El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 28 de 54

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El cáliz

Capítulo 27

 

—¿No vais a hablarme, hermana Joanna? —dijo el hermano Edmund.

Pero me era imposible hacerlo, pues me resultaba impensable creer que lo tenía delante de mí después de tanto tiempo. Me entretuve en cada detalle: el pelo castaño claro, demasiado largo porque nunca tenía tiempo para cortárselo; su práctico jubón de color marrón oscuro, el mismo que yo le había ayudado a encargar a un sastre después de vernos obligados a renunciar a nuestros hábitos blancos y a los sayos negros; sus toscos zapatos, cubiertos de barro seco. Debía de haber recorrido a pie la distancia que separaba Dartford de Howard House.

—Sois vos… —estallé por fin.

Se adelantó rápidamente para consolarme. No fue la misma clase de abrazo que me había dado Geoffrey Scovill. El hermano me apretó el hombro con una mano y con suavidad me acarició la espalda con la otra.

—Estoy aquí, calmaos, estoy aquí —repitió.

—Sois mi amigo —dije, como lo habría hecho una niña.

El hermano Edmund sonrió y añadió entonces:

—¿Acaso no fue Tomás de Aquino, vuestro dominico favorito, quien dijo: «Nada hay en este mundo más valioso que la verdadera amistad»?

—Sí —respondí—. Oh, sí. —Me volví hacia Catherine—. Gracias por esto.

Catherine me contó que esa mañana había visto desde su ventana al hermano Edmund acercándose por el camino. Lo había reconocido pues se acordaba de cuando él y yo habíamos estado en Howard House el año anterior. Era ella la que había hablado con nosotros antes de que nos pusiéramos las máscaras. Había bajado corriendo para enterarse de a qué se debía la visita del hermano. Unas cuantas frases la convencieron de que lo mejor era hacerlo entrar y ocultarlo hasta dar conmigo.

—¿Cómo está Arthur? —pregunté.

—Está bien, hermana Joanna, no os preocupéis. Vive con la hermana Winifred y conmigo. —El hermano Edmund me contó los preciosos pormenores de la llegada de Arthur y de todo lo que había hecho—. Por supuesto, Arthur os echa mucho de menos, como yo —añadió rápidamente —. Y como la hermana Winifred, la hermana Beatrice y las demás: la hermana Eleanor, Agatha y Rachel. Todos os echamos de menos.

—¿Cómo habéis sabido que estaba aquí? —pregunté.

El hermano Edmund me contó que cuando había llevado a Arthur a Dartford, Geoffrey Scovill había relatado la noticia de los arrestos que habían tenido lugar en la Rosa Roja. Geoffrey había dicho que el duque de Norfolk había obligado a lord Dudley a rescindir mi arresto y que me había llevado con él.

—El señor Scovill dijo que aunque desconocía vuestro paradero, vos sabíais dónde estaba él y que le escribiríais cuando lo considerarais oportuno. Nos aconsejó que esperáramos.

De modo que Geoffrey no le había dicho que el duque había amenazado con colgarlo si lo encontraban conmigo. Una omisión harto significativa.

—Pero no habéis esperado —dijo Catherine.

—No —respondió el hermano Edmund—. No he esperado. —Sus mejillas se enrojecieron levemente—. Me acordaba de Howard House y de cuando estuvimos aquí, hermana Joanna. Ha sido este mi primer destino.

Catherine ya le había contado al hermano Edmund los planes de traslado que el duque tenía para mí.

—Estoy dispuesto a hablar con Su Excelencia en vuestro nombre en cuanto regrese y pedirle que os permita volver conmigo a Dartford — anunció el hermano Edmund.

Catherine y yo cruzamos una mirada de horror.

—El duque no os escuchará, hermano Edmund —dije—. Os agradezco vuestras intenciones, pero con eso solo conseguiréis que su ira caiga sobre vos.

El hermano Edmund guardó silencio. Miró por la ventana con las comisuras de la boca hacia abajo. Yo sabía lo que eso significaba: su ágil mente dominicana estaba ponderando el problema.

—No veo cuál es la base de la autoridad del duque de Norfolk —se quejó el hermano Edmund—. No es vuestro padre, ni tampoco vuestro esposo o hermano. No tenéis ninguna de esas figuras en vuestra vida. El hecho de estar casado con vuestra prima Elizabeth no le da derecho a decidir dónde debéis vivir ni lo que debéis hacer. Las cosas serían distintas si se os acusara de algún crimen y él tuviera poderes legales vinculados a esa cuestión. Pero no es el caso. Simplemente vos deseáis llevar una vida que no cuenta con su aprobación.

—Todo lo que decís tiene sentido —reconocí—. Pero lo único que él tiene que hacer es dar órdenes y todos a su alrededor obedecen.

—En Howard House sí, pero me gustaría trasladar este asunto a una esfera distinta —aclaró el hermano Edmund—. Creo que ha llegado el momento de que os encontremos asesoría legal en la ciudad de Londres.

Una vez más, no supe qué decir. Era una ridiculez pensar que un abogado pudiera enfrentarse a un noble, y sobre todo si el noble en cuestión comandaba ejércitos.

—Veo que sois escéptica —dijo el hermano Edmund—, pero no descartéis la posibilidad de una solución legal. En los últimos veinte años, los abogados se han convertido en una fuerza con la que hay que contar. ¿Acaso no fue el rey quien recurrió a la fuerza de la ley cuando el papa le denegó el divorcio?

—No creo que este sea un asunto de dimensión comparable —dije—. Aunque admito que es un plan y el único que podría funcionar.

Catherine se mostró más que dispuesta a ayudar. Ella y yo saldríamos juntas de la casa con la excusa de hacer un poco de ejercicio. El hermano Edmund se encontraría con nosotras en el camino y él y yo cruzaríamos Southwark hacia el Puente de Londres. Puesto que el duque de Norfolk sin duda mandaría a sus hombres a buscarme a Dartford, encontraríamos alojamiento en una posada de Londres hasta que dieran comienzo las disputas legales.

En un periquete, Catherine y yo nos plantamos delante de la puerta de Howard House. Cuando me despedí de ella en la curva del camino, donde el hermano Edmund me esperaba ya junto a un roble desprovisto de hojas, ella me puso una bolsa de monedas en la mano. Yo sabía que era todo el dinero que tenía e intenté por ello devolvérselo, pero se negó a aceptarlo.

—Os echaré de menos, Joanna —se despidió con voz temblorosa—. Sois la única persona que me ha mostrado afecto sin esperar nada a cambio.

Nos abrazamos y después, con mi brazo entrelazado en el del hermano Edmund, me alejé rápidamente por el camino. Cada vez que pasaba un hombre a caballo, me daba un vuelco el estómago. Temía ver la librea negra y oro y oír gritar de nuevo mi nombre, pero nadie pareció reparar en nosotros. Las calles estaban cada vez más llenas de gente y las casas solariegas desaparecieron. Nos adentramos en la parte más hostil de Southwark hasta que por fin llegamos al Puente de Londres.

El panorama que apareció ante nosotros desde la orilla sur del Támesis era fantástico: las casas y las tiendas, pintadas de colores distintos, se arracimaban sobre el puente de piedra. Había oído decir que los corredores de apuestas, los mercaderes y los artistas prosperaban en las casas amontonadas sobre el río.

—Oh, hay una cola de gente que espera a cruzar —reconoció apesadumbrado el hermano Edmund, señalando a una fila de hombres y mujeres que esperaban de pie junto a los carros y los caballos que iban perdiéndose de vista por una estrecha y oscura abertura que más parecía un túnel que un puente—. Podría llevarnos más tiempo del que nos gustaría. — Miró a la puerta que teníamos delante: había un tosco banco clavado al suelo junto a la entrada, apartado del tramo principal de la calle. Al otro lado empezaban a amontonarse las tabernas y los burdeles que rodeaban Winchester House.

—¿Por qué no os sentáis aquí? —preguntó el hermano Edmund—. Iré a preguntar. Parecéis cansada y todavía nos queda mucho camino por delante antes de llegar a Lincoln’s Inn.

Tomé asiento. Mientras veía alejarse apresuradamente al hermano Edmund por el camino que restaba hasta el puente, tuve que admitir que era un alivio poder descansar.

Un extraño y gutural rugido resonó desde el otro lado de la concurrida calle, seguido de un clamor masculino de vítores. El clamor parecía proceder del otro lado de un alto muro de paneles de madera, unidos para formar un enorme círculo. El gutural griterío volvió a oírse. No se parecía a ningún otro sonido que yo hubiera oído hasta entonces, pero lo único que alcanzaba a ver era el círculo de madera.

Un anciano que estaba de pie junto al banco me observó intentando saber el origen de aquel sonido sobrenatural.

—Son los osos, señora —dijo.

Lo miré de hito en hito.

—¿Hay osos en Southwark?

—Cuesta encontrarlos, pero los hombres los capturan lejos de aquí y los traen a Southwark para las peleas con perros —dijo—. La gente ahorra durante meses para poder asistir a las peleas.

Tragué saliva. Había algo en esos osos que me inquietó.

Un puñado de jóvenes entró acompañado de perros a la arena donde se celebraban las peleas. Los perros eran grandes. Yo sabía que los usarían contra la bestia capturada, aunque desconocía cómo.

Entonces me acordé, con un glacial estremecimiento, de lo que me daba miedo de los osos. Oí la voz de Orobas encarnando el espíritu de una monja sajona fallecida largo tiempo ha: «Que sea el oso el que debilite al toro».

Luego fue la profecía de la hermana Elizabeth la que se abrió paso entre mis cavilaciones. ¿Por qué me asaltaban en ese momento todas esas palabras, espontáneamente, en plena algarabía del sucio Southwark? No supe encontrarles explicación y sin embargo tampoco pude reprimirlas: «Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro deberá volar como el halcón».

Sentí sobre mí el peso de la mirada de Gertrude Courtenay desde el carro que la llevaba a la Torre de Londres. «Haced algo», gritaban esos ojos. Sin embargo, ni siquiera durante un segundo logré entender qué podía hacer yo.

—¿Hermana Joanna? —El hermano Edmund había vuelto—. ¿Qué ocurre? —dijo, alarmado—. Parecéis aterrada.

—Nada —respondí—. Es solo la pelea del oso y los perros. Nada.

Me miró fijamente.

—¿Os dan miedo los osos?

Me puse en pie de un salto.

—¿Podemos cruzar ya el puente?

El hermano Edmund me contó que, a causa de la estrechez del puente y de la densidad del tráfico, quienes atravesaban el puente a pie debían hacerlo con cuidado y en una única fila. Tendríamos que esperar nuestro turno. Quizá tardáramos en hacerlo una hora.

—De acuerdo —mascullé, pensando todavía en los gritos de los osos.

—Esperad, hermana Joanna.

El hermano Edmund se había detenido. Estaba cruzado de brazos y me miraba, ceñudo.

—Debo saber lo que os ha pasado —dijo—. Algo más os ha impactado profundamente.

No podía decirle una sola palabra al hermano Edmund.

—Si me contáis lo sucedido, podré ayudaros —me apremió.

—Hermano, tenemos que cruzar el Támesis —dije.

No insistió. Anduvimos sumidos en un tenso silencio durante esos últimos metros en dirección al Puente de Londres. Mi mente funcionaba frenéticamente con cada paso que daba. Pensaba en cómo el hermano Edmund me había ayudado en mi desesperada búsqueda de la corona de Athelstan. Y en lo valiosa que era su inteligencia. Y también, y no menos importante, en su integridad y compasión.

Me detuve en seco al llegar a la cola que esperaba para cruzar el puente. Tiré del hermano Edmund a un lado y busqué algún sitio donde nadie pudiera oírnos: un mugriento y estrecho callejón entre tiendas. El hermano no pareció sobresaltado y tampoco intentó zafarse de mí. Sabía muy bien que iba a contarle lo que él quería saber.

—Cuando tenía diecisiete años mi madre me llevó a Canterbury —dije.

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