Cuentos de los indios pawnee
Pa-hu-ka’-tawa
Hacia finales del invierno, antes de que la hierba comenzase a crecer con la llegada de la primavera, una pequeña partida compuesta por tres hermanos y otros dos hombres salieron del poblado para atrapar castores. Cuando ya habían marchado unos diez días, habiendo rebasado las confluencias del río Loup, acamparon en la Spout Fork (confluencia sur) y, por la mañana, enviaron por delante a un explorador para ver si podía encontrar algún rastro de castor y encontrar algún buen terreno para poner sus trampas.
Una vez el explorador se hubo alejado a una cierta distancia del campamento, vio a algunos Sioux y, éstos, al mismo tiempo, le vieron a él. El hombre no regresó al campamento; estaba demasiado ansioso por salvarse, y echó a correr a través de un pequeño arroyo, escondiéndose entre la maleza, pues no quería que sus hermanos supiesen que el enemigo estaba cerca. Los Sioux le siguieron y dieron con él; lo cercaron y le dispararon flechas durante todo el día hasta que, a la puesta del sol, lograron matarle.
Los otros cuatro hombres permanecían en el campamento, pero no estando muy lejos, pudieron oír el griterío de los indios enemigos. En seguida abandonaron el campamento y corrieron a esconderse. Esperaron allí un buen rato y, cuando vieron que el otro hombre no regresaba, adivinaron que lo habían matado.
A la mañana siguiente, los cuatro hombres sostuvieron consejo. Uno de ellos dijo: «Será mejor que vayamos a ver si está muerto». Y otro añadió: «Sí, vayamos hasta allá. Tal vez podamos enterrarlo». Así que fueron hasta donde había llegado el quinto hombre, marchando con mucho cuidado y escudriñando bien a su alrededor por encima de las colinas mientras avanzaban para ver si había enemigos en las proximidades. Al fin lo encontraron. Estaba muerto, acribillado de flechas, con los brazos y las piernas descoyuntados y la cabeza, despojada de cabellera y cuero cabelludo, separada del cuerpo; estaba hecho pedazos. Así que pensaron que, realmente, no habían dejado de él gran cosa que enterrar y, además, aquellos que eran muertos en combate solían normalmente dejarse sin enterrar. Cuando el grupo de hombres vio lo que había sucedido, emprendieron el regreso a su poblado y, cuando ya estaban muy cerca de él, uno de los hombres gritó: «¡Han matado a Pa-hu-ka’-tawa!». Lo dijo bien alto, para que la gente se enterase y comenzase a llorar su muerte.
Cuando entraron en el poblado, los parientes de aquel hombre se sintieron muy apenados a causa de su muerte. Esto sucedía por el tiempo en que la gente comienza a preparar sus parcelas para labrarlas y plantar el grano y, cuando terminaron su trabajo, la tribu entera partió para la caza estival del bisonte, según era la costumbre. Siguieron hacia arriba el curso del río Loup y, cuando ya llevaban viajando unos cuantos días, llegaron a las proximidades del lugar donde el hombre había sido muerto. Cuando llegaron al lugar, los hombres que le habían acompañado dijeron: «Éste es el sitio donde mataron a Pa-hu-ka’-tawa», y su padre y su madre y todos sus parientes se acercaron al lugar donde había yacido para reunir sus huesos y enterrarlos. Pero, cuando llegaron al lugar, no encontraron hueso alguno, y las flechas estaban allí, solas, clavadas en el suelo; todas las flechas que una vez tuvo alojadas en su cuerpo. Entonces se preguntaron cómo era que las flechas no se habían caído al suelo, pues pensaron que tal vez los lobos habrían arrastrado los restos del cuerpo hasta alguna otra parte pero, por más que buscaron aquí y allá, no pudieron hallar ni el menor rastro de él. No dejaba de parecerles de lo más extraño que las flechas estuvieran allí de pie, clavadas en el suelo, y se preguntaban qué habría sido de los huesos. Por fin dejaron de buscarlos y volvieron al campamento. Continuaron sus preparativos y salieron a cazar el búfalo, matando a muchos de ellos y secando gran cantidad de carne. Dos meses más tarde reemprendieron el camino de vuelta a casa descendiendo a lo largo del río Platte. La madre de Pa-hu-ka’-tawa había llorado tanto por su hijo que se había quedado ciega.
Una hermosa tarde se hallaban acampados a orillas del Platte. El tiempo era cálido y el aire suave y calmado. Según descendía el sol hacia la tierra, sus largos rayos resplandecientes parecían unirle al suelo. Por todo el aire había un ligero humo y, en el oeste, el cielo estaba rojo. Justo cuando el sol se estaba poniendo, la gente del campamento oyó una voz llamando desde el otro lado del río. Todos escucharon; y la voz dijo: «Pa-hu-ka’-tawa vuelve con vosotros». Entonces todos los indios dieron un respingo y corrieron río a través para encontrarse con él, pues pensaban que, a lo mejor, regresaba por allí. Cuando hubieron llegado a la otra orilla, miraron a su alrededor pero no vieron a nadie. Entonces oyeron una voz desde atrás de ellos, al otro lado del campamento, que decía: «Viene por aquí». Todos se volvieron y corrieron otra vez hacia aquel lado del campamento; pero tampoco había nadie allí; y, al poco rato, volvieron a oír la voz del otro lado del río gritando: «El vuelve». Entonces todos vieron que se trataba solamente de una voz y no de una persona. Dejaron de correr de aquí para allá y, aquella noche, sólo hablaron acerca de la voz. Al día siguiente continuaron su marcha río abajo hasta que, por fin, llegaron al poblado principal. Allí permanecieron seis meses y, para entonces, se habían comido ya toda su carne seca y se acercaba la primavera.
La madre de Pa-hu-ka’-tawa tenía su lecho junto a la puerta de la vivienda, en el lado izquierdo; el lecho más próximo a la entrada. Un día, a eso de la medianoche, Pa-hu-ka’-tawa entró en la vivienda y tocó a su madre en el hombro diciendo: «¡Madre!, ¡madre!». Su madre solía soñar con él casi cada noche, y pensó que también estaba soñando entonces. Y le dijo: «Oh, hijo mío, no hagas esto. Me estás engañando otra vez». Él se quedó parado pero, al rato, volvió, a tocarle y empujarle en el hombro, y ella se despertó.
Entonces él le dijo: «Madre, estoy aquí», y ella extendió sus brazos hacia él y le tocó.
Y después le preguntó: «¿Eres tú de verdad mi hijo?». Él respondió: «Sí, soy tu hijo».
Entonces ella le abrazó y le dijo: «Oh, hijo mío, hijo mío, has vuelto a mí». Y se echó a llorar de alegría.
Durante un rato estuvieron hablando el uno con el otro y él le dio a ella un pedazo de carne —de carne fresca de bisonte— aunque no habían tenido carne fresca en el poblado desde hacía seis meses. Y le dijo a su madre: «Estoy vivo de verdad, aunque es cierto que me mataron. Los Nahu’rac (animales) se apiadaron de mí y me hicieron vivir otra vez. Y ahora debo marcharme; pero ya no llores más por mí». Y se fue.
A la mañana siguiente, cuando su madre se despertó, encontró junto a ella el pedazo de carne fresca y se puso a asarlo en las brasas. La gente se preguntó de dónde habría sacado aquella carne, fresca, y preguntaron a la anciana, pero ella no quiso decirles cómo la había obtenido, pues su hijo le había pedido que no dijese nada. De nuevo le preguntaron cómo lo había conseguido, y ella les dijo que lo había encontrado en su cama.
Al cabo de bastante tiempo, su hijo regresó otra vez por la noche y entró en la vivienda para hablar con su madre: «Madre, aquí estoy de nuevo». Ella se despertó y se alegró mucho de volver a verlo. Y él le dijo: «Madre mía, sé que eres desgraciada. Estás ciega por mi causa, de llorar tanto por mí. Ahora, madre mía, ahí, junto al lecho de tu hija, hay agua en un cuenco de madera. Después que me haya ido esta noche, ve allí y hunde bien tu cara en el agua, abre los ojos y podrás ver otra vez». Antes de
marcharse le dio a su madre algo de [14] ka’wis.
Cuando su hijo se hubo marchado, la anciana hizo tal como le había dicho. Se levantó y, tanteando en la oscuridad con sus manos, fue hasta el lugar donde su hija dormía. Allí sintió el cuenco de madera repleto de agua, puso su cara bajo el agua y abrió los ojos; después retiró la cara y, cuando abrió los ojos otra vez, la mujer podía ver de nuevo. Entonces se puso muy contenta. Todo el mundo se preguntaba cómo los ojos de la madre se habían curado, pero ella no se lo contó a nadie excepto a su hijo mayor.
Mucho tiempo más tarde, Pa-hu-ka’-tawa descendió de nuevo para ver a su madre. Y le dijo: «Madre, voy a subir a ver a mi hermano mayor». Y fue a ver a su hermano por la noche. Su hermano le estaba esperando, pues su madre le había avisado. Pa-hu-ka’-tawa le dijo: «Bien, hermano mío, creo que ya sabes que vengo desde hace tiempo a ver a nuestra madre. Quiero que levantes tu tienda fuera del campamento, para que yo pueda venir a visitarte con frecuencia. Quiero hablar contigo, y contarte mis pensamientos y mis pesares. Soy un espíritu». Su hermano le contestó que haría tal como le había pedido y, la primera noche, después que hubiese levantando su vivienda fuera del campamento, Pa-hu-ka’-tawa descendió y dijo a su hermano: «Mañana por la noche selecciona a los dos hombres más bravos de la tribu, para que éstos, después, vayan por todo el campamento y convoquen a todos los jefes y guerreros de la tribu a que vengan a reunirse en tu vivienda. No enciendas ningún fuego en ella. Haz esto cuando ya esté oscuro, para que yo pueda venir a verles».
Cuando se hizo de noche, al día siguiente, todos los jefes y bravos se reunieron en la vivienda. No hicieron fuego alguno, limitándose a sentarse y esperar que Pa-hu-ka’-tawa descendiese a hablar con ellos. Al rato, éste descendió hasta la vivienda y fue a donde ellos se hallaban sentados. Cuando todos estaban silenciosos, entró él y, a cada paso que daba, parecía como si salieran volando chispas de su cuerpo. Pa-hu-ka’-tawa se acercó hasta situarse de pie delante de su hermano, y le dijo: «Yo estoy en todas las cosas; en la hierba, en el agua, en los árboles. Soy parte de todas estas cosas. Conozco cada uno de vuestros pensamiento y, aunque tan sólo susurraseis, yo lo oiría. Sé todo acerca de todo, incluso acerca del océano que tan lejos de aquí está y donde el agua es de sal.
»Hay dos danzas que me gustan especialmente, en las cuales se cantan canciones acerca de mí». Entonces cantó estas canciones y les explicó cómo bailar estas
danzas[15], añadiendo: «Bailad estas danzas y cantad mi historia, invocando mi nombre».
Después dijo: «Hermano, quiero que sepas que hay una tribu enemiga preparándose para salir en son de guerra contra vosotros. Yo os haré saber cuándo se dispongan a salir, y todo lo que hagan. Os contaré cada movimiento que ellos hagan. Vienen desde un lugar muy al norte, junto al río Missouri».
Dos o tres noches más tarde, Pa-hu-ka’-tawa volvió a aparecérsele a su hermano, y le dijo: «Vienen hacia aquí. Mañana por la noche estarán en los alrededores espiando en torno al campamento. Estad preparados contra ellos. Debéis pedirme que me apiade de vosotros, diciéndome lo que queréis hacer, y yo os haré fuertes para que podáis salir victoriosos. Si queréis abatir a dos o tres, decídmelo. Si queréis matar a dos o tres, consultadme. Debéis llamarme abuelo».
La noche siguiente danzaron y pidieron a Pa-hu-ka’-tawa que se apiadase de ellos. Un hombre joven se puso a orar, diciendo: «Déjame abatir a nueve y, al décimo, deja que me hiera pero no me dejes morir». Un segundo joven rogó: «Quiero abatir a cinco y capturar al hombre más grande de la partida». Otro hombre le pidió: «Déjame abatir a dos y, después, deja que me maten». Y a todos cuantos hubieron solicitado de él un favor, les dijo: «Que así sea». Ellos no pudieron verlo, pues no había fuego en la vivienda. Estaba todo oscuro.
Antes de despedirse, les dijo: «Estad preparados. Mañana por la mañana será la hora en que el enemigo realizará su ataque. Yo os enviaré una niebla desde el norte como aviso. Ellos descenderán hacia el poblado, y vosotros deberéis salir hasta la llanura que hay en frente del poblado y sorprenderlos en una escaramuza. Después retiraos de allí y mirad hacia el punto de rocas escarpadas que penetra en la llanura, en el extremo este del campo de batalla. Vigilad aquel punto y me veréis. Allí me apareceré a vosotros. Y esto será una señal, para vosotros, de que soy yo aquel a quien veis. Cuando yo suba hasta ese punto y dé la vuelta poniéndome cara al norte, el viento cambiará y vendrá desde el sur. Y, cuando el viento sople desde el sur, vosotros haréis una carga contra ellos».
Y así fue. A la mañana siguiente, el enemigo llevó a cabo su ataque contra ellos, y descendió hacia el poblado. Fue en el día mismo que él había anunciado. Los guerreros salieron hasta la llanura a su encuentro. Mientras avanzaban, se preguntaban bajo qué forma se les aparecería Pa-hu-ka’-tawa Aquella mañana, antes de que los Sioux aparecieran, una niebla blanca descendió desde el norte. Entonces los Sioux desplegaron su ataque, y la gente buscaba con la mirada a Pa-hu-ka’-tawa. Y, mientras estaban allí, mirando hacia el escarpado roquedal, un gran lobo blanco ascendió hasta colocarse encima de aquel punto; y entonces, dando media vuelta, se puso de cara al norte. E inmediatamente el viento cambió y comenzó a soplar desde el sur. Cuando el lobo apareció, algunos de los guerreros dudaron de si se trataba de Pa-hu-ka’-tawa pero, cuando lo vieron volverse hacia el norte y el viento cambió, entonces supieron que era él.
Enseguida cargaron contra el enemigo y, todos aquellos que habían pedido un favor de él, lo vieron realizado. En cada uno de los casos, cuanto Pa-hu-ka’-tawa había prometido, se hizo realidad. El hombre que había rogado poder abatir a nueve enemigos y ser herido por el décimo, abatió en verdad a nueve y con el décimo resultó herido, pero no murió; aquél que había pedido abatir a cinco y capturar al hombre más grande de la partida, así lo hizo también: venció a éste, lo hizo prisionero, le puso una cuerda alrededor del cuello y lo llevó consigo al poblado. Y, cuando lo hubo llevado al poblado, las mujeres golpearon al cautivo con palos y estacas, y le arrojaron tierra y se burlaron de él cuanto quisieron. El joven guerrero que había pedido poder matar a dos enemigos y ser muerto después por el tercero, así se encontró con su suerte. Todo cuanto Pa-hu-ka’-tawa había prometido, sucedió.
Los guerreros mataron a muchos de los Sioux e hicieron alejarse al resto, persiguiéndoles durante todo el día y matando todavía a bastantes de ellos. Después, regresaron al poblado, trayendo consigo las cabelleras y las armas que habían capturado, los arcos y las lanzas, los escudos y los tocados de guerra. Todo el mundo estaba contento porque los hombres habían logrado una gran victoria.
La noche siguiente al día de la batalla, Pa-hu-ka’-tawa descendió hasta la vivienda de su hermano, y le dijo que quería hablar con él. Su hermano despertó a todas sus esposas y les hizo salir de la vivienda, diciéndoles que no volviesen hasta que él las llamase. Entonces, Pa-hu-ka’-tawa dijo a su hermano:
«Ahora, hermano mío, tu gente ha visto ya si cuanto les dije es cierto o no. Habéis visto lo que ha sucedido y podéis juzgar. Ahora, hermano, quiero que toques mi cuerpo; nadie más que tú ha de sentirme, hermano mío». Su hermano pasó sus manos por todo su cuerpo, pecho, brazos y piernas. Pa-hu-ka’-tawa añadió: «Ahora, pon tus manos encima de mi cabeza y toca ahí». Asilo hizo el otro y, cuando tocó, sintió algo blando. Pa-hu-ka’-tawa dijo: «¿Sabes qué es eso? Son los plumones».
Entonces le contó la historia de cómo le habían matado. Y dijo: «Aquel día, después de que me mataran, todas las especies de Nahu’rac se apiadaron de mí. Las moscas y los chinches, los peces y los pájaros, los ciervos y los lobos, todos los animales se compadecieron de mí y me ayudaron a volver de nuevo a la vida. Buscaron por todas partes mi carne y mis huesos dispersos y los juntaron todos otra vez. Pero hubo una parte de mí, la parte superior de mi cráneo, que no pudieron encontrar. Los chinches se arrastraron por el suelo en busca de ella, los peces nadaron a través del agua buscándola, las moscas zumbaron por todas partes sobre la arena, y los ciervos y los lobos la buscaron por la pradera, pero en ninguna parte pudieron encontrar esta parte de mi cuerpo. Tampoco pudieron encontrar mis sesos. Tal vez, cuando me mataron, las cornejas se los comieron. Cuando hubieron reunido todos los pedazos, colocaron cada uno en su sitio de manera que volvieran a tener la forma de un hombre y, en lugar de la parte superior del cráneo y los sesos, pusieron plumones: Después de juntar todos los pedazos uno con otro, se congregaron todos a mi alrededor y comenzaron a orar, y después pasaron sus patas por encima de mí y danzaron y cantaron, y, por fin, empecé a respirar un poco. Entonces volvieron a orar y, de nuevo, pasaron sus patas por encima de mí hasta que, al rato, ya pude respirar con regularidad. Ya no estaba muerto; estaba vivo otra vez. Mas no vivo como una persona, sino como un espíritu.
»Yo estoy en todas las cosas; en el viento, en la lluvia, en la hierba. Voy por todo el mundo. Yo soy el viento que acaricia cada rincón de la tierra. No hay nadie por encima de mí excepto Ti-ra’-wa. Solamente estoy por debajo de él. Él es el que lo gobierna todo. Cuandoquiera que cualquier ser humano en esta tierra, hombre, mujer o niño, dice algo acerca de mí, yo jamás dejo de oírlo. Debes decirle esto a todo el mundo, y decirles también que, cuando se encuentren en la enfermedad o en la desgracia, me ofrezcan sus oraciones, y yo les curaré o ayudaré.
»Ahora ya sabes que estoy vivo, pero soy un espíritu; y, cuando quiera que tu pueblo entre en combate con los Sioux, si me rezáis a mí e invocáis mi nombre pidiéndome que os ayude a ser bravos y a ganar en la batalla, yo os escucharé. Si queréis ser bravos, si no queréis ser heridos en la lucha, aun cuando el enemigo se hallase justo sobre vosotros, asestándoos golpes y disparándoos, yo os protegeré. Yo viviré eternamente, por tanto tiempo como este mundo exista. Y en tanto que yo permanezca con vosotros, deseo que sometáis a los Sioux todo lo que os sea posible, en nombre de lo que me hicieron a mí cuando me mataron y cortaron mi cuerpo en pedazos. Quiero que venzáis y conquistéis a los Sioux cada vez que vengan a atacar vuestro poblado.
»Bien, hermano. Siempre que yo descienda para verte, quiero que no te canses de mí. Quiero venir a verte a menudo, y hablar contigo para decirte lo que va a suceder y prevenirte cada vez que los Sioux vengan a atacar a los Skidi. Yo voy por todas partes, a los campamentos de las distintas bandas Sioux, y oigo cuanto los jefes están diciendo en sus consejos; cuando hablan de enviar partidas de guerra contra vosotros. Aunque descienda a menudo para verte, no te canses de mí».
Él sabía que su hermano se negaría a escucharle en alguna ocasión, pero su propio hermano no lo sabía y le dijo: «Nunca me cansaré de ti».
Algún tiempo después de esto, los Sioux salieron de nuevo a atacar el poblado Skidi. Dos días antes de que lo alcanzasen, Pa-hu-ka’-tawa descendió hasta su hermano y le advirtió, diciéndole: «Una gran partida guerrera de Sioux estará aquí pasado mañana para luchar contra vosotros. Pero yo voy a ocuparme de ellos. En la mañana del segundo día a partir de hoy, di a toda la gente que esté preparada y que tengan todos sus caballos atados junto a las viviendas, donde los puedan tener a mano. Después, si miras al cielo, verás nubes negras, como si fuera a caer una fuerte lluvia. Cuando comencéis a luchar, no tengáis miedo del enemigo. No tengáis miedo de ellos; id derechos contra ellos; ellos no serán capaces de disparar, pues las cuerdas de sus arcos estarán mojadas y las tiras de tendón se dilatarán y se saldrán de los extremos de los arcos. De este modo no podrán heriros».
Al segundo día por la mañana, tal como él había anunciado, los Sioux se aproximaron al poblado y los guerreros Skidi salieron a su encuentro. El cielo, por encima de sus cabezas, aparecía completamente negro de nubes. Cuando la lucha comenzó, descargó la fuerte lluvia; pero no llovió en todas partes, sino solamente allí donde estaban los Sioux. Las cuerdas de sus arcos se mojaron, de manera que no pudieron usarlas ya que las tiras de tendón habían dado de sí y, cuando los Sioux fueron a tensar sus arcos, aquéllas resbalaron y se soltaron de los extremos de los arcos, con lo que se quedaron sin la fuerza necesaria para lanzar sus flechas. Los Skidi vencieron a los Sioux y les hicieron alejarse en retirada. La lluvia persiguió a los Sioux, y sólo caía sobre ellos y sobre ninguna otra parte. Y los Sioux huyeron, y los Skidi lograron una gran victoria.
Al poco tiempo de esto, Pa-hu-ka’-tawa volvió a visitar a su hermano, y le dijo: «Hermano mío, siempre que celebréis un banquete o un consejo de ancianos, debéis fumar en mi honor y decir: “Padre, queremos que nos ayudes”. Entonces yo os oiré. Al mismo tiempo debéis rezar a Ti-ra’-wa. Hay uno por encima de todos nosotros que es quien gobierna todas las cosas. No quiero que se hable de mí corrientemente ni por gente común sino que, cuando quiera que celebréis un banquete, deberéis llamar a los hombres jóvenes y hablarles de mí y que ellos escuchen». Pa-hu-ka’-tawa no quería que su nombre fuera utilizado de forma irreverente, ni que el relato de lo que él había padecido y había llevado a cabo fuera narrado de manera corriente o por mera diversión. Es un relato sagrado que debe contarse únicamente en ocasiones solemnes.
Algún tiempo después de esta conversación con su hermano, volvió a bajar de nuevo a visitarle. Otro hombre estaba viviendo entonces en la casa de su hermano y, aquella noche, su hermano no estaba allí sino que estaba durmiendo en otro lugar. Pa-hu-ka’-tawa preguntó al hombre dónde estaba su hermano. Él le respondió: «No está aquí esta noche, está durmiendo en otro lugar». Pa-hu-ka’-tawa dijo: «Ve y dile que estoy aquí y que quiero verle». El hombre fue a dar el mensaje al hermano, pero él contestó: «No quiero ir. Dile que estoy dormido». El hombre volvió y dijo a Pa-hu-ka’-tawa que su hermano no podía venir. Dijo: «Está dormido». Pa-hu-ka’-tawa le envió de nuevo a buscar a su hermano. El hombre volvió, y dijo al hermano: «Te quiere ver a toda costa». Mas el hermano respondió: «Dile que no puedo ir; esta noche quiero dormir». El hombre regresó y dijo: «No quiere venir, está durmiendo». Y una tercera vez fue enviado a por el hermano, para decirle que viniera, que su hermano requería su presencia. Pero aquél volvió a mandarle mensaje de que no podía, porque tenía demasiado sueño. Entonces Pa-hu-ka’-tawa dijo: «Muy bien. Vuelve y dile que duerma, pues; que duerma todo lo que quiera. Ya le anuncié una vez que un día se cansaría de mí por fin. Déjale dormir cuanto quiera, ya no vendré a verle más. Puedo ir a cualquier otra tribu. Ésta es la última vez que vengo aquí. Dile que duerma. Ya no le molestaré más. Ahora me voy, pero di a la gente que no me olvide; que hable de mí en algunas ocasiones y que me rece, que yo les ayudaré y cuidaré de la tribu».
Y así Pa-hu-ka’-tawa partió hacia los Rees y ya su gente no volvió a saber de él; después de aquello ya nunca volvió a visitarles. Cuando la gente se enteró de esto, se sintió muy apesadumbrada, y todos estaban enojados con el hermano por no querer verle. Hace no mucho tiempo, vivía entre los Rees una anciana que, cuando era una niña, había visto y hablado a Pa-hu-ka’-tawa.
NOTA. —Ésta es una historia Skidi. Los Rees tienen una historia que cuenta lo que Pa-hu-ka’-tawa hizo desde que fuese a ellos. Las tribus del Poblado Inferior tienen otra historia de un héroe de este mismo nombre que es completamente diferente de la de los Skidi.