El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 48 de 54

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El cáliz

Capítulo 47

No sé cuánto tiempo pasó, aunque diría que fueron tres días, hasta que pronto las voces de los hombres del Gravensteen se alzaron en un clamor. Enseguida los gritos remitieron y ya no oí nada. Nadie llegó con comida o bebida durante un día. Yo no me había encontrado lo bastante bien para comer la carne infestada de gusanos ni para beber la cerveza agria que me habían servido la víspera, de modo que aquel era el segundo día que pasaba sin comida ni bebida. Y estaba consumiendo mi última vela. Quizá hubieran levantado el sitio y todos se habían marchado. Me pareció poco probable que también Jacquard se hubiera ido sin un último intento de presionarme para que diera mi brazo a torcer, pero existía también la posibilidad de que hubieran asaltado el castillo y de que hubieran prendido o matado a Jacquard.

La puerta de mi celda tenía en lo alto una abertura con barrotes, como la de Michael de Nostredame. La abertura dejaba pasar una tenue luz al interior. Pegué el cuerpo a la puerta, me estiré hacia arriba y grité:

—¿Hola? ¿Hola? ¿Hola?

No hubo respuesta.

A pesar de que había intentado fortalecerme y prepararme para la muerte con la ininterrumpida plegaria, la posibilidad de un final semejante resultaba macabra: morir de sed y de hambre en una celda oscura. Y me encolericé contra Jacquard por negarme el derecho de cualquier católico a confesarse antes de morir.

Mareada de hambre, me quedé dormida en el jergón sobre el suelo de paja, sin saber si era de día o de noche. Cuando por fin desperté, vi una fila de velas nuevas en el suelo, todas ellas encendidas. Junto a la fila de velas había una bandeja de comida: carne, queso y pan. Había también una jarra de cerveza y otras cosas: un vestido colgado sobre una silla, una palangana llena de agua limpia y jabón de sosa.

Al palpar la tela de brocado del vestido, supe de dónde procedía. Jacquard. Estaba vivo y ese era su último movimiento en el gran juego.

«Poneos el vestido, salid conmigo del castillo a otro lugar, a otro reino. Allí confabularemos y mataremos, y volveremos a matar».

Decidí que habría una última confrontación entre Jacquard Rolin y Joanna Stafford. Cuando hubiera terminado, no volvería a haber ninguna otra.

Di cuenta de la comida. Me quité la falda y el corpiño mugrientos y me lavé antes de ponerme el vestido. Era una pieza de color beis y carmesí, con un corpiño cuadrado. Aunque estaba elaborado con una buena tela, no era un vestido propio de una dama. Y estaba impregnado de un olor almizcleño. Me pregunté de dónde lo habría sacado.

En la cerradura tintineó una llave. Era uno de los silenciosos guardias del castillo. Al fin y al cabo, no se habían ido todos.

Seguí al guardia, no al torreón principal, sino escaleras arriba. Me llevaba a la habitación de Jacquard.

El señor Rolin me esperaba con dos copas llenas de vino en una reluciente bandeja de plata y sonrió al verme entrar.

—Ah, os lo habéis puesto, os lo habéis puesto —dijo, exultante. Pero entonces inclinó la cabeza a un lado—. No está bien abrochado. Daos la vuelta.

Sus dedos subieron y bajaron por mi espalda, volviéndome a abrochar el vestido con mano experta. Para mi vergüenza, el vestido se me había ajustado al cuerpo y mostraba un prominente escote.

Jacquard me susurró al oído:

—Veo que os mostráis cooperadora, lo cual me complace inmensamente.

Guardé silencio.

Muy despacio, me puso las manos sobre los hombros y me hizo volverme hasta quedar de cara a él.

—El último guardián del castillo tenía aquí a su furcia. La mujer disponía de elegantes vestidos, hermosas baratijas y tomaba vino servido en plata —dijo, señalando la bandeja que estaba sobre la mesa—, pero jamás la dejaron salir. En cualquier caso, no tuvo tan mala vida. ¿No os parece?

Seguí sin decir nada.

Con un tono más serio, añadió:

—El emperador viene definitivamente a Gante. Ya ha empezado a mover a su ejército hacia el norte, con destino a Francia. Trae veinticinco caballos blancos españoles como muestra de gratitud hacia el rey Francisco, por asegurarle el paso por su reino. Huelga decir que la gente de Gante está aterrada. La noticia llegó hace dos días. A fin de salvar sus vidas, intentan ahora ganarse el favor de nuevo de la reina regente, aunque ya es demasiado tarde para eso. Han decidido no seguir reteniendo a los pocos fieles al emperador Carlos. —Tomó su copa y la levantó hacia mí—. Esos somos nosotros. De modo que no hay impedimento alguno para que simplemente salgamos por la puerta de Gravensteen hoy mismo. Si nos movemos con rapidez, llegaremos a Inglaterra antes que Ana de Cleves.

—Jacquard —dije—. No pienso salir de este lugar para matar al rey.

La decepción destelló en sus ojos antes de desaparecer.

—¿Os gusta el vestido? —murmuró, alargando la mano para palpar con los dedos una manga—. Es lo único limpio que puedo ofreceros. Si accedierais a ir a Amberes, os podría comprar allí seis vestidos nuevos. — Sonrió—. Aunque debo confesar que siempre he deseado veros vestida como una furcia. Y tenía razón. Os favorece.

Manoseó el mango de la daga que guardaba en el jubón.

—Creo que os cambiaremos permanentemente de habitación. ¿Os negáis a salir para llevar a cabo vuestra misión? Muy bien. Calculo que el emperador llegará en enero, o quizá en febrero. Será demasiado tarde para un fácil viaje por tierra. ¿Por qué no esperar cómodamente?

—No busco comodidad —dije.

Se rio.

—Sabía que diríais eso. Es casi como si estuviéramos casados. Sé lo que vais a decir o hacer antes de que ocurra.

De pronto caí en la cuenta.

—No tenéis a Edmund —dije—. De lo contrario lo utilizaríais para obligarme a volver a Inglaterra.

Jacquard extendió las manos.

—Hasta al más diligente de los hombres del emperador le resulta difícil adentrarse en la Selva Negra.

Aunque el nombre «Selva Negra» entrañaba un sonido ominoso, me recorrió un arrebato de alivio. Así pues, la única amenaza que quedaba era la de la Inquisición. Y yo estaba dispuesta a enfrentarme al juicio de los Dominicos y de Cristo, si era necesario.

Jacquard dobló el índice para indicarme que me acercara.

—Puesto que somos marido y mujer, ¿no deberíamos compartir esta habitación durante los dos meses que faltan para la llegada del emperador? He dejado que se vayan todos los hombres, excepto uno. Pero tenemos comida suficiente. Y tengo las llaves de castillo. —Se dio una palmadita en el bolsillo y oí un tintineo—. Ah, podrían ser unas semanas muy frías. Mejor dormir aquí, junto al fuego.

Cuánto había disfrutado siempre avergonzándome. Incluso entonces se complacía sobremanera incomodándome.

—Quizá —dijo—, si sois una buena esposa, os dejaré escapar antes de que el emperador entre en la ciudad de Gante.

Fui yo entonces la que se rio.

—Jamás haríais eso —dije.

—Creéis que no os tengo ningún aprecio, ¿no es así? —preguntó, confundido—. Os equivocáis. Sois para mí un gran motivo de frustración, Joanna Stafford. En muchas ocasiones he sentido rabia, pero al menos ahora tenemos la profecía completa y podemos hacer uso de ella con la otra persona en vuestro lugar. —Se rio—. Debo admitir que sois tremendamente diferente. Me maravilla vuestra determinación. Nos maravilla a todos. Os estoy contando la verdad cuando os digo que no quiero que muráis.

—Pero prefiero morir que dejar que me toquéis, Jacquard, y prefiero morir que seguir sirviéndoos —grité—. No lo soporto más. Chapuys y vos… y vuestro emperador…, sois todos aberrantes.

El tono jocoso se desvaneció como por encanto.

—No hay modo más rápido de despertar mi ira que censurando al emperador.

—El rey de Inglaterra ha sido excomulgado por el papa, que ha ordenado además su derrocamiento —repliqué—. Pero el emperador Carlos no se enfrenta a los ingleses con honor, en el campo de batalla o en el mar. Para ahorrarse el esfuerzo y el coste que eso supone, ordena a sus esbirros que intenten obligar a una mujer a cometer el más repugnante de los asesinatos. A eso le llamo yo cobardía. No merecéis el reino de Inglaterra. Está mejor gobernado por un rey hereje.

Jacquard se quedó muy quieto.

—¿Me estáis llamando «esbirro»?

—Eso es lo que sois —dije—. Simplemente un esbirro intrigante, mentiroso y asesino.

El rostro de Jacquard se ensombreció.

—Perra inglesa.

Sacó su daga y, en cuestión de segundos, tuve la punta contra el cuello.

—He soportado más de vos que de cualquier otra mujer en toda mi vida.

Con la otra mano me agarró de la pechera del vestido.

—Hoy sabréis lo que es el respeto, Joanna Stafford. Lo he intentado por las buenas. Lo he intentado con todo mi empeño durante mucho, muchísimo tiempo.

Tiró de mí, con la daga apuntándome al cuello, hasta su lecho. Una vez allí me arrojó sobre él y se abalanzó sobre mí, inmovilizándome el brazo con el codo. Con la rodilla me separó las piernas. Intenté patearlo, pero cuando lo hice el cuchillo me atravesó la piel. Dolió. Se me saltaron las lágrimas.

Con la otra mano, Jacquard se bajó las medias y fue ese movimiento el que me dio una oportunidad. Me desasí tan rápidamente que no tuvo tiempo de pincharme con el arma. Se lanzó a por mí y me cogió, pero golpeé con todas mis fuerzas y el cuchillo voló de su mano, tintineando al caer al suelo. Jacquard forcejeó sobre la cama. Sin duda era fuerte, pero yo golpeaba aterrada y presa de la desesperación. Me revolví, clavándole la rodilla en la entrepierna. Jacquard se encogió y soltó un grito de dolor.

Salté entonces de la cama al suelo y corrí hacia la puerta. Oí que Jacquard bajaba tambaleándose de la cama entre maldiciones. Sabía que si me atrapaba, me mataría. No habría misericordia.

La bandeja de plata brillaba en un rincón y corrí hacia ella con apenas unos segundos de tiempo. Cogí la pesada bandeja de plata con las dos manos, giré sobre mis talones, la levanté y golpeé a Jacquard en la cabeza.

Este se desplomó en el suelo.

Solté la bandeja con la mano temblorosa. Me arrodillé y toqué el cuello de Jacquard. Noté el latido de una vena. Estaba inconsciente pero vivo.

Saqué entonces las llaves de su bolsillo y al hacerlo se derramaron un montón de monedas de una pequeña bolsa de tela. Las cogí todas.

Vacilé en la puerta. ¿Moriría Jacquard a causa de la herida que tenía en la cabeza sin que lo viera un médico? Yo me había visto abocada a un gran sufrimiento por haberme negado a cometer un pecado mortal de asesinato contra el rey Enrique VIII. ¿No era también un pecado de idéntica gravedad asesinar a Jacquard Rolin?

Miré su cuerpo inerte durante un instante más.

Inspiré hondo, cerré con llave la puerta de la celda y me la guardé en el bolsillo. Después bajé los escalones de piedra.

No vi al guardia por ninguna parte. Crucé sigilosamente la torre hasta las escaleras que recordaba de la noche de agosto que habíamos llegado al Gravensteen. Tardé apenas unos minutos en dar con ella y abrí la puerta de la celda de Michel de Nostredame.

El boticario francés estaba mucho más calmado de lo que yo había esperado.

—Debo encontrar el modo de regresar a mi país —le dije a Nostredame —. Temo que Amberes, la ciudad del embajador Chapuys, resulte un destino peligroso. He dejado malherido a Jacquard Rolin, pero si sobrevive y logra liberarse, me seguirá hasta Amberes.

Nostredame sonrió.

—Francia. Esa es la ruta. Yo mismo os llevaré a Calais, la ciudad portuaria que pertenece a la corona inglesa. ¿No está Dover al otro lado del canal?

Lo miré, sin saber qué hacer.

—¿Podríamos viajar hasta allí?

—Por supuesto.

Mi entusiasmo se desdibujó al recordar lo que había dicho Jacquard: que me sería imposible regresar con mi documentación falsificada y sin dinero.

—Quizá tenga que quedarme en Calais para siempre —dije—. Me he llevado las monedas de Jacquard, pero no sé si bastarán para regresar a Inglaterra. Quizá sea imposible.

En los ojos de Nostredame asomó aquel lejano brillo cuando dijo:

—Os equivocáis. Es del todo posible, sin duda.

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