Cuentos de los indios pawnee
Cuentos heroicos
JEFE COMANCHE EL PACIFICADOR
I
Hace muchos años vivía en el poblado de Ski’-di un joven de unos dieciséis años.
Su nombre era [2] Kut-a’wi-kutz (el halcón). Por aquel tiempo los Pawnees llevaban el pelo a la manera antigua, cortado del mismo modo que los Osages: toda la cabeza estaba afeitada excepto una cresta de pelo que la recorría desde la frente hasta más allá de la nuca.
Una partida de guerra salió para el sur y él se unió a ella como ayudante. Caminaron y marcharon cada vez más lejos, pero no consiguieron ningún caballo y regresaron. Más tarde otra partida salió de campaña, y él se fue con ella. Viajaron durante muchos días hacia el suroeste, al final llegaron a un campamento y se escondieron a esperar a que oscureciera. Era un campamento de los Comanches.
Cuando la noche hubo caído, se adentraron todos en el campamento para robar caballos. Nuestro joven se aproximó a una vivienda junto a la cual había tres caballos, dos pintos y uno gris. Estaban atados cerca de la puerta de la tienda, por lo que pensó que debían ser rápidos, ya que los indios por lo general atan a sus mejores caballos cerca de la puerta de sus viviendas: donde los puedan tener lo más a la vista posible. Se acercó hasta la entrada para cortar las cuerdas y, justo cuando estaba a punto de hacerlo creyó oír a alguien en el interior. Se adelantó hasta la puerta de la vivienda y, mirando a través de la pequeña abertura que había entre ella y la pared, vio un pequeño fuego ardiendo y, sentada al otro lado del fuego, una muchacha peinando su largo cabello. El joven echó una mirada alrededor de la muchacha para ver quién más había allí y vio solamente a un anciano y una anciana, y al que alimentaba el fuego. Cortó las cuerdas de los dos caballos pintos que había fuera de la vivienda, los condujo lejos del campamento y fue a encontrarse con su compañero. Y le dijo a éste: «Ahora, hermano, toma estos caballos y ve a la colina donde hoy nos ocultábamos, y espérame allí. He visto otro caballo pinto que quiero conseguir; volveré por él y me encontraré contigo en aquel lugar antes del amanecer». Entonces se volvió como si fuera a buscar el caballo pinto, pero regresó a la vivienda donde estaba la muchacha. Dio una vuelta en torno a ella y la examinó cuidadosamente. Observó que había plumas encima de la vivienda y ristras de pezuñas de animales colgando de los lados que claqueteaban con el viento, y a uno de los postes de la vivienda había atada una cola de bisonte, que colgaba lánguida hacia el suelo. Entonces volvió hasta la puerta y lanzó otra mirada a la joven que había dentro. Ella se había trenzado el pelo y estaba sentada junto al fuego. Así permaneció durante largo tiempo aquella noche, mirándola. Hacia el amanecer, fue a buscar a su compañero. Cuando lo encontró, le dijo que alguien se había llevado el caballo pinto antes que él y, aunque lo buscó no había podido encontrarlo. Cuando todos los integrantes de la partida se encontraron a la mañana siguiente, vieron que habían atrapado muchos caballos y reemprendieron su camino hacia el norte, hacia casa. Cuando alcanzaron el poblado Pawnee, todo el mundo se alegró de su éxito.