El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 9 de 54

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El cáliz

Capítulo 8

 

Cuando por fin me levanté y corrí para salir del salón, las visiones y las voces habían cesado. Me quedé en el pasillo con la espalda contra la puerta, intentando recobrar el aliento y asimilar lo que acababa de ver y oír.

Vi acercarse a un joven castaño con una bandeja en las manos. Era uno de los gemelos empleados en la casa. A simple vista idénticos, hasta en el corte de pelo, lo único que les diferenciaba era su inteligencia. James era el más capaz de los dos, y Joseph el menos avezado. Esa mañana, era James el que se dirigía hacia mí. No desvió la mirada como muestra de respeto, una práctica muy común entre la mayoría de los criados de la casa. ¿Me convertiría eso en blanco de los chismes más tarde? «La joven Stafford es muy extraña», comentaría esa noche en las dependencias del servicio.

Cuadré los hombros y, con más determinación que nunca, reemprendí el camino hacia las habitaciones de Gertrude.

Muy pronto decidí que lo ocurrido nada tenía que ver con Elizabeth Barton. Era muy posible que la Rosa Roja estuviera poseída por espíritus malignos. Quizá Gertrude y toda la casa creerían que había perdido el juicio, pero no tuve más remedio que contarle lo que había ocurrido en el Gran Salón.

Mi madre no solo había creído en los espíritus, sino que juraba haber conocido a un buen número de ellos en el viejo castillo que la familia tenía en Castilla. Ni que decir tiene que mi padre se burlaba también de esas cosas. En una ocasión yo había comentado lo que muchos creían, esto es, que algunos espíritus estaban tan inquietos que atormentaban a los vivos. Quizá se debía a que habían muerto sin que les suministraran la extremaunción, o a que habían experimentado tales horrores en vida que sus almas seguían vagando incluso después del entierro.

—No, Joanna —había dicho mi padre—. Cundo las personas mueren, mueren del todo.

Sin embargo, yo había experimentado esas visiones y los sonidos personalmente, y en dos ocasiones. Y no estaba loca.

Cuando crucé el umbral del elegante salón de visitas, haciendo caso omiso del ujier, vi que Gertrude no estaba sola. Aunque Constance no estaba presente, dos jovencitas, de unos trece años, procedentes de las nobles familias que formaban parte de la órbita de los Courtenay, bordaban con ella, sentadas sobre grandes cojines. Atendían a Gertrude como las damas de honor lo harían con una reina, al tiempo que aprendían las sutilezas de la buena conducta.

La propia Gertrude estaba reclinada en su sillón almohadillado favorito, con la cabeza inclinada hacia atrás de modo que reposaba en el respaldo. Llevaba una falda de color esmeralda, recogida en su diminuta cintura. Las manos, más jóvenes y cremosas que la piel del rostro o del cuello, descansaban sobre los brazos del sillón. Sentado a su lado vi a un hombre de suave rostro, de entre treinta y cuarenta años. Aunque vestía una holgada túnica negra, no era un clérigo. Llevaba un sombrero redondo y atado bajo la barbilla. Algo en él me resultó familiar, aunque no supe qué. Tenía una bolsa apoyada contra las piernas, llena de objetos cuadrados y altos que se adivinaban contra la arpillera.

—Nunca he conseguido entender cómo sabíais de lo que era capaz una persona tan insignificante durante tanto tiempo —decía el hombre.

Gertrude alzó la vista hacia el techo revestido de madera y respondió:

—Porque intuí cuál era su deseo secreto. Es el mismo que tiene todo el mundo, aunque casi no lo entiendan.

El hombre se inclinó hacia delante, visiblemente interesado:

—¿Cuál era el suyo?

—Escapar del dominio de su familia —dijo Gertrude con un estremecimiento—. Esa fue su manera no solo de huir de los salvajes hombres de su clan, sino de gobernar sus destinos.

No podían estar hablando de mí. Aun así, hubo algo en las palabras de Gertrude —y en la astuta indiferencia con la que se expresaba— que me dio qué pensar. Me aclaré la garganta.

Gertrude levantó bruscamente la cabeza y con rapidez adoptó la expresión que yo veía en ella siempre que entraba en su presencia: una mirada afectuosa teñida de triunfo.

El hombre se levantó de un brinco.

—¿Es ella? —preguntó con un jadeo—. ¿Puede ser esta la señora Joanna Stafford?

Sus ojos me recorrieron de arriba abajo. Por dentro maldije a Geoffrey Scovill. Si hasta entonces jamás había sido consciente de ello, ahora cada vez que un hombre me lanzaba una de esas miradas ladinas y acechantes, volvía a oír las palabras de Geoffrey: «Vuestro efecto en los hombres. El modo en que reaccionan ante vos, en que os miran… Vuestra belleza puede resultar turbadora».

El hombre me besó la mano. Noté su palma rechoncha y sus labios húmedos en mi piel. Durante un desquiciante instante, me acordé de la babeante boca del gigante que había visto en el Gran Salón hacía apenas unos momentos. Tuve que recurrir a todo mi autocontrol para no retirar bruscamente la mano.

—Sois una joven muy hermosa —dijo la visita de Gertrude. Me soltó por fin la mano y se volvió hacia la marquesa—. Detecto cierto parecido con vos, mi señora.

—La señora Joanna es pariente de mi marido, no mía —dijo—. Pero ambas somos mitad españolas. Eso explicaría el parecido.

El hombre barrió la sala con ambas manos en un gesto grandilocuente.

—En ese caso, la señora Joanna es la luna de vuestro sol.

Me encogí, deseando estar en cualquier otro sitio.

Gertrude ladeó la cabeza al tiempo que se movía en la butaca. Era una curiosa costumbre. Justo antes de formular una observación, se movía de ese modo.

—La señora Stafford no es amiga de los cumplidos y en cuanto se le dirigen, no disfruta de su presencia.

—Ah, sí, por supuesto; el priorato ha dejado su huella —dijo el hombre, bajando la voz en señal de respeto.

Gertrude se volvió hacia mí.

—Este es el doctor Branch, uno de los mejores médicos del reino. Estudió tres años en Montpellier. Jamás consultaría a nadie que solo hubiera estudiado en nuestro Colegio de Médicos. —Ambos se rieron de algún chiste privado.

—¿Os encontráis mal, Henry o vos? —pregunté.

Gertrude se encogió de hombros.

—Nada nuevo. La digestión de mi esposo sigue siendo un motivo de preocupación. Y yo no he vuelto a ser la misma desde 1528. Los remedios del doctor Branch son los únicos que nos son de ayuda. —Yo sabía perfectamente lo que había afectado a Inglaterra diez años atrás: una cruel epidemia de sudores, la misma plaga que había matado a mucha gente justo antes de que mi familia y yo viajáramos a Canterbury. El sudor había dejado su marca en Gertrude. A pesar de ser poseedora de un espíritu vivaz, por no decir feroz, el suyo no era un cuerpo fuerte. Una noche me había confesado que no podía tener más hijos. Edward era el único heredero de la estirpe de los Courtenay.

Gertrude frunció el ceño.

—No tenéis buen aspecto, Joanna.

Yo no deseaba hablarle a Gertrude del temor a los espíritus que me había asaltado en el Gran Salón, y mucho menos delante del doctor Branch, cuyos ojos todavía brillaban mientras me repasaba con la mirada.

—He oído anunciar a un pregonero una noticia sobre el emperador Carlos y a decir verdad no estaba segura de su importancia —dije, dando gracias por haber sabido dar tan original motivo para mi presencia allí.

—La derrota en Préveza. —Gertrude dio una palmada al brazo del sillón—. El turco musulmán ha derrotado a la Santa Liga.

Como siempre, me asombró lo bien informada que estaba.

—¿Es entonces cierto que los bárbaros musulmanes esclavizan a los cristianos? —exclamó el doctor Branch.

—El emperador los derrotará —dijo Gertrude.

El médico respondió:

—Durante los últimos tres meses he oído rumores en Londres. Ahora que Francia ha dejado de ser nuestra aliada, estamos aislados. Quizá esta derrota en el Mediterráneo, la amenaza del musulmán, impida que el Sacro Emperador Romano invada Inglaterra.

Invasión. La palabra provocó en mí un escalofrío, como lo habría hecho con cualquiera que viviera en nuestra isla. Como me había ocurrido ya al enterarme por vez primera de esa inminente amenaza, enseguida volví a pensar en lady María.

Con sumo cuidado en la elección de mis palabras, dije:

—Pero las alianzas diplomáticas, y el modo en que afectan a Inglaterra y a las personas prominentes que aquí viven ¿han cambiado, entonces?

Gertrude y yo cruzamos una mirada.

—Según tengo entendido, esas personas siguen estando a salvo —dijo. Bajó la barbilla y volvió a subirla. Fue un gesto tan nimio que quizá pasó desapercibido al doctor Branch. Aun así, sentí que se había colado en mi mente para leerme el pensamiento más íntimo y así tranquilizarme. Compartíamos en plena armonía nuestra devoción por la hija del rey.

Constance entró en ese instante en la habitación para ocupar su lugar detrás de Gertrude. La marquesa le ordenó que trajera una tercera silla.

—No sabéis cuánto me alegra que hayáis venido a verme, Joanna — exclamó—. Me habéis ahorrado tener que mandaros llamar. Por favor, sentaos delante del médico.

—Pero si me encuentro perfectamente —dije.

—El doctor Branch practica otro arte —replicó.

Trajeron una tercera silla, pero no me senté en ella. Presa de un temor cada vez mayor, vi que el doctor Branch rebuscaba entre un montón de papeles. Por fin, extrajo del montón una hoja con mucho cuidado. Estaba llena de esferas, flechas y líneas trazadas en diagonal.

—El doctor Branch es un experto en astrología —explicó Gertrude.

Agarré con fuerza el respaldo de la silla en la que supuestamente debía sentarme.

—Lo siento, Gertrude. Habría preferido haber sido informada con antelación de esto. Disculpadme, pero esto resulta imposible.

Sorprendido, el médico levantó la vista de sus dibujos.

—¿Imposible? —preguntó.

—No puedo permitir que leáis mis planetas —dije.

La risa de Gertrude llenó la estancia.

—¿Qué clase de bobada es esta, Joanna? Todo el mundo desea que le lean los planetas. ¿No iréis a decirme que creéis que la astrología es un invento del diablo? Esa creencia fue refutada hace siglos.

—No es ese el motivo de mi aversión.

—¿Entonces?

—Mi primo, lord Henry, nos hizo jurar a toda la familia, esto es, a todos los que vivíamos en el castillo de Stafford, que jamás permitiríamos que nadie calculara la posición de nuestros planetas, sobre todo teniendo en cuenta lo que le ocurrió a nuestro tío, el duque de Buckingham.

—Ah, sí —dijo el doctor Branch—. ¿El duque contaba con los servicios de un fraile?

—De un monje —lo corregí—. Durante su juicio, el cargo más importante contra Su Señoría fue el de haber coqueteado con la adivinación. —Desgraciadamente, mi voz tembló al pronunciar la palabra «adivinación»—. Mi tío no solicitó la predicción de la muerte del rey ni preguntó tampoco si los Tudor tendrían herederos varones. Ese testimonio fue completamente falso. Pero lo declararon culpable y lo perdimos todo.

Un respetuoso silencio llenó la estancia. Por fin recuperé la respiración, atrapada entre mis tensos hombros durante el relato de la caída en desgracia de mi tío.

Gertrude dijo despacio:

—Jamás preguntaríamos por el futuro del rey. En casa de Henry de Courtenay se respeta la ley. —Se levantó bruscamente y me rodeó la cintura con el brazo, atrayéndome hacia ella y mostrando una fortaleza cuando menos sorprendente—. El doctor Branch está aquí para ayudaros, Joanna. En cuanto sepamos la fecha y la hora exacta de vuestro nacimiento, podremos determinar la composición de vuestros humores y proteger así mejor vuestra salud. —Señaló con su otra mano al doctor Branch—. Os lo ruego, doctor, explicadle en qué consiste vuestro arte. Lo hacéis maravillosamente.

El doctor dio unas suaves palmadas sobre la silla vacía situada delante de él.

—Tomad asiento, señora Joanna.

—No es mi deseo ofenderos, pero no puedo participar en esto —insistí. No podía arriesgarme a quedar expuesta a ningún tipo de adivinación, por muy benévola que fuera. Lo había jurado sobre el frío suelo de piedra de Saint Sepulchre.

Gertrude retiró el brazo de mi cintura.

—El doctor Branch es mi invitado y un gran amigo —dijo, empleando un tono más frío que hasta entonces—. No entiendo por qué os negáis a sentaros y escuchar lo que tiene que deciros. Si después seguís pensando del mismo modo, naturalmente nadie os obligará, Joanna.

Me senté.

El médico, que era en ese momento el vivo retrato de la seriedad, empezó su lectura.

—Nuestra creencia en el poder de las estrellas y de los planetas se remonta a la historia más temprana de la que tenemos noción, señora Stafford. Los babilonios fueron capaces de ver que sus vidas dependían del sol. Las fluctuaciones de la luna gobernaban su salud. Mediante un diligente estudio del sol a lo largo de los siglos, aprendieron que los cuatro elementos —la tierra, el aire, el fuego y el agua— estaban controlados por la fluctuación de nuestros cuerpos celestes. Gracias a la obra de los más grandes eruditos humanistas europeos, ahora sabemos que Aristóteles y Claudio Ptolomeo concedían gran credibilidad a la astrología. —Hizo una pausa—. Aunque quizá esos nombres os sean desconocidos.

—No me son ajenos, doctor Branch —respondí—. Como no lo es tampoco otro hombre, Tácito, el historiador del Imperio romano, que llamó a los astrólogos «un peligro para los príncipes».

El médico me miró, boquiabierto. Gertrude intervino:

—Debéis entender que nuestras madres españolas siguieron el ejemplo de la reina Isabel. La reina creía que las mujeres merecían ser poseedoras de una educación clásica. Obviamente, Joanna prestó una gran atención a sus estudios.

El médico prosiguió entonces:

—Todos los reyes de la cristiandad hacen uso de los astrólogos, incluido el rey Enrique. La marquesa cree que nacisteis en el mes de abril, pero debo conocer la fecha exacta para…

Lo interrumpí para decir:

—Ya os he dicho que gozo de una salud magnífica.

—Sí, hoy —replicó el doctor Branch—. Pero en cuanto haya leído e interpretado la disposición de vuestros planetas podré determinar el estado de vuestros humores y sabré así lo que puede hacerse para daros un equilibrio perfecto de cara al futuro.

Y pensar que yo había temido que las visiones que había tenido en el Gran Salón pudieran estar de algún modo relacionadas con la hermana Elizabeth Barton. Aquello era sin duda mucho peor. Gertrude estaba intentando obligarme a someterme a lo que yo más temía: una sesión de adivinación.

Inspiré hondo y dije:

—El futuro es el lugar al que no puedo ir.

—Joanna. —La voz estridente de Gertrude me atravesó como una flecha—. Eso es una bobada. Os hemos asegurado que en cuanto el médico conozca la fecha y la hora necesarias, no se hará ninguna predicción peligrosa. Además, no acabo de comprender este temor vuestro. El duque de Buckingham fue ejecutado hace diecisiete años. No sois en ningún caso ninguna humilde servidora de la voluntad de su hijo. Si lo fuerais, residiríais ahora en el castillo de Stafford, con vuestro primo y su familia. Pero no es así. Hasta el momento apenas habéis mostrado hacia él una mínima obediencia. Y, sin embargo, en este asunto, ¿os echáis a temblar ante su distante orden? No os creo.

Un tenso silencio impregnó la sala de visitas. Las criadas habían dejado de bordar sobre sus almohadones. El médico desvió la mirada.

—No tengo otra elección —dije, incapaz de disimular mi aflicción.

El doctor Branch recogió su bolsa.

—Bien, tengo otros pacientes, mi señora. Antes de irme, ¿podría examinar el agua de vuestro esposo? ¿La habéis guardado como os pedí?

Constance condujo fuera al médico para que examinara el agua y yo me senté en mi afelpada silla bordada bajo la gélida y perpleja mirada de Gertrude Courtenay.

—El doctor Branch es caro, Joanna —dijo—. Lo que ha ocurrido hoy aquí no me ha complacido en absoluto.

Me levanté.

—Si sois tan amable de informarme de los honorarios del médico, me encargaré de compensaros por ello —respondí, acompañando mis palabras con una profunda reverencia. Al incorporarme, vi teñirse de escarlata las mejillas de Gertrude. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Estaba enfadada conmigo como lo había estado con la señora Brooke en Dartford.

—Dejadme —dijo. Le tembló la voz, quizá debido al esfuerzo necesario para controlarla.

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