Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 2 de 37

Páginas del PDF

Cuentos de los indios pawnee

Capítulo II

Eran grandes viajeros, pueblos nómadas que encontraron aposento en la vastedad sin límites de una tierra inabarcable. En la pradera se detuvieron las columnas lentas, tras la larga andadura; sólo la ayuda de los fieles perros tirando de los travois donde cargaban sus escasas pertenencias; siempre andando. Y el bisonte que los miraba con superioridad y sin miedo: aún no conocían el caballo y ellos, los bisontes, según las crónicas eran más de sesenta millones.

 

II

Cuentan los Pawnee que su vida, desde que tienen recuerdo hasta el siglo XVII, fue un viaje constante. Un viaje dividido en miles de etapas, pero siempre un viaje, durante el que conocieron a los Aztecas y vivieron con otros pueblos menores del vecino Méjico. Es a partir, sin embargo, del siglo XIII cuando comienzan a aparecer las primeras familias Pawnee por los alrededores de lo que hoy es el Estado de Nebraska, un nombre para olvidar lo que hoy es casi puro olvido, otra losa sobre la claridad del pasado. De él, de ese pasado, apenas sabemos más que estaba habitado por pequeñas colonias más o menos estables, ocupadas en la recolección, en una primitiva agricultura y en una ocasional caza —obra de valientes— del admirado e inasequible bisonte, señor de la pradera. Sus viviendas eran de hierba o tierra y siempre estaban ocupadas, además de por la familia, por uno o más perros, únicos animales domésticos que conocían. Los años pasaban lentos.

Narran los ancianos que todo se quebró una mañana; que frente al sol, un día, un antiguo guerrero tuvo una visión pavorosa: la de un ser mitad hombre y mitad cuadrúpedo de cuyos brazos surgían haces de luz intermitentes robados al propio sol y se cubría el pecho con un resplandor pesado y protector cuya simple visión aterraba.

Las crónicas españolas nos hablan de Francisco Vázquez Coronado y de Juan de Oñate, y de un puñado de soldados a caballo que buscaban la aventura y la gloria en tierras ignotas.

El bisonte y el caballo, el hombre rojo y el hombre blanco; un centauro frente al toro en un sueño incontrolable.

Todo cambió a partir de ese momento: los españoles intentaban la consecución de la quimera en nombre del Rey de España y de sus propias ansias de poder y aventuras; el hombre rojo, admirado, deseó el caballo como objeto de poder frente al bisonte y la extensión de la Pradera —su propia quimera— al tiempo que luchaban por mantener su libertad.

Pero el hombre blanco es insaciable y aunque encuentre espacios casi infinitos en los que manifestar esos deseos de libertad y aventuras, tanto como lo eran la Pradera y los millones de bisontes que la poblaban, sólo el hombre tiene el poder diabólico de restringir todo al mínimo; libertad, praderas, bisontes, hombres… pues siempre le gustó jugar con tales elementos, como verdadero e irrefutable signo de poder, como prueba evidente de estar en lo cierto, en el camino marcado por Dios a su pueblo elegido. Porque siempre tiene que haber un elegido.

Las divinidades y pensadores Pawnee explicaban, por el contrario, otras ideas, otros mensajes. El mundo es inmenso, hay lugar para todos; por más que fuera preciso defender el propio suelo y al buen bisonte. Para ello, decían, los hombres rojos debían dominar al caballo, ese majestuoso ser que les permitiría luchar y ser libres.

Aquellos primeros europeos, los españoles, fueron expulsados pronto de su efímero Imperio del Río Grande, donde sin embargo dejaron su huella —tanto buena como mala— para el resto de la historia del mundo. Y además dejaron el caballo.

Hacia 1540 aparecen los primeros caballos perdidos por las praderas que, procedentes de la expedición de Francisco Vázquez Coronado, vagan libremente por los suculentos pastos de extensión infinita. También de la incursión de Juan de Oñate por Nuevo Méjico en 1598 obtuvieron los indios del sur sus primeras cabalgaduras.

Aquello fue, sin duda, un duro golpe para el antiguo transporte Pawnee; para los fieles perros que desde tiempo inmemorial se encargaron de tirar de los travois (especie de parihuelas sobre las que cargaban sus pertenencias) durante sus migraciones estacionales. Pero, naturalmente, aunque ése fue el primero, no fue el único cambio que introdujo el caballo.

Cuando a principios del mil seiscientos la colonización española obtiene una cierta —incierta, más bien— consolidación al Norte del Río Grande, se prohíbe a los indios el uso de los caballos, pero se sabe que hacia 1640 las tribus del sur Apache ya cabalgan y que comparten de inmediato sus cabalgaduras con los Kiowa, que a su vez intercambian con sus vecinos los Wichita. Luego los Utes conducen pequeñas manadas a pastar a las praderas de artemisa de los Shosone, en Oregón y Washington, hacia los Nez Perce y los Pies Negros (Blackfoot). Por fin, la mejor caballería de la Pradera, los Cheyenne, cabalgan hacia el 1700. En apenas ciento cincuenta años todas las tribus poseían el caballo. Aunque al contrario de lo que podían suponer, han perdido la Pradera para siempre.