El cáliz
Capítulo 32
—¡Janna! ¡Janna! —gritó Arthur en la entrada de la casa de los Sommerville. Un instante más tarde a punto estuve de caer al suelo cuando su fuerte cuerpecito impactó contra el mío. Entre risas, lo estreché tanto como pude entre mis brazos mientras veía llorar a la hermana Winifred, envuelta a su vez en el afectuoso abrazo de su hermano mayor.
—Tranquila, ya estoy aquí, ya estoy aquí —dijo el hermano Edmund—. Todo se arreglará.
Pero en lo que a mí me concernía, no todo se arregló. Tras un día de lágrimas y más abrazos, me acosté agradecida en mi cama y fui entonces víctima de incesantes terrores nocturnos. La mañana siguiente me encontró débil y espesa. Aun así, me obligué a ir a la Oficina de Aduanas a recoger mi telar.
Jacquard Rolin, el joven reformista de los Países Bajos, me condujo al almacén. Allí estaba: la segunda larga barra de madera con el rodillo que encajaba entre ambas y los pedales para tres hilanderas.
—En Bruselas trabajan con gran maestría, n’est-ce pas? —dijo Jacquard, orgulloso de lo que había sido creado en los talleres de su paisano.
Jacquard le dijo a un muchacho que corriera a reunir a cuatro chiquillos para transportar el telar. Un momento después de que el pequeño se escabullera, un anciano se detuvo en la entrada del almacén y nos observó con atención.
—¿Puedo ayudarlo en algo, señor Brooke? —preguntó Jacquard.
Me tensé. De modo que aquel era el esposo de la señora Brooke, la misma que me había atormentado durante mi último día en Dartford antes de marcharme a Londres. El señor Brooke era el encargado de contratar a los hombres que debían supervisar la construcción de la nueva casa solariega del rey que iba a levantarse sobre las ruinas del priorato.
—Timothy estará a punto cuando las campanas den las cuatro — anunció el señor Brooke.
—Allí estaré. No me lo perdería por nada —dijo Jacquard. Y lanzando una mirada asesina en mi dirección, el señor Brooke se volvió y se marchó.
Jacquard me informó de que Timothy, el mayor de los hijos de los Brooke, había regresado hacía dos meses de la universidad convertido en un entusiasta predicador en pro de la Reforma. Había subido al tocón de un árbol del potrero que estaba junto a la casa familiar y había proclamado la palabra de Dios a todo aquel que iba a escucharlo.
—¿A un tocón? —pregunté. Pocas cosas me desconcertaban más que el desprecio que mostraban los reformistas por una hermosa catedral o por la iglesia de un monasterio, adornada con vidrieras, estatuas y enjoyados cálices y bandejas, en favor de un potrero o de una común sala de reuniones.
—Es muy inspirador en sus interpretaciones de las Escrituras —dijo Jacquard. Sus delicados rasgos se endurecieron al tiempo que un intenso halo emanaba de él: el resplandor de un auténtico creyente—. Cada vez que Timothy habla, aparece más gente que se une a la discusión sobre el Evangelio.
Aquella era una villa que había sido famosa por su tradicional piedad, por lo orgullosa que estaba de un priorato de monjas dominicas y por el apoyo que prestaba a la multitud de peregrinos que viajaban a Canterbury. Y ahora sus habitantes se reunían alrededor de tocones.
Aparecieron los cuatro chiquillos y Jacquard insistió en liderar al grupo hacia mi casa. High Street estaba muy concurrida esa tarde. Aunque hice cuanto estuvo en mi mano por mostrarme despreocupada mientras caminaba al lado de Jacquard, lo cierto es que me inquietaba tener que repetir el desafortunado trayecto. Era ridículo temer a los sencillos vecinos de Dartford, pero fui incapaz de calmar mis crispados nervios.
Sin embargo, el hombre que iba a mi lado resultó ser mucho más el centro de atracción que yo. Jacquard hechizaba a las mujeres de Dartford. Vi que algunas jóvenes —y también alguna que otra no tan joven— lo miraban embobadas en la calle.
—Sois popular, señor Rolin —comenté.
Jacquard se rio.
—Con la más absoluta modestia. Ah, si viéramos al alguacil Geoffrey Scovill en High Street sabréis lo que es provocar un profundo efecto en las mujeres de Dartford.
Al oír el nombre de Geoffrey en sus labios, y en un contexto tan frívolo, volví a tensarme. No había vuelto a ver a Geoffrey desde mi regreso. Aunque tendría que haberle notificado enseguida mi vuelta, no estaba segura de qué decir.
Cuando Jacquard empezó a parlotear sobre mi empresa de elaboración de tapices, me sentí agradecida al principio.
—Lo que planeáis hacer es extraordinario —dijo—. He visto vuestro diseño, y debo reconocer que me ha sorprendido vuestra elección para el primer tapiz.
—Pero el diseño estaba envuelto y sellado —dije—. ¿Cómo habéis podido conocerlo?
Jacquard se disculpó con una profunda inclinación de cabeza.
—Para los libros mayores, debo llevar un registro de todas las compras que llegan a Dartford. Es parte de mi comisión real. Lo examiné brevemente solo con ese fin y después volví a sellarlo.
Quizá había hecho lo que decía, pero me molestó saber que había hurgado en mis cosas.
—¿Qué es lo que os sorprende sobre un ave mítica? —dije en voz alta.
Sonrió.
—Para empezar, la ambición artística. El fénix es una de las criaturas más brillantes. Tendréis que emplear muchos, muchísimos colores y tonos distintos. Habéis elegido además retratar al fénix al término de sus días, cuando, después de mil años, reposa en su nido de pequeñas ramas para prenderse fuego y arder y, supuestamente, un fénix nuevo y joven renacerá de las cenizas. ¿Cómo sugeriréis las llamas?
—Con hilo de oro —respondí—. En cuanto a lo ambicioso del diseño, debo crear algo que resulte impresionante para mi primera obra. Una serie de tapices que cuenta una historia es lo que más dinero requiere, pero solo dispongo de un telar de tres tejedoras. Me llevaría más de un año crear una serie. Por eso he seleccionado una sola imagen, y muy hermosa, que pudiera ser apreciada a simple vista. Si encuentro al comprador adecuado y consigo que lo exhiban en un lugar prominente, el tapiz del fénix me proporcionará más clientes.
Jacquard se detuvo en plena calle.
—Pero veo que habéis calculado hasta el último detalle y habéis concebido un plan brillante —dijo.
—Oh, no es para tanto —respondí, abrumada—. ¿Y es eso todo? Habéis dicho: «Para empezar». ¿Hay algo más sobre mi elección que os haya sorprendido?
Inclinó la cabeza a un lado al tiempo que sus ojos líquidos me estudiaban.
—Me preguntaba si os habríais parado a pensar en lo que quizá algunos creerán que representa el fénix, en particular si ha sido tejido por mujeres que en su día profesaron en un priorato.
—No es más que un pájaro —protesté—. El mito del fénix proviene de Heródoto, que vivió en el siglo V antes de Jesucristo, Nuestro Señor. No tiene nada que ver con la fe católica.
—El fénix vive mil años —dijo Jacquard—. Y los monasterios católicos han existido durante mil años. ¿No podrían esta muerte y el posible renacimiento ser vistos como un símbolo? Los símbolos pueden ser poderosos.
Los hombres llevaron el telar hasta mi puerta. Yo entré primero, intentando disimular mi desaliento. ¿Acaso podía haber sido mi intención, de un modo no del todo consciente, declarar ante el mundo mi deseo de ver renacer nuestra fe de sus cenizas? Pero no tenía el menor deseo de crear ninguna controversia con mis tapices, puesto que eso no habría de reportarme ningún beneficio.
La hermana Winifred jugaba con Arthur en el salón. Entusiasmado con la llegada de los hombres, Arthur me atosigó a preguntas sobre el telar. En la cocina, Kitty, mi sirvienta, sirvió el almuerzo a dos de los hombres que habían seguido al hermano Oswald. Todos dormían en la enfermería. El hermano Oswald estaba muy malherido y otros tres estaban también demasiado enfermos o se habían debilitado al deambular por la villa, y el hermano Edmund cuidaba allí de ellos, de día y de noche. Cuando se hubieran recuperado lo suficiente, su plan era viajar a Aylesford, un monasterio carmelita recientemente clausurado donde un hombre se sumaría al grupo.
Al ver cómo los desaliñados monjes devoraban un pastel de pescado, entendí lo raros que debían de resultarle a Jacquard. Sus hábitos raídos revelaban que antaño habían servido en monasterios. Yo no quería que la reunión para la oración de la tarde se convirtiera en una sesión de chismorreo sobre los monjes que habían llegado a la villa.
Pero en el preciso instante en que abrí la boca para despedirme de él, Jacquard anunció:
—Me ocuparé del montaje del telar.
—No será necesario —protesté—. Ya habéis hecho más que suficiente.
—Deberíais considerar la amable oferta del señor Rolin, hermana Joanna —dijo la hermana Winifred—. Para nosotras será muy difícil hacerlo. ¿No os parece que nos ahorraría tiempo?
—Desearía ayudar en todo lo que pueda —insistió Jacquard, muy serio.
De modo que se puso manos a la obra. Mientras supervisaba la construcción del telar, acariciaba a Arthur en la cabeza, conversaba cortésmente con la hermana Winifred y conmigo y bromeaba a voz en grito con una sonrojada Kitty. No parecía prestar la menor atención a ninguno de los dos monjes que estaban en la cocina, ni siquiera cuando salieron de mi casa para regresar a la enfermería. Cuando el telar estuvo montado, Jacquard se marchó con una última y cortés inclinación de cabeza.
La hermana Winifred se acercó y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Es espléndido —susurró—. Ahora retomaremos la labor que desempeñábamos en el priorato y crearemos obras hermosas. Oh, hermana Joanna, dedicaré todo el tiempo que pueda a ayudaros a tejer.
—¿Lo haréis? —dije. Le rodeé con el brazo la estrecha cintura. Le estaba muy agradecida por su amistad… y por haber superado los recelos que provocaba en ella mi empresa de elaboración de tapices. En ese momento la puerta se abrió bruscamente. Al principio, creí que era Jacquard, que había regresado, pero a quien vi en el umbral fue a Geoffrey Scovill… y a la hermana Beatrice.
Iban juntos, y sin embargo no podía haber mayor contraste en la actitud de uno y de la otra. Geoffrey se movió rígidamente y no dijo nada más allá de «Buenas tardes», mientras que la hermana Beatrice balbuceó, con los ojos radiantes:
—No cabía en mí de gozo…, no cabía en mí cuando me he enterado de vuestro regreso, hermana Joanna. Han pasado dos meses y os hemos echado mucho de menos. No sabéis cuánto hemos lamentado vuestra ausencia. Geoffrey no me ha creído cuando he ido hoy a buscarlo al este de la villa para decirle que habíais vuelto. Entonces le he dicho: «Vayamos a ver». Y aquí os tenemos. Con vuestro telar. ¡Por fin! —Se volvió hacia Geoffrey y deslizó la mano alrededor de su brazo—. ¿A que tiene muy buen aspecto? ¿Verdad? —Había cierta sombra de histeria en la voz de la hermana Beatrice cuando se agarró de su brazo.
Geoffrey no hizo nada salvo mirarme, con cientos de preguntas en los ojos. No me encontraba bien y tuve la seguridad de que tampoco lo parecía.
De pronto, todo empezó a girar a mi alrededor.
—¿Estáis mareada? —preguntó la hermana Winifred.
—No, no —respondí, inspirando hondo. Y acto seguido—: Tengo algo que deciros. —Recorrí despacio con la mirada a la hermana Winifred, a la hermana Beatrice y a Geoffrey—. Os agradezco que hayáis cuidado de Arthur mientras yo no he podido hacerlo. Es un gran honor tener amigos como vosotros, y doy gracias a Dios Padre por ello. No soy merecedora…
Se me quebró la voz y me encogí de hombros. Para mi humillación, me eché a llorar.
—Está muy cansada. Ha tenido que soportar demasiado. Ahora debemos dejar descansar a la hermana Joanna —dijo con firmeza la hermana Winifred—. Yo cuidaré de Arthur lo que queda del día. Creo que ambos deberíais marcharos.
—Quizá sea lo mejor —murmuré. Sin mirar a Geoffrey ni a nadie, me volví hacia las escaleras que llevaban a mi cuarto. Me acosté y me dormí. Estuve ausente durante el resto de la tarde y seguí durmiendo toda la noche, como si buscara huir sumida en mi duermevela sin sueños.
Cuando me desperté, me encontraba un poco más fuerte. Era sábado y fui al mercado directamente después de la misa matinal. Había dejado a Kitty batiendo la mantequilla y encurtiendo, puesto que no era lo bastante diestra como para hornear el pan ni yo tenía tampoco el horno para hacerlo. En vez de esperar a que la madre de Kitty se encargara de ello, decidí comprar unas hogazas y todos los víveres con los que pudiera cargar con las monedas que me había dado Catherine Howard. Hasta que el hermano Oswald estuviera preparado para viajar a Aylesford, había muchas bocas que alimentar.
El mercado de Dartford se adentraba en la calle y los pescaderos vendían sus piezas en los largos carros aparcados delante. Dentro, el mercado era un hervidero de vecinos de Dartford que hablaban, reían y se llamaban a gritos entre sí. Llené mi cesta de pan, zanahorias, guisantes secos, cebollas y más cosas. Encontré mucho que comprar. Resultó agradable dedicarme a esas labores tan cotidianas. Quizá, con el tiempo, los vecinos de la villa terminarían por aceptarme.
Cuando elegía algunas piezas de una barrica de manzanas, Geoffrey Scovill se colocó a mi lado, delante de los puestos de frutas.
—¿Puedo hablar con vos, Joanna? —dijo.
—Naturalmente —respondí, sintiendo que mi buen ánimo se desvanecía en un abrir y cerrar de ojos. Seguí examinando la manzana que había cogido. Era una fruta dura y roja por un lado, pero por el otro estaba blanda y marrón. La dejé en el borde del puesto, para que nadie la comprara.
—Tenéis mejor aspecto hoy. Me alegro —exclamó.
—Gracias.
Sus ojos me estudiaron.
—Me gustaría saber por qué el duque de Norfolk os ha permitido regresar a Dartford y con qué condiciones —me pidió.
Dejé de coger manzanas. Geoffrey tiró del botón de su jubón con la mano izquierda mientras esperaba mi respuesta.
—Este no es el lugar indicado para hablar de eso —dije, apartándome del puesto.
—No conozco ninguno mejor —replicó, siguiéndome—. Es el lugar más ruidoso de la villa. Nadie puede oírnos.
Un instante después, dije:
—Yo no diría exactamente que el duque lo permitió.
Geoffrey soltó un gemido.
—Lo sabía. Oh, Joanna, ¿qué es lo que habéis hecho?
—Su Excelencia no vendrá a buscarme —anuncié—. Hablamos en Tower Hill, después de lo cual le dije que se fuera sin mí, que mi intención era recuperar mi vida en Dartford. Y así lo hizo.
—Pero ¿con qué términos y condiciones? —insistió Geoffrey.
Dije entonces, enfurecida:
—Estaba a escasos centímetros del patíbulo, cubierta con la sangre del barón Montagu. No era el momento más apropiado para ponerme a regatear los términos y las condiciones.
Geoffrey perdió la mirada en la distancia.
—Montagu era un hombre valiente y lamenté mucho su muerte cuando lo supe —dijo.
Lamenté haberle hablado tan duramente.
—Yo también —dije.
Compartimos un instante de pesar. A nuestro alrededor, los vecinos se empujaban y bromeaban, ajenos a nosotros.
Entonces Geoffrey se acercó un poco más. Inclinándose hacia mí, bisbiseó:
—En ese caso, lo que sugerís es que no hay impedimento alguno.
—¿Impedimento? ¿Para qué?
—Para nosotros, Joanna —dijo con el rostro iluminado por un halo de esperanza—. Para estar juntos por fin.
Lo miré, incrédula.
—¿Y qué ocurre con la hermana Beatrice?
Negó con la cabeza, tirándose con tanta fuerza del botón que creí que iba a arrancárselo.
—No es lo mismo. Entiendo que ella me tiene mucho… afecto, pero…
—Os ama, Geoffrey.
Se sonrojó, pero dijo:
—No ha habido ninguna promesa.
—Jamás os imaginé tan cruel —dije, echando a andar con paso firme hacia la entrada del mercado.
Geoffrey enseguida estuvo a mi lado.
—Esto no es justo, Joanna. ¿No será que usáis mi amistad con Beatrice como excusa? Según creo, Somerville ha vuelto a intentarlo con vos. Sois vos la que le hacéis las promesas a él. ¿Creéis acaso que no sé que habéis vuelto a Dartford con él?
Me abrí paso hasta la calle. A punto estuve de chocarme con un pescadero que estaba inclinado sobre su carro. Mi saco de judías salió despedido de la cesta, derramándose en el fango de High Street. Pero estaba demasiado enfadada para que me importara.
De nuevo Geoffrey me alcanzó. No había modo de librarme de él.
—Se escabulló de Dartford para encontraros sin decírmelo —dijo, furioso—. Conocía perfectamente vuestro paradero. Simplemente aguardó hasta tenerme ocupado con los asuntos de la villa y corrió para ser él quien os rescatara. Pero no olvidéis, Joanna, que no escribisteis a Sommerville cuando intentasteis encontrar el modo de escapar de Londres. Me escribisteis a mí. Fue a mí a quien quisisteis.
Geoffrey había empezado a gritar. Algunas cabezas se volvieron a ver lo que provocaba semejante conmoción.
—Basta —dije, desesperada, tirando de él hacia el lado opuesto de High Street, más allá del escaparate del zapatero—. Los celos os rebajan…, y a mí también. El hermano Edmund no es así en absoluto.
Geoffrey estampó la mano contra la pared de madera. Jamás le había visto perder el control de ese modo.
—Lo peor de todo es que sé lo que os une a él. Está tan loco como vos. No intenta en ningún momento haceros entrar en razón. Da alas a todas las locuras que habéis tenido hasta ahora. ¡Y las suyas son incluso peores! Como ir a Blackfriars después de que el rey lo clausurara.
—¿Cómo sabéis lo de Blackfriars? —pregunté—. ¿Y cómo sabíais que iban a producirse los arrestos en la Rosa Roja esa noche? Nunca me lo dijisteis.
—Un alguacil oye cosas —replicó—. No soy un erudito como vuestro noble «hermano Edmund», pero tampoco soy estúpido. Y al menos soy honesto con vos. El hermano Edmund ha estado fingiendo durante todo este tiempo que está por encima de los deseos terrenales, que no os desea. ¿No veis acaso el engaño?
Estaba tan enfadada que apenas podía respirar.
—Sois un estúpido, Geoffrey Scovill —dije, sin poder contenerme—. No sabéis nada sobre él ni sobre mí. Él no me quiere del mismo modo que vos, como me desearían otros hombres. En Blackfriars, fui yo. Yo lo deseé. Me ofrecí a él y él dijo que era un error. Me rechazó.
Jamás olvidaré la expresión del rostro de Geoffrey. No olvidaré cómo la ira y la incredulidad se fundieron en una honda pena.
—Jamás creí que pudierais ser tan cruel, Joanna —dijo con una voz abrumada por la emoción.
Se volvió para marcharse.
—Geoffrey —lo llamé—. Esperad. Deteneos.
Pero no se volvió. Al contrario, caminó cada vez más deprisa, hasta alejarse corriendo de mí desde la mitad de High Street.
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