El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 31 de 54

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El cáliz

Capítulo 30

Durante mi confinamiento en la Torre de Londres no podía ver el foso desde mi celda. Sin embargo, la mañana de las ejecuciones, no dejé de mirarlo durante horas: un anillo de agua fangosa, bordeado de ramas muertas. Al otro lado del muro, todo estaba escrupulosamente conservado. Sin duda debía de haber algún significado oculto en aquella muestra de abandono, puesto que todo en la Torre tenía un motivo, pero yo era incapaz de discernirlo.

Empezó a llover antes del alba. Cuando llegué a Tower Hill, el chaparrón caía incesantemente. El conde de Surrey maldijo detrás de mí. Llevaba su mejor sombrero, coronado por una pluma de avestruz, pero la lluvia le había marchitado la pluma. Como muchos jóvenes, lo que Surrey más temía era hacer el ridículo.

La lluvia surcaba el rostro arrugado del duque de Norfolk, empapando sus blancas pieles. Sin embargo, su collar de canciller y el medallón de oro seguían brillando desafiantes sobre su pecho. Cuando yo había subido a un caballo en Howard House, él había dicho: «Mantened la cabeza gacha. Cerrad los ojos si no podéis soportarlo. No pienso tolerar el llanto de una mujer a mi lado».

—No lloraré —repliqué—. No es la primera vez que veo morir a alguien ante la chusma.

Estábamos en la colina que se alzaba ante la Torre. Detrás de nosotros, se extendía la ciudad. La iglesia de All Hallow’s Barking y un racimo de casas marcaban la frontera entre Londres y el terreno que era propiedad de la Torre. Muchos hombres se habían congregado alrededor de la plataforma alta y cubierta de paja en la que Henry Courtenay y el barón Montagu no tardarían en morir. Vi otros collares de cancilleres y también pieles. Aquella no era la misma chusma estridente que se había congregado para vitorear la muerte de Margaret en la hoguera. Nadie se reía ni se oía tampoco vitorear, aunque tampoco imaginé ni por un segundo que hubiera entre el público un ápice de emoción.

Los ignoré a todos para concentrarme en la oración. Henry Courtenay había sido declarado culpable de conspirar para destronar al rey y casar a su hijo Edward con lady María para así poder reinar juntos. Yo sabía que eso era una asquerosa mentira. Gertrude no había sido juzgada, pero ni ella ni su hijo habían quedado en libertad. En cuanto al barón Montagu, era culpable por su supuesta simpatía hacia las ideas antimonárquicas de su hermano, el cardenal Reginald Pole.

Me erguí en mi montura. No iba a flaquear ese día. No iba a fallarle a Courtenay ni tampoco a Montagu.

Tampoco iba a fallarle al hermano Edmund. Tenía un plan para liberarnos a los dos del cautiverio al que nos tenían sometidos Norfolk y Gardiner. Lo cierto es que las posibilidades de éxito eran mínimas. Si las cosas ya eran terribles para mí, ese plan podía convertir mi suerte en algo mucho peor. Pero iba a intentarlo antes de irme de Tower Hill, fuera cual fuera el precio a pagar.

Oí que alguien se dirigía en francés a Norfolk. Me volví y enseguida reconocí a Eustace Chapuys, el embajador del emperador Carlos.

—Su majestad debe dar pasos para castigar a los traidores, aunque ocasiones como la de hoy pueden resultar sin duda tristes —dijo Chapuys. Creí que se acordaría de la dama de honor que había atendido a Catalina de Aragón en el exilio durante su última semana de vida, pero él se limitó a saludar con esa leve inclinación de cabeza, que mostraba la cortesía imperial ante una mujer sin importancia de noble cuna, antes de seguir su camino.

A mi espalda, un grupo de hombres hablaban alzando cada vez más la voz.

—Bendito sea el dios de Inglaterra cuyo instrumento sois al liberarnos de estos asquerosos traidores, mi señor Cromwell —dijo alguien.

«Cromwell».

Tendría que haber esperado verlo allí. Había sido una estúpida al no prepararme. Cromwell era el primer ministro del rey y el artífice de esos arrestos. Si me volvía a mirar a Cromwell a los ojos, quizá con ello debilitaría mi determinación. Y, sin embargo, ardía en deseos de ver al enemigo de todo lo que era bueno.

Agarré con fuerza mi crucifijo y me volví.

Media docena de cortesanos rodeaban a un hombre bajo de mediana edad, anchos hombros y vestido con ropa negra y sencilla. Al principio no pude verle la cara, pero entonces un hombre se apartó pesadamente a un lado y el ministro quedó a la vista. Estaba a apenas un par de metros de mí.

Qué feo era Cromwell. Tenía esa piel blanca de alguien que rara vez se expone al sol, aunque no era un asceta. Sobre el cuello anidaba una doble papada —saltaba a la vista que se trataba de un hombre que disfrutaba de la comida y también de la bebida—, y encima, unos labios gruesos y arrugados. Sus ojos, grises y muy juntos, estaban fijos en el clérigo que se dirigía a él en ese instante.

No me detuve a ponderar la idea que cruzó por mi cabeza. Emergió directamente de mi alma, como un arroyo de aguas puras burbujeando desde el suelo:

«Yo os maldigo, Thomas Cromwell. Sois un asesino, un hereje y un destructor. Pero rezo a Dios para que llegue el día en que sea yo la que os destruya».

La intensidad de mi odio me asombró, pero también me dio alas. Con él podría descifrar las últimas partes de la profecía y saber así si sería yo quien daría fin al primer ministro, Thomas Cromwell.

Justo en el preciso instante en que Norfolk se abalanzó sobre mí para obligarme a volverme de espaldas, la mirada de Cromwell se deslizó desde el clérigo hasta posarse en mí. Fue como si el primer ministro hubiera oído mis crueles pensamientos. Nuestras miradas se cruzaron durante tres segundos como máximo, pero en ese fugaz intervalo, esos ojos me estudiaron con tan increíble agudeza que el aire abandonó de golpe mi cuerpo y Tower Hill se tambaleó bajo mis pies.

—Basta de mirar, estúpida —siseó el duque de Norfolk en cuanto volví a situarme de cara al cadalso.

Inspiré hondo y recuperé el control.

No fue Cromwell quien se acercó para averiguar quién era yo instantes después. El señor Thomas Wriothesley, un hombre delgado con una larga barba pelirroja, charlaba con Norfolk y con Suffolk mientras aguardaba a que se hicieran las oportunas presentaciones.

—Os presento a Joanna Stafford —por fin dijo Norfolk, sin la menor elegancia.

—Ah, sí —dijo Wriothesley. El esposo de la invitada a la cena de Gertrude estaba plantado delante de mí, esperando. Ante mi silencio, saludó con una inclinación de cabeza y se marchó.

—Se ha ido a informar a Cromwell —masculló Surrey.

El enojado juramento de Norfolk quedó engullido por un estremecimiento que recorrió la muchedumbre. Todas las cabezas se volvieron hacia el Támesis. Allí estaba: una vara coronada por una bandera recorriendo lentamente lo alto del muro que bordeaba la pasarela hasta la Torre Media. Un momento después vi salir al primer grupo de guardias reales. Tras ellos iba sir William Kingston, el carcelero que todavía entonces atormentaba mis peores pesadillas. Más guardias. Y por fin aparecieron Henry Courtenay y el barón Montagu.

Cuando subieron por el sendero que llevaba a la cima de Tower Hill, vi el resultado del mes que habían pasado en prisión. El marqués, que iba delante, había perdido mucho peso. No le habían permitido vestir un jubón, a pesar del frío. Solo llevaba unas medias oscuras sujetas con un cordel a la cintura y una camisa blanca. A causa de la lluvia, tenía ya la camisa empapada y pegada a la piel. Inmediatamente detrás de él iba el barón Montagu, con una camisa y unas medias similares. Estaba tan macilento que parecía un espíritu que flotara sobre la colina. Cuando se acercó a mí, vi que tenía la camisa desgarrada por delante, dejando a la vista un pecho cubierto de pelo gris. Era repugnante verlos vestidos de ese modo.

Dos señores se aproximaron al grupo que llegaba al cadalso. Eran los jefes de los agentes del orden de Londres. Se pasaron entre ellos una hoja de papel. Un cura subió primero las escaleras del cadalso, seguido de sir William Kingston y de dos de sus guardias de la Torre. El quinto señor que subió con paso firme las escaleras era el verdugo. Yo jamás había visto al hombre que manejaba el hacha. Era fornido, vestido por completo de negro y con una máscara que le cubría la cabeza, salvo por dos ranuras a la altura de los ojos. Como el engendro de una pesadilla febril.

Llegó el momento de que los dos señores ascendieran.

Henry Courtenay subió despacio las escaleras mientras cientos de ojos lo observaban. Cuando faltaban tres escalones para llegar a lo alto se detuvo. El barón Montagu lo hizo deprisa tras él. Le dio una suave palmada a su amigo para que retomara el ascenso. Henry asintió y volvió a subir, aunque le temblaba visiblemente la mano sobre la barandilla cuando llegó a lo alto del patíbulo.

«Doy gracias a Dios y a la Virgen de que Gertrude no esté aquí para ver esto».

Courtenay y Montagu entregaron sus monedas al verdugo —pues un hombre debe pagar para morir ejecutado en el patíbulo— y ocuparon sus puestos en la parte delantera del cadalso.

Empecé a respirar rápida y entrecortadamente. Retazos de plegarias recorrían mi mente. Aunque había intentado acerarme contra lo que estaba a punto de ocurrir, ahora que estaba ocurriendo tuve que hacer esfuerzos sobrehumanos para controlar las oleadas de miedo, de dolor y de pena.

Henry Courtenay, mi primo, dio un paso adelante.

—Mírame, Henry —susurré. Pero su mirada velada simplemente se deslizó sobre la multitud.

Tosió y dijo:

—Buena gente cristiana, he venido aquí a morir y por ley estoy condenado a lo mismo. Rezad por el rey, vuestro justo y piadoso señor y soberano. Y confiad en Dios, al que ahora encomiendo mi alma.

Nadie se declaraba jamás inocente ni escupía amargas palabras al final, pues eso era algo impensable momentos antes de encontrarse con la eternidad. Y yo sabía por qué Henry en particular ensalzaba al rey. Intentaba proteger a Gertrude y a Edward.

Henry Courtenay se arrodilló y puso la cabeza en el tocón de madera.

Para mi propia vergüenza, mis ojos se cerraron. Era una maldita cobarde. Unas gotas de sudor me cubrieron la frente.

Se oyó un golpe seco y sordo. El hacha golpeó con tanta fuerza el cuello de Henry que el suelo tembló bajo mis pies.

—Jesús —susurró el conde de Surrey a mi espalda.

—A Dios gracias que ha necesitado solo un intento —respondió su padre.

Abrí los ojos. El cuerpo decapitado de Henry Courtenay estaba tumbado junto a un tocón bañado en sangre. Los guardias lo trasladaron a la parte posterior del patíbulo y lo introdujeron en una caja alargada. Junto a ella había una segunda caja vacía.

Un hombre izó un saco de yute hasta el borde del patíbulo y metió dentro la cabeza cortada. Cuando el hombre se volvió, acunando el saco entre sus brazos, vi que era Charles, el mayordomo de los Courtenay.

Miré entonces al barón Montagu. No lloraba ni temblaba.

Sir William Kingston le dijo algo, pero él no se movió.

Le había llegado la hora de morir y yo lo entendí todo. Henry era el más bondadoso, el mejor de los dos, desde un plano más general. Pero Montagu era el más fuerte. No me cupo duda de que había insistido para que Henry muriera antes. Tener que presenciar esa carnicería sabiendo que tú eras el siguiente requería una valentía que no estaba al alcance de cualquiera.

Por fin, Montagu dio un paso adelante. Sus ojos recorrieron la multitud hasta que dieron con Norfolk y conmigo. Nuestras miradas se cruzaron y en ese momento mi respiración se relajó. El sudor se secó en mi frente.

Supe cuál era mi misión.

No recité ningún salmo ni tampoco ninguna oración de duelo por los muertos. Abrí la boca y fue la bendición diaria dominica la que acudió a mí: «Que Dios, Nuestro Señor, os bendiga».

Montagu asintió como si pudiera entenderme.

—Que Dios, su hijo, nos sane —dije, alzando la voz.

Norfolk se volvió hacia mí con la mano levantada, pero rápidamente eché a andar hacia adelante en dirección al patíbulo. El duque no me siguió.

—Que el Espíritu Santo nos ilumine y nos dé ojos para ver, oídos para oír y manos para hacer realidad la obra de Dios —siguió repicando mi voz.

Los hombres se hicieron a un lado para dejarme pasar a medida que me acercaba al patíbulo bañado en sangre.

—Pies para caminar y una boca con la que predicar las palabras de la salvación —dije. Yo sabía que todos debían de estar mirándome: Norfolk y su hijo, Cromwell y Wriothesley, el embajador Chapuys y toda la maldita corte. Me trajo sin cuidado.

Estaba ya a escasos metros de él. Eché la cabeza hacia atrás todo lo que pude para poder mirar al barón Montagu a los ojos.

—Y que el ángel de la paz cuide de nosotros y nos guíe por fin, por el don de Nuestro Señor, al Reino —dije.

La bendición había concluido.

El barón Montagu miró a la multitud congregada a mi espalda. Había dejado de llover. Una brisa le revolvió el pelo.

—Larga vida al rey —gritó lord Montagu, tan alto que su voz reverberó por toda la colina.

La muchedumbre esperó. Pero no hubo más.

Montagu se volvió de pronto y con un elegante movimiento se arrodilló. Apoyó la cabeza en el patíbulo. Sus ojos volvieron a encontrarme y entonces me dijo, como si no hubiera nadie más en Tower Hill:

—No miréis, Joanna.

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