El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 39 de 54

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El cáliz

Capítulo 38

Busqué en los salones abarrotados, pero no pude dar con Edmund. Cuando estuve completamente segura de que no estaba en la casa, salí. Los corrillos de invitados hablaban en el césped desde el que se dominaban los jardines. Pero Edmund tampoco estaba allí. Corrí por el sendero que salía al camino, a pesar del dolor que sentía en el costado. Escudriñé el camino, intentando ver algún rastro de Edmund volviendo a la villa. En vano.

Cuando volví a mi casa, la hermana Winifred cuidaba de Arthur, ajena al regreso de su hermano. Decidí no contarle mi turbador encuentro. ¿Cómo empezar a explicarle? Sin embargo, yo sabía que al menos Edmund pasaría a recoger a su hermana. Esperaría allí con ella. Edmund sabía que Geoffrey y yo compartíamos un pasado tumultuoso, aunque aquel era un tema que jamás tocábamos. Pero el futuro de Geoffrey estaba con la hermana Beatrice, y yo era de Edmund. Lograría hacérselo ver.

Después de la cena, el aprendiz de Edmund trajo una nota a casa. Habían encontrado a John y lo habían devuelto a Dartford. La misión se había saldado pues con éxito. Pero Edmund había sabido entonces que un viejo amigo lo necesitaba y quizá se ausentara durante unos días más. Nos vería a las dos antes del siguiente domingo.

Lloré con la fría nota de Edmund en la mano, escrita con su elegante letra.

—Hermana Joanna, os lo ruego, no desesperéis. No tenéis ningún motivo para ello —dijo la hermana Winifred, visiblemente preocupada—. ¿No os parece bien que vaya a ver a un viejo amigo ahora? A fin de cuentas, pasaréis juntos el resto de vuestras vidas.

Los cuatro días siguientes fueron terribles para mí. Creía que Edmund rompería nuestro compromiso cuando volviera a verlo. Quizá no merecía ser su esposa ni la de nadie. Aun así, quería poder disfrutar de la oportunidad de redimirme.

Un húmedo viernes por la tarde, me acerqué inquieta a la enfermería. Había una persona en la sala principal: Edmund estaba allí de pie, inclinado sobre su mesa de boticario, trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Entré. Edmund estaba elaborando una nueva remesa de pastillas. Junto a un cuenco de hierbas molidas había otro más pequeño de miel para la mixtura. Las hacía rodar sobre una tabla de madera.

Edmund debía de haber oído mis pasos, pero no apartó la vista de su trabajo. Despacio, rodeé la mesa hasta colocarme en el mismo lado que él.

Cuando estuve cerca, vi que uno de los cuencos estaba casi vacío.

—¿Queréis que llene el de la miel, Edmund? —pregunté. Mi voz sonó sorprendentemente normal.

—Sí, sería de gran ayuda —respondió con suavidad.

Me llevé el cuenco a la encimera posterior y allí lo llené de miel con una cuchara. Me temblaban los dedos a causa de los nervios y la miel se pegaba a la cuchara, de ahí que me llevara más tiempo del habitual completar la tarea.

Cuando volví junto a él, no pude soportarlo más.

—¿Todavía deseáis casaros conmigo? —dije.

Edmund terminó de despegar de la tabla una pastilla que acababa de elaborar. Me di cuenta de que estaba agotado: profundas arrugas le surcaban la frente y la piel alrededor de la boca.

—Más que nada en el mundo —respondió.

Nos abrazamos. Me besó en las mejillas y en la frente mientras yo seguía abrazada a él y luego me besó en los labios, con más pasión que nunca. Siempre que nos abrazábamos, él se contenía. Yo lo percibía en la tensión de sus brazos y en la frialdad de sus labios. Pero no fue así esa vez. Sentí algo nuevo, algo apasionado y furioso, en su modo de besarme. Y esa intensidad me cortó el aliento y a punto estuve de desmayarme.

Nos separamos al oír una tos discreta procedente de la puerta. Era Humphrey, que había regresado y que disimulaba una sonrisa tras la mano. Recuperamos la decencia. Me quedé una hora en la enfermería. Edmund cenó después conmigo y esa noche le dio una clase a Arthur. Para mi profundo alivio y gratitud, seguíamos prometidos, eso no había cambiado. No obstante, había entre nosotros una nueva timidez. Esperé a que fuera él quien mencionara a Geoffrey Scovill, pero no lo hizo. Tampoco yo.

El día de nuestra boda estaba cada vez más próximo. Me quedé perpleja cuando mi primo, lord Henry Stafford, su esposa, Úrsula, y sus seis hijos llegaron a Dartford. Como mera prueba de cortesía familiar, le había escrito a mi primo para informarlo de mi inminente boda, en ningún caso esperando su asistencia. Hacía años que Henry no salía del castillo de Stafford. Su vida adulta tenía un único objetivo: evitar la política y todo lo que pudiera ser peligroso. Su viaje al sur hasta Dartford, cruzando Londres, era sin duda un acto sin precedentes.

Henry y Úrsula habían envejecido mucho desde la última vez que los había visto, apenas dos años atrás. Estaban encorvados y parecían preocupados. Pero Henry dijo con determinación:

—Joanna, debo ser yo quien os lleve al altar el día de vuestra boda. Se lo debo a vuestro padre.

Teniendo en cuenta lo pequeña que era mi casa, no hubo otra alternativa que alojar a mis primos Stafford y a sus criados en una posada. Aunque enseguida me di cuenta de que la posibilidad no era de su agrado, Henry afrontó la situación con valentía. Los Stafford se instalaron en el Saracens Head Inn, aunque tan solo durante unas horas. La noticia de su presencia había corrido por toda la villa, y a la hora del almuerzo el señor Hancock había aparecido ya para insistir en alojar en su casa a mis parientes. Fue una invitación elegantemente aceptada. Pasé la mayor parte de mi tiempo yendo y viniendo de allí con Arthur, que estaba encantado de conocer a aquellos primos mayores, que jugaban con él dando muestras de una interminable paciencia.

Dos días antes de la fecha de la boda, mientras los niños estaban ocupados, Úrsula fue a verme. Aunque jamás habíamos discutido, yo tampoco había sentido un profundo afecto por la esposa de Henry. Durante el tiempo que había vivido en el castillo, ella había dado a luz casi todos los años y siempre estaba muy preocupada, incluso aturdida.

Pero cuando estuvimos a solas, fue con una claridad diáfana que Úrsula preguntó:

—¿Amabais a mi hermano Montagu?

Decidí que merecía oír la verdad.

—No —dije—. No puedo decir que lo amara ni que hubiera llegado a amarlo. Eso fue idea de Henry Courtenay, me refiero a convertirme en la segunda esposa de vuestro hermano. Diría que sentía cierta afinidad con él.

Durante un instante, volví a estar de nuevo en la parte trasera del carro con el barón Montagu. Sentí sus manos sobre mi rostro y le oí decir: «Joanna, no podéis enamoraros de un hombre muerto».

—Sé que rezasteis por él en Tower Hill en los instantes previos a su muerte —dijo Úrsula, tomándome la mano—. No era un hombre fácil. Indudablemente arrogante. Pero era un hermano cariñoso. Le echo de menos. No imagináis cuánto.

—También yo —dije—. Me alegro de haber podido ayudarlo, aunque fuera tan poco.

—No fue poco —replicó con vehemencia. Miré a Úrsula y de pronto entendí por qué Henry y ella habían ido a Dartford para asistir a mi boda. No era solo en memoria de mi padre. Úrsula había obligado a su marido a ir en agradecimiento por lo que yo había hecho por Montagu el día de su ejecución.

—Los Pole están ahora tan denostados como los Stafford —dijo—. No existe hombre a quien el rey odie más que a mi hermano Reginald. Godfrey está acabado. Ha recibido el perdón de Su Majestad, pero ha sido condenado por todos por haber dado falso testimonio. Su esposa y él se han marchado de Inglaterra. ¿Qué otra cosa podían hacer? Ahora mi pobre madre está bajo vigilancia en su propia casa. La interrogan día y noche, empeñados en involucrarla en la conspiración de los Exeter. Está a punto de cumplir los setenta años, Joanna, y es inocente.

El rey había descargado su vengativa obsesión con la Casa de York sobre una anciana. Me habría gustado poder pensar en algo, lo que fuera, para calmar el tormento de Úrsula.

—Mis amigos me han escrito para decirme que lo peor ha pasado, que es posible que el rey se ablande y deje en paz a mi madre —dijo—. Gertrude Courtenay no ha sido juzgada por crimen alguno. Es posible que, junto con su hijo, la dejen algún día en libertad.

Me costaba entender que Gertrude, que de hecho sí había conspirado contra la corona, pudiera salir libre de la Torre, mientras que su esposo, que era del todo leal, había perdido la vida. Quizá nunca pudieron encontrar ninguna prueba contra ella, aparte de los estandartes hallados en el oeste que había mencionado Chapuys.

—He oído decir que el rey muestra claros indicios de que quizá esté cansándose de la herejía de Cromwell —dijo Úrsula.

—¿Cómo decís? —pregunté, extrañada.

—¿Sabíais que, el Viernes Santo, el rey se arrastró hasta la cruz desde la puerta de la capilla como el más fiel de los católicos? —dijo, ilusionada.

Alcé las manos.

—Y sin embargo aquí, en la iglesia de la Santísima Trinidad, retiran las imágenes de los santos, acusándolas de superstición, y encadenan una Biblia de Coverdale al altar. —La noticia del aparente retorno del rey a la verdadera fe no me reconfortó, sino que despertó mi ira. Estábamos todos a merced de sus caprichos.

—Sí —suspiró Úrsula—. El reino está sumido en una tremenda confusión. Dicen que en el Parlamento recién inaugurado nadie se pone de acuerdo sobre la política religiosa. Estamos perdidos. Perdidos. La única alternativa es vivir con la máxima discreción y evitar al rey y a su corte.

—Sí, y eso es exactamente lo que Edmund y yo pretendemos hacer — dije.

Supe que Henry había mantenido correspondencia con los Howard. Mi prima Elizabeth no asistiría a mi boda, pues una vez más había abandonado a su esposo. Se habían iniciado las negociaciones para conceder una asignación propia a la duquesa de Norfolk. Catherine Howard vivía todavía en Horsham, la casa de campo de su abuelastra. Allí aguardaría la llegada de la siguiente reina, si es que llegaba a haberla.

Los invitados de Edmund llegaron en dos grupos. El primero en llegar procedía de Cambridge y lo componían tres hombres. Dos de ellos eran antiguos frailes dominicos. Uno se había convertido en predicador, y el otro en tutor. El tercer hombre no había sido nunca fraile, sino todo lo contrario. Era un reformista, un joven estudiante de nombre John Cheke.

—Es una persona muy agradable, ya lo veréis —dijo Edmund.

Y así fue, en efecto, pues el señor Cheke era alegre y bondadoso y tenía una mente extremadamente avezada: llena de curiosidad y de comentarios. Quería saberlo todo sobre mi empresa de tapices y suplicó ver mi fénix, que estaba prácticamente terminado. Accedí, halagada por su interés.

—El hermano Edmund es muy afortunado de tener una esposa tan dotada como vos —dijo el señor Cheke mientras examinaba el tapiz. De pronto se sonrojó—. Disculpadme. No debería seguir llamándolo «hermano». Yo más que nadie debería alegrarme del cambio, pero no me resulta fácil adaptarme a él.

—Me hago cargo —dije—. Por favor, no os disculpéis.

El otro invitado de Edmund que llegó a Dartford era Marcus, su hermano mayor. Tenía una gran granja en Hertfordshire y también familia, pero había preferido asistir solo. Era más moreno que Edmund y que Winifred, y de hecho se parecía muy poco a ellos.

—No sé con quién debería hablar de esto, pero alguien tendría que debatir el tema de la dote —anunció Marcus a Edmund cuando cenábamos en la posada. Se había alojado en el Saracens Head y nadie había sugerido ninguna otra opción.

Edmund negó con la cabeza y los dos hermanos empezaron a discutir.

Marcus me señaló.

—Ella viene de una familia noble. ¿Cómo has podido acceder a este matrimonio sin negociar un acuerdo sobre la dote?

Sentí que el resentimiento me tensaba el cuerpo.

—Eso no es asunto tuyo —dijo Edmund.

—Soy el cabeza de familia —replicó Marcus.

—No sois el cabeza de mi familia —intervine, levantándome de la mesa. Edmund se levantó conmigo.

—Estás invitado a la boda, pero no volveremos a hablar de este tema — dijo Edmund, y nos fuimos juntos.

Ya en la calle, dije:

—Ahora lo entiendo todo.

Edmund no respondió. Comprendí lo duro que todo eso era para él: las expectativas y las demandas de la familia y de los amigos. Su vocación religiosa lo había apartado de ese tumulto, pero entonces, y debido a su amor por mí, se sentía acosado. Si se me hubiera ocurrido sugerir en ese momento que no nos casáramos, ¿cómo habría reaccionado? En el fondo de mi corazón, yo temía que fuera un hombre formado y criado para ser un fraile solitario. El esfuerzo que suponía para él adaptarse a ese nuevo papel era muy grande. Sentí una afilada punzada de culpa.

Sin embargo, cuando me dio las buenas noches, Edmund me besó en los labios.

—Os amo, Joanna —susurró, y todas mis dudas se desvanecieron. Cuando estuviéramos casados y toda esa gente nos dejara solos, por fin daría comienzo nuestra vida juntos.

Por muy desagradable que hubiera sido la conversación con el hermano de Edmund, todavía faltaba una, y fui yo quien la inició.

Fui a la Oficina de Aduanas para decirle a Jacquard Rolin:

—Por favor, negociad las disposiciones necesarias para ausentaros de Dartford durante un breve intervalo, pues si os quedáis aquí, resultaría extraño que no vengáis a mi boda. Y personalmente, preferiría que no asistierais.

No podía soportar la idea de tener entre los invitados a un espía que había considerado la «eliminación» del hermano Edmund.

Jacquard, que no pareció ofenderse por mi petición, sonrió e inclinó la cabeza.

—Tengo previsto viajar a Londres —dijo.

La noche previa a mi boda, solo fui atendida por mujeres. Arthur durmió con sus primos Stafford en la casa solariega del señor Hancock. Úrsula me había regalado un precioso vestido de un tono dorado claro —«Todos sabemos lo mucho que detestáis la moda, pero se trata de vuestra boda»—, con la ayuda de Kitty, lo preparó y se ocupó de la elaboración de la guirnalda que debía llevar en mi pelo negro. Yo tenía la sensación de que todas esas cosas se las hacían a otra Joanna y que mi auténtico yo lo observaba todo desde la distancia.

Mientras arrancaba un puñado de pequeñas hojas de una flor para insertarla en la guirnalda, Úrsula dijo:

—Deberíais dejar que nos lleváramos a Arthur al castillo de Stafford.

—¿Cómo? ¿De visita? —pregunté, tomada por sorpresa.

—Henry y yo podemos criarlo. Podríamos incluso hacer de él un guardia oficial. Vuestro padre no debería haberos cargado con él, Joanna. No sé por qué lo hizo. El hijo de Margaret debería ser responsabilidad nuestra. Ahora debéis dedicaros en cuerpo y alma a vuestro esposo y a los hijos que tendréis.

—Hice una promesa —murmuré—. No puedo romperla.

Quizá porque Úrsula había pronunciado el nombre de Margaret, fue precisamente Margaret la que se me apareció en sueños esa noche, y estábamos en casa. Ella tenía un secreto. Se llevó un dedo a los labios, como para indicarme que guardara silencio, pero también sonreía. Fue un sueño muy extraño, porque incluso en el mismo sueño yo sabía que Margaret estaba muerta y que era imposible verla. Pero me sentía feliz de tenerla de nuevo con vida en nuestro rincón secreto del castillo de Stafford: una habitación del ala antigua del edificio que nadie más frecuentaba. Aunque ya no éramos unas niñas, hablábamos de las cosas que nos gustaban de pequeñas: las historias de Arturo y de Ginebra y de esas hermosas santas, las vírgenes romanas que habían aceptado el martirio antes que renunciar a su fe cristiana. En el sueño, estábamos convencidas de que no podía ocurrirnos nada malo.

El día de mi boda con Edmund no amaneció tan radiante como el de Agatha Gwinn, aunque por lo menos no llovía. Me levanté temprano, con un nudo de nervios en el estómago. Nunca me había gustado ser el centro de atención. Úrsula volvió a aparecer, esta vez para vestirme y trenzarme el pelo, tomar sidra y degustar algunos pastelitos. Fui incapaz de probar bocado, cosa que provocó las sonrisas de todas.

También yo salí de casa cuando empezó a tocar la campana de la iglesia. Mi primo, Henry Stafford me ofreció su brazo y recorrimos juntos High Street. Había incluso más gente congregada en la calle para verme que en el día de la boda de Agatha. Sospeché que no se debía al cariño que pudieran profesarme, sino a la curiosidad que suscitaban los Stafford. No fue agradable ser presa de esa suerte de amargas sospechas el día de mi boda.

Pero cuando me acercaba a la iglesia de la Santísima Trinidad, vi a Edmund en la puerta, esperándome. Y en ese momento, cualquier duda, cualquier temor y recelo se desvanecieron. Edmund me esperaba allí, alto y orgulloso, con su pelo rubio recortado sobre el cuello del elegante jubón gris.

Iba a convertirse en mi esposo. Todo sería como debía ser.

Los amigos rodeaban a Edmund. El señor Gwinn asintió y John Cheke se rio, encantado. Los dos antiguos frailes estaban allí también, y también las antiguas monjas de Dartford. Habían vuelto a acudir a la boda de otra antigua monja y yo les estuve profundamente agradecida.

El padre William Mote nos hizo pasar. Era algo en lo que el cura había insistido. El pueblo se casaba en la puerta. La hija de un caballero debía casarse en el interior de la iglesia, con todos los invitados situados entre ella y el exterior.

Mi primo Henry me llevó hasta Edmund y yo tomé su mano. Edmund me sonrió y su sonrisa contenía todos los pensamientos, emociones y experiencias que habíamos compartido desde el día que lo había conocido, el día que había viajado conmigo a caballo desde la Torre de Londres al priorato de Dartford.

Nos volvimos hacia el padre William para que diera comienzo la ceremonia.

El predicador abrió la boca y se interrumpió, mirando por encima de nosotros hacia la puerta.

Oímos un alboroto a nuestra espalda, procedente de High Street.

—¡Abrid paso! —Oí gritar a un hombre—. ¡Abrid paso!

Alguien intentaba abrirse camino para acceder al interior de la abarrotada iglesia.

—¡Abrid paso al conde de Surrey! —gritó otra voz.

El conde emergió entre la multitud de invitados congregados al fondo de la iglesia. El rostro de mi primo estaba bañado en sudor tras el duro viaje a caballo desde Londres.

—¡Joanna! —gritó—. No podéis proceder. Es el Parlamento. A fecha de hoy, este matrimonio es ilegal.

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