El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 22 de 54

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El cáliz

Capítulo 21

 

—Señor, me temo que ha habido una confusión sobre el motivo de esta cena —dije con toda la cordialidad que fui capaz de encontrar—. Os equivocáis si creéis que ha ocurrido aquí algo inapropiado. Mi primo el marqués me ha propuesto en matrimonio con el barón Montagu. La cena ha sido convocada para organizar nuestros planes.

Esperé que la hostilidad de Dudley remitiera. No fue así.

—¿Sois una Stafford? —preguntó—. ¿Hija de quién? ¿Del duque de Buckingham?

—Mi padre era el hermano menor del duque, sir Richard Stafford — respondí.

Dudley asintió.

—Las familias traidoras establecen alianzas entre sí.

—No hemos cometido ninguna traición —dijo el barón Montagu, adelantándose.

La ceja de Dudley volvió a arquearse.

—Y es el hermano del cardenal Reginald Pole quien habla —añadió.

De pronto se oyeron gritos procedentes del pasillo de la planta superior. ¿Habrían sido provocados por el registro, quizá? Geoffrey había predicho que se produciría el caos. Miré hacia la alcoba que estaba en lo alto de las escaleras. Geoffrey seguía allí, oculto y a salvo. Me pregunté si habría podido oír mi tentativa de intervención, que hasta el momento de nada había servido. Dos de los soldados de Dudley pasaron rápidamente por delante de la entrada de la alcoba. Vi, profundamente aliviada, cómo giraban y bajaban las escaleras, seguidos de un pequeño grupo. En primer lugar iba un serio y atemorizado Edward Courtenay. Tras él, un muchacho de pelo negro, quizá un par de años mayor que Edward. Solo podía tratarse del heredero del barón Montagu.

—No tenéis derecho a llevarme a ninguna parte —gritó el muchacho. Al forcejear y volverse de espaldas, vimos que le habían atado las manos a la espalda. Dos soldados lo obligaron a bajar las escaleras. Busqué a Arthur, pero afortunadamente no formaba parte de la espantosa procesión. Pero ¿y si la procesión lo había despertado y estaba atemorizado y confundido?

Henry Courtenay soltó un grito. Me volví hacia mi primo. Con las manos tendidas, veía impotente cómo obligaban a bajar las escaleras a su aterrado hijo. Desvié la vista hacia Montagu, que veía también acercarse a su hijo. Sus ojos oscuros llameaban en su delgado rostro. Su mano derecha rebuscó en el interior del jubón. Yo conocía perfectamente el arma que ocultaba allí. También Dudley observaba atentamente a Montagu.

Volé al lado de Montagu.

—No lo hagáis —susurré—. Es exactamente lo que desea Dudley. Pretende provocaros.

Montagu no dio señales de haberme oído. Aun así, retiró la mano del jubón.

Los soldados impidieron al hijo de Montagu que se acercara a su padre al tiempo que anunciaban que el joven Pole había opuesto resistencia en el piso de arriba y por ello debían mantenerlo atado. Dos hombres se plantaron entre el barón y su hijo.

Sin embargo, los soldados sí permitieron a Edward reunirse con su padre.

—No entiendo lo que ocurre —dijo el pequeño, con aquella voz aguda de niño, todavía íntegro. Henry lo estrechó en un fuerte abrazo.

—No podéis arrestar a niños. —Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera hacer nada por silenciarlas.

—Traigo órdenes de arresto firmadas por Su Majestad, el rey, que me autorizan a hacer exactamente eso —anunció Dudley.

—Pero esto es terrible. Una infamia —exclamé.

—Yo, en vuestro lugar, controlaría a vuestra prometida —le dijo Dudley al barón Montagu con total deliberación.

A duras pensar conseguí callarme. No así Montagu.

—Decidme, Dudley, ¿qué edad teníais cuando encarcelaron a vuestro padre?

De modo que había otro elemento que añadir al papel que lord Dudley jugaba en lo que estaba ocurriendo en la Rosa Roja esa noche.

Montagu había dado en la diana. Los músculos de la mandíbula de Dudley se tensaron.

—Cinco —fue su respuesta antes de volverse en la dirección contraria, hacia el pasillo que conducía al Gran Salón—. Ah, aquí están.

Con un pelotón de soldados pegados a la espalda, aparecieron sir Edward Neville y Gertrude Courtenay, ambos esforzándose por disimular su temor. De modo que también a ella iban a arrestarla. Iban a llevar a la Torre de Londres a la familia Courtenay al completo.

Jamás olvidaré cómo reaccionó Gertrude cuando vio a su hijo en brazos de su esposo. Se balanceó, parpadeando, de pronto blanca como el marfil. Temí que se desmayara. Sin embargo, consiguió seguir adelante, pasando por delante del barón Montagu y de mí sin tan siquiera vernos. Su fragancia a naranjas, manzanilla y romero impregnó el aire a su paso cuando se dirigió tambaleándose al encuentro con su familia. Henry le tendió las manos y la estrechó entre sus brazos. Edward lloró aún más fuerte en cuanto su madre lo abrazó. Los Courtenay se abrazaban de tal modo que eran como un único árbol con tres troncos.

—Ella no. Lady Pole, no —dijo Dudley. Señaló a Constance Pole que, con los ojos abiertos como platos, se había acercado a nosotros—. Es la única a la que no podemos arrestar, pase lo que pase.

—¿Por qué? —exigió saber Montagu.

—Ha sido la evidencia proporcionada por su esposo, sir Godfrey Pole, la que ha convencido al rey de que existen motivos para llevar a cabo una investigación por traición de todas vuestras actividades.

—No, no, no —gritó lady Pole.

—Eso es imposible —intervino Henry Courtenay, sin dejar de abrazar a su esposa y a su hijo.

—¿Habéis torturado a mi hermano, Dudley? —dijo lord Montagu, cuyo rostro se ensombreció de pronto—. Si es así, juro por la Virgen que lo pagaréis.

Al oír la palabra «torturado», lady Pole se echó a llorar.

Pero Dudley se mantuvo inmutable.

—No soy ningún torturador, barón Montagu. El año pasado fui nombrado vicealmirante de la flota del rey. Tengo a mi mando buques y ejércitos de hombres, no la chusma de la Torre. En respuesta a vuestra pregunta, estas declaraciones han sido concedidas libremente por sir Godfrey Pole.

El barón Montagu emitió un sonido de enojo.

El llanto de lady Pole escaló hasta alcanzar la histeria. Dudley señaló al padre Philip, que se apretujaba con Charles y Ralph en el rincón opuesto de la sala.

—Vos, cura. Llevaos de aquí a lady Pole y aseguraos de que no vuelva. —Por el modo en que Dudley escupió la palabra «cura», no me cupo duda alguna de que era enemigo de la fe católica. Debía de disfrutar sobremanera de la misión de arrestar católicos.

Un nuevo puñado de hombres de Dudley bajaron las escaleras. Llevaban libros y papeles: el fruto de su registro. Constance, la dama de compañía de Gertrude, seguía, visiblemente desconsolada, al último soldado. Cuando estuvieron más cerca, entendí lo que aquel soldado en particular llevaba en las manos. Era la pequeña caja marrón con las cartas de Gertrude.

El corazón se me contrajo en el pecho antes de empezar a latir desbocadamente. ¿Qué correspondencia contenía? La tarde en que yo había irrumpido por sorpresa en su baño, ella había intentado ocultarme una carta. Una carta escrita en latín. Eso era lo que buscaban los hombres del rey. Estaban al corriente de la conspiración de Gertrude. No habían ido hasta allí espoleados por la noticia de una cena privada. Poco importaba lo que yo hubiera podido decir. Sentí sobre mí una mirada. Era la de Dudley. Con toda la conmoción que había provocado a su alrededor, era a mí a quien vigilaba a la espera de alguna reacción al ver la caja de Gertrude. Una sonrisa diminuta y satisfecha asomó sobre su barba.

Constance se acercó hasta él en ese preciso instante.

—Señor, debo atender a la marquesa de Exeter. No podéis dejarme aquí.

—¿No entendéis acaso adónde va esta noche? ¿Adónde van todos? — replicó Dudley como si le hablara a una niña.

—Sí, mi señor —respondió Constance—. Pero iré donde vaya la marquesa. Siempre.

Él se encogió de hombros y se volvió hacia el anciano que en ese momento era el depositario de los documentos de arresto.

—Por la autoridad que me ha sido conferida, llevaos también a esta mujer a la Torre. Y a la señora Joanna Stafford.

Tardé unos segundos en comprender lo que Dudley acababa de decir. Había oído las palabras, pero era incapaz de asimilarlas. No lloré ni sollocé como lady Pole. Fue como si de pronto una inmensa ola oscura me hubiera barrido no solo de la sala, sino también de la ciudad. Todas las voces que me rodeaban perdieron fuerza y las luces empezaron a navegar envueltas en una nube dorada. Las puntas de las llamas se ordenaron en un círculo a mi alrededor.

Pude de algún modo emerger de aquel luminoso entumecimiento y volví a unirme a la furiosa discusión que tenía lugar delante de mí.

—¿Cómo puede ella haber formado parte de nada? —preguntó el barón Montagu—. Solo lleva un mes en Londres.

—Ah, pero este último mes ha sido muy movido, sobre todo en esta casa —dijo lord Dudley—. Y sospecho que la señora Stafford está implicada hasta el cuello en todo lo que aquí ha ocurrido.

Bajé la vista. Juré no decir nada a mis interrogadores. Pero ¿y si me aplicaban el potro, como lo habían hecho con la hermana Elizabeth Barton primero y con mi padre después? ¿Tendría la fortaleza suficiente como para guardar silencio?

Todos esos terrores se desvanecieron de pronto en cuanto me asaltó otra inquietud.

—Arthur —dije, con un hilo de voz—. ¿Qué será de Arthur? —Me volví a mirar a Dudley—. Tengo a mi cargo a un primo, Arthur Bulmer. Está dormido arriba. Si me lleváis, no habrá nadie que cuide de él.

—Esta casa está llena de criados —replicó Dudley, indicando a Charles con un gesto de la mano—. Estoy seguro de que debe de haber alguien aquí lo suficientemente competente como para ocuparse de las disposiciones oportunas.

La idea de que Arthur se despertara y descubriera que tanto Edward como yo y los Courtenay habíamos desaparecido se me hizo insoportable. Gritaría y lloraría en una casa en la que nadie sabría qué hacer para consolarlo.

Me acerqué a lord Dudley con las manos juntas delante de mí. Estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para impedir que Arthur sufriera.

—Os lo suplico, no hagáis esto. Es muy pequeño. Solo tiene cinco años. La misma edad que teníais vos.

No hubo la menor sombra de emoción en Dudley cuando me miró: ni compasión ni tampoco ira cuando me oyó mencionar su tragedia de infancia. Nada. Se volvió de espaldas para dar sus órdenes.

—Llevadlos a los carros —ordenó a sus hombres—. Y hacedlo en pequeños grupos. Debemos mantenerlo todo ordenado.

Alzó la vista hacia la alcoba. ¿Qué haría Geoffrey? Si lograba escapar, eso sería algo, un consuelo al que podría aferrarme. Yo había destruido mi vida, pero la suya continuaría.

—¿Habéis registrado la alcoba del rellano de la escalera? —preguntó Dudley. Me estremecí. De nuevo lord Dudley me observaba y parecía leerme el pensamiento mejor que cualquier hechicero.

Un soldado subió atropelladamente las escaleras.

Me obligué a no decir ni hacer nada, pero en mi mente imploré a Cristo que salvara a Geoffrey Scovill.

—Aquí no hay nadie, mi señor —informó el soldado tras unos segundos en el interior de la alcoba.

Mis plegarias habían encontrado respuesta. Geoffrey debía de haber salido poco antes sin ser visto. La librea de los Courtenay era un disfraz perfecto. Nadie habría sospechado de él. Geoffrey era listo, mucho más que yo. Me había avisado de que si revelaba mi presencia me exponía al peligro de que me arrestaran, del mismo modo que hacía un mes me había advertido de los peligros que implicaba alojarme en la Rosa Roja.

Una mano me tomó del brazo. El barón Montagu se movió para acompañarme y salir por la puerta de la Rosa Roja. No dijo nada. Alce la vista y miré su perfil, triste y altivo. ¿De verdad habían transcurrido tan solo dos horas desde que me había llevado a la chimenea de piedra para exorcizar mis temores de infancia? ¿Y solo una hora desde que me había dicho que creía que sería para él la esposa perfecta?

El barón dijo en voz muy baja:

—No deberíais haberlo hecho.

—¿A qué os referís? —pregunté, profundamente abatida.

—No deberíais haber bajado. Deberíais haberos escondido en la casa con vuestro amante.

—Geoffrey Scovill no es mi amante —repliqué, ofendida—. Ocurra lo que ocurra esta noche, mi señor, debo insistir en que os dirijáis a mí con propiedad.

La expresión del barón Montagu pasó de la desaprobación a la diversión. Una carcajada escapó de entre sus labios.

Todas las cabezas se giraron al oír su risa. Dudley frunció el ceño, casi incrédulo.

Pero Montagu estaba muy lejos de sentirse avergonzado. La sangre circuló de pronto por sus cenicientas mejillas y en sus ojos despertó una nueva luz.

—Dudley, vos portáis las órdenes de arresto. Partamos de una vez — declaró—. ¿Qué esperabais de mí? ¿Verme llorar? Estoy perfectamente preparado para vuestra peor versión.

Lord Dudley y el barón Montagu se miraron durante un largo instante. Qué odio más palpable. Me alivió salir por fin a la calle con mi mano agarrada del brazo de Montagu, pues eso significaba escapar al escrutinio de Dudley.

El sol se había puesto, dejando tras de sí una enfermiza luz grisácea que no tardaría en ser engullida por la oscuridad. Percibí en el aire el olor a pescado asado. Los pescadores asaban su cena en las hogueras encendidas a lo largo de la orilla del río.

Dos largos y vacíos carros de caballos nos esperaban en Suffolk Lane. Otra docena de soldados esperaban junto a ellos, vigilándonos. Dudley había llevado un buen número de hombres con él. Tras ellos se había congregado una muchedumbre. Un murmullo bajo emergía de los londinenses. Era un lúgubre sonido. Nadie abucheó ni profirió un solo grito. En un alboroto de movimientos de brazos, vi a una anciana hacer la señal de la cruz. Un hombre joven que estaba de pie a su lado la empujó, haciéndola desaparecer de mi vista inmediatamente después. Quizá fuera su madre.

Sacaron a los Courtenay y a sir Edward Neville después de nosotros. Dudley cerraba el grupo. Nos dividió en dos: Henry, Gertrude, su hijo y Constance, la dama de compañía de la marquesa, irían en el primer carro. Yo acompañaría a lord Montagu, a su hijo y a su cuñado, sir Edward Neville, en el segundo.

Al pasar por delante de nosotros, Courtenay se detuvo unos segundos a mirar a Montagu. Lo que halló en el rostro de su mejor amigo pareció animarlo. Inspiró hondo y siguió adelante, con el brazo sobre los hombros de su hijo. Gertrude, en cambio, fue a mí a quien miró. Esos grandes ojos marrones estaban colmados de súplica. Un instante después pasó de largo y Montagu me miró de soslayo, perplejo. No era de extrañar que se preguntara por qué la marquesa de Exeter buscaba la ayuda de Joanna Stafford.

Nunca hasta esa noche la profecía de los videntes había parecido más equivocada.

Un soldado me indicó que me acercara. Sería la primera en subir al carro. Me adelanté sin vacilar. A menudo se decía en el castillo de Stafford que el tercer duque de Buckingham no había dado la menor muestra de miedo desde el momento de su arresto hasta el instante en que se había arrodillado delante del verdugo. No era un gran consuelo para sus hijos huérfanos, pero al menos suponía algo.

No fue fácil subir al carro con el vestido y el corpiño. La tela de hilo de plata quedó prendida en un tablón de madera. Noté un tirón y oí entonces un desgarrón. El vestido estaba destrozado. No me importó. Encontré un sitio en el estrecho y duro banco que ocupaba todo el largo del carro. Los demás subieron pesadamente en silencio y se reunieron conmigo.

Dudley se situó con dos de sus hombres de mayor rango junto a la puerta. Montagu aprovechó ese rato para hablar con su hijo. Sentados juntos en el carro, a pesar de la luz menguante del crepúsculo, el parecido entre ambos era notorio. En silencio, disfruté viendo cómo el hijo de Montagu escuchaba muy atentamente a su padre. En esos momentos juntos, eran sin duda padre e hijo.

—¡No! ¡No! ¡No! —gritó un hombre.

Alguien corrió hacia el primer carro. Llevaba una librea de los Courtenay. Era Joseph, con los brazos tendidos hacia Gertrude. Dudley dijo algo y sus dos hombres se interpusieron en el camino de Joseph. Sin demasiadas dificultades lo interceptaron y lo derribaron. Joseph soltó un grito cuando su espalda impactó contra los adoquines con un crujido espantoso. El gemelo bobalicón no era ya una amenaza. Pero los soldados no lo dejaron en paz: le propinaron patadas en el costado, en los hombros y, para mi horror, también en la cabeza.

James salió disparado hacia delante, aunque en vano. Vi que Charles lo tenía cogido por el brazo. No iba a permitir que también James recibiera una paliza.

—Vais a matarlo. Por el amor de Dios, vais a matarlo —gritó James.

Lord John Dudley observó el ataque sin la menor emoción. Su rostro seguía tan impávido como cuando yo había implorado por la suerte de Arthur. Llegados a un punto, un soldado, con la cara bañada en sudor, miró a Dudley esperando una señal. No la hubo. La paliza continuó.

Por fin, no sé cuánto tiempo después, Dudley levantó la mano.

—Basta —dijo.

James corrió hasta su hermano inconsciente y se arrodilló junto a él. Luego se inclinó sobre él y tomó su cabeza ensangrentada en sus manos, levantándola del suelo con una delicadeza extraordinaria.

—No puede ser —dijo.

En el carro de los Courtenay, Gertrude cayó hacia delante, desmayada. Su marido a un lado y Constance al otro la sostuvieron. Edward Courtenay sollozaba. En Suffolk Lane todo era silencio salvo por el sonido del llanto del pequeño.

Se me encogió el estómago. Cerré los ojos, pues también yo tuve miedo de desmayarme o de vomitar.

El carro arrancó bruscamente y abrí los ojos. Mientras dejábamos atrás la Rosa Roja, dudé mucho de volver a ver Suffolk Lane.

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