El cáliz
Capítulo 39
—Eso es una locura —exclamé—. ¿Norfolk ha presentado una ley al Parlamento para impedir mi boda?
El conde de Surrey negó con la cabeza.
—No sois solo vos, Joanna, sino cualquiera que haya servido en un priorato o en una abadía. El estatuto lleva por nombre «Seis Artículos: una ley para abolir la diversidad de opiniones». —Sacó un documento de su jubón—. El cuarto artículo dice que nadie que haya tomado los votos de castidad puede casarse. Hacerlo supone faltar a la ley. Yo lo he leído por primera vez al alba, Joanna. Os juro que lo desconocía. Mi padre lo ha presentado hoy en ambas cámaras al inicio de la sesión del Parlamento, pero yo he venido directamente aquí. Los monjes, los frailes y las monjas, ninguno de vosotros puede casarse. Jamás.
—¡No! —gritó una voz de mujer. Era Agatha Gwinn.
Con la garganta seca, dije:
—¿Dice algo la ley sobre la reinstauración de los monasterios? ¿Acaso tiene el rey intención de hacer eso?
—No.
—¿De modo que no puedo ser monja, pero tampoco puedo casarme? — pregunté, perpleja.
Edmund dio un paso adelante.
—Dejadme verlo —dijo.
Surrey le tendió el papel y John Cheke se lo arrebató de las manos para dárselo a Edmund. Lo leyeron juntos, allí de pie.
—¿Vuestro padre redacta y presenta una ley sobre política religiosa? — le pregunté a Surrey—. Me cuesta creerlo.
John Cheke leyó en voz alta:
—«Cuarto: que los votos de castidad o de viudedad, tomados deliberadamente por un hombre o una mujer ante Dios, deberían responder ante la ley de Dios, y que eso los aparta de otras libertades de las personas cristianas, que sin eso podrían disfrutarlas».
—Gardiner —dije, conteniendo el aliento. Oí la voz del obispo en esas palabras.
Surrey no me miró a los ojos. Al menos en eso no me equivocaba. Gardiner había redactado la «Ley de los Seis Artículos» entregándosela después al par preeminente del reino, el duque de Norfolk, para que apoyara su aprobación en el Parlamento.
John Cheke estaba visiblemente horrorizado, y no solo porque mi boda se hubiera visto inmersa en semejante caos. Mientras leía con atención el documento, declaró:
—Esta ley protege la misa, la confesión, el sacramento de la comunión, los principios fundamentales de la fe católica. Violar estos principios será penado por la ley. La Reforma ha concluido en Inglaterra. Si esta ley se aprueba, asistiremos a un gran retroceso.
La iglesia estalló en un mar de confusión. Nobles y tenderos, navieros y monjas, todos hablaban a la vez sobre el brusco cambio de rumbo que podía tomar el reino a partir de ese momento. Agatha Gwinn sollozaba desesperadamente en brazos de su esposo. Ambos estaban claramente aterrados ante la posibilidad de que su boda quedara anulada. El padre William Mote miraba al altar y a las paredes de la iglesia, perplejo al pensar en lo que a partir de ese momento podía ser restaurado. Úrsula lucía radiante de orgullo, un orgullo que compartía su marido Stafford. Fuera de la iglesia, en los escalones, estaba Timothy Brooke, flanqueado por su familia, vociferando su disgusto ante un puñado cada vez más numeroso de seguidores reformistas.
Durante unos momentos, nadie se acordó de Edmund ni de mí.
—¿Qué hacemos? —le pregunté, notando la presión de la guirnalda de novia sobre la frente.
—No lo sé —fue su respuesta. Edmund raras veces se mostraba indeciso. Sin embargo, en ese momento, estaba tan petrificado como yo.
El pobre Arthur estaba fuera de sí.
—¿Qué ocurre? ¿Qué ocurre? —gritaba al tiempo que la hermana Winifred intentaba calmarlo. Pero cómo iba la hermana a darle una explicación si ninguno de nosotros teníamos la menor idea de qué hacer.
Fue John Cheke el primero en decirlo.
—Debéis casaros de todos modos —nos dijo a Edmund y a mí—. Puede que la ley no se apruebe.
Surrey le oyó y dijo:
—Se aprobará, señor, no lo dudéis. Estará vigente en junio. Y el castigo será la horca para quienes desafíen alguno de sus artículos.
Cheke negó con la cabeza.
—Casaos hoy, Edmund. Os lo imploro.
Se sucedieron las opiniones. Mis parientes Stafford, siempre dispuestos a inclinarse ante la autoridad, nos pidieron que pospusiéramos la boda hasta que el Parlamento hubiera tomado su decisión. Marcus, el hermano de Edmund, también dijo que debíamos esperar. Pero otros nos aconsejaron que siguiéramos adelante con la ceremonia y que, cuando la ley se hubiera aprobado oficialmente, pidiéramos una exención legal.
El conde de Surrey dijo entonces:
—Para una monja o un fraile que se case con alguien que no haya jurado los votos, quizá haya alguna esperanza de que le concedan una exención. Joanna, el hecho de que hayáis sido novicia y no monja podría exoneraros. —Se volvió hacia Edmund—. Pero vos, fraile confeso durante varios años, no creo que pudiera hacerse nada por vos. Jamás podréis casaros, ni con ella ni con nadie.
—No sois abogado —replicó John Cheke—. ¿Hay alguien aquí que represente a la ley? ¿Algún juez de paz o alguacil?
—No —dijo bruscamente Edmund. Cheke no lo oyó, pues se había vuelto para dirigirse a la multitud. Edmund no quería que Geoffrey Scovill se mezclara en el asunto. Empecé a marearme «Por favor, que no encuentren a Geoffrey», pensé. No lo había visto en la iglesia. Quizá no hubiera asistido. Teniendo en cuenta los sentimientos que había confesado el mes anterior, sin duda tendría que haberse ausentado.
—¡Alguacil Scovill! ¡Alguacil Scovill!
La llamada empezó a repetirse mientras yo rezaba en silencio para que Geoffrey estuviera ausente.
Pero la multitud se hizo a un lado y Geoffrey avanzó hacia nosotros. Había estado allí todo el tiempo, aunque fuera de mi vista. No había ni rastro de la hermana Beatrice. Geoffrey caminaba despacio, con ánimo reticente.
—No puedo hacer cumplir una legislación que todavía no se ha convertido en ley —dijo.
El padre William Mote intervino:
—Pero debéis emitir un juicio en este caso. Hay una docena de opiniones distintas. Nadie sabe con seguridad cuál es la acertada. ¿Puede Edmund Sommerville casarse hoy con Joanna Stafford?
Geoffrey no me miró. Avanzó un paso hacia Edmund, luego otro.
Con un tono de voz cada vez más duro, dijo:
—No, no puede.
—Y yo jamás permitiré que vos me gobernéis —dijo Edmund. Y para mi horror, golpeó con la palma de la mano el pecho de Geoffrey, empujándolo unos centímetros. Inmediatamente, Geoffrey le devolvió el empujón. Los celos y la desconfianza que desde siempre habían ardido en ambos hombres estallaron por fin en la iglesia de la Santísima Trinidad.
—¡Basta, os lo ruego! —grité.
Mientras la rabia entre los dos iba a más, alguien me levantó del suelo y me sacó de la iglesia. Eran el conde de Surrey a un lado y mi primo, lord Henry Stafford, al otro. Intenté volverme para ver lo que ocurría con Edmund. Vi a un denso grupo de hombres a su alrededor. Los hombres habían separado a Edmund y a Geoffrey.
Los vecinos me miraban, boquiabiertos, en High Street, mientras los Stafford y los Howard me llevaban a casa. Jamás se había visto nada igual. Hasta el momento no se había interrumpido en la villa ninguna boda.
Ya en casa, me arranqué la guirnalda de novia de la cabeza, la rompí en dos y la arrojé al suelo.
—Oh, Joanna, no hagáis eso —gritó Úrsula, arrodillándose en el suelo para volver a recomponerla.
—Gardiner me ha hecho pagar por ello, me ha hecho pagar por ello — dije, entre la risa y el llanto.
—Os ruego que os calméis, Joanna —me pidió. Me puso las manos en los hombros—. ¿Habéis llegado a conocer al obispo de Winchester? Sed razonable. ¿Por qué iba él a actuar contra vos en particular?
No había ninguna respuesta posible a su pregunta.
—Edmund —comenté—. Debo hablar con Edmund.
—No —dijo Henry—. No hasta que la situación se haya calmado y tengamos una idea más clara de cómo proceder. Y vuestro señor Sommerville debería calmarse un poco. No se ha comportado como un caballero en la iglesia.
—No lo critiquéis —dije—. No lo entendéis, no podríais. —Fui hacia las escaleras—. Dejadme. Todos —les pedí a mis parientes.
Así lo hicieron. Me encerré con llave en mi habitación y me tumbé en la cama. Lloré, aunque con el puño en la boca para que no me oyeran. Por encima de todo, quería evitar que me consolaran o que me aconsejaran. Ninguno de ellos, salvo Edmund, podía ayudarme. Debíamos solucionar la situación juntos. Quizá estuviera equivocada. Quizá Gardiner no había pensado en mí al incluir la cláusula en la que se prohibía casarse a las monjas, a los frailes y a los monjes, y esa iniciativa solo formaba parte de la política conservadora que había decidido aplicar. Como bien había dicho John Cheke, quizá el Parlamento no aprobara la propuesta. O, si finalmente lo hacía, quizá Edmund y yo podríamos obtener algún tipo de exención.
Se oía ir y venir a gente en el piso de abajo. Dejé de llorar para prestar atención. Edmund no tardaría en llegar a buscarme, de eso estaba segura. Esperé a oír el sonido de su voz.
El conde de Surrey fue el primero en irse de mi casa. Sin duda debía de estar sufriendo por haberse separado durante tanto tiempo de su padre. Yo sabía que había ido a Dartford porque temía que yo quebrantara la ley. Aun así, deseé con toda mi alma que no lo hubiera hecho. En ese momento podríamos haber estado casados, bailando y celebrándolo con nuestros amigos.
Y después llegaría nuestra primera noche juntos, algo que yo temía y deseaba en igual medida. Pero no podía permitirme pensar en eso y mucho menos abandonarme a esos difusos anhelos sobre lo que debía de ser compartir el lecho con mi esposo.
La luz de la tarde menguó. Henry y Úrsula seguían abajo. Arthur debía de estar con sus primos en casa del señor Hancock. Desde mi habitación oí el leve murmullo de la conversación de los Stafford. Debían de estar profundamente arrepentidos de haber ido a Dartford después de que todo hubiera terminado en catástrofe. Pero no podían dejarme sola, pues el deber familiar los obligaba a hacer las veces de protectores.
Tosí delicadamente en lo alto de las escaleras y levantaron la mirada, sobresaltados.
—Estoy mejor —dije—. No es necesario que os quedéis. —Vacilé durante unos segundos, antes de preguntar—: ¿Ha estado aquí Edmund?
—No —respondió Úrsula.
Algo ocurría. Echando mano de hasta el último gramo de control que todavía me quedaba, dije calmadamente:
—En ese caso, seguramente hablaré con él mañana. Esta noche estoy agotada. Creo que comeré algo y me acostaré.
—Aquí no —dijo Henry—. Os alojaréis con nosotros en casa del señor Hancock. La villa es demasiado volátil. La noticia de la nueva propuesta de ley los tiene demasiado alterados. Una mujer no puede dormir sola y desprotegida en una casa.
Me volví hacia la cocina. Kitty no estaba.
—Tengo una criada a la que puedo mandar llamar —dije—. Si consigo su compañía, ¿volveréis a casa del señor Hancock? Debéis cuidar de vuestra familia, y debéis además organizar las cosas para vuestro regreso al castillo de Stafford.
—No podemos irnos hasta que se solucione la cuestión de vuestro matrimonio —dijo Henry.
—Edmund y yo lo solucionaremos —respondí con firmeza.
Úrsula hizo una mueca.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Henry mandó a buscarlo hace un par de horas para empezar a hablar con él, pero no hubo modo de dar con Edmund Sommerville. Su hermana desconocía su paradero y lo mismo su hermano. Mandamos a preguntar al señor Cheke, el estudiante de Cambridge. Nadie ha visto ni ha vuelto a saber nada de Edmund Sommerville desde la desafortunada pelea con el alguacil en la iglesia.
Mi amado estaba en apuros. Tenía que ayudarlo. Solo yo podía hacerlo.
—Edmund a veces busca la soledad en la oración. Estoy segura de que lo veré mañana —dije, alzando la voz.
Por fin accedieron a marcharse. Media hora más tarde, apareció Kitty. Con los ojos como platos, confirmó mis sospechas de que mi maldita boda se había convertido en la comidilla de todo Dartford y accedió a dormir en casa.
—Todo se arreglará, Joanna, ya lo veréis —dijo Úrsula, besándome en la mejilla.
—¿Os apetece un poco de sopa, señora Stafford? —preguntó Kitty cuando nos quedamos solas.
—Claro que sí —dije.
Me senté junto a la esquina de mi ventana. Fuera caía la noche, pero la gente seguía congregada en High Street, en mayor número que de costumbre en esa hora del día. Tendría que esperar a que se hiciera de noche del todo.
Kitty estaba ocupada en la cocina. La oí cortar verduras y oí también el siseó del fuego bajo la olla de la sopa. Lamenté tener que engañarla de ese modo, pero no tenía elección. Me escabullí a la calle.
A mitad de camino de la enfermería, a punto estuve de chocarme con Humphrey en la calle.
—Señora Joanna, iba hacia vuestra casa —dijo.
—¿Te envía Edmund? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—¿Sabes dónde está?
—El señor Sommerville está en la enfermería —respondió Humphrey —. Pero está… está…, algo le ocurre. Creo que está enfermo. No sé qué hacer.
Recorrí corriendo el resto del camino. Humphrey me seguía muy de cerca. Cuando me acercaba a la enfermería vi parpadear una vela en la ventana.
Entré sin llamar, gritando:
—¿Edmund? ¿Edmund?
No hubo respuesta.
—Está en la parte de atrás, señora —dijo Humphrey—. No puede sostenerse en pie.
Encontré a Edmund tumbado en un camastro. Llevaba todavía el traje de novio: el jubón de color gris claro y las calzas. En un primer momento creí que estaba inconsciente, porque parecía totalmente inmóvil. En la parte trasera no había ninguna vela.
Me arrodillé junto al camastro.
—Edmund —susurré—. Estoy aquí.
Giró despacio la cabeza.
—¿Joanna? —dijo con voz temblorosa—. ¿Habéis venido a verme?
Se me aceleró el corazón en el pecho.
—Trae la vela, Humphrey —dije.
Cuando lo hizo, sostuve la vela en alto para que su luz bañara el rostro de Edmund. Parecía semidormido y tenía una expresión de calma absoluta en el rostro. Sus ojos eran como dos estanques lisos y oscuros. Yo no había visto esos ojos desde hacía más de un año. Y ni siquiera entonces, cuando estaba en los últimos estertores de su dependencia de la flor roja de la India, había tenido un aspecto tan evidente.
—Le he encontrado tumbado en el suelo junto a su mesa de trabajo — dijo Humphrey—. Disculpadme por preguntaros esto, señora Stafford, pero no está borracho, ¿verdad?
—No —respondí—. No está borracho.
La mano con la que sostenía la vela empezó a temblar violentamente y la dejé en el suelo.
—¿Joanna? —llamó Edmund antes de parpadear dos veces—. ¿De verdad estáis aquí?
—Sí, estoy aquí —dije. Me volví hacia Humphrey—. Ve al Bell Inn y pregunta por John Cheke. Corre a buscarlo. Pero no le cuentes a nadie el estado en el que se halla Edmund, es muy importante. ¿Lo has entendido?
—Lo he entendido.
Humphrey salió corriendo de la enfermería.
Me acuclillé junto al camastro de Edmund, sobre el frío suelo.
Edmund giró la cabeza y me observó con esos ojos terribles y adormilados.
—¿Estáis llorando, amor mío? —preguntó—. ¿Por qué?
—No tengo ningún motivo —respondí con la voz emocionada.
Después de un momento, Edmund dijo:
—Todavía lleváis puesto el vestido de novia.
Bajé la vista hacia los pliegues de la falda.
—Sí.
Las historias, las canciones y los poemas que hablaban de desamor siempre me habían llevado a imaginar un sentimiento triste y apenado, pero no fue en absoluto así. Mi dolor era feroz.
—Parecéis cansada. Deberíais acostaros a mi lado —dijo—. Todo se arreglará, Joanna.
—Sí, Edmund.
Me acurruqué junto a él en el estrecho camastro. Me volví de costado para que mi cabeza reposara sobre su pecho y le puse el brazo sobre el suyo. Edmund acarició ese brazo con suavidad mientras la llama de la vela ardía con fuerza, muy cerca de mi espalda. Las lágrimas iban cayendo de mis ojos, pero no me moví ni temblé a causa de los sollozos. No quería preocupar a Edmund, aunque sabía que poco importaba que me moviera. Daba igual lo que hiciera. Lo más probable era que él no se diera cuenta.
—Ya lo veréis, Joanna, ya lo veréis —repitió Edmund en voz baja—. Todo se arreglará.
OceanofPDF.com