El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 50 de 54

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El cáliz

Capítulo 49

 

Una semana más tarde, Ana de Cleves llegó a Calais rodeada de un séquito de más de doscientos nobles, damas, criadas y lacayos alemanes. Los cañoneros de los barcos más grandes dispararon ciento cincuenta cañonazos para darle la bienvenida. Cerca de quinientos soldados ingleses vestidos con la librea del rey bordearon las calles de la ciudad para vitorearla a su paso. La joven princesa se alojó en una magnífica casa llamada el Exchequer, mientras yo seguía con los Benoit fuera de la empalizada. Era harto improbable que nuestros caminos se cruzaran.

Pero las desastrosas tormentas invernales del canal nos afectaban a todos por igual. Ana de Cleves se vio obligada a esperar un día tras otro en la ciudad portuaria hasta que fuera seguro navegar. Yo también esperé. El día antes de que los alemanes llegaran a Calais, reservé un pasaje en uno de los barcos escolta más pequeños con destino a Dover. Pagué el billete con todos los francos que me quedaban. Utilicé nuevos documentos falsos que me representaran. Esta vez viajaría con mi propio nombre. Lo que falsifiqué fue la firma del regidor francés en el documento que decía que tenía permiso del gobierno para salir del país.

Fue Nostredame quien me facilitó el documento. Me advirtió que no preguntara cómo lo había conseguido y me dijo que podía estar segura de que funcionaría. Se lo agradecí, del mismo modo que le di las gracias por todo lo que había hecho por mí desde el Gravensteen.

—No —dijo—. Sois vos a quien debo estar agradecido. Me liberasteis de esa celda cuando no teníais por qué hacerlo, Joanna.

Le insistí para que me dejara en Calais, con la familia Benoit, que ya me había adoptado.

—Llevamos aquí semanas. Sé que en algún momento zarparemos con destino a Dover, no hay otra opción —dije—. Debéis marcharos y seguir con vuestra vida.

Salimos a dar un último paseo juntos por la ribera de Calais. Pasamos por delante de las barracas de los pescadores de arenques situadas al norte de las dunas. No había allí nadie más que nosotros, puesto que los vientos de diciembre eran rigurosos. Aun así, yo me había temido algo peor.

Al mirar al mar, caí de pronto en la cuenta de que estaba a punto de abandonar el continente por el que, en alguna parte, Edmund vagaba.

—¿Habéis oído hablar de la Selva Negra? —le pregunté a Nostredame.

—Está en una esquina de Alemania. Es un bosque inmenso, muy oscuro e impenetrable. De ahí el nombre de «Negra».

Horrorizada, dije:

—¿Por qué iba nadie a querer ir allí?

—Es también un lugar de conocimiento, de leyendas, de mitos y poderes místicos —respondió Nostredame—. Para quienes son lo bastante valientes como para conquistar sus miedos, puede ser un bosque mágico.

Seguimos andando en silencio durante un rato hasta que me volví hacia él.

—¿Por qué fui elegida? —pregunté.

—No lo sé —fue su respuesta—. Los motivos son lo que más me cuesta ver.

Lo intenté de otro modo.

—Pero ¿sabéis por qué me ha ocurrido así? ¿Por qué tuve que conocer la profecía mediante otros dos videntes y después llegar a vos, y siempre poco a poco y por voluntad propia?

Nostredame entrecerró los ojos sin apartar la vista del viento.

—Hay algo en vos, una alquimia de cualidades humanas, que se activará cuando llegue el momento. Esa alquimia no es solo la naturaleza con la que nacisteis, la que Dios os dio. Cada encuentro con los videntes os ha cambiado…, acercándoos a la persona que deberéis ser en el momento crítico.

—Pero ¿cuáles son esas cualidades? —pregunté consternada—. Mucho me temo que es mi rabia y mi temeridad, Nostredame, y no el espíritu más fiel que he intentado construir mediante mi servicio a Dios.

—La fe es una cualidad con la que también yo he debido debatirme, Joanna, y lo que puedo deciros es que tengo fe en vos —dijo.

Nos despedimos poco después, el tercer vidente y el sujeto de su fatídica profecía.

—Volveremos a vernos, aunque habrá de pasar mucho tiempo para eso —dijo con una sonrisa antes de partir con destino a su aldea del sur de Francia.

Ese mismo día que Nostredame se marchó, me dirigí a la tienda de la ciudad de Calais. Necesitaba nuevos hilos de seda para el proyecto de costura en el que me había embarcado con las muchachas Benoit. A fin de evitar inquietarme demasiado, y deseando ser útil en la casa, había empezado a impartir lecciones de costura a las tres jóvenes.

Cuando estaba en la tienda, charlando con la vendedora de paños a la que ya conocía, noté que alguien tiraba de mi labor de costura. Me volví, sorprendida, y me encontré con una rechoncha mujer de mediana edad con un ancho sombrero.

La mujer se volvió hacia dos hombres. Uno era joven y delgado y parecía un estudiante. El otro era mayor y vestía como un noble. La mujer hablaba una lengua desconocida para mí. El joven escuchó y después le habló en francés al mayor de los dos. El noble asintió y se giró hacia mí.

—Soy el conde de Southampton —dijo—. Estoy a cargo de la protección de lady Ana de Cleves, la futura esposa del rey de Inglaterra. Madre Lowe es quien está al mando de las criadas de la casa. Quiere saber quién sois, porque dice que no ha visto una labor de costura semejante desde que salió de Alemania.

El momento de desvelar mi identidad había llegado mucho antes de lo que habría deseado, pero no hubo otra opción. No podía entrar en la órbita de la familia real sin un nombre.

—Soy inglesa —dije—. Mi nombre es Joanna Stafford.

Los ojos de Southampton se iluminaron.

—¿Stafford? —preguntó—. ¿Sois acaso pariente del duque de Buckingham?

—Es mi tío, mi señor.

—Pero ¿por qué estáis aquí? —Quiso saber—. Las damas inglesas de la casa de la reina irán a su encuentro en Dover, en Canterbury o en Greenwich. Así ha sido acordado.

—No soy una de las damas de la reina —dije con toda la firmeza que me fue posible—. He estado viajando por Europa y ahora, debido a una feliz coincidencia, regreso a Inglaterra a la vez que vos. De modo que he comprado un pasaje en uno de los barcos que escoltan a Su Majestad.

Madre Lowe le comentó algo en alemán al joven estudiante. El joven habló en francés con el conde. Le dijo que Madre Lowe quería saberlo todo sobre mí sin demora.

La conversación transcurrió así entre nosotros: del alemán al francés, del francés al inglés y viceversa.

—Sí, sí, ¿por qué no? —Quiso saber el conde de Southampton—. Hay pocas familias más consideradas que los Stafford.

Se volvió hacia mí.

—Madre Lowe dice que a la princesa Ana le gustaría conocer a una dama inglesa de una familia noble que sepa bordar tan bien como vos. Esperamos zarpar mañana. Trasladarán vuestras pertenencias al galeón en el que viaja la reina de Inglaterra para que podáis asistirla.

Hice una reverencia, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.

No zarpamos al día siguiente. Ni al siguiente. Día y noche, habían apostado vigías en la orilla para informar cuando el tiempo permitiera la travesía de treinta millas por el canal. Al alba del tercer día, un sábado 27 de diciembre, dispararon sus armas, dando así la señal.

Corrí a la orilla y me trasladaron al galeón más grande.

Nadie me habló a bordo. La princesa y todas sus damas alemanas ya estaban abajo. Hacía demasiado frío para cumplir con el protocolo de asistir al izado de las velas en cubierta. Cuando creí, feliz, que se habían olvidado de mí, el conde de Southampton fue a buscarme.

Qué gran multitud se había congregado en torno a Ana de Cleves en la estancia que ocupaba. Ni siquiera pude verla debido al círculo de damas alemanas y de caballeros ingleses que la rodeaban.

Un joven se adelantó, me miró de arriba abajo y dijo:

—No creí que hubiera ningún miembro de la familia Stafford en esta travesía. Sobre todo ninguno tan hermoso. —Saludó con una inclinación de cabeza—. Soy Thomas Seymour. —De modo que aquel era el hermano de la difunta reina, el «rufián y holgazán» con el que Mary Howard Fitzroy se había negado a casarse.

Impaciente, Southampton dijo:

—La princesa aguarda.

Madre Lowe y el estudiante estaban de pie a la izquierda de una joven ornadamente vestida y sentada en una silla acolchada. Estaba inclinada sobre su labor de costura. Llevaba un sombrero enorme, doblado por tres de sus esquinas.

Madre Lowe se dirigió en alemán a la joven, que levantó la cabeza antes de asentir y de mirar en nuestra dirección, primero a Southampton y después a mí. Parecía estar cerca de los treinta años y su piel no era tan pálida como la de la mayoría de las mujeres inglesas. De hecho, el color de la tez se parecía más al mío. Tenía una nariz larga, una barbilla delicadamente respingona y unos grandes ojos de color miel con largas pestañas. La mirada era firme y digna, como correspondía a una reina.

La voz de la princesa sonó grave cuando se expresó en aquella lengua áspera para dirigirse a Madre Lowe. Evidentemente no hablaba inglés ni tampoco francés. Me pregunté cómo pensaba comunicarse con su esposo.

—A Su Majestad le gustaría ver vuestra labor de costura —me informó el conde—. Bordar es su ocupación favorita.

Vi a la futura reina inspeccionar mi bordado. Mientras giraba mi labor a un lado y a otro, una sonrisa encantada le iluminó la cara. De pronto me inquietó pensar en que iban a dejarla en manos de Enrique VIII. Su hermano, el duque de Cleves, debía de ser no solo ambicioso, sino también cruel.

Se intercambiaron traducciones en ambos sentidos y me pidieron que le hablara de mí a la reina.

—Desea saber si estáis casada —dijo Southampton.

Negué con la cabeza.

La siguiente pregunta fue dónde vivía con mis padres.

—Podéis decirle a Su Alteza que mis padres murieron y que vivo sola en una casa —dije.

Ana de Cleves pareció confundida cuando Madre Lowe le informó de mi situación, y me preguntó entonces cómo era posible que una mujer de noble cuna, o cualquier mujer, viviera sola.

Suspiré. No tenía sentido intentar ocultar nada.

—Os ruego que le digáis a Su Alteza que fui novicia en un priorato católico que ya no existe —dije.

Southampton hizo una mueca.

—Es la verdad —reconocí.

Por fin se lo contó al estudiante, que se volvió a mirarme, visiblemente nervioso, antes de hablar con Madre Lowe. Para mi asombro, cuando Ana de Cleves oyó lo que le dijo su ama de criadas, esbozó otra sonrisa encantada.

—La madre de Su Majestad profesa un gran cariño a las monjas y cuenta con una abadesa entre sus mejores amigas —me dijo Southampton.

Lo miré fijamente, atónita. El conde se inclinó hacia mí, acercándose más:

—La madre sigue practicando la fe católica romana, mientras que su hijo, el duque William, es luterano.

Hubo un intercambio de frases en alemán. La princesa dijo que alguien como yo, que procedía de una buena familia y con mis excelentes dotes de ama de casa, debería casarse de inmediato. Ahora que ya no seguía siendo monja, debían empezar las mediaciones para las disposiciones pertinentes. Si yo estaba de acuerdo, ella, la reina, hablaría con su esposo, el rey, sobre un enlace.

El conde se sonrojó un poco después de traducir esas palabras. Como todos los oficiales ingleses, conocía el Acta de los Seis Artículos que prohibía casarse a las antiguas religiosas. Esperó, inquieto, mi respuesta.

—Le agradezco a Su Majestad su gran bondad, pero ahora debo concentrarme en mi empresa. En mi villa de Dartford ya casi he terminado mi primer tapiz y debo buscarle un comprador.

Aquello generó un sinnúmero de entusiastas preguntas por parte de la reina, que Southampton fue comunicándome convenientemente. El barco se mecía y cabeceaba mientras navegábamos hacia la costa de Inglaterra. Varias de las damas alemanas de la reina se marearon. Sin embargo, la princesa no se vio en absoluto afectada.

Desafortunadamente, Ana de Cleves retomó la cuestión de mi matrimonio.

—Su Alteza tiene la convicción de que deberíais contraer matrimonio y tener una familia —dijo Southampton. Dice que los hijos son la mayor alegría que las mujeres pueden experimentar. Dios mediante, espera dar hijos e hijas al rey de Inglaterra. Espera que el rey satisfaga la humilde petición de su familia y dé a su primogénito el nombre de su hermano, William.

«Cromwell y el niño rey son temidos por todos».

Me quedé allí plantada, en el bamboleante barco, mirando el rostro dulce y sincero de Ana de Cleves y fui presa del terror.

—¿Os encontráis indispuesta, señora Stafford? —preguntó el conde de Southampton.

—Me temo que sí —murmuré.

Expresé mis disculpas. Antes de que pudiera retirarme, el conde dijo:

—Su Alteza solicita que acompañéis a su séquito en su viaje a Greenwich, donde se encontrará con el rey. ¿Os parece conveniente?

Lo miré fijamente.

—Señora Stafford, ¿os parece conveniente? —repitió.

—Sí, por supuesto. —Hice una profunda reverencia y salí del camarote.

¿Qué otra cosa podía hacer? No podía soportar la idea de que mi reino fuera devorado por el emperador Carlos y sus aliados después de que el rey muriera envenenado, pero por otro lado pude ver cómo la profecía del futuro de Inglaterra se haría realidad si Ana de Cleves engendraba un hijo.

Horas más tarde, cuando el sol casi se ponía, el barco llegó a la costa de Inglaterra. Atracamos en Deal y por orden del lord custodio de los Cinco Puertos nos condujeron al castillo de Deal. El séquito de la reina, en el que yo estaba incluida, pasaría la noche en él. Al día siguiente seguiríamos hacia Dover y de allí a Canterbury. Había oído decir que se esperaba que la reina llegara a Londres el 3 o el 4 de enero.

Me uní al desfile de damas que se dirigían a la entrada del castillo de Deal, a la luz de las flameantes antorchas. Una exigua muchedumbre bordeaba el camino, desafiando al frío para poder vernos. Había un pequeño grupo de dignatarios a la espera de darnos la bienvenida. Supuse que me encontraría con el lord custodio.

Sin embargo, cuando llegué al principio de la fila, vi que quien aguardaba era una pareja espléndidamente vestida: un hombre alto y fornido de mediana edad y una mujer muy joven. Oí que alguien decía: «El duque y la duquesa de Suffolk». Me acordé de haber oído hablar de ellos en la Rosa Roja el año anterior. Catherine Brandon era la hija de María de Salinas, que se había casado con el mejor amigo de Enrique VIII.

Cuando llegó mi turno, saludé a la pareja con una reverencia.

—Soy la señora Joanna Stafford —dije.

La joven duquesa, que vestía un largo vestido de terciopelo, me estudió con más detenimiento. Un perro grande asomó también la cabeza.

—¿Sois la mujer que sirvió con mi madre? —preguntó Catherine Brandon—. Me gustaría hablar con vos esta noche.

—Estoy a vuestro servicio —dije, volviendo a hacer una reverencia y uniéndome a la multitud que entraba en ese momento al castillo. Habían llevado a la reina, a Madre Lowe y sus damas arriba, a los apartamentos reales, junto con el conde de Southampton. El duque y la duquesa de Suffolk debían de estar también con ellos.

Al resto de nosotros nos hicieron pasar a una gran sala donde habían servido comida en unas largas mesas. La algarabía de las conversaciones llenaba la estancia. Encontré un asiento y comí distraídamente mientras intentaba encontrar para la duquesa de Suffolk, y para los que indudablemente llegarían después que ella, una explicación que tuviera sentido y que justificara mi presencia en el séquito de Ana de Cleves.

—¿Me disculpáis, señora Stafford?

Al levantar la vista me encontré con el rostro sonriente de sir Thomas Seymour.

—Me han enviado a buscaros —dijo—. De hecho, me lo han suplicado. Hay una joven dama que dice que la conocéis y que necesita urgentemente hablar con vos.

—¿Una joven dama? —pregunté, confundida—. ¿Y no está en el séquito de la reina?

—No estoy seguro —respondió—. ¿Me permitís que os lleve hasta ella y quizá más tarde, si hay baile, me concederéis un baile con vos?

—Por favor, llevadme hasta la persona que desea hablar conmigo —dije fríamente.

Se encendió una chispa en los ojos de Seymour: desafortunadamente, aquel era un hombre que disfrutaba con los desafíos.

Seymour me condujo por un pasillo que se adentraba en las profundidades del castillo, lo cual me llenó de recelo. Justo cuando a punto estaba de acusarlo de haberme engañado, me llevó a una alcoba donde aguardaba una joven con una vela en la mano.

Era Nelly, la criada que me había atendido en Saint Paul’s Row. Aunque llevaba una larga capa, vi que estaba encinta. La súplica impregnaba su mirada.

—¿Conocéis a esta muchacha? —preguntó Seymour.

—Sí —respondí—. Gracias, sir Thomas.

—Os veré después, estoy seguro —dijo de manera harto significativa antes de marcharse.

—¿Qué estás haciendo aquí, Nelly? —pregunté. Y con un repentino escalofrío, añadí—: El señor Hantaras no está contigo, ¿verdad?

—No, mi madre y yo estamos ahora al servicio de una casa de Dover — dijo—. He venido a ver llegar al castillo a la nueva reina, pero entonces os vi, señora Stafford. Y quería hablaros de Jacquard. Debería haber regresado ya a Inglaterra.

Cuánto lamenté no haberla protegido en Londres. De haberlo hecho, nada de todo eso habría ocurrido.

—¿Es Jacquard el padre de tu hijo? —pregunté.

—Sí —susurró—. Y lleva mucho tiempo fuera de Inglaterra y desde que se fue no he vuelto a tener noticias suyas. No quiero que nos oigan, os lo ruego. Creo que podemos usar una de estas habitaciones. —Tiró de mí hacia el fondo del pasillo y abrió la puerta que daba a una habitación pequeña y abarrotada.

—Nelly —dije—, lamento tener que decirte esto, pero debes saberlo. Prepárate. Puede que Jacquard no vuelva a Inglaterra.

Nelly no respondió nada. La luz de la vela refulgió al tiempo que una expresión extraña asomó a sus ojos.

—Sí —dijo—. Lo sé.

En ese instante, miró a un punto por encima de mi hombro izquierdo. Una nueva sombra cruzó el suelo de la estancia. Lo último que vi fue al señor Hantaras con algo en la mano, algo que levantó sobre su cabeza y que descargó directamente sobre mí.

Sentí dolor. Y después se hizo la oscuridad.

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