Cuentos de los indios pawnee
El muchacho que fue sacrificado
Hubo un tiempo, muy lejano en el pasado, en que algunas gentes pensaban que era bueno sacrificar a Ti-ra’-wa lo más precioso que tenían, fuera lo que fuese. El sacrificio de un animal, la ofrenda quemada, ha sido de siempre una costumbre de los Pawnees; ésta es una de las cosas transmitidas por el creador. Es una costumbre muy antigua. Los Skidi han llevado a cabo siempre el sacrificio del cautivo. Cada uno de estos sacrificios es sagrado y solemne, pero no es como el de ofrecer algo que pertenece a uno, que uno ama. Es un sacrificio, pero no cuesta mucho.
Hace muchos años, en el poblado Skidi junto al río Loup, vivía un hombre que creía que, si sacrificaba su hijo a Ti-ra’-wa, esto le traería una bendición. Pensaba que, si hacía tal cosa, quizá Ti-ra’-wa le hablaría cara a cara, y que podría hablar con él del mismo modo que dos personas hablarían la una con la otra, y que, de esta manera, aprendería muchas cosas que el resto de la gente no comprendía. Su hijo era un agradable muchacho de unos diez años de edad, fuerte y de buen crecimiento, al que su padre quería mucho. Pensar en matarlo le hacía sentirse mal. Durante largo tiempo estuvo meditando sobre esto pero, cuanto más pensaba en ello, más convencido estaba de que este sacrificio complacería a Ti-ra’-wa. Había muchas cosas que él deseaba comprender, y también hacer; y pensaba que, si ofrecía a su hijo, estas cosas buenas podrían acceder a él. De modo que decidió al fin llevar a cabo el sacrificio.
Una mañana salió del poblado llevando a su hijo consigo. Caminaron hacia el Platte. Cuando llegaron al río, comenzaron a caminar a lo largo de él y, según avanzaban, el hombre sacó el cuchillo de su funda y, cogiendo al muchacho de un hombro, lo apuñaló rápidamente y lo abrió con su afilada hoja. Cuando el muchacho estaba ya muerto, el padre arrojó su cadáver al río y, después, regresó al poblado. Una vez allí, entró en su vivienda y se sentó. Al cabo de un tiempo, le dijo a su esposa: «¿Dónde está el muchacho?». La mujer respondió: «Salió contigo, cuando fuisteis a ver los caballos». El hombre dijo: «No, yo fui a donde pastan los caballos y les eché una ojeada, pero él no vino conmigo».
El hombre entonces salió y buscó al niño por todo el poblado, pero dijo que no pudo encontrarle. Por la noche, cuando vieron que el muchacho no había regresado a casa, comenzaron a asustarse y, durante dos días, estuvieron buscándole por todas partes hasta que, al fin, encargaron al anciano pregonero que se subiese a la parte superior de su vivienda y gritase su nombre, y preguntase si alguien le había visto, pero nadie sabía qué había sido del muchacho. La madre entonces empezó a llorarle y a guardar luto por él, y el padre fingió sentirse muy apenado. No pudieron encontrar al chico y, al cabo de poco tiempo, la tribu salió a llevar a cabo su cacería de verano, y el padre y la madre salieron con ellos. El poblado hizo una buena cacería, matando a gran cantidad de búfalos, y pusieron mucha carne a secar.
Después que el padre arrojara al niño al río, el cuerpo de éste flotó corriente abajo, quedando a veces detenido en medio de un remolino y dando vueltas y más vueltas y, otras veces encallándose en alguna orilla arenosa para, después, volver a alejarse flotando con el descenso de la corriente. Hasta que, al fin, fue a pasar junto al lugar donde está el gran remolino, bajo la pendiente rocosa de Pa-huk’, donde está la sede de los Nahu’rac. Posadas sobre las rocas había dos águilas ratoneras, justo encima de este lugar y, mientras se sentaban allí, una de ellas estiró el cuello y miró corriente arriba; entonces, volvió su cara hacia su compañera y dijo: «Veo un cuerpo». Y las dos águilas ratoneras descendieron en un vuelo hasta el punto donde el cuerpo flotaba por encima del agua y, zambulléndose debajo de él, lo elevaron sobre sus espaldas y lo sacaron del agua volando con él hasta las rocas. Entonces, llevando al muchacho sobre sus espaldas, lo depositaron en el suelo encima de la roca más alta, cerca de la gran cueva en la que habitan los Nahu’rac. En este lugar había toda clase de animales, y toda clase de aves. Había osos, pumas, bisontes, alces, castores, nutrias y ciervos; toda clase de animales, grandes y pequeños, y toda clase de aves, como digo, de entre las que destacaba un pequeño pajarito, más minúsculo que una paloma, con el lomo azul, el pecho blanco y su cabeza manchada. Vuela velozmente sobre el agua y, cuando ve un pez, se zambulle en el agua para cazarlo. Este pájaro es el sirviente o mensajero de los Nahu’rac. En cuanto las águilas ratoneras hubieron dejado el cuerpo del muchacho en el suelo, el pequeño pájaro voló hasta él y se detuvo a mirarlo. Cuando vio de qué se trataba —porque él sabía cuanto había sucedido— descendió volando por la cueva e informó a los Nahu’rac acerca del muchacho. El pájaro explicó: «Hay un muchacho allá arriba en la colina. Está muerto, y es pobre, y quiero devolverle de nuevo a la vida». Entonces contó a los Nahu’rac las cosas tal como habían ocurrido. Cuando el mensajero hubo acabado su relato, los Nahu’rac se reunieron en consejo durante largo rato para decidir seriamente lo que debía de hacerse, y cada uno de ellos tomó la palabra para dar su opinión sobre el asunto, pero no pudieron tomar una decisión acerca de lo que deberían hacer.
El pequeño pájaro trataba de animar a los Nahu’rac, diciendo: «Vamos, hay que salvar su vida». Pero los Nahu’rac no podían decidir nada. Por fin, el jefe de los Nahu’rac dijo: «No, mensajero, nosotros no podemos decidir esto aquí. Tendrás que ir a otros consejos de Nahu’rac y ver lo que ellos dicen del asunto». El pájaro dijo: «Allá voy», y, en un vuelo rápido, salió de la vivienda y remontó el río hasta que llegó a la otra vivienda de Nahu’rac junto al Arbol Solitario. Cuando llegó allí, contó a los animales lo que pasaba con el muchacho y les dijo que el consejo de Pa-huk’ no podía decidir lo que había que hacer con él. Los Nahu’rac entonces deliberaron y, por fin, uno de ellos dijo: «Tampoco nosotros podemos decidir. El consejo de Pa-huk’ habrá de nacerlo». Entonces el pájaro mensajero fue hasta la vivienda del río Loup, y también allí le dijeron los Nahu’rac que no podían, decidir. Después fue a Kitz-a-witz-uk, y a Pa-hur’; y en cada uno de estos lugares los Nahu’rac consideraron el caso y hablaron de él, y luego dijeron: «No podemos decidir lo que ha de hacerse. El consejo de Pa-huk’ deberá decidir por sí mismo la cuestión».
Por fin, después de haber visitado todos los consejos de los Nahu’rac, el pájaro voló rápidamente hasta la vivienda de los Pa-huk’, y allí les dijo lo que los animales de las otras asambleas le habían dicho. En el consejo de los Nahu’rac en Pa-huk’ había cuatro jefes, que se sentaban en el centro en calidad de jueces para determinar asuntos tales como éste, una vez que todos habían hablado, y decidir lo que habría que hacer. Cuando el pájaro mensajero volvió y contó a los Nahu’rac lo que los otros consejos habían dicho, estos jueces deliberaron durante un rato y, por fin, el jefe principal de todos ellos dijo el pájaro: «Ahora, mensajero, hemos concluido que nosotros no vamos a decidir esta cuestión. Tú decidirás, y se hará lo que tú digas».
El mensajero no tardó apenas en decidir. No vaciló. Dijo: «Quiero que este muchacho vuelva a la vida». Entonces, todos los Nahu’rac se pusieron en pie y fueron hasta donde yacía el muchacho. Se congregaron todos en torno a él y rezaron hasta que por fin el muchacho respiró una vez y, después, al cabo de un rato, respiró otra vez, y así hasta que volvió a la vida. Cuando miró a su alrededor y vio a todos aquellos animales de pie en torno a él, no acababa de comprender, y se dijo a sí mismo: «Vaya, mi padre me apuñaló y me mató, y ahora estoy aquí entre toda esta multitud de animales. ¿Qué significa esto?». Estaba sorprendido.
Los Nahu’rac regresaron todos a la vivienda y llevaron al muchacho consigo. Cuando todos se hallaban sentados dentro de la vivienda, los cuatro jueces hablaron el uno con el otro, y el jefe de todos ellos se puso en pie y dijo: «Ahora, amigos míos, hemos devuelto a este muchacho a la vida, pero es pobre y debemos hacer algo por él. Enseñémosle cuanto nosotros conocemos y hagamos de él uno de nosotros». Entonces todos a una los Nahu’rac emitieron cierto ruido. Estaban contentos. Después comenzaron a cantar y a bailar. Enseñaron al muchacho sus secretos y todas sus costumbres. Le enseñaron cómo abrir a un hombre con un cuchillo y cómo curarlo otra vez, y cómo atravesar a un hombre de un flechazo y después curarlo, y cómo cortar a un hombre la lengua y luego ponérsela otra vez en su sitio, y cómo reparar una pierna rota y muchos otros asuntos. Una vez hubieron hecho todas estas cosas, dijeron al muchacho: «Ahora, te hemos traído de nuevo a la vida y te hemos enseñado todos nuestros conocimientos para que seas uno de nosotros. Ahora debes quedarte a nuestro lado una estación. Tu gente ha salido para la cacería de verano. Deberás permanecer con nostros hasta el otoño. Entonces podrás regresar con tu gente». Así que el muchacho se quedó a vivir un tiempo en la casa de los Nahu’rac.
Al fin los Skidi volvieron de su caza con abundancia de carne curada. Poco después, los Nahu’rac dijeron un día al muchacho: «Tu gente ha vuelto ya de la caza. Ahora puedes regresar a tu poblado. Vuelve y reúne una gran cantidad de buena carne seca y nos la traes a nosotros aquí, para que con ella celebremos un banquete».
El muchacho se encaminó hacia su poblado. Llegó allí por la noche, se dirigió directamente a la vivienda de su padre, y entró. Había un pequeño fuego ardiendo dentro de la vivienda. Estaba casi apagado y no daba más que una débil luz, pero él conocía el lugar donde su madre dormía. Fue hasta ella, le tocó y le empujó un poco con la mano. Entonces ella se despertó y le miró, y él dijo: «Madre, he vuelto». Cuando ella lo vio y le oyó hablar, se quedó muy sorprendida, pero su corazón estaba muy contento de ver al muchacho otra vez. La mujer llamó a su esposo, y éste se despertó. Cuando vio al muchacho sintió mucho miedo, pues pensó que era un fantasma. El muchacho no les dijo nada de cuanto había ocurrido, ni dónde había estado. Simplemente dijo: «He vuelto a casa».
Por la mañana, toda la gente se sorprendió mucho al oír que había regresado, y mucho más al verle, y todos se congregaron a su alrededor mirándole y haciéndole preguntas, pero él no les dijo nada. Al día siguiente la gente todavía le preguntaba, y al fin el muchacho dijo: «He estado todo el verano con amigos, con gente que ha sido buena conmigo, y me gustaría llevarles como presente algo de carne seca para poder celebrar un banquete». A la gente esto le pareció bien. Escogieron cuatro fuertes caballos y los cargaron con carne seca, los mejores pedazos. El padre del muchacho le dio también a éste algo de carne, y todo el resto de la tribu trajo también sus pedazos y los pusieron sobre los caballos, hasta que éstos estuvieron bien cargados. Dos hombres jóvenes fueron escogidos también para ayudar al muchacho a cargar y a conducir los caballos, y los tres partieron con ellos hacia la vivienda de los Nahu’rac en Pa-huk’.
Cuando se hallaban ya muy cerca del lugar, el muchacho envió a los jóvenes que le acompañaban de vuelta al poblado y él continuó solo, conduciendo a los caballos cargados delante de él. Cuando llegó a la vivienda de los Nahu’rac, bajó la carga de sus caballos y los dejó libres, y ellos volvieron solos hasta el poblado; entonces él entró en la vivienda. Cuando los Nahu’rac lo vieron, hicieron todos un ruido silbante. Se alegraban de volver a verlo. El muchacho entró en la vivienda toda la carne seca que traía y entonces celebraron un gran banquete. Después, ejecutaron una «danza del hombre medicina» e hicieron al muchacho hombre medicina; y de nuevo, los animales enseñaron al muchacho todo cuanto sabían. Al poco, él mismo era capaz de hacer muchas cosas prodigiosas. Algunas veces, podía ir hasta un hombre que había yacido muerto durante un día y traerlo de nuevo a la vida.
Nadie se enteró nunca de lo que el padre había hecho, pues el muchacho jamás se lo contó a nadie. Él sabía que nunca habría aprendido todas estas cosas maravillosas si su padre no le hubiese sacrificado.