Cuentos de los indios pawnee

George Bird Grinnell · Capítulo 27 de 37

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Cuentos de los indios pawnee

El hombre oso

Había una vez un muchacho que, cuando se hallaba jugando con sus compañeros, solía a menudo imitar las costumbres del oso, y hacer ver que él era uno de ellos. Los chicos no sabían mucho acerca de los osos, apenas sabían de la existencia de tales animales.

Sucedió una vez que, antes de que este niño naciera, su madre se había quedado sola en casa, pues su padre había partido de campaña hacia una región enemiga, y esto ocurría unos cinco o seis meses antes de que el niño naciese. Cuando su padre avanzaba en su marcha hacia la batalla, se encontró un diminuto osezno, muy pequeño, cuya madre había abandonado, y lo recogió. Él no quería matarlo al verlo tan joven y desamparado. Le parecía como si fuera un niño pequeño. El cachorrillo levantaba su cabeza hacia él y gemía lastimeramente como buscando su protección; no conocía nada mejor. Y el hombre no era capaz de matarlo ni de dejarlo allí.

Después de pensar en ello durante un rato, puso una cuerda alrededor de su cuello y le ató también un poco de picadura medicinal para fumar (tabaco indio), y dijo: «Pirau' (niño), tú eres un Nahu'rac; Tira’-wa te hizo, y él cuida de ti. Él velará por ti, pero yo pongo estas cosas en torno a tu cuello para demostrar que tengo buenos sentimientos hacia ti. Espero que, cuando mi hijo nazca, los Nahu'rac cuiden de él, y lo vean crecer como un buen hombre, como espero de Ti-ra’wa que cuide de ti y de mí». Y allí estuvo mirando y hablando al pequeño oso durante un buen rato para, después, seguir su camino.

Cuando regresó al poblado al término de su campaña, contó a su mujer lo del pequeño osezno, y cómo él le había estado contemplando y hablando.

Cuando su hijo nació, tenía todas las maneras de un oso. Así es entre los Pawnees. Una mujer, cuando va a nacerle un hijo, no debe mirar atentamente a ningún animal, porque el niño puede salir como él. Hubo una mujer en la banda Kit-ke-hahk’-i que cogió un día a un conejo y, como éste era suave y tierno, ella lo tomó con sus manos y lo sostuvo delante de su cara haciéndole mimos y, cuando su hijo nació, tenía la nariz partida como un conejo. Este hombre todavía vive.

El niño de esta historia, que era como un oso, a medida que iba creciendo adoptaba más y más las costumbres de un oso. A menudo se alejaba solo y se ponía a rezar al Oso, pues él se sentía como un oso. Solía incluso decir, en forma jocosa, a los otros mozalbetes que él podía convertirse en un oso.

Cuando se hubo hecho un hombre, salió una vez con una partida de guerra de unos treinta y cinco hombres. Él era el cabecilla de la partida. Marcharon siguiendo el curso del Agua Corriente hacia el norte y, antes de que hubiesen llegado a poblado alguno, fueron descubiertos por los Sioux. Los enemigos se lanzaron en su persecución y, finalmente, los rodearon y se entabló la batalla. Los Pawnees llevaban las de perder; sus enemigos eran mucho más numerosos, y todos resultaron muertos.

La región donde esto tuvo lugar es rocosa, y en ella crecen muchos cedros que servían de morada a multitud de osos que vivían allí también. La batalla se libró por la mañana; y los Pawnees fueron todos muertos en una hondonada entre colinas rocosas. Aquella misma tarde, después de la lucha, dos osos acertaron a pasar por aquel lugar. Cuando llegaron al lugar donde fueran exterminados los Pawnees, encontraron uno de los cuerpos, y uno de ellos, una osa, lo reconoció como el de aquel muchacho que era como uno de ellos. Entonces llamó al otro oso y le dijo: «Aquí está el hombre que fuera tan bueno con nosotros. A menudo elevaba humos sagrados en nuestro honor, y cada vez que comía solía siempre tomar un pedazo de su comida y dárnoslo a nosotros, diciendo: “Aquí tenéis algo de comer. Tomad esto”. Aquí está el hombre que siempre nos imitaba, que cantaba y hablaba acerca de nosotros. ¿Puedes hacer algo por él?». Y el oso macho dijo: «Me temo que no pueda hacer nada. No tengo poder. Pero lo intentaré. Sólo puedo hacer algo si el sol brilla. Parece que tengo más poder cuando el sol brilla sobre mí». Aquel día era frío y nevaba, y el cielo estaba nuboso. De vez en cuando, las nubes pasaban y salía el sol durante un ratito, pero después las nubes volvían a cubrirlo.

El cuerpo del hombre se hallaba cercenado, casi cortado en pedazos a golpes de hacha, pues era el guerrero más bravo de todos. Los dos osos recogieron los pedazos del hombre y los juntaron y, después, el oso macho se tendió boca arriba y puso al hombre sobre su pecho, y la osa se acostó sobre él para calentar el cuerpo. Así utilizaron de su medicina con aquel cuerpo y, de vez en cuando, el oso macho elevaba su voz diciendo: «A-Ti’-us (Padre), ayúdame. Quisiera que el sol brillase». Al cabo de un rato, el cuerpo muerto se fue haciendo más cálido y comenzó a respirar un poquito. Todavía se hallaba todo cortado, pero había comenzado a cobrar vida. Muy pronto el hombre comenzó a moverse y a volver al mundo y, entonces, se hizo consciente y resucitó.

Cuando hubo vuelto en sí y abierto sus ojos, vio que estaba en presencia de dos osos. El oso macho le habló, y dijo: «No es a mí a quien debes el estar de nuevo con vida. Fue la osa quien me pidió que te ayudase y te hiciera revivir. Sin embargo, no estás del todo curado. Debes venir y vivir con nosotros durante un tiempo, hasta que tus heridas hayan sanado». Los osos se llevaron al hombre consigo. Pero éste estaba muy débil y, de tanto en tanto, a medida que iban avanzando, se desmayaba y caía; pero los osos le ayudaban a levantarse y le sostenían. Y así lo llevaron con ellos, hasta que llegaron a una cueva en las rocas, entre los cedros, que era su casa. El hombre vivió con los osos hasta que estuvo completamente curado de sus heridas y, para entonces, había llegado a entender todas sus costumbres. Los dos viejos osos le enseñaron todo cuanto sabían. El oso macho le dijo: «Ninguno, de entre todos los seres vivientes y animales que pueblan el país, es tan grande ni tan sabio como los osos. No hay animal que nos iguale. Cuando tenemos hambre, salimos, cazamos alguna pieza y nos la comemos. Yo no engendré la sabiduría que poseo. Yo soy un animal, y debo elevar mis ojos hacia otro ser. Él me hizo, me hizo para ser grande. Fui creado para vivir aquí y para ser grande pero, aun así, habrá un fin para mis días, lo mismo que para todos nosotros a quienes Tira’-wa ha creado sobre la tierra. Yo voy a hacer de ti un gran hombre; pero no debes engañarte a ti mismo. Tú no debes pensar que soy grande, o que puedo hacer grandes cosas de mí mismo. Debes siempre mirar arriba, al que da todos los poderes. Serás grande en la guerra y grande en la fortuna.

»Ahora que ya estás restablecido, yo te llevaré de vuelta a tu casa; y, después de esto, quiero que nos imites. Esto será parte de tu grandeza. Yo velaré por ti. Te daré una parte de mi propio ser. Si yo soy muerto, tú también lo serás. Si yo me hago viejo, tú también envejecerás.

»Quiero que mires a uno de los árboles que Ti-ra’-wa hizo sobre esta tierra y deposites tu dependencia en él. Ti-ra’-wa hizo este árbol (señalando a un cedro). Contempla este árbol y tenlo siempre contigo; y, cuando estés en tu vivienda y

escuches tronar y relampaguear[12], echa algo de madera en el fuego y deja que el humo se eleve. Mantén esto en tu mente».

El plantígrado cogió una piel de oso e hizo un gorro con ella para cubrir el cráneo descubierto del hombre, y entonces todas sus heridas quedaron curadas y él volvía a estar más fuerte y sano que nunca. Su gente casi le había olvidado; había desaparecido hacía tanto tiempo, que todos suponían que la partida entera había perecido.

Entonces el oso macho dijo: «Ahora, emprenderemos ese viaje». Y partieron; viajaron hasta las proximidades del poblado y esperaron allí hasta que se hizo de noche. Entonces el oso le dijo: «Entra en el poblado y di a tu padre que estás aquí. Después consigue para mí un pedazo de carne de búfalo, una cuenta azul, un poco de

tabaco indio y un poco de arcilla de olor dulce»[13].

El hombre entró en el poblado y su padre se quedó muy sorprendido, alegrándose mucho de verlo otra vez. Él cogió los presentes solicitados y se los llevó al oso y, cuando se los dio, el animal le habló por última vez.

Cuando ya estaban a punto de separarse, el oso se acercó y, poniendo sus patas delanteras en torno a él, le abrazó colocando su boca contra la boca del hombre, y le dijo: «Esta piel que a mí me envuelve, y que te ha tocado, te hará grande y será una bendición para ti». Sus zarpas rodeaban los hombros del Pawnee, y el animal las deslizó por sus brazos hasta detenerse en las manos, entonces le estrecho éstas y le dijo: «Mis manos, al tocar las tuyas, harán de éstas unas manos grandes y valientes que no temerán a nada. He rozado tu cuerpo con mis manos, para que tú seas tan fuerte como yo. Y he tocado tu Soca con la mía para que seas tan sabio como yo». Entonces se separaron y el oso se alejó.

Y así este hombre se convirtió en el más grande y más bravo de todos los guerreros. Era como un oso. Él dio origen a la danza del oso que todavía existe entre la tribu de los Pwnees. Vivió hasta una edad muy avanzada y murió. Sospecho que el viejo oso murió al mismo tiempo que él.