Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 17 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

Lobos en la noche

 

En el año 1879, Pequeño Guerrero, con un muchacho Chau-i y un soldado, salió de exploración hacia las llanuras que se extienden al este de las montañas. A una gran distancia de ellos —quizá unos treinta y cinco kilómetros— vieron algunos objetos que parecían moverse. Era uno de eso secos y tórridos días de verano, cuando todo el aire está temblando y todas las cosas resultan distorsionadas por el espejismo. Durante largo rato estuvieron observando estos objetos con sus anteojos. Parecían moverse y temblar y no se les ocurría qué podían ser, pero Pequeño Guerrero pensó que serían hombres a caballo. Todo indicaba que estaban viajando en la misma dirección que el pequeño grupo de exploradores. Al fin pudieron ver que se trataba, en efecto, de hombres a caballo que conducían además algunos animales sueltos.

Cuando se hizo de noche, los dos pawnees dejaron sus caballos con el soldado y partieron a pie en busca del campamento de aquellos extranjeros, para averiguar quiénes eran. Pensaron un plan, que consistía en disfrazarse de coyotes para poder aproximarse al campamento. Cada uno sacó de su montura una sábana blanca con la cual, llegada la hora, envolverían sus cuerpos llevando dentro sus rifles sujetos bajo sus brazos y sus pistolas y cinturones ceñidos a su cintura. Era una noche de brillante luna, tan brillante y cegadora que se hacía bastante difícil ver a lo lejos sobre la pradera.

Encontraron el campamento en una pequeña oquedad del terreno, y estaba ocupado por siete indios Ute. Éstos llevaban consigo un perro. Los pawnees podían oírles charlar y reír allí sentados junto al gran fuego que habían encendido. También podían ver los caballos.

Los dos hombres se cubrieron con sus sábanas blancas y, poniéndose a cuatro patas, se dispusieron a merodear alrededor cual si fueran lobos, acercándose más y más al campamento. Dos tres veces el perro los olió y ladró, pero ellos no le prestaron atención, sino que siguieron trotando de aquí para allá, olisqueando el suelo y sentándose de vez en cuando sobre sus cuartos traseros como los lobos para después proseguir sus merodeos. Al cabo de un rato se hallaban tan cerca del campamento que pudieron ver que los caballos estaban acorralados aparte y que había también algunas mulas atadas pastando en los alrededores. Uno de los utes, que notó la presencia de los lobos merodeando cerca del campamento, cogió su fusil y disparó al muchacho Chau-i, pero no le acertó. El joven se alejó trotando y fue a reunirse con Pequeño Guerrero detrás de una colina, y allí esperaron los dos.

Pequeño Guerrero dijo a su compañero: «Estos hombres han viajado mucho hoy. Están muy cansados. Espera a que se vayan a dormir». Y, al cabo de un rato, el campamento se sumió en el silencio y los utes dormían.

Los pawnees entonces se volvieron a disfrazar de lobos y avanzaron hasta las proximidades del campamento ute. Los caballos estaban cercados al lado de donde los hombres dormían, mientras que las mulas se habían apartado un poco del grupo. Seis mulas se hallaban juntas y otra estaba sola en el otro lado del campamento. Pequeño Guerrero fue, dando la vuelta al campamento, hasta esta última y, tras cortar su atadura, la trasladó muy despacio hacia las otras. Después condujo a todas las siete en silencio lejos del campamento. Si no hubiese sido por el perro, habrían podido con toda probabilidad robar también los caballos y dejar a los utes a pie.

Condujeron las mulas hasta un lugar a unos cuatro kilómetros del campamento y fueron a donde habían dejado sus caballos. Allí encontraron al soldado casi muerto de miedo. Éste dijo que no le agradaba quedarse solo en un lugar tan solitario y que quería regresar a su campamento, y los pawnees le dijeron que iban a volver a recoger las mulas. Así lo hicieron y, tras atarlas bien una a otra, las llevaron hasta su propio campamento que alcanzaron a eso de las seis de la mañana.

Más tarde se supo que habían sido robadas catorce mulas del tren gubernamental y que habían ofrecido una recompensa de 200 dólares a quien las recuperase. Las mulas que los pawnees habían conseguido resultó que eran siete de los catorce animales robados, y cada uno de ellos recibió 50 dólares como parte proporcional de la recompensa.