El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 34 de 54

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El cáliz

Capítulo 33

 

El día de Navidad, durante la misa, no había un solo asiento libre en la iglesia de la Santísima Trinidad. El templo había sido despojado de sus adornos, habían cubierto con pintura las hermosas imágenes, ahora más oscuras, pero habían añadido algo significativo: unos largos bancos de madera. Mientras el padre William Mote contaba la historia del nacimiento de Nuestro Salvador con toda la energía de la que era capaz, yo estaba sentada en un banco en la parte central de la iglesia, junto a Arthur y a la hermana Winifred, con el hermano Edmund al otro lado. Ya no estábamos relegados a la pequeña capilla ni a los desvaríos del padre Anthony. Durante mi ausencia, el padre William había permitido a los anteriores residentes del priorato unirse a la congregación, lo cual tendría que haber sido una bendición de no haber sido por un serio inconveniente.

La cadena.

Mientras el padre William hablaba largo y tendido, seguía plantado junto a ella: una plataforma clavada al altar y sujeta a él por una larga y pesada cadena con una traducción inglesa de la Biblia, escrita por Myles Coverdale.

—Lord Cromwell me ha exhortado a animaros afectuosa y caritativamente a que leáis vosotros mismos esta Biblia. El rey desea que la examinéis con modestia y sobriedad —nos había anunciado el padre William dos domingos antes.

Los vecinos nos habíamos mirado, perplejos. Prácticamente ningún hombre de Dartford sabía leer, y mucho menos las mujeres, y era harto improbable que esas cifras mejoraran en breve, puesto que los prioratos y las abadías, que durante largo tiempo habían sido centros de educación, habían desaparecido. Los ricos podían permitirse contratar los servicios de tutores privados para sus hijos, pero la pequeña nobleza rural y los mercaderes no disponían ya de ningún sitio al que mandar a sus hijos e hijas para alfabetizarlos.

Irónicamente, el único habitante de la villa que se preocupó por estudiar la Biblia de Coverdale fue el hermano Edmund.

—No temo los Evangelios y no dejaré que una mala interpretación me corrompa —declaró el hermano Edmund a la hermana Eleanor, que le suplicó que no se expusiera de ese modo. Una traducción falsaria que llevara a una creencia hereje era el gran temor de los católicos. Tras varios días leyendo, el hermano comentó:

—Coverdale se defiende razonablemente bien. A fin de cuentas, era agustino.

Mi problema no era el libro en sí, sino la cadena. Cada vez que la miraba, me sentía como si volviera a trasladarme a Londres, a la corte, a la prisión y al patíbulo del rey Enrique VIII. Mientras escuchaba el sermón del padre William, me cubrí el cuello con las manos y cerré los ojos.

Cuando terminó la misa, el hermano Edmund me llevó a un lado:

—Hermana Joanna, ¿podríais ayudarme un rato en la enfermería?

—Por supuesto —dije. Arthur se fue encantado con la hermana Winifred.

El hermano Edmund y yo salimos juntos de la iglesia. Nadie reparó en ello, ni siquiera George Scovill. Estaba sentado muy cerca del fondo con la hermana Beatrice, dedicándole toda su atención. Ahora estaban siempre juntos. Geoffrey no había vuelto a dirigirme la palabra desde el día del mercado y yo había decidido no hacer nada para poner fin al desencuentro, por mucho que me doliera. Geoffrey estaba mucho mejor sin Joanna Stafford.

La pequeña enfermería del hermano Edmund, pulcramente mantenida y rebosante de pociones, pastillas, ungüentos y hierbas, estaba vacía. Cuando el hermano prendió un pequeño fuego en la parte posterior, se me ocurrió que era muy improbable que alguien de la villa necesitara un boticario el día de Navidad, o que él necesitara mi ayuda.

—Hermana Joanna, debo hablar con vos en confianza sobre algo importante —dijo, señalando con un gesto de la mano a los taburetes que tenía junto a la mesa de trabajo.

—Por supuesto. —Se me aceleró la respiración. Quería ser importante para el hermano Edmund.

Acercó su taburete aún más al mío hasta que quedaron a apenas unos centímetros de distancia. Yo no había vuelto a estar tan cerca de él desde que le había tomado de las manos en el calefactorium de Blackfriars.

El hermano Edmund dijo:

—¿Os habéis fijado si os siguen?

Me eché hacia atrás en el taburete, sorprendida.

—¿Qué queréis decir?

Se pasó la mano por el pelo rojizo.

—Creo que alguien me vigila. Veo a veces una sombra en la entrada y cuando me vuelvo a mirar, la sombra ha desaparecido. Podría ser cualquiera y no un hombre que me siguiera, pero la última vez que ha ocurrido, cuando he oído los pasos, me he escabullido entre dos tiendas a esperar. Durante un buen rato no ha aparecido nadie. Después he visto al carnicero y a su hijo.

Miré fijamente al hermano Edmund, intentando asimilar lo que acababa de decirme.

—¿Estáis absolutamente segura de que nadie os vigila? —preguntó.

—No puedo estar segura, por supuesto, pero no…, no he reparado en nada de eso —dije—. ¿Tenéis idea de quién podría ser? —pregunté. Antes de que él pudiera responder, me senté muy tiesa en el taburete.

—Oh, no —exclamé—. Es un espía enviado por Gardiner y Norfolk.

El hermano Edmund se mordió el labio.

—Es una posibilidad. Hay otra.

Vaciló, como si ponderara el mejor modo de decírmelo. Oí a John gritar su jerigonza fuera. Al parecer, sus demonios particulares habían vuelto a provocarlo. Esperaba que alguien invitara a John a su almuerzo de Navidad, por muy desmoralizadora que fuera la perspectiva.

—Hermana Joanna, ¿habéis seguido pensando en quién pudo haber enviado a Gertrude Courtenay a buscaros? —preguntó—. ¿Tenéis alguna idea de quién le daba órdenes cuando os obligó a ver al segundo vidente?

Claro. El hermano Edmund seguía atormentado por la profecía. Estaba empeñado en que alguien me buscaba para llevarme hasta el tercer vidente. Ese era el único motivo por el que había querido hablar conmigo en privado.

—No sé quién estaba detrás de eso, aparte de lady María —dije—. Quizá nunca llegue a saberlo. Obviamente, no podemos preguntárselo a Gertrude.

Justo en ese instante, alguien aporreó la puerta de la enfermería.

El hermano Edmund abrió y vimos aparecer a Jacquard Rolin y al señor Oliver Gwinn, el viudo al que nos habíamos acercado en la iglesia el mismo día que yo me había marchado de Dartford.

—¿Lo veis? —dijo Jacquard—. Ya os he dicho que el hermano Edmund tenía abierta la enfermería. Lo he visto venir con la hermana Joanna hacia aquí al salir de la iglesia.

—No es mi intención molestaros —dijo el señor Gwinn, con la mano envuelta en un paño—. Es culpa mía. Soy muy torpe.

—Nuestro señor Gwinn estaba trabajando en el granero de Holcroft esta mañana temprano cuando ha sufrido este accidente —dijo Jacquard.

Holcroft era el nombre de la casa en la que vivían las seis hermanas de Dartford. Yo había leído en la carta de la hermana Winifred que el señor Gwinn pasaba mucho tiempo ayudándolas, y desde entonces había oído comentarlo a menudo.

—Dejadme ver esa mano —dijo el hermano Edmund. Tras examinar al señor Gwinn, añadió—: No es una herida grave, pero hay que limpiarla y aplicarle un emplasto de hierbas para impedir que lo sea. ¿Con vuestro permiso?

—Por supuesto, hermano Edmund —dijo—. No sabéis cuánto os lo agradezco.

Mientras mi amigo se ocupaba de administrarle las curas necesarias, el señor Gwinn se volvió hacia mí.

—¿Cuando vivíais en el priorato, la hermana Agatha era la coordinadora de las novicias? —preguntó.

Asentí.

—No me cuesta creerlo —dijo, y en sus labios se dibujó una tímida sonrisa—. Sin duda debe de distinguirse en la enseñanza y en el cuidado de las más jóvenes. Pero por mis huesos que seguro que se distinguiría en cualquier cosa que haga. Es la persona más afectuosa, amable y considerada. Y me hace reír. ¡Nadie cuenta historias como la hermana Agatha!

Su tono no disimulaba en absoluto su fervor. El señor Gwinn parecía estar enamorado hasta los huesos de la hermana Agatha. Se me ocurrió que la hermana Agatha bien podía ser la que se casara del grupo. Estaba ocurriendo en toda Inglaterra: antiguos monjes, monjas y frailes encontraban a alguien con quien casarse. La primera vez que lo oí me molestó, pero poco a poco, como estaba ocurriendo con otras cosas, estaba empezando a acostumbrarme a la idea.

—Qué buena atención la vuestra…, muy buena —dijo el señor Gwinn —. Lo que se dice por ahí es falso.

Mientras el hermano Edmund le limpiaba el corte al señor Gwinn, preguntó:

—¿Quién lo dice?

—La gente de la villa —respondió el señor Gwinn. Miró primero al hermano Edmund y después a mí, al tiempo que caía en la cuenta—. ¿Queréis decir que no lo sabíais? Ahora sí que acabo de liar las cosas.

—Sé que en los dos últimos meses ha venido menos gente a la enfermería, más allá de mis amigos que pasaban por aquí —respondió en voz baja el hermano Edmund.

Su respuesta me sorprendió mucho. ¿Por qué no me había dicho nada?

El señor Gwinn suspiró.

—El hijo de Brooke. El predicador Timothy.

—El que predica sobre el tocón —mascullé.

—Arenga contra las hermanas y aún más contra vos, hermano Edmund —dijo el señor Gwinn—. Ha dicho que los buenos cristianos deberían desconfiar de vuestros remedios papistas. Perdonadme por haber repetido semejante calumnia.

El hermano Edmund aplicó el emplasto de hierbas en la mano del señor Gwinn y lo vendó.

—Por favor, no os culpéis, señor —dijo—. Lo sospechaba.

—No es solo Timothy —prosiguió entonces el señor Gwinn—. Es también la consecuencia lógica de llevar meses oyendo lo que el padre William no deja de predicarnos. Naturalmente, ya no lo comenta cuando os sentáis entre nosotros, pero antes decía que si los monasterios caían, el rey Enrique no tendría que castigar con un nuevo impuesto al pueblo porque el tesoro se llenaría para el resto de nuestras vidas.

—¡Cómo puede un cura decir algo tan malintencionado a su rebaño! — exclamé.

El hermano Edmund levantó la mano.

—No lo culpéis solamente a él, hermana Joanna. Hace dos años, el arzobispo Cranmer mandó directrices por todo el reino para que los curas predicaran esas mismas palabras desde los púlpitos.

El señor Gwinn no disimuló su pesar.

—No está bien y lo siento, lo siento mucho.

Cuando el viudo salió pesadamente de la enfermería, el hermano Edmund limpió su cuenco de madera y la mano de mortero mientras yo seguía sentada a la mesa con la cabeza entre las manos. Las lágrimas surcaban mis mejillas. Esa incesante desesperanza era tan dolorosa que yo era incapaz de soportarla. ¿Viviría acaso el resto de mis días presa de la desesperación?

—Si supiera quién es el tercer vidente, iría a verlo ahora mismo, hoy…, para recibir la profecía —estallé—. Debo hacer algo para recuperar las riendas de mi vida.

El hermano Edmund guardó un instante de silencio. No supe imaginar lo que podía estar sintiendo.

Entonces dijo, bajando la voz:

—Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro deberá volar como el halcón.

Había estado dándole vueltas a la profecía en su cabeza durante todas esas semanas. Tal era la medida de su desesperación por ver reinstaurados los monasterios.

—Quizá podríamos solucionar nosotros solos la profecía —dije—. Ya empezamos a hacerlo en Blackfriars.

—Quizá —asintió—. Pero el Día de Navidad no es el más propicio para ello. Debemos serenarnos antes de reunirnos con los demás.

Me enjugué las lágrimas lo mejor que pude. La hermana Winifred se preocuparía mucho si me veía aparecer en su almuerzo de Navidad en un estado de aflicción semejante. Debía esforzarme por asegurarme de que Arthur pasara un día agradable, como mínimo.

El hermano Edmund tendió el brazo y me acarició la mano, aunque con cierta vacilación en el gesto. Me acordé del reconfortante abrazo que me había dado en Howard House y la posterior sensación de haberlo rodeado con los brazos en Blackfriars. Luché contra el anhelo de revivir esa sensación.

El sonido de los cánticos se coló en la enfermería. Los vecinos de la villa se acercaban por la calle con sus serenatas. A pesar de que sus palabras de júbilo y de amistad no iban dirigidas a nosotros, las oímos de todos modos.

Veinticinco de diciembre,

fum, fum, fum.

Un niñito muy bonito

ha nacido en un portal.

El hermano Edmund retiró con sumo cuidado su mano de la mía y se volvió sobre el taburete a mirar por la ventana delantera de la enfermería.

—Me prometieron a los monasterios a la edad de ocho años —dijo despacio—. No recuerdo haber deseado jamás ser otra cosa que un hombre de religión. Asumí que no sería jamás ni padre ni marido. Claro que esas cosas nada significaban para un niño.

Se me aceleró la respiración. Él nunca me había confesado nada semejante. ¿Estaría el hermano Edmund intentando explicar por qué me había rechazado en Blackfriars? Los minutos avanzaban lentamente mientras yo esperaba.

Los cánticos continuaron, cada vez más lejanos y menos audibles.

Ha nacido en un portal

con su carita de rosa.

Parece una flor hermosa,

fum, fum, fum.

Seguimos en silencio. La tensión que se respiraba en la habitación era insoportable. No pude evitar preguntarme si el hermano Edmund esperaba que le hiciera la pregunta no formulada.

—Hermano Edmund —dije desmayadamente—, ¿alguna vez habéis albergado dudas sobre el celibato?

El hermano fijó la vista en la mesa que nos separaba y respondió:

—Dicen las Escrituras: «Un hombre que gobierna sus pasiones es señor de su mundo. Debemos dominarlas o ser esclavos de ellas».

Noté una fuerte punzada, lo cual resultaba ridículo. Yo sabía muy bien lo que sentía el hermano Edmund. ¿Cómo pretendía esperar otra cosa? Al menos, no estaba enfadado conmigo. A fin de llevar la conversación de vuelta a un terreno más seguro, dije:

—Pero os hicisteis fraile y no monje.

—Lo que a mi padre le importaba era que tomara los votos —dijo el hermano Edmund—. Le tenía sin cuidado si era monje de clausura o fraile entre la gente. Fui yo quien pedí ser fraile de la Orden de los Dominicos. Él estuvo de acuerdo. Le daba igual.

Había algo extraño en sus palabras. Al ver la pregunta dibujada en mi rostro, el hermano Edmund prosiguió:

—Soy el segundo de los hermanos. Mi hermano Marcus era diez años mayor que yo. Mi padre tenía algo de dinero, no mucho. No quería dividirlo entre nosotros. Todo debía ser para Marcus. Yo no debía molestarle de ninguna manera. Mi padre era también el segundo de varios hermanos. Era de suponer que habría mostrado cierta empatía con la situación de su segundo hijo, pero lo que ocurrió fue justo lo contrario.

Aquello nada tenía que ver con la imagen que yo me había formado de la familia del hermano Edmund. Aun así, mientras contaba su historia, su rostro se mantuvo impasible. No parecía molesto y es que, a decir verdad, no era infrecuente que un padre considerara de ese modo a sus hijos.

—¿Qué ocurrió con la hermana Winifred? —pregunté.

Un momento después, dijo:

—Hay tres hermanas, además de Marcus y de mí. De ahí que hubiera varias dotes a pagar. Winifred era una niña enfermiza. En varias ocasiones oí a mi padre llamarla «pequeñaja». Padre temía no poder casarla sin dote. Pidió prestado el dinero para que ingresara en Dartford como novicia, y eso fue todo.

Las arrugas se pronunciaron en su frente. El escaso amor que su padre mostraba a la hermana Winifred le dolía más que el trato recibido por él.

—¿Qué opina vuestro padre ahora que ninguno de los dos sigue en Dartford?

Sin apartar la mirada de la ventana, el hermano Edmund dijo:

—Murió hace siete años.

Un instante después, dije:

—¿Y qué ha sido de vuestro hermano? Quizá jamás quiso que se tomaran esas decisiones. Quizá lamente la postura de vuestro padre y desee retomar la relación con vos.

Por fin, el hermano Edmund se volvió a mirarme.

—¿Cómo es posible que después de todo lo que habéis sufrido, de todas las pérdidas que habéis padecido, podáis todavía ver lo mejor que hay en cada uno de nosotros, hermana Joanna? Es extraordinario.

Por primera vez desde el episodio de Tower Hill, sentí que me recorría una oleada de calor y de serenidad. Aun así, aunque su halago fue sin duda bien recibido, también yo me estremecí. ¿Por qué una palabra amable del hermano Edmund me transformaba de aquel modo? Había llegado la hora de comportarme como una mujer adulta, no como una niña débil y devota.

De pronto, el hermano Edmund se puso en pie de un salto y me rodeó con el brazo. Mi júbilo se transformó en temor, pues su rostro era el vivo retrato de la alarma. El suyo fue simplemente un gesto de protección. Miré hacia la puerta para ver lo que él veía.

Jacquard acababa de entrar a la enfermería. De algún modo había abierto la puerta sin que lo oyéramos.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, enojada.

—He venido a preguntar por mi amigo, el señor Gwinn —respondió Jacquard.

El hermano Edmund se aclaró la garganta.

—Se ha marchado hace un rato. El emplasto debería acelerar la cura.

—Me alegro —dijo Jacquard. Sin embargo, no se volvió para marcharse.

—¿Algo más, señor Rolin? —preguntó el hermano Edmund.

—He recibido una noticia muy interesante —dijo Jacquard—. Es posible que cambie las cosas en el reino de Inglaterra.

—¿De qué se trata? —pregunté.

—El papa Clemente ha decidido decretar la bula contra el rey Enrique VIII. Vuestro soberano ha quedado formalmente excomulgado de la Iglesia católica.

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