Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 33 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

O’re-ka-rahr

Hace mucho tiempo, cuando la tribu se hallaba en la época de la caza estival, un hombre y su mujer se pelearon. Tenían un hijo, un niño de unos diez meses de edad. Fue cuando se encontraban viajando, yendo de un campamento a otro, cuando comenzaron a discutir. Al final, la mujer se enojó tanto que arrojó el niño a los brazos del hombre diciéndole: «Toma este niño. Te pertenece a ti, pues es un hijo de hombre. Yo no voy a criarlo para ti ni un minuto más». Y se marchó.

El hombre cogió el niño y se lo llevó consigo mientras viajaba. Estaba muy preocupado, tanto por él mismo como por el niño. Se sentía tan desgraciado que casi tenía deseos de matarse. Estaba tan «pobre de mente» porque era una desgracia que, siendo un hombre, estuviera obligado a cuidar de su hijo hasta que éste se hiciera mayor y no tenía parientes femeninos a quienes poder entregárselo para que lo criasen. Era muy infeliz, y determinó abandonar la tribu y vagar solo, apartado de su gente.

Y así lo hizo. Llevaba al niño a su espalda, tal como hace una mujer. Cuando éste lloraba pidiendo la leche de su madre, él se encontraba con que no tenía ninguna que darle. Sólo le quedaba llorar con él. Odiaba la idea de abandonar al niño en la pradera para que quedara a su suerte. Decidió caminar hacia el sur. En esta dirección viajó durante un tiempo, hasta que llegó cerca de las praderas donde pastaban los bisontes. Por aquel entonces, su hijo, de ser un niño gordito, había pasado a ser un niño delgado y famélico, porque no había sido criado. Cuando llegó con los bisontes, mató a una hembra, cogió sus ubres y, mientras todavía estaban frescas, dejó que el niño se amamantase de ellas, hasta que la leche se volvió agria. Después sacrificó a otra hembra, e hizo lo mismo que con la primera. De una u otra manera, hizo lo que pudo por alimentar al niño. A veces cogía un pedazo de carne, lo medio hervía y daba el jugo al niño. Éste empezó a mejorar y a hacerse algo más fuerte. De esta manera pudo mantener al niño durante un período de tiempo bastante largo, y al niño poco a poco le fue bastante bien pues, al fin, terminó acostumbrándose a aquella comida y se puso bien fuerte y sano. Para entonces ya habían hecho un largo recorrido.

Un día el hombre descubrió que el niño podía sostenerse sentado por sí solo. Entonces comenzó a darle todo tipo de cosas para que jugase y se divirtiese. Primero hizo para él un pequeño arco y algunas flechitas, y le enseñó cómo utilizarlos. Fabricó también otras cosas para que el niño se entretuviera y, al fin, éste logró contentarse con jugar solo. Entonces el padre, de vez en cuando, dejaba al niño solo algunos minutos y se alejaba un pequeño trecho, quizá para subirse a lo alto de un promontorio cercano y echar una ojeada sobre la región; pero, a cada pocos pasos, se volvía para mirar al niño y ver si todo estaba bien. Cuando regresaba, encontraba al niño a salvo, contento y jugando. Al cabo de un tiempo podía dejarlo solo por espacio de una hora o así y, a su regreso, el niño seguía jugando contento. Por entonces el niño había comenzado a andar. Finalmente, el padre comenzó a dejarlo solo durante períodos de hasta medio día y, cuando volvía a su lado, lo encontraba jugando y correteando por ahí. No parecía preocuparle mucho el que su padre estuviera ausente. Un día el hombre mató a una hembra de bisonte y puso carne a secar; después la guardó en determinado lugar y dijo al muchacho que, cada vez que tuviese hambre, fuese a tomar un pedazo de ella.

Ahora el padre, de vez en cuando, se ausentaba durante un día entero y, cuando regresaba por la noche, invariablemente el muchacho se hallaba a salvo y tranquilo. Más tarde, hizo un día sus preparativos y se fue para dos días, pasando la noche en otra parte; cuando regresó, el muchacho estaba durmiendo. En una segunda ocasión se ausentó también durante dos días, yéndose muy lejos. Cuando volvió, encontró que el niño se había pintado con arcilla blanca. El padre se sorprendió un poco al verlo, y se dijo a sí mismo: «Algo ha debido presentarse y le ha hablado a mi hijo; seguramente, está cuidando de él mientras yo estoy lejos».

Cuando regresó por tercera vez, al cabo de dos días de viaje, encontró a su

muchacho con un collar de [17] pa’hut alrededor del cuello. El cuarto viaje largo que realizó duró tres días, no ofreció mayores diferencias, si exceptuamos que a su regreso, encontró al muchacho llevando todavía el mismo collar de frutos y, además, una pluma atada a su cabeza. Ahora el padre estaba seguro de que algo estaba cuidando del muchacho mientras él se hallaba ausente y, siempre que se alejaba, rezaba por su hijo diciendo: «No’-a, sea lo que sea lo que está cuidando de mi muchacho, apiádate también de mí».

 

Para entonces ya el muchacho había crecido tanto que podía hablar con él, y un día dijo: «Padre, vete si quieres, y quédate fuera cuatro días; yo estaré bien aquí. Cuando vuelvas, me encontrarás a salvo».

El hombre se fue. Emprendió marcha hacia el sur, con idea de estar fuera durante cuatro días. Cuando hubieron pasado dos días y dos noches desde que partiera, divisó unas señales de humo y dirigió sus pasos hacia ellas. Cuando levantó la cabeza para otear por encima de una colina, antes de cruzarla, descubrió, en la lejanía, a un gran número de hombres y caballos que venían hacia el río que discurría entre ellos y él. Se apostó en aquella colina durante largo tiempo, vigilando para ver dónde iban a acampar. Cuando al fin hubieron acampado, él se metió por un barranco y se arrastró hasta las proximidades del campamento, hasta que pudo ver que sólo había una vivienda y que, alrededor de ella, toda una manada de caballos. Esperó hasta el anochecer y, entonces, fue hacia la vivienda. Había oscurecido ya cuando llegó. La vivienda se hallaba completamente rodeada de caballos; tantos había. Se arrastró hasta ella y miró a través de una pequeña abertura junto a la puerta; y allí, acostado en el lado opuesto a la puerta, vio a un hombre muy grande y, a cada uno de sus lados, una mujer; sólo tres personas en total. Cuando miró atentamente a estas personas, creyó que reconocía a una de las mujeres. Continuó mirándola durante un tato y, por fin, recordó quién era, y que había sido capturada a los Pawnees hacía mucho tiempo. Sus familiares estaban todavía vivos. El hombre grande era un Comanche.

Mientras el Pawnee vigilaba desde fuera de la tienda, el hombre pidió algo a una de las mujeres, y ésta, la cautiva que había reconocido, se levantó para salir de la tienda. El Pawnee se echó a un lado con sigilo, para no ser visto por la mujer. Ésta salió y, en la oscuridad de la noche, avanzó por entre los caballos. El Pawnee la siguió de cerca con mucho cuidado y, poniendo su mano en el hombro de la mujer, le dijo en lengua pawnee: «Amiga, ¿tú perteneces a mi tribu?». La mujer iba a empezar a gritar, pero él aferró con fuerza la mano contra su boca y le dijo: «Silencio. No hagas ruido. No llames a nadie». Entonces ella contestó: «Sí, pertenezco a tu tribu». Y, en voz muy baja y temblorosa, pues tenía miedo, añadió: «¿Tú también perteneces a mi tribu?». Y el hombre afirmó preguntando a su vez: «¿Quién es esa otra mujer que he visto en la vivienda?». Ella respondió: «También pertenece a nuestra tribu y es una prisionera». Entonces el hombre dijo: «Espera y no hagas ruido; voy a matar a ese hombre». Y la mujer aprobó: «Eso está bien. Eso está bien. Ese hombre el más grande de todos los Comanches. Ha venido hasta aquí él primero, pero pronto el resto de los Comanches vendrá a encontrarse con él. Estoy contenta de que mis familiares todavía sigan vivos y de poder regresar para verlos otra vez. Procura no fallar cuando ataques a ese hombre. Yo le diré a la otra mujer que esté preparada, que hay aquí un amigo nuestro. Esperaremos y vigilaremos».

Cuando la mujer volvió a entrar en la vivienda, le susurró a la otra mujer al oído: «Prepárate. Hay aquí un amigo que pertenece a nuestra tribu. Toma tu hacha, y prepárate para ayudarle».

Las dos mujeres esperaron, y el Pawnee se preparó lentamente para disparar al Comanche con su arco. La mujer antes le había sugerido: «Echa a un lado la puerta y dispárale por ella». Él dejó sólo una pequeña abertura, justo lo bastante para que su dardo pasara a través de ella y, cuando llegó el momento, soltó la flecha, ¡U’-ra-rish! la flecha voló derecha y fue a encontrar el corazón del Comanche. Éste murió, y el Pawnee le cortó la cabellera.

Las mujeres se alegraron tanto de encontrar a un amigo que abrazaron al hombre y le dieron palmadas en la espalda. Ahora podrían volver a casa y ver a sus parientes. Luego le preguntaron: «¿Cuántos de vosotros hay aquí?». «Estoy solo», respondió él, y ellas se quedaron muy sorprendidas.

Desmontaron la tienda, empaquetaron todo y lo dispusieron sobre los caballos, llevándose además la manada de caballos y dejando el cuerpo muerto del enemigo en el campamento. Viajaron durante toda la noche y todo el día siguiente y, a medida que avanzaban, él les contó cómo había llegado a encontrarse solo. Ellas le dijeron que había unos trescientos caballos en la manada que ellos conducían. Cuando se hallaban ya muy cerca del lugar donde había dejado al muchacho, el hombre habló a las mujeres de su hijo a quien había dejado allí solo; y las mujeres, tan pronto como oyeron esto, azuzaron a sus caballos para llegar cuanto antes a donde estaba el chico; éste sería de aquella que llegara la primera. Cuando vieron al muchacho, lo tomaron en sus brazos y lo acariciaron y mimaron, adoptándolo como si fuera su propio hijo.

Ahora el padre había dejado de estar triste. Había rescatado a dos mujeres secuestradas, había matado a un enemigo y había robado muchos caballos.

Desde allí continuaron viajando durante días y más días hasta que, por fin, dieron con la tribu de los Pawnee y acamparon junto a ellos. Los caballos rodeaban por completo su vivienda; se podía ver el pico de ésta por encima de las grupas de los animales. A la mañana siguiente, todo el mundo se preguntó quiénes serían aquellos extranjeros. Al fin se dieron cuenta de que eran aquel hombre y aquel niño perdidos, que habían regresado, y con ellos dos mujeres capturadas hacía largo tiempo por los Comanches. Hubo entonces gran regocijo en la tribu, y el hombre regaló a sus amigos muchos caballos. Por aquellos días los Pawnees no poseían demasiados caballos, y parece que este hombre trajo buena suerte a la tribu en lo que a monturas se refiere.

Desde entonces, los Pawnees siempre han tenido muchos caballos. La madre del muchacho acudió a verlo; se alegró enormemente de que estuviese vivo, pero fue azotada fuera de la vivienda.

El muchacho creció hasta que se hizo un hombre, y llegó a ser bastante rico. Cuando ya se hubo hecho mayor, contó a su padre que siempre, desde cuando él podía recordar, un gran ciervo macho le había hablado y cuidado de él; que aquel animal le había salvado y les había traído buena fortuna. Con el fin de que O’re-ka-rahr pudiera ser recordado, estableció una danza, llamada la «danza del ciervo», que se ha venido ejecutando hasta nuestros días.

Muchas cosas maravillosas sucedieron después a este mismo joven. Una vez salió en una partida de guerra contra los Cheyennes y les robó a éstos algunos caballos. Los Cheyennes les persiguieron y los alcanzaron, y sostuvieron una gran batalla. El primer hombre en morir fue este joven. Era muy bravo, y los Cheyennes cortaron su cuerpo en pequeños trozos pero, aquella noche, relampagueó y tronó y más tarde llovió y, poco después de que la tormenta se calmara, el muchacho entró caminando en el campamento, vivo otra vez. Tenía todo el cuerpo lleno de cicatrices, en todos los lugares donde había sido herido por el enemigo, pero había vuelto a la vida porque el ciervo se había cuidado de él. Durante largo tiempo vivió para mostrar todas las cicatrices de las batallas en que había participado.