El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 13 de 54

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El cáliz

Capítulo 12

Me había puesto mi propia ropa, un sencillo vestido negro que no había vuelto a llevar desde mi llegada, pues Gertrude había insistido desde un principio en que hiciera uso de su lujoso vestuario. Había decidido no seguir utilizando su ropa la tarde de mi partida de la Rosa Roja. Y es que, cuando el sol estaba en su zénit, había tomado mi decisión. El peligro se cernía sobre mí, cada vez más evidente, y Arthur y yo teníamos que marcharnos cuanto antes.

Cuando llegué al estudio de los niños, lo encontré vacío. Solo estaba allí el tutor francés de Edward, un serio estudiante universitario llamado François.

—Los niños están tomando su lección en el patio, señora —dijo. Un ceño se pronunció en su frente ancha y joven—. ¿Os encontráis bien? Parecéis distinta.

—Perfectamente —respondí con firmeza al tutor.

Sus ojos se desviaron durante apenas una fracción de segundo hacia algún punto situado detrás de mí, sobre mi hombro. Me volví. Era James, el más avezado de los gemelos.

—El señorito Edward y el señorito Arthur deberían subir antes de cenar —dijo James—. ¿Deseáis esperar para verlos, señora?

—No —repliqué—. Veré ahora mismo a mi primo.

Me volví y me alejé apresuradamente por el pasillo. Cuando llegué a la primera esquina, oí pasos a mi espalda. François y James me seguían.

—Conozco el camino —les grité—. No es necesario que me acompañéis.

Un tramo más y llegué a la escalera principal. Fue difícil no precipitarme por ella, pero el pánico no serviría a mis intenciones. Cuando había bajado la mitad de las escaleras, oí un estrépito de pisadas más arriba. Me volví a mirar. François y James me seguían. Alice, mi sirvienta, iba con ellos, así como un criado cuyo nombre yo desconocía.

Cuando giré al llegar a la última esquina, las pisadas de aquellos perseguidores sonaron aun con más fuerza. Más criados debían de haberse sumado a ellos. ¿Por qué me seguían de ese modo?, me pregunté, furiosa.

Hacía frío esa mañana en el patio. Capas de nubes grises cubrían hasta el último rincón del cielo. Los dos niños blandían en el centro un par de espadas de madera plana. Arthur agitó la suya hacia mí, sonriente. El joven Edward Courtenay me saludó con una inclinación de cabeza, pero había confusión en su rostro. Me volví a mirar una vez más: los criados que me habían seguido sumaban media docena. Se adelantaron, muy juntos, como un solo cuerpo con muchas cabezas y brazos.

Haciendo un esfuerzo por ignorarlos, le dije al señor David, el tutor principal:

—Buenos días. En cuanto termine la lección, necesitaré llevarme a Arthur para prepararlo para partir. Volvemos a Dartford hoy mismo.

—¡No, Joanna, no! —gritó Arthur—. No quiero irme.

—Lo siento, Arthur, pero así debe ser. —Tendí la mano para acariciarle el hombro, pero él se apartó bruscamente de mí.

—Señora Stafford, no he recibido ningún aviso sobre esto por parte del marqués —dijo el señor David.

—Arthur es mi primo —respondí—. La visita ha tocado a su fin. Estoy aquí en calidad de invitada, no de prisionera.

Arthur corrió hacia Edward Courtenay y se abrazó a su cintura.

—Edward, quiero quedarme —sollozó. El mayor de los dos niños lo consoló en voz baja.

—Nadie ha dicho que fuerais prisioneros —dijo el señor David muy tirante—. Os ruego que me disculpéis si os he dado esa impresión, señora Stafford.

En silencio, maldije mi rudeza. El temor me había crispado. Inspiré hondo.

—Perdonadme, no es esa la impresión que me habéis dado —dije—. Arthur, por favor. Ven aquí un momento. Deja que te lo explique.

—No, no, no —sollozó Arthur, agarrándose con más fuerza a Edward. El heredero de los Courtenay me fulminó con la mirada. Se llevó con él a Arthur, alejándolo de mí hacia el extremo del patio cuyo muro limitaba con el Gran Salón. Los criados se adelantaron pesadamente y se dispersaron hasta formar una barrera entre mi pequeño primo y yo.

El señor David dijo entonces:

—Señora Stafford, puedo mandar que avisen al marqués y pedir instrucciones sobre un cambio de planes. En la Rosa Roja nada se hace sin un plan previamente autorizado.

—Eso no será necesario —dije—. Esta noche yo misma hablaré con el marqués. —No iba a ser una conversación fácil, pero tendría que tenerla. A fin de cuentas, marcharnos en mitad del día era una cobardía. Nos iríamos al día siguiente.

James, el gemelo, dijo:

—Pero no podréis hablar con él esta noche. El marqués de Exeter no volverá a la Rosa Roja hasta el 3 de noviembre, el día antes de la cena en honor del barón de Montagu.

—¿Qué? —exclamé—. ¿De qué estás hablando?

—El rey se ha trasladado con su consejo privado al castillo de Windsor —dijo el señor David—. Cuando está en Windsor, mi señor se hospeda en sus habitaciones de la corte. El castillo está demasiado lejos para volver aquí todas las noches.

Miré fijamente a los hombres, esos criados que gozaban del favor de los Courtenay, sin salir de mi asombro por el hecho de que Henry no me hubiera hecho partícipe de la noticia. Aunque, a decir verdad, el día anterior yo prácticamente no me había dejado ver. ¿Cuándo habría podido tener la oportunidad de hacerlo?

No había más remedio: tendría que disponer mi partida con Gertrude. Esa alternativa prometía ser más desagradable, pero ofrecía la ventaja de que Gertrude desconocía que yo había oído sus palabras cuando estaba en el confesionario.

Le dije a Alice:

—Por favor, avisa a la marquesa de que iré ahora mismo a verla.

Antes de que ella pudiera responder, James volvió a tomar la palabra:

—Mi señora está indispuesta. Después de misa ha vuelto directamente a la cama. Cuando está en ese estado, jamás ve a nadie, con excepción de Constance. Hoy no seréis recibida.

La lluvia chispeó sobre nuestras cabezas. Me sequé una gota del ojo al tiempo que asimilaba todo lo que se había hecho y dicho en el patio. Nadie intentó ponerse a recaudo de la lluvia. Esperaban mi siguiente movimiento. Lo único que llenaba el silencio era el repiqueteo de las gotas de lluvia sobre los ladrillos del patio y los sollozos inarticulados de Arthur.

Hice lo que debía. Me colé rauda entre dos criados y recorrí a toda prisa la corta distancia que me separaba de Arthur, con los brazos tendidos hacia él.

—Ven conmigo. Ahora. Vámonos —grité.

Arthur se separó de Edward Courtenay y fue a reunirse conmigo, pero segundos antes de que nuestras manos se tocaran, me vi bruscamente arrastrada hacia atrás. Alguien me agarró de los brazos y me los retorció tras la espalda.

—Vos también estáis indispuesta, señora Stafford —me siseó James al oído—. Necesitáis descansar.

Me dolían los brazos por el modo en que me los tenía agarrados.

—Esto es una monstruosidad, ¡soltadme! —grité.

El señor David levantó la mano. Esperé que le ordenara a James que me soltara.

Pero no fue así.

—Llevadla ahora mismo a su habitación —dijo en voz baja.

James tiró de mí hacia la puerta y sentí que me ardían los hombros. No podía decirle nada a Arthur, que volvía a llorar y esta vez a moco tendido. Pude ver durante una fracción de segundo a Alice. También ella tenía lágrimas en los ojos.

—Lamentaréis esto —le dije a James mientras me empujaba hacia el pasillo.

—No lo creo —gruñó—. Creo que seréis vos quien lo lamentaréis.

De camino a mi habitación pasamos por delante de muchos criados que nos miraban con los ojos abiertos como platos. No había ninguna duda sobre la fuerza que se estaba empleando conmigo. James tuvo la mano cerrada sobre mi antebrazo durante todo el camino, prácticamente arrastrándome, pero nadie dijo nada ni tampoco nadie intentó ayudarme. Uno de los oficiales de mayor rango de la casa, como Charles, sin duda habría preguntado por qué se me trataba con semejante tosquedad. Pero no lo vi antes de que me devolvieran sin consideración alguna a mi habitación. La puerta se cerró con un portazo.

Me senté en el borde de la cama y me froté los brazos doloridos. Los dedos de James me dejarían, a buen seguro, unos inmensos cardenales en la piel. Al principio me invadió la rabia. Pero la rabia no tardó en dar paso a un temor cada vez mayor. James no era ningún estúpido. Solo habría actuado de ese modo de haber estado plenamente seguro de que no habría consecuencias. Debía de haber recibido indicaciones de impedirme abandonar la Rosa Roja. Y yo tendría que haber sido más astuta a la hora de intentar llevarme a Arthur. Había cometido la equivocación de anunciar mis intenciones, de caer en la obviedad y dar órdenes a gente que no tenía ningún motivo para obedecerme.

No podía volver a cometer ese error.

Cuando por fin me calmé, abrí la puerta para ir en busca de Charles, pero James hacía guardia en el pasillo. No habló. Simplemente negó con la cabeza, con sus musculosos brazos cruzados sobre el pecho.

—No tenéis derecho a retenerme aquí —dije.

No respondió.

—Quiero que le digáis a la marquesa de Exeter que debo hablar inmediatamente con ella —comuniqué.

—Mi señora está indispuesta, señora Stafford —respondió—. Ya os lo he dicho. No se la puede molestar.

Reprimí el impulso de chillar hasta que pudiera oírme la gente que pasaba por Suffolk Lane, pero comportarme como una loca no serviría para sacarnos a Arthur y a mí de la casa. No tuve otra elección que regresar a mi cuarto.

Poco después, Alice llegó con la cena en una bandeja y con los ojos enrojecidos e hinchados. Tuve la impresión de que mi criada me ayudaría, siempre que James no se enterara. Alice se marchó y dejé intacta la comida. En vez de comer, garabateé una breve nota y le rogué que fuera a buscar a Charles y le pidiera que acudiera en mi ayuda. Decidí que en cuanto volviera a verla, le entregaría discretamente el mensaje.

Pero Alice no volvió. Me paseé de un lado a otro de la habitación, haciendo girar la nota una y otra vez en las manos hasta desgastar las esquinas del papel, que empezaron a desmenuzarse. Desde la calle no llegó el menor signo del regreso de Henry Courtenay. Ciertamente debía de haberse trasladado al castillo de Windsor. Cuando las sombras de la tarde se alargaron hasta fundirse con la oscuridad, fue Joseph, el más limitado de los gemelos, quien apareció con una bandeja con la cena. Su expresión era tan recelosa que enseguida supe que sería inútil intentar convencerlo de nada.

En la chimenea, las llamas vacilaron hasta quedar convertidas en brasas. No llamé para pedir ayuda ni tampoco las removí. Pronto, el frío se apoderó de la estancia, engullendo las últimas islas de calor. «Soy una invitada, no una prisionera», le había informado al señor David. Me equivocaba, pues era prisionera en la Rosa Roja tan claramente como lo había sido durante los meses que había pasado encerrada en la Torre de Londres.

Por fin la habitación se enfrió de tal modo que me deslicé bajo las gruesas mantas. No me puse el camisón. Completamente vestida, me acurruqué, pegándome las rodillas al pecho, y recé sin descanso, pidiendo una respuesta. Necesitaba confiar en que Cristo me mostraría el camino.

Cuando estaba en mitad del sueño, noté el calor de una vela en el rostro. Abrí los ojos.

La cara de un hombre se cernía sobre mí. Sostenía una vela en alto en la oscura habitación. Era Henry Courtenay, marqués de Exeter, y estaba sentado en mi lecho.

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