Cuentos de los indios pawnee
Capítulo IV
La pipa estaba en las manos del jefe, y él la entregó de nuevo a su guerrero para que decidiera. Mientras éste permanecía allí sentado con la pipa en la mano, el anciano abuelo dijo: «Dame la pipa; si vosotros, hombres, no podéis decidir, dejadme hacerlo a mi. En mis tiempos no hacíamos las cosas de esta manera. Yo nunca pasé la pipa, siempre pude decidir por sí mismo».
Entonces Camisa de Piel le pasó la pipa, y él la encendió y fumó. Y después dijo: «Yo no quiero condenar a muerte a un hombre que lleva puesta la manta de mi nieta». El intérprete comenzó a decir a Kut-a’wi-kutz que el anciano iba a decidir en su favor y que, cuando éste hubiese acabado de hablar, él debía levantarse y pasar sus manos por encima del anciano en señal de agradecimiento por tener piedad de él; y que después debía hacer lo mismo con todos los demás presentes. El anciano continuó: «Ahora, jefes, os pido que no juzguéis con dureza lo que voy a decir, ni os mostréis insatisfechos con mi decisión. Yo soy viejo. He oído, en mi tiempo, que hay una tribu allá en el norte que hace crecer del suelo algo que es largo y blanco, y algo que es redondo; y que estas cosas son buenas para comer. Ahora, jefes, antes de que me muera, quisiera comer de esas cosas y quiero que mi nieta se siente junto a este hombre, y ambos se conviertan en marido y mujer. Desde que yo era joven hemos sido enemigos, pero ahora quiero que las dos tribus se reconcilien, junten sus manos y sean amigas». Y así fue decidido.
El joven se levantó y pasó sus manos por encima del anciano, y después del guerrero, y así bendijo uno por uno a todos los del círculo. El Pawnee que hacía de intérprete le dijo entonces que se levantara, cogiera una medalla y se la pusiera al guerrero, y después tomase otra y se la pusiera al jefe, y así hasta que todos los regalos se hubiesen agotado. Y él así lo hizo; puso sobre ellos las medallas,
pendientes, collares, y petos de cuentas de «wampum»[3], hasta que cada uno de ellos tuviese algo. Y como todas estas cosas eran nuevas para ellos, les parecieron muy bonitas.
IV
Para entonces ya era de día y se había extendido por todo el campamento la noticia de que había un Pawnee en la vivienda del Gran Jefe, y toda la gente se congregó ante ella, gritando: «Traedlo aquí mera; lo queremos aquí fuera». Todo el poblado estaba apiñado en torno a la vivienda: ancianos, mujeres y jóvenes; tantos eran que, al final, tiraron la tienda abajo. Y gritaron: «Entregadnos al Pawnee. Anoche ellos robaron muchos caballos a los nuestros». Los jefes y guerreros hicieron un círculo en torno al Pawnee, y mantuvieron a los Comanches alejados de él, protegiéndolo de las manos de la multitud. Cerca de allí estaban acampados los Cheyennes, junto a la colina situada al sureste del campamento comanche, y también hasta sus oídos llegó la noticia de que los Comanches tenían a un Pawnee en el campamento. Entonces acudieron a éste y se unieron también a la multitud para intentar hacerse con el Pawnee, y arrollaron y derribaron a uno o dos Comanches. Entonces, Camisa de Piel cogió su arco y sus flechas, saltó sobre su caballo y cabalgó hasta los Cheyennes obligándolos a retirarse de nuevo a su campamento.
Los Cheyennes vieron que los Comanches no querían dar muerte al Pawnee, así que enviaron un mensaje invitándolo a participar en un banquete con ellos; mas tenían intención de matarle y Camisa de Piel les dijo que el joven había contraído matrimonio dentro de su tribu. Pero sucedió que los Cheyennes, al tiempo que galopaban en torno al campamento comanche, comenzaron a disparar balas al aire con sus fusiles.
En ese momento, cuando el joven Pawnee que desde la colina estaba vigilando el campamento para ver lo que le sucedía a su amigo, vio a toda aquella multitud y oyó los disparos, pensó que Kut-a’wi-kutz había sido muerto. Entonces, cogió su cuchillo y puso la empuñadura contra un árbol y la punta contra su pecho; después puso sus brazos alrededor del árbol, como en un abrazo, y la hoja de su cuchillo atravesó su corazón y él cayó al suelo muerto.
Por la tarde, cuando toda la excitación se hubo aquietado, los Cheyennes volvieron de nuevo al campamento comanche e invitaron al Pawnee y a su esposa a ir a su poblado a visitar a su gente. Entonces Camisa de Piel dijo: «Está bien, iremos». Tres jefes de los Comanches fueron delante, detrás fueron el Pawnee y su esposa y, detrás, Camisa de Piel. Así marcharon hasta el campamento cheyenne. Los Cheyennes los recibieron e hicieron un gran banquete para ellos, y regalaron al Pawnee muchos caballos. Más tarde, regresaron al campamento comanche. Kut-a’wi-kutz no subió a la colina hasta la mañana siguiente. Cuando subía se puso a cantar la canción que había dicho a su amigo que cantaría cuando fuese a su encuentro. Entonces, llamó a su amigo, pero no hubo ninguna respuesta. Todo estaba en silencio. Buscó a su amigo, hasta que al fin lo encontró allí muerto al pie del árbol.