El cáliz
Capítulo 29
—¿De verdad vamos a quedarnos aquí? —le susurré al hermano Edmund.
—Puede que las habitaciones no sean confortables, pero no se me ocurre un lugar más seguro —respondió—. Obviamente, no podemos ir en busca de un abogado esta noche. Todos han abandonado ya sus despachos. Pero tenemos tiempo para trabajar en la biblioteca.
El hermano Edmund sostuvo en alto su vela y me adentré con él en el claustro. Durante el trayecto por Londres, desde el puente al monasterio, me había hablado de las riquezas de la biblioteca y del scriptorium. De todos los rincones de Europa llegaba gente a ver la colección de Blackfriars: los manuscritos iluminados, los antiguos pergaminos, los tratados de filosofía.
Sin embargo, en cuanto entramos en la biblioteca, vimos que todo había desaparecido. Algunas estanterías estaban vacías; otras todavía contenían libros, pero estaban bocabajo o colocados de cualquier manera.
Para el hermano Edmund fue una visión tremendamente dolorosa.
—Todos los manuscritos iluminados…, desaparecidos —dijo con la voz ahogada—. ¿Sabéis lo que tarda un hombre en escribir uno? Toda su vida. Y no era solo para servir a Dios, sino para proporcionar alimento espiritual al hombre que llegaría después. Somos una cadena, hermana Joanna, y honramos a quien nos ha precedido del mismo modo que ayudamos a quienes están por llegar. Por eso juramos los votos, para formar parte de algo que es más grande que nosotros. ¿Qué hacemos cuando es nuestro propio rey quien corta y destruye la cadena?
No supe qué decir para consolarlo. El saqueo de los monasterios era una herida que jamás sanaría para ninguno de nosotros. Mientras el hermano Edmund revisaba los libros que habían quedado olvidados en las estanterías, me acerqué a una estatua de piedra de santo Domingo situada junto a la entrada del scriptorium.
Me aproximé despacio y reverentemente a la imagen de nuestro fundador. Había un gran perro de piedra tumbado fielmente a su lado, con una antorcha entre los dientes. Cuando estaba embarazada de él, la madre de santo Domingo había tenido un sueño en el que un perro salía de su matriz portando una antorcha. Cuando, aterrada, fue a consultar el sueño con su sacerdote, él le dijo que esa antorcha prendería fuego al mundo a través de la prédica de la palabra de Cristo. Esa fue una profecía que se hizo cierta y el perro se convirtió en nuestro símbolo.
Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro deberá volar como el halcón.
—Hermano Edmund —exclamé—. Quizá pueda comprender uno de los códigos. —Y, señalando a la estatua, dije—: Si el perro simboliza la Orden de los Dominicos, no hay duda alguna de que yo soy el perro.
—Sí, hermana Joanna, sí —exclamó él a su vez—. Ya lo había pensado. Pero ¿y el cuervo? ¿Qué representa? La hermana Elizabeth Barton era benedictina, y su símbolo es la rama de olivo, por su búsqueda de la paz. Me pregunto quién podría ser el cuervo.
Me asaltó otro recuerdo.
—En Saint Sepulchre, vi su libro —dije despacio—. Creo que era uno de los manuscritos iluminados que habéis mencionado. Había en sus páginas ramas de olivo, aunque creo recordar que también un pájaro.
—La Vida de san Benedicto escrita por san Gregorio se encuentra en las bibliotecas de todos los conventos. Buscaremos un ejemplar —dijo el hermano Edmund, empezando a buscar en una mitad de la habitación. Yo me ocupé de buscar en la otra.
Estuvimos registrando la sala durante al menos una hora, quizá dos. Tuve que luchar contra el agotamiento, frotándome los ojos para poder ver con claridad. Cuando empecé a dudar de poder leer las letras de una cubierta más, me detuve a mirar al hermano Edmund. Lo vi encorvado sobre una mesa repleta de libros. La luz de la vela daba vida a un resplandor que palpitaba alrededor de su largo pelo rubio. No se detuvo a descansar ni un solo instante. Trabajaba furiosamente para encontrar respuestas en la abandonada biblioteca.
«El hermano Edmund es mi ángel guardián», pensé. En ese momento me embargó una intensa oleada de ternura.
Negué con la cabeza. Debía controlarme. Esa clase de pensamientos no eran decorosos.
—¡Lo tengo! —gritó, sosteniendo en alto un pequeño libro con la cubierta de cuero.
El hermano Edmund y yo pasamos las páginas juntos, traduciendo del latín a la misma velocidad.
Contuve el aliento cuando, al pasar una delicada página, un gran pájaro negro quedó a la vista.
—¡Sí! —exclamé—. Sabía que había visto ese mismo pájaro en el libro.
Pasamos entusiasmados las yemas de los dedos por las frases. Era un relato sobre los primeros tiempos de san Benedicto en la jungla: «Durante las comidas, a menudo salía un cuervo del bosque cercano y comía pan de la mano de Benedicto. En esa ocasión, cuando fue a su encuentro como de costumbre, el hombre de Dios arrojó delante del cuervo el pan envenenado que el sacerdote le había dado y dijo: “En nombre de Nuestro Señor Jesucristo, toma este pan y arrójalo en algún lugar donde nadie pueda encontrarlo”. Una y otra vez, el hombre de Dios le pidió que así lo hiciera, diciendo: “Cógelo, cógelo. No temas”. Tras vacilar durante un buen rato, el cuervo cogió el pan con el pico y salió volando con él. Regresó unas horas más tarde, después de haberse deshecho del pan y de recibir su ración habitual de las manos del hombre de Dios. Y así fue como al comienzo el cuervo y Benedicto quedaron entrelazados».
—El cuervo fue en un principio el símbolo de los benedictinos — susurré—. Y si este es el cumplimiento de una antigua profecía… —Mi voz se apagó.
Siguió una iluminación más inquietante.
—La hermana Barton murió en la horca, ¿verdad? —preguntó el hermano Edmund—. Si es así, mucho me temo que el cuervo «no trepó por la cuerda». Eso significa que la hora del cuervo ha tocado a su fin y que ahora es la del perro, un perro que se convierta en halcón.
—Pero ¿qué simboliza el halcón? —lo interrogué, profundamente frustrada al ver que cada vez que desentrañábamos un acertijo nos encontrábamos con otros tantos.
El hermano Edmund se paseó de un lado a otro de la biblioteca, sumido en sus cavilaciones. Por fin, se volvió hacia mí.
—En este caso, quizá no importe lo que es, sino lo que hace. La cetrería es el deporte favorito de los reyes y los halcones son unos asesinos increíbles. Es un ave famosa porque se oculta hasta que, de pronto, al ver a su presa, se mueve rápido, planeando desde las alturas.
Cogí bruscamente mi rosario, con tanta fuerza que me dolió la palma de la mano.
—¿Creéis acaso que el halcón me simboliza y que significa que tengo que matar? Por favor, madre María, que no sea cierto. Jamás podría matar a nadie. Es pecado mortal. —Alcé la vista hacia el hermano Edmund—. Y vos tampoco. Jamás podrías quitar una vida.
—No, hermana.
Hubo algo en su voz que sonó raro. Lo miré fijamente, esperando.
Por fin, el hermano Edmund dijo:
—Mi vida ha estado dedicada al servicio, a aprender y a enseñar, a curar y a ayudar a los demás. Así es como debe ser entre quienes toman los votos sagrados. Paz. —Sus labios se contrajeron—. Por eso al rey y a Cromwell les ha sido tan fácil aplastarnos —dijo.
—Nunca presentamos batalla —susurré, recordando la súplica que le había oído a Gertrude la noche que habíamos ido al Londinium. Presa del temor, añadí—: ¿Os consideráis capaz de cometer un acto de violencia en aras de un beneficio mayor, hermano Edmund?
—No lo sé —respondió—. Esa es la verdad. —Percibiendo mi confusión y mi temor, añadió—: El cometido de la profecía quizá no sea hacer daño. Quizá, de hecho, salvéis a alguien. O impidáis que ocurra algo terrible. El acto más nimio, en el lugar adecuado y en el momento preciso, puede tener profundos efectos.
Me derrumbé en una silla y me sujeté la cabeza entre las manos. La habitación giraba a mi alrededor.
—Necesitamos rezar y obtener guía espiritual —dijo con determinación el hermano Edmund—. Vayamos a la capilla.
En la exquisita capilla de Blackfriars me arrodillé ante el altar. El hermano Edmund se arrodilló a mi lado. Me sentí incómoda tan cerca de él. En el priorato de Dartford y en la iglesia de la Santísima Trinidad, los hombres y las mujeres se sentaban separados.
Con una voz firme y clara, el hermano Edmund inició la plegaria por los muertos dominicos:
—«Desde las profundidades, os imploro, oh, Señor. Señor, ¡escuchad mi voz!».
Guardó silencio y me miró. Sobresaltada, entendí que quería que dijera la oración con él, a la vez. No iba a predicar para mí. Diríamos juntos la plegaria.
Y así las palabras se desgranaron de nuestros labios, solapándose:
—«Que vuestros oídos presten atención a mi voz en súplica. Si vos, oh, Señor, observáis iniquidades, Señor, ¿quién puede resistirse? Pero en Vos mora el perdón, para que podáis ser reverenciado. Mi alma aguarda al Señor más que los centinelas aguardan al alba».
Cuando terminamos, me levanté y recorrimos juntos en silencio la nave de la capilla. La habían despojado de todos los objetos de valor. Pero tras el último banco, a la luz de mi vela, vi una sencilla copa de madera.
Me detuve.
—El cáliz —apunté.
El hermano Edmund frunció el ceño.
—¿Cómo decís?
—No os lo había comentado. Casi lo olvido, pero lo último que la hermana Elizabeth me dijo, fue «El cáliz».
—El cáliz ocupa el primer lugar entre los continentes sagrados, pues se emplea para la celebración de la misa —expuso despacio el hermano Edmund—. Quizá haya que cumplir la profecía para proteger el cáliz y también la misa.
Con el corazón en un puño, dije:
—Creo que no es eso lo que quiso decir. No puedo deciros más salvo que sus palabras me parecieron una advertencia. —Y entonces exclamé—: Oh, hermano Edmund, tengo miedo. No quiero que esto me ocurra a mí. Nunca lo he deseado.
El hermano Edmund asintió.
—Y dijo Jesús: «Padre, si es tu voluntad, aparta de mí este cáliz».
—Getsemaní —susurré.
El hermano Edmund continuó: «Fue allí donde Cristo rezó, pues temía lo que sabía que estaba por llegar. Dios apareció y Jesús dijo: “Padre, si es tu voluntad, aparta de mí este cáliz y que se haga tu voluntad, no la mía”».
Abrumada, me volví de espaldas al hermano Edmund.
Me puso la mano en el hombro.
—Debéis saber que haré lo que esté en mi mano por ayudaros. No quiero que paséis por esto sola, hermana Joanna. Siempre me tendréis a vuestro lado.
—Sí —contesté.
—Todos han dicho que debéis conocer la profecía de tres videntes, y que el tercero os dirá qué es exactamente lo que debéis hacer. Pero solo podréis oírla por voluntad propia y sin presiones de ningún tipo. Así pues, si elegís no saber más, aquí se acaba todo.
Me encogí al ver la expresión ávida que se apoderó del hermano Edmund. Yo sabía lo mucho que él anhelaba recuperar nuestras vidas de antaño. Aun así, me resistí a mi destino. Fui presa de la ira. ¿Por qué tenía yo que soportar esa carga?
Como si me hubiera leído el pensamiento, el hermano Edmund dijo:
—Habéis sido elegida para desempeñar una gran misión. —Hizo una pausa antes de proseguir—. Pero no porque pertenezcáis a una noble familia y tomarais los votos para convertiros en novicia dominica. Sois vos. Sois una mujer distinta a todas las demás, hermana Joanna. He intentado definir esa cualidad que os hace única. Y jamás lo he logrado.
Miré al hermano Edmund y temblé, embargada por una descarga de emociones que no pude comprender.
Después de decir que estábamos exhaustos y que retomaríamos la conversación al día siguiente, el hermano Edmund me llevó al calefactorium que estaba junto a la capilla. Todos los monasterios tenían uno: allí se encendían los fuegos, pero solo entre la víspera del Día de Todos los Santos y el Viernes Santo, para dar calor a los fieles. Mientras yo esperaba, él recogió leña y un jergón para que yo pudiera dormir en él. Me sugirió que pasara la noche allí, junto al fuego. Él lo haría en una habitación que estaba al fondo del pasillo.
El hermano Edmund introdujo las astillas en el cuadrado hueco situado en el centro del suelo del calefactorium. Sus movimientos eran, como de costumbre, eficaces. Oí el primer suspiro del fuego al prender y los entusiastas susurros de las nuevas llamas, que no tardaron en crepitar y en chisporrotear. Las lenguas doradas parpadearon al tiempo que devoraban la madera. La sala palpitaba a la luz del fuego.
Sentada a unos pocos metros de él en el suelo de piedra, vi cómo las sombras lamían el rostro del hermano Edmund.
El hermano se reclinó hacia atrás, asintiendo, y se volvió parcialmente hacia mí.
—Aquí estaréis a salvo y al abrigo de frío, hermana Joanna.
—Sí —dije.
—Estaré cerca. —Se levantó—. Nadie podrá acceder a esta habitación sin pasar antes por la mía.
Yo también me levanté. El hermano me tomó las manos y las estrechó entre las suyas. Cuando empezó a retroceder, se las cogí con fuerza.
—No os vayáis —dije.
Me miró, con una sombra de incertidumbre en sus ojos marrones.
—¿Queréis que me quede un rato más?
No dije nada. Sabía que tenía que decirle que se fuera sin demora, pero no podía separarme de él.
—Quedaos conmigo.
No podía respirar. Era como si todavía llevara uno de los corpiños de Gertrude Courtenay, demasiado ajustado para permitirme respirar. El hermano no retiró las manos, pero noté que se le tensaba el cuerpo.
—No estoy seguro de lo que queréis de mí, hermana Joanna —dijo.
Lo miré a los ojos. Vi sorpresa en ellos y también un nuevo recelo. Pero sus labios se entreabrieron como si también a él le faltara el aire.
Jamás pusimos en duda que fuera pecaminoso, pero lo rodeé con los brazos y fui subiendo las manos, más y más arriba, acariciando su suave espalda. Levanté la cabeza hacia la suya y, aterrada, cerré los ojos. Creía que el cuerpo del hermano Edmund estaría frío, pero no era así. Lo sentí delgado y cálido, y tenso como la cuerda de un arco.
Esperé, con los ojos cerrados. Después de no sé cuánto tiempo, sus labios se pegaron a los míos, pero tan suavemente que casi dudé de que estuviera ocurriendo. Jamás había sentido un contacto tan tierno. Quise más.
Al segundo siguiente, el hermano retiró abruptamente la boca. Mis ojos seguían cerrados mientras me mecía en el aire.
—Esto está mal —declaró.
Gemí, presa de la vergüenza.
—¿Os acordáis de aquella noche en Malmesbury Abey? —preguntó el hermano—. Os juré entonces ante Dios. Dije que jamás violaría vuestra fe ni vuestra confianza en mí. Decidme que no lo habéis olvidado.
—No lo he olvidado —respondí.
—Hoy hemos aprendido mucho juntos sobre las cosas que pueden ocurrir —añadió—. Quizá se reinstauren los monasterios. Es parte de la profecía. Hermana Joanna, ¿cómo podríamos reunirnos con nuestros hermanos y hermanas, ocupar nuestro sitio junto a quienes nos quieren, si sucumbimos a esto? Juramos nuestros votos de castidad; quedaríamos impuros.
Asentí y me volví de espaldas. Estaba cegada por la humillación.
—No lloréis, os lo ruego. No debéis llorar —me pidió, angustiado. Y luego—: Me voy. Debo irme. —Y sin esperar a oírme, salió del calefactorium.
Instantes más tarde, me dirigí al jergón que el hermano había llevado hasta allí para que yo durmiera en él. El fuego crepitaba con fuerza, jubiloso, en fingida complicidad. Contemplé las oscilantes llamas amarillas. Lo que acababa de hacer era débil y deplorable. No podía creer lo que había ocurrido.
Ahora por fin comprendía el alcance del mal; por fin era capaz de entender el artero poder del Maligno. ¿Qué otra explicación podía haber para el modo en que me había ofrecido al hermano Edmund más allá de que mi cuerpo y mi espíritu estuvieran poseídos por el Maligno? Y hacerlo allí precisamente, en un lugar que hasta hacía apenas unas semanas era un renombrado monasterio, era doblemente horrible. Anhelé con todas mis fuerzas el sacramento de la penitencia. De rodillas, confesaría mis deseos y pediría la absolución. Si la gracia era devuelta a mi alma, podría resistir al pecado.
Pero también debía pedirle perdón al hermano Edmund. Y no debía haber recurrencia. Lo que acababa de pasar esa noche no podía volver a ocurrir jamás. Indudablemente, yo no podría sobrevivir sin la amistad del hermano Edmund. Eso era lo más importante. «Nada hay más valioso en este mundo que la amistad», me había dicho en Howard House. Y yo debía mostrarme digna de la suya.
En cuanto tomé mi decisión, empezaron a pesarme tanto los párpados que me desplomé sobre el jergón y me quedé profundamente dormida.
Lo siguiente que noté fue que unas manos tiraban de mí, arrancándome del jergón. Las manos me pusieron en pie y me sacudieron sin miramientos al tiempo que mis piernas se agitaban impotentes sobre el suelo.
El duque de Norfolk me propinó una fuerte bofetada. Oí un pequeño «ras» en el instante preciso en que el dolor abrasador me recorría desde la cabeza a la punta del hombro.
—Por los clavos de Cristo, sois una perra obstinada —rugió el duque. Su salivazo me empapó la frente.
Media docena de hombres se apiñaban en la habitación. Detrás del duque estaba el obispo Gardiner. No había ni rastro del hermano Edmund.
—Os creéis muy lista, ¿verdad? —dijo Norfolk—. Corrompiendo a esa estúpida de Catherine para que os ayudara a escapar con un fraile maleante. Pero mis hombres no son idiotas. Vieron salir a dos damas y volver solo a una. En cuanto me informaron, hice que mis hombres peinaran Southwark, Londres y Dartford durante toda la noche para dar con vos. Por fin, cuando hemos encontrado al jorobado al alba, hemos tenido noticia del hombre rubio y de la mujer morena que se dirigían a Blackfriars.
El jorobado que se había ofrecido a ayudarnos con el transporte cuando habíamos salido del Puente de Londres se asomó desde detrás de otro hombre. Me señaló.
—Esa es. Es ella, sí —dijo.
—Por supuesto que es ella —confirmó el duque—. Dadle un chelín a este lisiado lameculos y despedidlo.
Aunque me dolía la mejilla izquierda a causa del bofetón, el dolor no era nada en comparación con el que sentía en el cuello. Ni siquiera podía estar erguida. Tenía que mantenerme encorvada hacia delante, con la mano en el hombro.
—¿Dónde está el hermano Edmund? —logré por fin preguntar.
El obispo Gardiner dijo sin perder la calma:
—Se lo han llevado a Winchester House, a la espera de mi decisión.
—Venir aquí, los dos, mintiendo al portero, haciéndoos pasar por hermanos y mancillar después el monasterio —estalló furioso Norfolk—. Creía que había visto en mi vida todas las depravaciones que puede cometer una persona, pero esto, esto… —No pudo terminar su frase.
—No hemos cometido ningún crimen —dije.
—Habéis traído aquí al fraile para fornicar —gritó Norfolk—. Podéis engañar a los demás con vuestro disfraz de novicia, pero yo sé la clase de furcia que sois, Joanna Stafford.
—No —dije.
Tuve que hacer uso de hasta el último resquicio de fuerza que me quedaba para erguirme a pesar del nubarrón de dolor. Miré primero al obispo Stephen Gardiner y después al duque.
—Hemos venido a Blackfriars para aprender —dije—. Para rezar. Esa es la verdad.
Algo destelló en los ojos del obispo. Quizá fuera pena. O desprecio. Abrió la boca para decir algo, pero el duque se anticipó, silenciándolo.
—¿Para aprender? —El desprecio del duque de Norfolk era salvaje—. Pero vos no aprendéis. Nunca. Os arrestaron el año pasado y este mismo año han disuelto vuestro priorato. Cualquier otra mujer con un mínimo de sentido común habría entendido que el tiempo de las monjas, los frailes y los monjes ha terminado. Es parte del pasado. Ya no quedan monasterios. Todo el mundo debe aceptarlo o ser aplastado y convertido en polvo. El final de año traerá consigo la destrucción final.
—¿Qué más podéis destruir? —pregunté débilmente—. Todo se ha perdido.
—Como siempre, os equivocáis —replicó Norfolk—. El rey ha desvalijado y cerrado ya el santuario de Thomas Becket, y la noche del 28 de diciembre, los hombres irán a la catedral de Canterbury y se llevarán los huesos del santo. Cuando a la mañana siguiente lleguen esos últimos peregrinos a celebrar el aniversario de la muerte de Becket, no encontrarán más que un santuario destrozado. El rey quiere tirar el ataúd a la basura y quemar los huesos. Así es como terminan todos los hombres del clero que desafían a su rey ungido.
Yo jamás tan siquiera había concebido la posibilidad de algo tan monstruoso. Era una tortura —mucho peor que el dolor carnal infligido por Norfolk— saber que nuestro santo más amado y venerado sería profanado de ese modo. Robar el tesoro sagrado de un santo y cerrar el santuario a los peregrinos que lo necesitaban era ya una tragedia. Pero ¿profanar sus restos?
Hice la señal de la cruz con las manos temblorosas. Acto seguido miré al obispo Gardiner. Su rostro era como el mármol blanco. Aquello debía de ser para él tan espantoso como lo era para mí, pero el obispo no revelaba el menor atisbo de emoción.
—Iréis al castillo de Stafford, donde os pudriréis durante el resto de vuestros días —dijo Norfolk—. Por mi sangre que iréis, aunque os tenga que atar a la grupa de un caballo. Pero antes, tenéis una misión que cumplir.
—¿Una misión? —repetí.
—El marqués de Exeter y el barón Montagu fueron juzgados y declarados culpables de alta traición ayer. Por expreso deseo del rey, les cortarán la cabeza en Tower Hill. Su último deseo, que Su Majestad les ha concedido, ha sido morir juntos. Yo asistiré. Y vos también, Joanna Stafford. Lady María quiere que la representéis en la ejecución y así lo haréis. Vos y yo presenciaremos esto hasta el final.
OceanofPDF.com