El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 49 de 54

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El cáliz

Capítulo 48

Michel de Nostredame y yo partimos con destino a Calais. Era cierto que la villa estaba a menos de ciento cincuenta kilómetros de Gante. Sin embargo estábamos en el mes de noviembre. Me quedé perpleja al salir de la fortaleza de piedra de Gravensteen y ver aquellos cielos grises y fríos. Había estado confinada casi tres meses.

Los caminos estaban cubiertos de barro y resultaron casi impracticables hasta Gravelinas, la ciudad de la costa francesa. Siempre que podíamos, alquilábamos un carro, pero cuando el fango era demasiado profundo para los caballos, nos veíamos obligados a seguir a pie, dejando atrás granjas y aldeas. De noche nos alojábamos en posadas cuando encontrábamos alguna, o pagábamos a cualquier granjero para que nos alquilara una habitación. Nos hacíamos pasar por hermanos, como yo lo había hecho ya con Edmund en nuestras distintas empresas. Nostredame era quien hablaba de los dos, puesto que mi francés con acento inglés no se oía con asiduidad. Los primeros días yo no dejaba de volverme a mirar, pues temía que Jacquard nos hubiera seguido. Pero no había señal de él. O había muerto tras aquella puerta cerrada con llave o iba camino de Amberes.

En todas las posadas oí comentar el histórico avance del emperador Carlos por Francia, acompañado de cinco mil soldados armados, del duque de Alba y de sus nobles preeminentes, chambelanes y cocineros, y sí, de los frailes dominicos de la Inquisición. Todos los comentarios coincidían en que ser ciudadano de Gante era una lamentable perspectiva.

Nostredame nunca me preguntó por qué estaba decidida a llegar a Calais lo antes posible. La noche que entramos en Gravelinas, nos alojamos en una gran posada que disponía de su propia taberna. El dueño accedió a servirnos un plato de sopa de pescado antes de retirarnos. Cenamos en un solitario rincón de la taberna, envueltos en un silencio incómodo aunque amistoso hasta que dije:

—Debo llegar a la corte de Enrique VIII antes de que ocurra.

Nostredame me miró por encima de su cuenco de sopa humeante.

—Entonces, ¿intentaréis impedir el asesinato? —preguntó—. ¿Cómo pensáis conseguirlo?

—No lo sé —respondí—. Sin duda no me será fácil presentarme en la corte, pero estoy convencida de que eso es lo que debo hacer. Empecé a sentirlo así en mi celda del Gravensteen. Jacquard me contó sus planes: si yo no accedía a ofrecer el cáliz, recurrirían a otra persona en Inglaterra. Será en un momento próximo a la boda y coincidiendo de algún modo con algo relativo a un oso.

Nostredame sopló sobre su sopa para enfriarla. Lo miré, esperando una reacción a mi confesión, pero no la hubo. Y entonces supe por qué.

—Vos sabíais que esto ocurriría —dije, atónita.

—No exactamente —respondió, volviendo a soplar sobre su sopa—. Es difícil de explicar.

—¿Por qué fui yo la elegida? —pregunté—. ¿Cuándo nació la profecía? ¿Fue el día que vi a la hermana Elizabeth Barton?

Nostredame negó con la cabeza.

—El futuro no es jamás inmutable. Pero hay hitos fijos, que se conocen desde hace tiempo. No os puedo decir cuánto.

—¿Y qué relación existe entre esos hitos y yo? —pregunté, perpleja.

—Toda —se limitó a responder.

Miré en derredor para asegurarme de que nadie pudiera oírnos y dije:

—Sé que, al impedir que la envenenadora lleve a cabo su misión, estoy despejando el camino para que la cuarta esposa tenga un hijo del rey, y que ese hijo será un enemigo de la fe verdadera. Es una carga terrible, pero la alternativa —despejar el camino al emperador y al rey de Francia para que sometan un reino al caos y después lo partan en pedazos— tampoco me parece correcta, Nostredame. Llevo meses, años, perdida, desde que me vi obligada a dejar mi priorato. Pero ahora he visto la luz.

Me sentí abrumada por mi propia confesión al tercer vidente y se me llenaron los ojos de lágrimas.

A la mañana siguiente el clima, hasta entonces espantoso, nos dio un respiro. Sentí un arrebato de determinación cuando nos adentramos en la parte de la ciudad que daba a un mar turquesa que refulgía bajo el sol. Las altas olas rompían contra la orilla. Al mirar a la playa, vi una flota de barcos de pescadores faenando.

Inglaterra estaba al otro lado de aquel canal. Por fin volvería a casa.

Nostredame, que había conversado largo y tendido con el posadero, dijo:

—Debemos alquilar un carruaje para cruzar el camino elevado que lleva a la empalizada y de allí a la villa de Calais. Solo hay un modo de llegar y es un viaje arriesgado. No hay nada en el camino: ninguna casa, ningún hombre, nada. Es un largo trecho de ciénagas salvajes y desoladas, y si sopla un vendaval y quedamos expuestos a ella, desprotegidos, moriremos.

—Muy bien —dije, mirando al cielo despejado—. Pero no parece que vaya a soplar un vendaval.

Nostredame me lanzó una mirada significativa.

—Ah —dijo—. Claro. Sí, partamos de inmediato.

Alquilamos un carromato que conducían unos toscos hombres con los rostros surcados de arrugas y muy parcos en palabras. A mediodía, el sol había desaparecido. Una hora más tarde estalló el vendaval. Nostredame y yo nos acurrucamos bajo una fronda que no tardó en ceder. Nos agarramos el uno al otro, tiritando en aquel viento gélido y feroz.

—Si muero en la empalizada de Calais —le grité a Nostredame—, ¿hay alguien más que pueda impedir la entrega del cáliz?

—No —respondió—. La vuestra es la única mano.

El cielo se oscureció aún más y el vendaval sopló con mayor virulencia.

Jamás había pasado tanto frío en mi vida, ni había sentido un dolor tan tremendo. Quizá si me quedaba dormida, sería una bendición de Dios.

Nostredame me sacudió por los hombros.

—No, quedaos conmigo —gritó—. Escuchad mi voz.

Pero de pronto me vi engullida por la oscuridad y en mitad de ella apareció el rostro de Edmund. Lo veía exactamente como era cuando había aparecido en la casa solariega de los Howard, en Southwark. Tenía el pelo largo y los zapatos cubiertos de fango. Yo había dejado de oír a Nostredame. Tan solo oía a Edmund.

«He venido a llevaros a casa, hermana Joanna. He venido a llevaros a casa».

—Edmund —gemí—. Ayudadme.

Caí en una especie de sueño y él me sonrió, un poco tímidamente, con esos ojos marrones colmados de silenciosa sensatez, y no del opaco vacío que había en ellos la última vez que lo había visto. Estábamos en Dartford, casados, y Edmund tenía en las manos su libro de poemas, marcada la página que tenía pensado leer.

«Edmund», grité en el silencio de mis pensamientos, «¿por qué me habéis dejado? Dijisteis en la capilla de Blackfriars que jamás me dejaríais, ¿no os acordáis? Pero lo hicisteis. Me dejasteis».

Durante un rato no ocurrió nada y de pronto había dejado de moverme. Oí voces a mi alrededor, aunque eran desconocidas:

—Está helada, fría como la muerte.

—Debemos ir a buscar a un médico ahora mismo. ¿Podéis pagarlo?

Entonces habló Nostredame:

—Soy curandero. Yo cuidaré de ella.

 

Abrí los ojos. Estaba oscuro, pero la lluvia era ya solo una fina llovizna. Había gente en las calles de una ciudad que no apartaban la mirada de mí mientras yo pasaba flotando por delante de ellos. Alcé la vista y me encontré con el rostro de Nostredame. Me llevaba en brazos por Calais.

—¿Adónde vamos? —pregunté con una voz ronca.

—Al otro lado de la empalizada —respondió.

No oí nada más, pues la oscuridad volvió a engullirme.

Cuando desperté, con la sensación de que habían transcurrido apenas unos instantes, estaba acostada en una cama junto a una ventana. El cielo era de un tono gris claro. Oí a las aves marinas llamarse entre sí.

Una hermosa muchacha morena se levantó y aplaudió.

—¡Está despierta! —gritó en francés antes de salir corriendo de la habitación.

Momentos más tarde apareció Nostredame.

—¿Cómo os encontráis? —dijo, tomándome la muñeca durante unos segundos y levantándome los párpados.

—Creo que bien —dije—. ¿Dónde estamos?

—Entre amigos —respondió.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí? —pregunté.

—Tres días. Estuvisteis al borde de la muerte en la empalizada. Perdonadme. Sabía que soplaría un vendaval, pero no imaginaba que sería tan terrible.

Me senté en la cama. Me encontraba un poco débil.

—Dijisteis que cuando llegáramos a Calais iríamos al otro lado de la empalizada, lo recuerdo bien —dije—. ¿Qué quisisteis decir? ¿Qué puede haber al otro lado?

—Joanna, este es un hogar judío —anunció—. Fui al templo a pedir ayuda.

Aguardó mi respuesta.

—Les agradezco su amabilidad, y desearía decírselo —pedí.

Más tarde, ese mismo día, bajé y conocí a toda la familia Benoit: un tendero, su esposa y sus tres hijas. La menor era Raquel. Había sido ella la que con más frecuencia se había ofrecido a sentarse junto a mi cama.

—¿Está preparada para verlo? —preguntó Raquel, visiblemente entusiasmada.

—¿Qué es lo que debo ver? —pregunté.

—Algo que guarda relación con vuestro viaje a Inglaterra —contestó Nostredame—. Algo bueno.

—En ese caso, quiero verlo —añadí de inmediato, haciendo caso omiso de sus protestas, que apuntaban a que no estaba lo suficientemente fuerte como para la caminata necesaria. Nadie quiso decirme qué era exactamente lo que iba a ver. Raquel quería que fuera una sorpresa, una sorpresa feliz, y aunque yo estaba impaciente por recibir buenas noticias, accedí a hacerlo a su manera. Era sin duda una muchacha con determinación.

Tras demostrar mi recuperación dando cuenta de un copioso almuerzo, salí con Nostredame y con Raquel. La casa de los Benoit estaba fuera de las altas murallas de Calais, en un pequeño barrio apartado donde vivían los judíos. Los guardias que vigilaban la puerta de entrada a la ciudad asintieron cuando pasamos y cruzamos el centro de la ciudad. Por fin estaba en Calais, el famoso puerto conquistado por Eduardo III tras un interminable sitio y en ese momento la única posesión que quedaba aún de la Corona inglesa en el reino de Francia.

Raquel señaló a una gran iglesia rematada por una imponente torre y dijo:

—Es el mejor camino.

Me volví, confusa, hacia Nostredame.

Él sonrió y dijo:

—La iglesia de Notre-Dame ofrece las mejores vistas del puerto desde esta parte de la ciudad. Veamos si conseguimos permiso para subir a la torre.

Cuando llegamos a la puerta, Raquel me empujó hacia delante con una sonrisa de entusiasmo en los labios.

—Esperaré fuera —dijo. Nostredame y yo cruzamos la puerta de la iglesia.

El cura accedió a nuestra petición y subimos despacio los escalones que llevaban a lo alto de la torre.

—Aquí tendremos una panorámica perfecta —exclamó—. ¡Mirad!

Me reuní con él delante de la ventana. Desde aquel lugar con vistas privilegiadas pudimos ver las revueltas aguas del canal, al otro lado de las altas murallas del puerto. Había allí una gran cantidad de barcos anclados. Los más pequeños cabeceaban a merced de la incesante brisa invernal de Calais. Debía de haber unos veinte. Al observar con atención la bandera del galeón más grande, contuve el aliento. Era la bandera de la casa Tudor.

—Son barcos ingleses —exclamé.

—Los ha enviado el rey de Inglaterra para llevar a su nueva esposa a Dover —dijo Nostredame—. Ana de Cleves no ha viajado a Amberes para cruzar desde allí. Ha venido hasta aquí, a Calais, a través los Países Bajos. La princesa no tardará en llegar. Volveréis a casa con Ana de Cleves.

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