El cáliz
Capítulo 17
Hagar cogió una vela y se volvió de espaldas. Detrás del bar, en el rincón más alejado, había una puerta. Hagar la abrió de un empujón y se adentró en un estrecho pasillo. Gertrude me indicó que la siguiera con una leve palmada en el hombro.
A unos tres metros, por el pasillo, había otra puerta que daba a una pequeña alacena. En un estante se alineaban unas barricas vacías. En la pared contraria vi una caja llena de trozos y restos de verduras podridas: col, zanahorias y puerros. Una nube de insectos diminutos giraba y se zambullía en el montón de deshechos.
Hagar se agachó en el centro del suelo. Unos segundos más tarde encontró una cadena y tiró de ella con fuerza. Se entreabrió una trampilla y Hagar se puso en pie, abriéndola de un tirón. Vi unos escalones que bajaban hasta perderse de vista. Hagar inició el descenso.
Gertrude me empujó hacia la trampilla.
—Vos sois la siguiente.
Los escalones superiores estaban rotos y eran desiguales. Bajé dos de ellos y me detuve. No quería mantener el equilibrio tocando a Hagar. Me dolía la cabeza, quizá a causa de la sed o del cansancio, no lo sabía con seguridad. Me froté los ojos. El resplandor procedente de la vela de Hagar me nubló la visión.
—Dejad que os diga cuál es vuestro destino, Novia de Cristo —dijo Hagar, que seguía plantada en el escalón, esperando a que me recuperara—. En la ciudad de Londres hay lugares a los que la gente acude con varios fines. Los celtas, los romanos, los sajones, los normandos… Todos se han sentido atraídos hasta este lugar, un siglo tras otro. ¿Sabéis por qué?
—No —dije, desmayadamente.
—Vienen a este lugar una y otra vez a buscar justicia —respondió Hagar—. Hoy, en el Guildhall, tenemos jueces y abogados. Son ellos quienes aprueban las leyes. Se condena allí a los culpables a prisión o a morir en la horca. Siempre fue así. Al principio, cuando Bruto el Troyano fundó esta ciudad, domesticó a dos gigantes de la Britania, Gog y Magog, y los obligó a custodiarla. Después, los sacerdotes druidas celebraron aquí sus ceremonias. Podían ser muy precisos con sus cuchillos, y tremendamente crueles, aunque nada comparado con los romanos —apostilló Hagar—. Al otro lado de esta pared de fango había un gigantesco anfiteatro. Era allí donde celebraban los juegos romanos, donde los criminales que habían sido condenados eran despedazados mientras miles de espectadores vitoreaban.
A pesar de lo grotescas que pudieran resultar sus historias, al oírlas volví a ser presa del mareante agotamiento. El pasadizo por el que habíamos bajado había cambiado. Los escalones eran de un material totalmente distinto: una piedra clara y lisa. Mucho más antigua, sí. Y elaborada con una inconfundible simetría de anchura y longitud.
—No falta mucho, Novia de Cristo —murmuró Hagar—. He oído que la marquesa de Exeter os decía que nos dirigíamos a una cripta. Eso no es del todo cierto. A decir verdad, empezó siendo un santuario. Los romanos construyeron esta habitación junto al anfiteatro para venerar a la diosa Artemisa con la oración y el sacrificio. A la virgen Artemisa.
Hagar se rio entre dientes. Odié el modo en que se burlaba de la castidad.
Los escalones tocaron a su fin. Nos congregamos en una zona poco profunda y excavada en la pared, una especie de cueva situada delante de un murete de piedra. El muro estaba hecho con la misma piedra clara que se había empleado para la construcción de los últimos escalones. Hagar señaló con un gesto de la mano hacia una abertura abovedada de paredes descascarilladas y parcialmente desmoronadas situada a la izquierda.
—Novia de Cristo, tenéis ante vos la entrada de Londinium —dijo dramáticamente.
—No es necesario que sigáis llamándome de ese modo —repliqué, irritada—. Ya no soy novicia del priorato de Dartford. Mi nombre es Joanna…
Fue entonces cuando la recordé, justo entre mi nombre y mi apellido. Yo sabía que había oído pronunciar la palabra «Londinium» en algún momento de las últimas semanas. La persona que la había empleado en un fervoroso susurro, en la fiesta de Gertrude, era Jane Bolena.
—No —grité, volviéndome hacia Gertrude—. No puedo.
Gertrude dio un paso atrás.
—¿Qué ocurre?
—Este es el lugar del que os habló lady Rochford. Aquí es donde los Bolena practicaban su brujería —afirmé.
Gertrude se quedó muda. Me volví a mirar a Hagar, que estaba inmóvil e impertérrita. Esa era toda la confirmación que yo necesitaba. Orobas había servido en su día a los Bolena.
—Me trae sin cuidado lo que hagáis conmigo, Gertrude —dije—. Contádselo a vuestro esposo, contadle al mundo entero lo que queráis sobre mí. Ya no me importa. No pienso participar en el mismo pacto con el diablo que los Bolena. De ningún modo.
—Debe entrar por su propia voluntad —le anunció Hagar a Gertrude—. Se os dieron instrucciones muy precisas.
Gertrude negó violentamente con la cabeza.
—No, no, no, Joanna. —Me cogió por los hombros—. Sé muy bien cuánto me odiáis. Os he mentido y os he engañado, pero solo porque debía hacerlo. Por favor, os lo ruego, venid conmigo. No dejaré que nada malo os ocurra. Soy cristiana como vos. Amo la verdadera fe… como vos.
—Sí, sigo la verdadera fe, pero no creo que esté en los planes de Dios convertirme en una sierva del mal —grité—. Es imposible.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Tenemos que averiguar el modo de derrocar al rey, Joanna. Sé que estáis asustada, pero sois la última esperanza de nuestra causa. Pensad en mi hijo y en mi esposo. —Las lágrimas surcaban el rostro angustiado de Gertrude—. Este es el único modo, el único. ¿No podríais dejar a un lado vuestros temores y actuar para salvar las almas de tantos?
La fuerza de sus dedos remitió. Se tambaleó hacia delante y hundió el rostro en mi hombro.
—Os lo suplico —gimió—. Os lo suplico.
Conseguí separarme de ella.
—Os acompañaré a esa habitación, pero con una condición.
Su rostro se relajó, presa del alivio.
—Nombradla, Joanna.
—Henry planea llevaros a vos, a Edward y al resto de vuestra casa al oeste después de su cena con lord Montagu. Debéis dejar Londres cuanto antes y jurarme ante Dios que no conspiraréis ni pondréis en riesgo las vidas de vuestra familia.
—Pero la causa por la que lucho… Por eso os he traído aquí — tartamudeó—. Debo saber qué hay que hacer.
—Independientemente de lo que oigamos aquí esta noche, no debéis hacer nada —dije—. Si no os comprometéis a ello, no daré un paso más.
Gertrude tardó menos de un momento en decidirse.
—De acuerdo —dijo, resignada.
Cogí el crucifijo que colgaba de mi vestido.
—Juradlo por esto —le ordené.
Gertrude se inclinó sobre el crucifijo y pegó a él los labios.
—Ahora estoy dispuesta —dije, volviéndome hacia Hagar—. Vengo por mi propia voluntad y con absoluta libertad.
Hagar nos condujo hasta cruzar la entrada abovedada. «Todavía falta el tercer vidente», me dije. «Ocurra lo que ocurra aquí esta noche, no tengo que hacer nada hasta que oiga la profecía de un tercero. Eso es lo que dijo la hermana Elizabeth Barton. Y eso es algo que nunca haré».
El santuario tendría unos siete metros de largo por unos tres de ancho. No estaba en buen estado. La humedad cubría las paredes desconchadas. En el suelo había una columna rota en pedazos. Junto a la puerta vi una estatua volcada tiempo ha. Solo quedaban intactos los pies de una mujer delgada, insertada en pleno vuelo en un bloque de mármol. En un rincón parpadeaba una vela. Hagar hizo uso de la suya para encender otras dos. En cuanto la luz ganó en intensidad, reveló figuras pintadas en las paredes: personas de ojos exageradamente abiertos, con capas y escudos, me miraban fijamente desde el muro. Había palabras extrañas garabateadas sobre sus rostros y dos pozos circulares de escasa profundidad excavados en el suelo. Una piedra rectangular se apoyaba contra la pared contraria, lo suficientemente larga como para contener un cuerpo.
Sin embargo, lo peor de mi presencia en la estancia no fue darme cuenta de que la tumba contenía restos humanos. Fue el olor, acre y podrido, como el del patio de un carnicero. Aquel lugar estaba impregnado del olor a muerte reciente, y aun así la cripta tenía cientos de años de antigüedad.
En el extremo más alejado de la habitación había dos columnas separadas por la misma distancia. Entre ambas reinaba la oscuridad. Pero entonces la oscuridad mudó, convirtiéndose en una ancha columna en sí misma.
Me quedé helada.
La columna negra se movió hacia delante hasta llegar a la zona iluminada por la luz de las velas. Una lustrosa cabeza blanca se cernía en lo alto. Me vi de pronto mirando a un hombre que vestía una holgada túnica negra, como el sayo desprovisto de cinturón de un fraile. Y sin embargo, bajo el holgado sayo pude apreciar unas extrañas ondulaciones. Era como si estuviera desplegándose.
El hombre abrió la parte frontal del sayo y de allí salió un niño. No tendría más de once años. El niño se adelantó, trastabillando, con unos ojos tan desprovistos de expresión como los de Hagar cuando yo había pronunciado la palabra «Bolena».
—Ven, hijo —pidió Hagar. Le besó en la mejilla y le volvió de espaldas, hacia la puerta.
—No, Gertrude —dije con la voz ronca—. Esto es monstruoso. No podemos permitirlo.
—Ya es demasiado tarde, Joanna —susurró—. Ahora no podemos irnos.
Una voz masculina, profunda y grave, preguntó:
—¿Habéis venido a predicar para mí, Novia de Cristo?
El hombre alto se acercó. Era sin duda un espectáculo aterrador. No tenía un solo cabello en la cabeza. Su frente era alta y estrecha y la nariz sobresalía, muy prominente, como un orgulloso pico. Tenía unos ojos grandes y grises. Incluso a la luz de las velas, esos ojos rebosaban desprecio.
—Este no es lugar de prédica para una mujer —adujo—. Es lugar para los curas y frailes a los que vos servís. ¿No sabéis acaso que arderían en deseos por el hijo de Hagar?
Tuve que contenerme para no huir de la habitación.
—Os equivocáis —dije, intentando dar fuerza a mis palabras—. Vos no sabéis nada sobre esos buenos hombres. Y yo tan solo sirvo a Dios y a la Virgen.
Sonrió, dejando a la vista una hilera de dientes blancos y perfectos.
—Y a mí esta noche —me corrigió.
—No.
—Ah, tan colmada de mojigata furia. Creéis haber visto algo, Novia de Cristo, pero vuestras percepciones, formadas en un mundo tan estrecho, pequeño y oscuro, no son suficientes para lo que esta noche aquí os rodea. No ha sido lo que imaginabais. —Señaló despectivamente hacia la madre y el hijo que estaban en la entrada, y estos salieron al instante de la cámara—. El hijo de Hagar tiene una edad auspiciosa, por eso estaba haciendo uso de su poder, nada más —aclaró—. En la antigüedad, solo los niños como él podían mirar el contenido de un cuenco de líquido iridiscente y leer los portentos del futuro.
Gertrude se movió a mi lado.
—El futuro es lo que hemos venido a conocer —dijo, impaciente.
Él asintió.
—Y lo tendréis. Todo está ya perfectamente alineado para las nuevas visiones. Las doncellas de Cristo, las dos que tomaron el velo entre los muros de la castidad, se unirán en este lugar, el santuario de Artemisa.
No estaba segura de haberle oído bien.
—Gertrude nunca ha sido monja —dije.
Orobas se dirigió hacia la lápida.
—Pero ella sí lo fue —dijo, extendiendo las manos sobre la tumba con peculiar ternura—. Ethelrea, mi más preciosa muchacha. Tan diferente a vos al final. Aunque durante un tiempo era exactamente como vos. Una monja de Dartford.
—Eso es imposible —repliqué—. No puede haber ninguna hermana de Dartford enterrada aquí.
—¿Por qué no? —preguntó Orobas, inclinando hacia mí su lustrosa cabeza.
—Esta cámara fue construida por los romanos, que desaparecieron hace más de mil años. Mi priorato fue construido hace doscientos años.
El hombre se inclinó y acarició con los dedos el techo de la cripta.
—Esta no es una tumba romana. Es sajona. Cuando los sajones ocuparon Londres, el anfiteatro estaba todavía aquí y ellos le dieron uso. Eran un pueblo muy práctico. Un santuario se convirtió en cripta para una muchacha de diecisiete años.
—¿Fue entonces una monja sajona? —pregunté, confundida. Y entonces me acordé de que el convento había estado en la colina cientos de años antes de que Eduardo III construyera un priorato de monjas dominicas. Lo único que quedaba de él eran los cimientos de piedra. El primer convento lo habían consumido las llamas en el siglo X, cuando había sufrido el ataque de los señores de la guerra vikingos.
—La Orden de Santa Juliana —susurré.
—No sois estúpida. —Orobas regresó a las dos columnas situadas en el otro extremo de la habitación—. Cosa poco frecuente en una mujer.
Pasé por alto el insulto y dije:
—Sigo sin creerlo. Es cierto que había monjas en tiempos de los sajones, pero ¿por qué iban a enterrar a una de ellas aquí, en Londres? ¿Y en un santuario dedicado a una diosa romana?
Orobas regresó a la tumba, cargado con tres pequeñas urnas. Las depositó con cuidado, una a una, ordenándolas en fila.
Un arrebato protector se apoderó de mí.
—Si lo que decís es cierto y la mujer que yace en esta tumba fue efectivamente monja en vida, no debéis profanar sus restos con trucos de nigromante.
Alzó bruscamente la cabeza.
—No me gusta esa palabra —dijo—. Los nigromantes son unos estúpidos. Se dedican a cortarles las uñas a los niños y a usarlas para convocar al espíritu que los ayudará a encontrar un tesoro escondido. O a hacer preguntas a la cabeza de un cadáver en un espejo. Yo no hago trucos. La ceremonia que realizo se remonta a diez mil años en el tiempo.
Gertrude me tiró del brazo.
—Tened cuidado, Joanna —imploró.
Me desasí de un tirón.
—¿Y cómo debería llamaros, entonces? —insistí—. ¿Además del nombre del oráculo del demonio que vos mismo habéis adoptado?
—Adopté el nombre de Orobas por la misma razón que un bastardo llamado Giulio de Médici adoptó el nombre de Clemente VII cuando por fin consiguió la elección papal —dijo, encogiéndose de hombros—. Es bueno para el negocio.
Mi primera reacción al oír semejante falta de respeto hacia el Santo Padre fue la de sentirme ultrajada. Sin embargo, luego pensé: «Prácticamente está reconociendo que es un charlatán». El temor que hasta entonces había provocado en mí la inminente ceremonia menguó.
—En respuesta a vuestra pregunta, os diré que soy un evocador de almas —dijo—. Podemos empezar en cuanto ambas os soltéis el cabello.
Yo estaba segura de que Orobas no tenía nada de evocador de almas. Estaba furiosa con Gertrude por haberme obligado a soportar aquel rito sacrílego. No veía el momento de terminar con él. A pesar de que no era plato de buen gusto tener que mostrarle mi pelo a aquel hombre, me quité la toca y me deshice las trenzas. Gertrude me imitó. La vela identificó los mechones de canas entreverados en su cabello negro. Mi pelo había crecido desde que me lo habían cortado en el priorato y me llegaba ya a los hombros. Orobas hundió los dedos en la primera urna y trazó un círculo alrededor del pozo poco profundo más cercano. Cada dos pasos dejaba caer unas gotas de líquido en el suelo de la cripta. Me tensé. ¿Podía ser esa la fuente del espantoso olor que todavía me revolvía el estómago?
—Es agua —me dijo Gertrude, articulando las palabras sin voz. Asentí, aliviada.
En una especie de canturreo, Orobas dijo entonces:
—Hijo de Laertes, nacido del cielo, debéis hacer un nuevo viaje para encontrar el modo de acceder a las salas del Hades y de la asustada Perséfone, para consultar al ciego profeta tebano…
—Es Homero. La historia de Odiseo —dije.
Los ojos de Orobas se abrieron como platos. Estaba tan sorprendido por mis conocimientos como lo había estado en su día el médico de Gertrude, pero Orobas lo disimuló más deprisa.
—De modo que os han enseñado las historias de la Antigüedad —dijo en voz baja. Dejó una urna y cogió otra—. Los grandes filósofos de Grecia y de Roma comprendieron que los muertos están siempre a nuestro alcance. Hablaban con ellos, como Odiseo. La mayoría de los muertos son estúpidos, ahí está el problema. No oyen y ven casi nada. Pero un precioso grupo de unos pocos, cuando el alma se separa de la carne, saben mucho sobre lo que ha ocurrido y lo que ha de ocurrir.
Volvió a recorrer el círculo, rociando el suelo con el líquido de la segunda urna. Aquel líquido no era agua. Era blanco, como la leche.
—Para descubrir lo que saben, hay que acercar a los muertos a los vivos, y a los vivos a los muertos —dijo—. Es una misión extremadamente peligrosa, ¿lo entendéis? Yo soy el maestro del rito.
Asqueada por su arrogancia, le contesté:
—La hermana Elizabeth Barton no evocaba a los muertos.
Orobas concluyó el segundo recorrido alrededor de círculo. Cogió entonces la tercera urna.
—Vuestra primera vidente era otra cosa. Tenía un auténtico don para la videncia, pero no había sido adiestrada en su manejo. Cometió errores en la interpretación, poniendo siempre en riesgo nuestro mundo. Y ya visteis lo que llegó a sufrir por culpa de sus visiones.
—¿Por qué no la ayudasteis? —preguntó Gertrude. Parecía indignada.
Orobas sonrió.
—¿Y darme a conocer a los hombres que sirven al rey? ¿Tan estúpido me creéis? Desde el primer día que la hermana habló en público contra el divorcio del rey estuvo constantemente vigilada. Vos deberíais saberlo, marquesa.
Salpicó el suelo con el líquido de la tercera urna mientras volvía a recorrer el círculo. Esta vez el líquido era oscuro. Me llegó un leve olorcillo: un vino dulzón y fuerte.
—Ahora ambas debéis acercaros a esta parte de la cripta —dijo, señalando el pozo más alejado. Gertrude me apretó el brazo. Fue un gesto de apoyo y también de advertencia. Orobas cogió un objeto grande y cilíndrico cubierto de tela. No era una urna. Lo depositó al otro lado del pozo. El hedor era allí más intenso, aunque no entendí por qué. Las velas estaban lejos. El pozo era oscuro.
Orobas retiró la tela con un rápido gesto. Debajo apareció una jaula de madera. Había algo inmóvil al fondo de ella. Creí que el animal estaba muerto, aunque de pronto oí un leve aleteo. La jaula contenía un pájaro.
—¿Qué hacéis? —grité, con el corazón acelerado. Orobas no respondió. Tampoco se volvió a mirarme. Se limitó a abrir la portezuela de la jaula y sacó de ella un pájaro gris de larga cola: una golondrina. Tenía la cabeza cubierta por una capucha. Al notar el tacto de la mano de Orobas, la pobre criatura aleteó con más energía todavía.
Orobas cogió con fuerza del cuello a la golondrina con una sola mano, impidiéndole así que le picoteara. Con la otra, sacó un largo cuchillo.
—Basta —dije. Todo en mi interior se rebeló contra la posibilidad de ser testigo directo de aquel acto pagano.
Gertrude me rodeó con los brazos, estrechándome en un fuerte abrazo.
—Debe hacer el sacrificio, Joanna —dijo—. Sin él, el alma no puede ver ni oír.
Orobas hundió el cuchillo en el pecho de la golondrina.
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