El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 38 de 54

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El cáliz

Capítulo 37

 

Edmund no regresó al día siguiente, ni tampoco el día después. La tarde anterior a la boda de la hermana Agatha yo estaba demasiado nerviosa para tejer. Había dormido poco desde que había ido a ver a Jacquard Rolin. Seguía dándole vueltas a su inquietante conversación. Además, no podía dejar de preocuparme por Edmund. La hermana Winifred había estado preguntando y me había dicho que los otros dos hombres de Dartford seguían todavía ausentes. Uno de ellos había mandado decir a su esposa que no habían encontrado a John en el lugar donde lo habían visto en un principio y que insistirían en su búsqueda. Empecé a temerme que hubiera algún tipo de relación entre la ausencia de Edmund y mi implicación en la profecía. Edmund jamás se habría ido de haberlo sabido. Cuánto odiaba ocultarle cosas. ¿Cómo podíamos empezar nuestra vida de casados si nos ocultábamos peligrosos secretos? Pero no me quedaba más remedio si quería protegerlo.

La hermana Winifred me acarició el brazo.

—No os preocupéis —dijo—. Debéis saber que a mi hermano le importan más los enfermos o los necesitados que una boda, excepto la suya.

—Sí, lo sé —respondí con una sonrisa forzada.

Al día siguiente se celebró la boda de la hermana Agatha. Desde que se despertó, estaba tan aturullada como yo había supuesto. La hermana Winifred y yo la acompañaríamos a la iglesia de la Santísima Trinidad que estaba al otro lado de la calle. El resto de los invitados, incluidas las otras exmonjas y exnovicias del priorato de Dartford, se encontrarían con nosotras allí, aunque cabía la posibilidad de que hubiera algunas ausencias. Yo sabía que a la hermana Rachel le resultaba difícil aceptar con esa boda.

La hermana Agatha no tenía parientes varones vivos. Sin embargo, en todas las bodas era un hombre el que debía entregar a la novia. La resolución que se tomó fue cuando menos sorprendente. Un hombre llamado Ellis Hancock, un próspero naviero nuevo en Dartford que había entablado amistad con el señor Gwinn, se ofreció a hacer los honores. Tras la ceremonia, el banquete se celebraría en casa del señor Gwinn.

La hermana Winifred y yo coronamos a la hermana Agatha con la guirnalda nupcial. Estaba hecha de margaritas, prímulas y narcisos que había cogido en los prados del sur de la villa esa misma mañana cubierta de rocío. Se había puesto su mejor vestido: un hermoso brocado azul con hilo de oro.

—Estáis preciosa —susurré.

Me abrazó en señal de agradecimiento y juntas bajamos con la hermana Agatha las escaleras de mi casa. El reloj dio las once cuando abrí la puerta.

El señor Hancock esperaba fuera. Tras él había una multitud de vecinos, con sus mejores galas. Cuando recorríamos la escasa distancia que nos separaba de la Santísima Trinidad, oí un sinnúmero de buenos deseos. La actitud de la villa hacia las antiguas residentes de Dartford había mejorado desde la Navidad. Eso debería haberme complacido, pero en cierto modo me entristeció.

Vi a la familia Brooke mientras caminaba detrás de la hermana Agatha —aquel niño larguirucho con manchas en la barbilla y con esa mirada ceñuda no podía ser otro que Timothy— y, de pie junto a Gregory, estaba también Jacquard. Sonreía y aplaudía como el resto de los vecinos. Esperando más cerca de la iglesia estaban Geoffrey Scovill y la hermana Beatrice, que iban del brazo. Geoffrey y yo evitamos mirarnos, algo que se había convertido ya en una inquebrantable costumbre entre nosotros. Esa mañana vi a todos mis conocidos de Dartford, pero no a la persona que amaba y en la que confiaba más allá de toda duda: Edmund Sommerville. No había vuelto a tiempo.

El señor Oliver Gwinn resplandecía de orgullo cuando las puertas de la iglesia se abrieron por fin. El señor Hancock le entregó a la hermana Agatha y se colocaron uno al lado del otro delante del padre William Mote en la puerta de la iglesia. Alzando la voz para que toda la calle pudiera oírlo, el predicador recitó las amonestaciones y preguntó si había algún impedimento para la celebración de la boda. Nadie habló.

Momentos más tarde, la hermana Agatha había dejado de ser «hermana».

La pareja intercambió los anillos y todos entramos poco a poco en la iglesia para presenciar la misa nupcial y la posterior bendición.

Los recién casados, John y Agatha Gwinn, se arrodillaron juntos cerca del altar con el delicado paño de lino sobre sus cabezas. Yo estaba sentada con Arthur cerca de la entrada. Arthur se sonaba los mocos con un pañuelo. Esa mañana, al despertarse, se encontraba mal. Sentada a mi otro lado estaba mi mejor amiga, la hermana Winifred, seguida de la hermana Eleanor, la hermana Rachel y las tres restantes. Finalmente, habían asistido a la boda. No nos habíamos dirigido la palabra, ni tan siquiera una mirada. De todos modos, compartíamos la misma emoción. Y no era júbilo. Nos apesadumbraba la vida perdida de una monja, una vocación como no había otra igual, colmada de sacrificio y de plenitud. No habíamos sido propiedad de los hombres. Éramos Novias de Cristo. Al cabo de un mes, sería yo la que se arrodillaría junto a Edmund en el altar. El grupo de antiguas monjas que estábamos sentadas en el banco perdería un miembro más. A pesar de que Edmund era el hombre al que amaba, compartía con ellas esa tristeza por una vida que ya no volvería. ¿No debía acaso sentirme tan feliz como Agatha por la unión que me aguardaba? Escuché las bendiciones del padre William y me revolví contra mi melancolía.

Cuando concluyó la ceremonia, todos salimos de nuevo a la calle. Un sol templado bañó a los celebrantes. La hermana Eleanor y las demás hermanas de Holcroft se marcharon sin despedirse. No las culpé por ello. Pedir a antiguas monjas que comieran y bailaran en la boda de una de sus compañeras era sin duda pedir demasiado. Pero también la hermana Winifred empezó a alejarse en dirección a las casas de la acera de enfrente para no acudir a las celebraciones.

—¿No vais a asistir al banquete de boda? —pregunté.

Puso la mano en los hombros de Arthur.

—Este niño empeora por momentos y debe guardar cama. —Arthur lloró en señal de protesta, pero la hermana llevaba razón: el pequeño tenía los ojos vidriosos y las mejillas encendidas. A pesar de sus inmensas ganas de diversión, su sitio estaba en casa. Prometí guardarle algunas golosinas y compartirlas con él de noche.

Caminé sola y en silencio hasta la casa del señor Hancock. La gente me saludaba al pasar. Ahora que, como Agatha, también yo había renunciado al hábito y al velo para asumir mi papel de esposa, la villa estaba dispuesta a aceptarme.

—Alguacil, ¿está completo vuestro recuento? —dijo un hombre a mi espalda.

La siguiente voz que oí fue la de Geoffrey.

—Sí, he mandado la lista. Estamos bien preparados en caso de que los extranjeros invadan el reino. En una hora estaremos prestos a servir a Su Majestad.

—¿El acopio de fuerzas destinado a Londres tiene que ser muy numeroso?

—Me han dicho que el rey ha leído personalmente las listas entregadas por los alguaciles de Londres. La semana que viene viajará a Dover para inspeccionar los nuevos bastiones.

Empezaron a hablar de baluartes, fortines y de las fortificaciones construidas a lo largo de la costa. Apreté el paso hasta el punto de casi echar a correr, para huir de la conversación. Delante de mí iban dos jóvenes tamborileros de la banda nupcial. Prefería con mucho el sonido de su entusiasta golpeteo a la conversación sobre el reclutamiento para la guerra. Pasé por delante de los manzanares en flor y de los campos de cultivo. Acababan de ararlos para plantar el trigo y la cebada. Los granjeros habían labrado líneas en el suelo para delimitar sus dos o tres hileras para la temporada. El olor a tierra nueva, acre y amargo, me insufló un poco de fuerza renovada.

Por fin me desvié del camino principal. Un ancho sendero llevaba a la casa solariega en la que lord y lady Chester habían residido en su día. Si había una casa que podía considerarse maldita, desde luego era esa. Sin embargo, en ese momento los parterres estaban en flor y una fila de pimpollos acababa de desplegar sus pálidas hojas verdes.

Los profusos adornos de la casa —las entrelazadas guirnaldas de flores y hiedra— avergonzaron a mis pobres ramilletes. Las largas mesas rebosaban comida y el vino y la cerveza corrían libremente. Los recién llegados habían hecho un gran esfuerzo por granjearse la amistad de los vecinos de Dartford. Una resuelta excitación impregnaba el aire. El año anterior había sido testigo de muchos menos días festivos y celebraciones debido a los cambios que había sufrido la religión. Ese día, en Dartford, estábamos deseosos de volver a disfrutar de la felicidad.

La pareja de recién casados estaban en el centro de la sala. Agatha, rodeada de su nueva familia. Paseé la mirada hasta tropezar con Geoffrey Scovill, que en ese momento bebía cerveza con un pequeño grupo de hombres. La hermana Beatrice no estaba a su lado. Creía que ella jamás se separaba de él, pero de repente caí en la cuenta de que no había vuelto a verla desde que habíamos salido de la iglesia de la Santísima Trinidad. Quizá no soportara la idea de entrar en casa de lord Chester. Tenía más motivos que nadie para sentirse así.

Muy poco después, se despejó una gran sala para el baile. La primera pieza que tocaron fue en honor de los novios. Todos aplaudimos cuando Agatha cruzó la sala en brazos de su esposo. Yo le había dado unas lecciones de baile al mismo tiempo que a Edmund. La verdad sea dicha, el señor Gwinn era un hombre bastante zafio. Su esposa jamás había sido considerada una mujer delgada. Aun así, la belleza que veía el uno en el otro los dotaba de una elegancia que nadie más igualaba.

Siguió el anuncio de la gallarda. No era una danza sencilla y muchos de los invitados se miraron, dubitativos, antes de retirarse de la pista de baile.

El señor Hancock fue en mi busca. Según dijo, había visto justar a mi padre cuando era apenas un muchacho y quería que la hija de sir Richard Stafford se sintiera como en su casa. Me llevó, orgulloso, a la pista y nos colocamos delante. Su esposa estaba detrás de nosotros, emparejada con un hombre que, por lo que yo sabía, era el posadero más prominente de la villa. Solo otras dos parejas se unieron a nosotros.

Los músicos empezaron a tocar y nosotros a movernos. La gallarda exigía saltos, giros y puntapiés enérgicos que debían acompañar a un ritmo estrictamente marcado. Pero, en mi caso, yo no me ceñía al ritmo. Seguí la música con el corazón y fue como si no hubiera pasado el tiempo. Giré y salté en el aire y el señor Hancock me cogió y giramos juntos.

La gallarda tocó a su fin y dio comienzo una pieza menos cortesana. Todo el mundo corrió a la pista. Saludé al señor Hancock con una reverencia y, cuando ya me retiraba, el posadero me tomó de la mano y me pidió el siguiente baile.

Y así fue como pasé al menos una hora bailando. Uno tras otro, los educados caballeros de Dartford inclinaban la cabeza y me pedían el siguiente baile. Cada vez que eso ocurría, yo me sentía un poco apenada. Tendría que haber vuelto a casa, al lado de Arthur y de la hermana Winifred, pero al mismo tiempo estaba encantada, pues durante el rato que disfruté de la poesía de la música, todos mis problemas quedaron a un lado.

Hasta que Geoffrey se plantó delante de mí y me saludó con una inclinación de cabeza.

—¿Dónde está la hermana Beatrice? —pregunté.

—No se encontraba lo bastante bien para venir.

—Lo siento.

A nuestro alrededor, los demás iniciaban el siguiente baile. Teníamos que unirnos a ellos o salir de la pista.

Geoffrey extendió la mano con una sonrisa. Sin embargo, había cierta tristeza en las comisuras de sus ojos.

No la acepté.

—No estoy segura de que sea propio que bailemos juntos.

No se enfadó. Dijo, pacientemente:

—Joanna, vos y yo vamos a casarnos con otras personas. ¿No podríamos ser amigos, al menos hoy? Ya habéis bailado con todos los hombres respetables de Dartford. ¿No debería el alguacil poder disfrutar de su oportunidad?

Convencida, respondí con una reverencia. Cuando me incorporé, tomé la mano de Geoffrey. Él entrelazó sus dedos con los míos y sentí que un escalofrío me subía por el brazo y rápidamente aparté la mirada. No quería que Geoffrey se diera cuenta de hasta qué punto me afectaba su contacto.

Bailamos juntos por primera vez en nuestras vidas. Cada vez que me volvía lo encontraba en el lugar perfecto. Jamás me tomó la mano más tiempo del necesario ni la soltó demasiado deprisa. Estábamos en perfecta armonía sin tan siquiera pretenderlo. Esperé que no volviera a hablarme, pero por supuesto lo hizo.

—Esta es una parte de vos que a menudo he deseado ver —dijo—. Sonreís. Pero si hasta os reís.

—Es una boda —dije poniéndome a la defensiva. Nos separamos y durante un rato no pudimos volver a hablar. La pieza exigía que entrelazara las manos y bailara con una pareja situada en diagonal a mí. Cuando volvimos a estar cerca el uno del otro, dije—: ¿De modo que me consideráis aburrida?

—No, no —replicó—. Me habéis entendido mal, Joanna. No era una crítica. Solo quiero veros feliz. Es lo que siempre he deseado.

—No estoy segura de que mi destino sea la felicidad —solté de pronto.

Geoffrey abrió los ojos como platos. La música volvió a separarnos. Un instante más tarde, dijo, mirándome de hito en hito:

—Ese es un comentario extraño en boca de una mujer que va a casarse dentro de un mes.

No dije nada. Me limité simplemente a girar y a rezar para que pronto la pieza tocara a su fin.

—Jamás me habéis parecido aburrida, Joanna —dijo—. Sois…, sois…

La canción terminó. Geoffrey tendría que haber inclinado la cabeza y haberse retirado, pero en vez de eso se acercó un paso más a mí al tiempo que extraía un objeto del bolsillo del jubón, un diminuto saco de tela. Tiró de los cordeles para abrirlo y con cuidado vació el contenido del saco en su palma izquierda.

Era una brillante piedra oscura de no más de un par de centímetros de diámetro.

—¿Sabéis lo que es? —preguntó.

—No.

La música empezó a sonar de nuevo. Una vez más íbamos a estorbar al resto de bailarines.

—Un ópalo. Lo llaman el Fuego Negro —dijo Geoffrey—. Se lo compré a un mercader un mes después de nuestro encuentro en Smithfield, después de haber ido juntos a la Torre, cuando creí que no volvería a veros. Quería tener algo que me recordara a vos.

Di un paso atrás, consternada.

—Oh, Geoffrey, no me mostréis esto. Aquí no. Ni aquí ni en ninguna otra parte. No es propio.

Geoffrey volvió a guardar el ópalo en su saco y se lo metió en el bolsillo.

—Lo sé.

Todo el mundo bailaba a nuestro alrededor mientras nosotros seguíamos en el centro de la pista de baile. Las cabezas se volvían a mirar. Oí los susurros por debajo de la música.

Me alejé lentamente de él, escabulléndome entre los bailarines y dirigiéndome a la otra sala.

Geoffrey me dio alcance. Me tomó la mano y tiró de mí hacia él. Fue como si estuviéramos de nuevo en Smithfield, ese primer día. Yo siempre estaba intentando alejarme de Geoffrey Scovill y él siempre me seguía. Y, que Dios me perdone, una parte de mí se alegraba de ello.

—En la gabarra, cuando navegábamos por el Támesis hacia la Torre, cuando desperté tenía la cabeza en vuestro regazo. Cuidasteis de mí. Y aunque estaba dolorido, y también bajo arresto, que Dios me proteja, fue algo increíble. Cómo hicisteis eso por mí.

Se me llenaron los ojos de lágrimas.

—Oh, Geoffrey, no. Lo siento. Lo siento.

—Debo deciros algo más, Joanna —dijo, atrayéndome todavía más hacia él—. El día que fuisteis a Canterbury, yo sabía que si conseguía algún tipo de trato con los hombres del rey, si les informaba, vos jamás me lo perdonaríais. Pero también sabía que os podían matar en Canterbury y no podía permitirlo. Incluso aunque con eso me ganara vuestro odio, aunque con ello os alejara tanto de mí y os acercara tanto a Sommerville que jamás tuvierais para mí ni siquiera una plegaria. —Sus ojos azules brillaban, velados por las lágrimas, algo que jamás imaginé ver—. No podría haber seguido viviendo si hubierais muerto. Esa es la verdad.

De pronto me soltó el brazo. Geoffrey miraba por encima de mi hombro.

Me volví despacio.

A unos pasos de mí estaba Edmund. Me miró fijamente y después miró a Geoffrey, pálido a causa de la conmoción. Después se volvió de espaldas y se marchó, empujando a más de un hombre al pasar para irse lo más deprisa posible.

—¡Edmund! —grité—. ¡Esperad!

Corrí tras él, sorteando a los bailarines, que brincaban y giraban a mi alrededor. No podía ver a Edmund por ninguna parte. Lo había perdido de vista.

Salí corriendo del salón de baile, desesperada por dar con él. La última persona a la que vi, el hombre que estaba de pie junto a la puerta, cruzado de brazos, fue Jacquard. Había una joven con él que llevaba un tocado de color verde claro. Jacquard hablaba con ella, asintiendo, pero sus ojos era a mí a quien miraban.

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