El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 44 de 54

Páginas del PDF

El cáliz

Capítulo 43

—¿Creéis acaso que era mi deseo matar a ese muchacho? —dijo Jacquard con el rostro rígido y bañado en sudor—. No tenía elección.

Me había sacado prácticamente a la fuerza de la taberna. La puerta de la calle estaba cerrada con llave. Uno de los hombres que nos había saludado al entrar me había tapado la boca con la mano un segundo antes de que chillara. No lo había oído acercarse por detrás de mí. Antes de que se me sacaran de allí a la fuerza, vi al otro llevándose a rastras a Charles Adams hasta el extremo opuesto del pasillo. Todos ellos eran cómplices de Jacquard de misiones anteriores.

La anciana puso delante de Jacquard un vaso de algo y él se lo bebió de un solo trago.

—¿Por qué? —sollocé—. ¿Por qué habéis cometido semejante atrocidad?

Me señaló.

—Vos sois la única culpable. Después de todas mis instrucciones, repetidas hasta la saciedad, ¿no se os ocurre nada mejor que decirle que sois de Dartford una hora después de subir a bordo?

Lo miré fijamente, atónita.

—Sí, os vi hablar y compartir fruta con él y me ocupé de averiguar qué era exactamente lo que le habíais dicho. —Le indicó a la anciana que le sirviera otro vaso.

—Pero matarlo…, no había necesidad de hacer eso —dije, entrecortadamente.

Jacquard estampó el puño en la mesa.

—Gardiner os persigue. Es solo cuestión de tiempo que se entere de que ya no estáis en Hertfordshire, quizá que nunca estuvisteis allí. Si sabe que he venido a Amberes en ese barco, podría investigar a mi supuesta esposa. No tardaría en saber qué otros ingleses iban en el barco y en entrevistarlos. Y vos le dijisteis a Adams que erais de Dartford. No de Derbyshire, sino de Dartford. ¿Cómo pudisteis cometer semejante estupidez?

Sollocé, tapándome la cara con las manos, convulsionada por la culpa y el dolor por la muerte de aquel afable muchacho.

—Basta —tronó Jacquard—. No puedo soportar oíros llorar. No después de lo que he tenido que aguantar durante estos dos últimos días. Comportaos. Partimos ahora mismo hacia la residencia de Chapuys.

—No —dije—. No pienso seguir adelante con esto. Ya ha habido dos muertes. No puedo soportar el peso de estos pecados mortales cometidos por mi culpa. Ninguna penitencia bastará para limpiarme.

Jacquard se levantó.

—O venís conmigo a casa del embajador Chapuys u ordenaré que os aten y os carguen a un carro. Vos elegís.

También yo me levanté. Cerré con fuerza la mano sobre el respaldo de la silla al tiempo que me inclinaba hacia delante y le decía:

—Iré, Jacquard. Pero después de eso, solo seguiré adelante si es por voluntad propia, no lo olvidéis.

No añadió nada durante un instante. Vi cómo luchaba consigo mismo para controlarse.

—No lo olvido —dijo por fin—. Si decidís no continuar, nada ni nadie podrá obligaros a ello, cierto. Pero me gustaría ver cómo volvéis a Inglaterra sin la ayuda del embajador o de mí. No tenéis una sola moneda y vuestra documentación es falsa.

Hizo una pausa para darme tiempo a asimilar el peso de sus palabras.

—Antes de que toméis vuestra decisión, hablad con Chapuys.

Fui por tanto a casa de Eustace Chapuys con Jacquard Rolin, asesino, mentiroso, conspirador, seductor de muchachas y, según rezaban los documentos que obraban en su poder, mi esposo.

Jacquard habló primero a solas con Chapuys. A continuación, fui yo la que mantuvo una audiencia privada con el embajador. Me hicieron pasar al estudio del hombre, una habitación con las paredes revestidas de roble y llena de libros, cuadros y objetos preciosos.

Los afilados rasgos del embajador se suavizaron cuando me miró.

—Habéis sufrido mucho, Juana —dijo—. Y lo lamento.

Me condujo hasta una mesa en la que había servida comida y bebida.

—No tengo hambre —dije.

Chapuys me apremió a que comiera.

—No puedo permitir que enferméis —respondió.

—Porque os soy útil —repliqué amargamente—. Me miráis como mira un granjero a su cerdo más preciado, para alimentarlo y cuidar de él hasta el momento de sacrificarlo.

—¿Es eso lo que opináis de mí? —preguntó con suavidad.

—No sé lo que opinar —estallé—. Mi periplo hasta los videntes ha estado marcado por el pecado y la muerte. Sé que vos y los demás esperáis de mí que ponga fin al mal, pero al hacerlo, estoy creando el mal. He jurado que haré todo lo que esté en mi mano para devolver a Inglaterra a la fe católica, pero ¿y estos asesinatos que han salpicado el camino? ¿Primero el hombre que espiaba a las órdenes de Gardiner en Hertfordshire y ahora el señor Adams? Dios jamás lo aprobaría. Sé en el fondo de mi corazón que no está bien.

Chapuys asintió. Un instante después, señaló con un gesto de la mano hacia sus estanterías de volúmenes con cubiertas de piel.

—¿Sabéis que por esto me compré una casa en Amberes? Por mi pasión por los libros. Fui amigo de Erasmo, gran amigo. Pasé largas noches debatiendo con él y con otros los principios del humanismo. Amberes es el centro del mundo en lo que a los libros se refiere. Probablemente hayáis olido la tinta que impregna el aire caminando por las calles.

Asentí.

—Vos también amáis los libros. Sé eso de vos, Juana. De modo que vos y yo estaremos de acuerdo, teóricamente, en que la imprenta es un buen invento. Acercaos conmigo a la ventana, os lo ruego.

Me reuní con Chapuys delante de los grandes ventanales con parteluz, abiertos a la noche estival. Nuestra ventana estaba en la tercera planta de su hermosa casa. Veíamos desde allí muchos edificios de Amberes, con el Escalda brillando al fondo.

—En este preciso instante, ahí abajo, las imprentas, más de cincuenta, fabrican libros para avivar el movimiento protestante. ¿Veis ahora de qué modo el bien se convierte en mal? Suecia, Noruega, Dinamarca, Suiza, de momento las hemos perdido. Ni que decir tiene que Alemania es un hervidero de herejes. Y la infección se expande con rapidez por Francia y Escocia. Inglaterra, como bien sabemos, ha sido engullida. Nuestra religión no debe caer, Joanna. Mil años de sabiduría y devoción no pueden ser aniquilados. Un hombre, uno solo, se interpone entre la anarquía y el mundo. Vos lo sabéis. El emperador Carlos V.

Sus palabras fueron convincentes. Pero yo tenía una pregunta, la misma que llevaba preocupándome desde Canterbury:

—Si el emperador fuera tan poderoso, ¿por qué iba a necesitar que yo haga nada?

Chapuys hizo una mueca.

—Porque la alianza con Francia es frágil. El rey Francisco es un mentiroso y carece de la menor pizca de honor. El tratado sigue vigente, pero sabemos que Francisco negocia en secreto con los turcos. Los turcos son un enemigo tan feroz para el Sacro Imperio Romano como los protestantes. Mi señor, Carlos V, se ve obligado a combatir a los seguidores de Lutero por un lado y a los de Mahoma por el otro. ¿Os imagináis las dificultades que eso entraña? Pero, independientemente de que haya acordado o no una alianza con Francia, el emperador no cejará en su empeño. ¿No deseáis ayudar a nuestra santa causa, Juana, y conocer la profecía que os concierne?

Sentí que mi determinación a no seguir adelante, tan firme en la espantosa taberna, empezaba a debilitarse.

—Si accedo a continuar hasta Gante —dije—, será solo si me contáis algo sobre el tercer vidente. Gertrude Courtenay, vuestra agente, prácticamente no me contó nada sobre el segundo vidente y yo no estaba preparada para ello. De nada sirve mantenerme en la más absoluta ignorancia. Lo he pedido en reiteradas ocasiones y vuestra negativa me insulta.

Chapuys me observó muy pensativo.

—Si accedéis a cenar, os contaré todo lo que pueda contaros sobre ese hombre —dijo con una elegante sonrisa.

Accedí. Me senté y me llevé a los labios la primera cucharada de estofado, al que Chapuys llamó vlaamse stoofkarbonaden. La mezcla de pimienta y clavo, la tierna ternera y las zanahorias, todo ello estofado en cerveza, me dejó absolutamente perpleja. Devoré el cuenco entero. Estaba triste, asustada y enfadada, pero también famélica.

Mientras yo comía, Chapuys habló de lady María Tudor, de lo mucho que temía por su seguridad desde que él había sido llamado a regresar a los Países Bajos.

—La eliminación de la concubina no ha devuelto a María la prominencia, tal y como esperábamos. El rey no se fía de ella. Por eso ha arrestado y asesinado a los nobles que en algún momento han demostrado su afecto a lady María. Mucho me temo que esta nueva reina protestante alemana la tratará terriblemente.

Yo compartía el mismo temor del embajador por lady María. En eso coincidíamos. De ahí que, cuando terminé de cenar, entrelacé las manos y pregunté lo que más necesitaba saber: la identidad del tercer vidente.

—El hombre al que llevan a Gante es un prisionero de emperador — dijo Chapuys—. Por eso era impensable enviarlo a Inglaterra. Está bajo arresto en los Países Bajos.

El estofado de ternera se me revolvió en el estómago.

—¿Voy a oír mi profecía de labios de un criminal?

—No es un hombre peligroso —respondió Chapuys—. Fue interrogado en el transcurso de un juicio por herejía y fue allí cuando apareció su poder de videncia. Tras repetidos interrogatorios, reveló la profecía sobre vos. Es sin duda el vidente más dotado de nuestro tiempo, Juana. Habló de una monja dominica de Inglaterra, una monja de sangre española, que cambiaría el equilibrio de poder en la cristiandad. Ha revelado una serie de visiones sobre vos a las que hemos intentado dar respuesta, primero mediante Gertrude Courtenay y después Jacquard y yo mismo. La tercera parte de la profecía solo puede desvelarse en la ciudad de Gante, la misma en la que hace treinta y nueve años nació el emperador Carlos. No sabéis cuánto lamento que sea así. Siento mucho todo lo que habéis tenido que soportar hasta ahora, Juana. El fraile dominico que lo interrogó en primer lugar, y que supo de vuestro papel en el futuro, vigila al hombre incluso en este momento en una prisión totalmente segura.

Seguí sentada en silencio durante un buen rato, intentando asimilar lo que acababa de oír.

—¿El hombre es protestante? —pregunté—. Habéis dicho que ha cometido crímenes religiosos.

—No —respondió—. El tercer vidente fue interrogado por la Inquisición porque se sospechaba de él que era un converso. Durante la investigación se revelaron las profecías del hombre: la del perro que volará como un halcón y debilitará al toro inglés para siempre.

«La Inquisición». Naturalmente yo sabía de su existencia, aunque jamás había estado en presencia de ningún inquisidor. La Orden de los Dominicos supervisaba el Santo Oficio de la Inquisición, creada para eliminar la herejía en España. Una de sus principales prioridades era investigar a aquellos de fe musulmana y judía que afirmaban falsamente haberse convertido al cristianismo.

Por fin había descubierto la verdad sobre el tercer vidente. Era un hombre acusado de haber renunciado a la fe judía de su familia. Un converso.

—Gante está a tres días de camino de aquí —dijo el embajador—, y debemos movernos con rapidez. Debéis oír la profecía antes de la medianoche del catorce de agosto, esa es la última información que he recibido del dominico que controla a nuestro vidente. Faltan cuatro días. Pero Jacquard conoce bien el terreno. Nos llevará hasta allí a tiempo.

—¿Es necesario que Jacquard nos acompañe? —susurré.

El embajador se inclinó hacia delante.

—Entiendo que Jacquard y vos no os lleváis bien. Pero ¿en algún momento os ha lastimado físicamente?

—No —concedí.

—Ni lo hará. De todos modos, a partir de ahora, yo estaré con vos, Juana.

Me detuve a pensar durante un momento.

—Muy bien, iré con vos a Gante. Ya he llegado tan lejos, ¿cómo podría volver? Pero pase lo que pase, jamás perdonaré a Jacquard por haber matado a Charles Adams. —Bajé la cabeza—. Ni tampoco me lo perdonaré.

OceanofPDF.com