que vayas y los traigas para acá». Mientras ella caminaba hacia los caballos, el muchacho pensó de pronto en correr hasta donde estaba el hombre y matarlo pero, antes de que pudiera hacerlo, cambió de opinión; pues pensó: «Si lo mato, tal vez la mujer se suba a un caballo y se aleje llevándose todos los demás con ella». Así que esperó hasta que la mujer hubiese regresado. Cuando ésta había vuelto ya junto al fuego, el joven corrió hacia ella, pero ésta le oyó venir y corrió a su vez a despertar a su marido; mas, justo cuando hubo llegado a su lado, el muchacho se hallaba ya junto a ella. Disparó dos certeras flechas al cuerpo del hombre y lo mató.

Después cogió a la mujer y bajó hasta donde pastaban los caballos, y en dos cabalgaron hasta el lugar donde vivía su hermano, la gran serpiente, conduciendo ante ellos el resto de los caballos. Un poco antes de llegar al agujero, el joven capturó con su lazo un bonito caballo pinto y un mulo, los ató a un árbol; después llamó a la mujer y la ató también contra el árbol tan estrechamente como pudo. Una vez hecho esto, fue hasta el agujero y comenzó a hablar: «Oh, hermano mío, ahora veo que aquello que me prometiste se ha convertido en realidad. He hecho lo que me dijiste. Ahora, aquí tienes a estos dos animales y a esta mujer; te los regalo por haber sido bueno conmigo. Son tuyos. Estoy contento por lo que has hecho hoy por mí». Cuando hubo terminado de decir esto, habló de nuevo tras una pausa, y dijo: «Ahora, hermano, quiero verte una vez más. Voy a partir, y quiero verte antes de irme». Al cabo de un rato volvió a escucharse el sonido seco de los cascabeles en el agujero y la tierra surgiendo de él y, seguidamente, su hermano salió del agujero seguido de las otras serpientes más pequeñas; y éstas se arrastraron hasta el árbol, reptando por sus ramas. El árbol apareció de pronto repleto de ellas. Entonces, el muchacho hizo lo mismo que hiciera la vez anterior; se aproximó hasta el agujero, tomó a su hermano en sus brazos y le abrazó, y la gran serpiente sacó la lengua como para besarle. Entonces el muchacho habló otra vez: «Ahora, hermano, yo me voy. Te entrego a estos dos animales y a esta mujer. Son tuyos». Y partió en dirección a su casa y, al cabo de bastante tiempo, llegó al poblado.

Después de permanecer un tiempo entre su gente, el joven determinó de nuevo partir de campaña y, esta vez, llevó consigo a una partida de hombres. Había contado a toda la tribu lo sucedido, y cómo su hermano le había protegido y ayudado; y dijo a los guerreros que iban con él: «Tomad cada uno un presente para llevárselo a mi hermano; algunas cuentas, plumas de águila o algo de tabaco como ofrenda para que él pueda ayudaros». Y emprendieron camino al sur hacia el lugar donde vivía su hermano. Cuando llegaron a él, el joven dijo a los otros: «Ahora vosotros debéis, cada uno, regalar algo a mi hermano. Llamadle por su nombre de familia y pedidle que os ayude y os de éxito en vuestras empresas; y dejad las cosas delante del agujero». Los otros hicieron tal como el hermano menor les había dicho y, cuando todos hubieron entregado sus presentes, continuaron su camino. No vieron nada, pues el hermano no llamó a la gran serpiente.

Dos o tres días después de haber pasado por aquel lugar, encontraron un campamento de Sioux, y allí cogieron muchos caballos y mataron a algunos enemigos. Después emprendieron el regreso a casa y, cuando llegaron a la vivienda de la serpiente, escogieron un caballo, lo llevaron cerca del agujero y lo sacrificaron; después se lo ofrecieron a la gran serpiente dejándolo junto a la boca del agujero. Cuando llegaron al poblado, hubo gran regocijo y diversión. Ejecutaron toda clase de danzas, pues estaban contentos de que la partida de guerra hubiese capturado tantos caballos.

Al poco tiempo de aquello, otra partida salió del poblado, y el hermano menor les dijo: «Id directamente a donde está mi hermano y hacedle un presente; pedidle que os dé buena suerte y tendréis éxito». Y todo sucedió como él había dicho.

El hermano menor era siempre afortunado en la guerra. Con el tiempo se convirtió en jefe y se hizo muy rico, llegando a poseer muchos caballos. Desde entonces, siempre que tomaba la dirección de alguna partida de guerra, todos los hombres pobres acudían a él y le decían: «Quiero ir contigo». Sabían que su hermano era una serpiente y les daría buena suerte.