El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 35 de 54

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El cáliz

Capítulo 34

Cuando Jacquard se marchó, el hermano Edmund apagó el fuego de la enfermería y yo me quedé ponderando el significado de la noticia. La excomunión papal era infrecuente y grave. Extraordinariamente grave. La última persona que había sido expulsada de la Iglesia católica por el Santo Padre había sido Martín Lutero en 1520.

Me acordé de lo que Gertrude había dicho durante el trayecto al Londinium: «Otros reyes cristianos estarán entonces en la obligación de derrocarlo. Nosotros, sus propios súbditos, no podremos salir en defensa del rey Enrique si deseamos mantenernos fieles al Santo Padre».

Había refrescado en la calle durante el rato que habíamos estado en la enfermería. Una espesa humedad, la clase de atmósfera que anunciaba nieve, flotaba en el aire. No había ni rastro de los cantantes de villancicos. Prácticamente todo el mundo estaba en sus casas, con el fuego crepitando en las chimeneas mientras disfrutaban de la comida navideña.

Cuando llegamos a High Street, vi al cabo de la calle a un grupo de gente que se dirigían al centro de la villa, aunque muy despacio. Perplejos, reconocimos en ellos al hermano Oswald y a sus seguidores. No esperábamos su regreso.

El cisterciense estaba tan exhausto que temí que fuera a desplomarse en plena calle. Sus seguidores no tenían mejor aspecto: sucios, cubiertos de cardenales y desaliñados.

—¿Qué ha ocurrido? —exclamé.

—No os preocupéis, hermana Joanna —dijo desmayadamente el hermano Oswald.

—No veo ningún rostro nuevo entre vosotros. ¿Habéis encontrado al fraile de Aylesford que buscabais? —preguntó el hermano Edmund.

Nadie respondió.

Arthur salió corriendo de la casa de los Sommerville, furioso por mi tardanza. A toda prisa, devolví al pequeño desabrigado dentro. El hermano Edmund tardó unos minutos en reunirse con nosotros, seguido de los nuevos invitados, a los que había invitado a su mesa.

Raras veces me había sentido tan orgullosa de la hermana Winifred como cuando dio serenamente la bienvenida al hermano Oswald y a sus seguidores. Mientras yo servía a cada uno de los hombres una copa de ponche caliente de un gran cuenco, ella rápidamente transformó un almuerzo para cuatro en otro para diez. Todos los huéspedes recibieron una porción de ganso asado con una ración de pastel de carne. Era un pastel delicioso, con el cordero sazonado a la perfección y sin demasiadas uvas pasas.

Arthur estaba extasiado con la Navidad. Me habría gustado saber si recordaba la anterior: un día con los afligidos parientes del norte, un huérfano al que nadie había querido hasta que mi padre llegó a buscarlo y lo trajo al sur. ¿Y qué recuerdos conservaría de la Navidad de hacía dos años que había pasado con esos padres que tanto lo querían? Recé para que Margaret supiera que su hijo estaba bien tratado y no faltar a su memoria. Pero ¿qué pensaría de mí por haber convertido su doloroso secreto en moneda de cambio para así poder regresar a Dartford? El remordimiento me oprimió la garganta. Tendría que haberme ganado mi libertad de otro modo.

Pero ese día, al menos, Arthur estaba feliz y sus sonrisas, su curiosidad y su risa hicieron las delicias de todos los que estábamos sentados a la mesa, aunque los monjes no hablaron demasiado. El hermano Edmund no hizo ninguna pregunta: discretamente se encargó de que se encontraran cómodos, como lo haría cualquier anfitrión. Pero yo lo conocía lo suficiente como para saber que estaba tan perplejo como yo. Algo había salido mal en Aylesford. ¿Qué podría ser?

Kitty apareció para retirar los platos del almuerzo. Le pregunté a la hermana Winifred si podía cuidar de Arthur durante un rato, pues quería mostrarle al hermano Oswald mi nuevo telar.

El cisterciense inclinó la cabeza.

—Si os place, hermana —dijo.

Los monjes examinaron las primeras semanas de trabajo con el telar con gran interés. Nadie llegó a la conclusión a la que había llegado Jacquard, esto es, que el fénix podía hacer referencia al renacimiento de los monasterios.

En la intimidad de mi casa, me sentí más libre para preguntarles:

—Por favor, contadnos lo que ha ocurrido en Aylesford.

Una tristeza idéntica se apoderó de los miembros del grupo. Los demás miraron al hermano Oswald, esperando su decisión. Por fin, el hermano dijo:

—Si ese es vuestro deseo, hermana Joanna…

Se sentó en el suelo. Esa era su costumbre, pues los cistercienses eran profundamente humildes.

—El monasterio de Aylesford era muy hermoso —empezó el hermano Oswald—. Llegamos a la hora del crepúsculo, y verlo fue como, agh, como un sueño. Trescientos años de antigüedad, construido en la época de las Cruzadas…

El hermano Oswald titubeó al tiempo que fijaba la vista en la vela que humeaba delante de él. Vi que la herida del rostro que le había infligido el rufián de Southwark no estaba curada del todo.

—Encontramos al hermano Paul. Había estado viviendo allí, oculto. No podía encender fuego para cocinar ni para calentarse, por temor a que lo descubrieran. El hermano Paul nos dijo que había visto en nuestra llegada y en el momento en que se había producido una señal de Dios, que no estaba todo perdido. Rezamos juntos y encontramos sitios donde dormir. Fue tan reconfortante volver a estar juntos en esa habitación, como si una vez más hubiéramos encontrado una casa religiosa.

El hermano Oswald bajó la cabeza.

—A la mañana siguiente no pudimos despertar al hermano Paul. Había muerto durante la noche.

Lamenté en ese momento haberle pedido respuestas.

El hermano Oswald irguió los hombros. Con un gran esfuerzo, dijo:

—No desesperaremos. No, no lo haremos. Dios tiene un propósito. Creo que nuestra siguiente peregrinación revelará la voluntad de Dios. Sí, estoy seguro de ello.

—¿Adónde os dirigís desde Dartford? —preguntó el hermano Edmund.

—A la catedral de Canterbury, a besar las reliquias y hacer ofrendas al santuario del bendito santo Tomás Becket la mañana del aniversario de su muerte —respondió el hermano Oswald—. Es dentro de cuatro días.

—No —exclamé—. Oh, no.

Yo no le había cantado al hermano Edmund lo que el duque de Norfolk había dicho que ocurriría la noche previa al aniversario. Obviamente, no lo había olvidado, pero lo había apartado de mis pensamientos como se aparta una cruel pesadilla.

Con el corazón latiéndome aceleradamente en el pecho, dije:

—El rey planea enviar hombres a la catedral la noche anterior al aniversario para retirar la caja que contiene los huesos de santo Tomás.

—¿Por qué? —preguntó con un hilo de voz uno de los monjes.

—Su Majestad pretende profanar el cuerpo: quemar los huesos y arrojar las cenizas al suelo para dar ejemplo con un hombre de Dios que se atrevió a desafiar a un rey —dije, desmayadamente.

Los ojos del hermano Oswald se cerraron con fuerza e hizo la señal de la cruz. Los demás se abrazaron, presas del dolor y de la tristeza.

Noté que una mano me cogía del brazo. Era el hermano Edmund.

—¿Por qué no me lo habíais dicho? ¿Por qué? —preguntó—. ¿Cuándo lo supisteis, hermana Joanna?

—En Blackfriars —susurré—. Lo dijo el duque de Norfolk.

—Sí, por eso el rey ha sido excomulgado —dijo el hermano Edmund—. Sabía que debía tratarse de alguna terrible profanación para que el papa se viera obligado a decretar la bula. Si Norfolk lo sabía, y os lo dijo, otros deben de saberlo en la corte. Este acto horrible debe de haber sido planeado hace meses. La noticia ha llegado a Roma y el papa Clemente no ha tenido otra elección. No se puede profanar así a un santo.

Un nuevo sonido llenó la habitación. Era el hermano Oswald que sollozaba, arrodillado en el centro del suelo. Los demás fueron presas del pánico al ver la desesperación de su líder. Otro monje se arrodilló junto al hermano Oswald y dijo:

—Quizá podamos detener esto. Podríamos ir ahora mismo, antes que los hombres del rey, y convencer al prior de que nos deje llevarnos a santo Tomás para ponerlo a buen recaudo.

—Me temo que el prior de la catedral de Canterbury jamás lo permitiría —dijo el hermano Edmund—. No se atreverá a desafiar al rey.

—¡Iremos!

Era el hermano Oswald. El cisterciense había dejado de sollozar.

—Estaremos allí la misma noche que lleguen los hombres del rey — dijo, poniéndose en pie—. Esperaremos a que salgan con la caja, con el sagrado feretrum, y se lo arrebataremos.

—¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! —gritaron los demás. Convinieron de inmediato llevar a cabo un plan que me pareció altamente peligroso. Sí, podía comprender su deseo de llevarlo a término. El indomable odio del rey provocaba desesperación y un gran dolor, y el plan desvaneció el dolor. Volvía a haber esperanza. Pero ¿cómo pensaban enfrentarse a los hombres del rey? Miré al hermano Edmund. Debía convencerlos para que renunciaran a su plan.

—Iré con vosotros a Canterbury —declaró el hermano Edmund.

Corrí hasta él, diciendo:

—Escuchadme, os lo suplico. ¿No nos han enseñado acaso: «Ármate con la oración y no con la palabra; viste la humildad y no elegantes ropas»?

Se volvió hacia mí y vi que sus ojos, como los del hermano Oswald, brillaban como un par de duras gemas.

—Llevamos demasiado tiempo viviendo en la humildad, hermana. Ya veis el resultado. Debo ir.

—Pero, hermano Edmund, os matarán a todos —dije—. Ninguno de vosotros habéis visto de lo que son capaces los hombres y los soldados del rey. No como lo he visto yo.

—Y si perezco en el intento, en un intento por impedir un acto de odio y de blasfemia, mi vida por fin habrá encontrado sentido, hermana Joanna — dijo apasionadamente—. Vos mejor que nadie sabéis lo que me costó acatar el Juramento de Supremacía al rey Enrique hace cinco años. Negué al Santo Padre. Desde entonces no he vuelto a vivir en la gracia, no en la verdadera gracia de Dios. Fui débil, temí la tortura y la muerte. No puedo vivir con ello un día más.

—¿Y la hermana Winifred? —pregunté.

—Si conseguimos nuestro objetivo en Canterbury, podrá sentirse orgullosa de mí —dijo—. Si fracaso, se enorgullecerá de que por fin haya mostrado coraje cuando era coraje lo que se esperaba de mí. En cuanto a vos, hermana Joanna…

—Estoy orgullosa de vos, hermano Edmund —dije—. Ahora, esta noche, siempre.

Me miró muy fija, incontroladamente, y durante un instante creí que había vencido. Pero entonces retrocedió para reunirse con los demás.

Impotente, asustada, los vi hablar entre ellos, con los rostros encendidos por el entusiasmo. Eran de pronto presas de un destino, el destino que ellos mismos habían elegido.

«El destino».

Hay un destino que cada uno crea para sí mismo. Y además está el destino decretado.

Me acerqué despacio al centro del círculo de hombres. Todos dejaron de hablar y se detuvieron a escuchar.

—Iré con vosotros a Canterbury —dije.

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