Cuentos de los indios pawnee
Capítulo II
Desde aquel momento, cuando quiera que el joven veía algo que fuese agradable o bonito, como por ejemplo medallas, pendientes, anillos de mujer, polainas de cuentas ensartadas, brazaletes, collares, adornos de conchas, abalorios —cosas que no tenían los comanches— daba un pony a cambio de ellas. Así prosiguió durante un año, reuniendo gran cantidad de cosas bonitas. Al término de dicho año ya no le quedaba ningún caballo; los había dado todos para conseguir estos presentes. Entonces hizo un hato con todos ellos y le habló una noche a su amigo, diciéndole: «Voy a partir de campaña de nuevo, y me gustaría que vinieras conmigo; iremos los dos solos». Su amigo aceptó ir con él.
II
Antes de que llegara la hora de partir, otros jóvenes se enteraron de ello y algunos se les unieron. Se juntaron ocho en total. Kut-a’wi-kutz era el jefe. Dijo a sus jóvenes hombres que irían a cierto lugar donde sabía que había muchísimos caballos pintos para robar. Emprendieron la marcha a pie. Después de varios días de viaje, llegaron al lugar donde había estado el campamento en el que él descubriera a la muchacha. Pero ahora no había allí campamento alguno.
Continuaron más adelante y, por fin, llegaron a un campamento y se escondieron. Cuando llegó la noche, el jefe dijo a sus hombres que permaneciesen ocultos donde estaban mientras él se adelantaba para ver si había allí caballos que tomar. Atravesó todo el campamento buscando la vivienda en que había visto a la muchacha, pero no la encontró. Entonces volvió a donde se ocultaban los jóvenes, y les dijo que aquél no era el campamento que buscaban; que allí no estaban los caballos pintos que deseaban. En el campamento del año anterior había muchos caballos pintos.
Los jóvenes no entendieron esto y algunos de ellos no querían abandonar este campamento sin llevarse ningún caballo, pero él era el líder y ellos hicieron lo que les dijo. Dejaron aquel campamento y siguieron adelante.
Después de viajar durante varios días, llegaron a otro campamento y se ocultaron en sus proximidades. Cuando se hizo de noche, Kut-a’wi-kutz dijo a sus hombres: «Permaneced aquí escondidos, yo me adentraré en el campamento y veré si es el que andamos buscando». Atravesó el campamento, pero no encontró la vivienda que buscaba. Regresó entonces a su escondrijo y dijo a su partida que aquél tampoco era el campamento que Buscaban, que los caballos pintos tampoco estaban allí. Abandonaron el campamento y prosiguieron la marcha.
Cuando hubieron llegado a las proximidades de las montañas, vieron otro campamento. Kut-a’wi-kutz se adentró solo en él y, una vez lo hubo examinado todo, volvió con sus seguidores y les dijo que aquél sí era el campamento que habían estado buscando. Entonces envió a sus hombres al campamento a robar los caballos y él se puso las finas polainas y mocasines que llevaba en su hato, y se pintó y marchó con ellos. Cogió un caballo y su amigo cogió otro. Se reunieron fuera del poblado y él le dijo a su amigo que montase en su caballo y condujera al otro y al resto de la partida a cierto lugar del este, y le esperasen allí. «He visto,» dijo, «otro hermoso caballo que me gusta, y quiero volver y tomarlo».
Su amigo le miró apenado y dijo: «¿Por qué vas ataviado de esta manera, y por qué has pintado tu cara? ¿Qué vas a hacer o qué estás planeando? Tal vez te propones hacer algo grande y no deseas que yo, tu amigo, lo sepa. Desde hace largo tiempo vengo notando que me ocultas algo».
Kut-a’wi-kutz rodeó a su amigo con sus brazos y lo abrazó y besó, diciéndole: «Tú eres mi amigo; ¿quién puede estar más cerca de mí que tú? Ve y haz cuanto te he dicho, y si todo sale bien, después te lo contaré. Os alcanzaré antes de que haya pasado mucho tiempo».
Sin embargo, su amigo replico: «No, me quedaré contigo. No proseguiré. Te quiero como a un hermano, y permaneceré contigo, y si vas a llevar a cabo alguna hazaña yo moriré a tu lado».