El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 26 de 54

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El cáliz

Capítulo 25

—Despertad, Joanna —dijo una voz de mujer—. Ah, seguís siendo una de las personas a las que más les cuesta levantarse por la mañana.

Abrí los ojos y me vi de pronto en una pequeña habitación en la que entraba el sol a raudales. Sentada a mi lado en el lecho había una mujer de rostro alargado y de mediana edad: era mi prima Elizabeth, la duquesa de Norfolk.

Su presencia en casa de su esposo no tenía sentido. El matrimonio del duque con la duquesa de Norfolk era el más infeliz de toda Inglaterra. El odio que se profesaban había estallado a menudo en gritos e incluso en golpes hasta que, cinco años antes, mi prima había cesado de compartir el mismo techo con el duque. Había vivido desde entonces sola en Hertfordshire, negándose a conceder el divorcio o a reconciliarse con el duque de Norfolk.

Elizabeth cogió un pliegue de la tela de hilo de plata de mi vestido con ambas manos, sosteniéndolo a la luz.

—¿De dónde habéis sacado este vestido? —preguntó.

—Me lo regaló Gertrude Courtenay —mascullé. Me dolía la garganta y me daba vueltas la cabeza debido a la falta de comida—. ¿Sabéis lo que ocurrió anoche?

Volvió a sentarse en el borde del lecho.

—Sí. Es terrible —dijo calmadamente—. Ordenaré que os traigan comida, bebida y ropa. Si fuera la casa de mi padre, todo estaría aquí en cuestión de unos minutos, pero es la casa de un Howard y yo llevo aquí apenas una semana. Todavía no tengo al servicio en mi mano. De modo que quizá tarde una hora.

—Esperad…, Elizabeth —alcé la voz—. ¿Qué va a ocurrirme?

—Os enviarán lo antes posible al castillo de Stafford. El secretario de Howard le escribirá hoy una carta a mi hermano. Cuando el duque regrese de la corte, se firmará y se enviará la carta.

Me senté en la cama y dije:

—Pero mi casa está en Dartford. Arthur debe de estar ya allí. Mis amigos también y mi vida. Por favor, tenéis que ayudarme.

Elizabeth frunció el ceño.

—No seáis pesada, Joanna. Todo está decidido. Cuando llegue el momento, mandarán también a Arthur al castillo de Stafford. Pero no puede vivir en Howard House. El duque no quiere ni oír hablar de eso. —Abrió la puerta—. Podéis ir a verme a mi sala de visitas más tarde, pero en ningún caso lo hagáis si vuestra intención es arengarme. Vuestros berrinches siempre me producen dolor de cabeza.

Y, con un floreo de su falda oscura, se marchó.

La duquesa de Norfolk estaba en lo cierto: pasó casi una hora hasta que por fin llegó un tazón de cerveza clara y un trozo de pan, aunque eso me dio tiempo para pensar. Y en cuanto las fuerzas renovadas inundaron mi cuerpo, estuve preparada para intentar poner en marcha un plan.

No iba a permitir que me mandaran a ninguna parte que no fuera Dartford. Haría cualquier cosa para encontrar el modo de volver a casa.

Elizabeth y yo nunca nos habíamos llevado bien. Ella tenía diecisiete años más que yo. Entre las mujeres de la familia Stafford, era ella, la hija mayor del duque de Buckingham, quien reinaba sobre las demás. Mi lugar estaba casi a la cola, por no decir a la cola. Aun así, Margaret, la hermanastra menor de Elizabeth, había sido mi amiga de infancia. Tras la ejecución del duque de Buckingham, Margaret se había trasladado a vivir con su infeliz hermana. Yo las veía durante sus visitas y además Margaret me escribía muy a menudo. De ahí que yo algo supiera acerca de los cambios de humor de Elizabeth.

Oí la voz afilada de la duquesa desde el exterior de su sala de visitas.

—¿Tengo que volver a soportar esto? —preguntó—. ¿No recordáis nada de lo que os he enseñado?

Entré.

Elizabeth estaba de pie delante de una mesa, de brazos cruzados y con un rictus severo en los labios. Había varios objetos dispuestos sobre la mesa: platos y copas de peltre y diminutos montones de sal en sus respectivos platos. Y un cuchillo grande. Era sin duda un extraño conjunto, y sin embargo me resultó familiar.

Al otro lado de la mesa balbuceaba una muchacha de unos dieciséis años, baja y casi rechoncha, de largos y cobrizos cabellos. No era la hija de la duquesa. Durante mi única visita a Howard House, en el curso de una mascarada que había celebrado el hijo mayor de Elizabeth, el conde de Surrey, había conocido a esa muchacha. Era Catherine Howard, una de las varias sobrinas del duque de Norfolk. La recordaba risueña y encantadora, y con unos profundos hoyuelos en las mejillas. Saltaba a la vista que los hoyuelos habían desaparecido. Catherine estaba paralizada por la indecisión, con la mano cerniéndose sobre el cuchillo.

—Debéis postraros tres veces antes de tocarlo —dijo Elizabeth.

—¿El cuchillo o el salón? —susurró la muchacha.

Elizabeth levantó bruscamente las manos.

—¿Veis con lo que tengo que bregar, Joanna? —preguntó al verme entrar en la habitación—. Mi esposo me ha pedido que le enseñe a servir en la corte. Los Howard están haciendo de ella su candidata a dama de honor. Catherine no solo tiene la edad adecuada, sino que es además lo suficiente hermosa para aspirar al puesto. ¡Pero no sabe nada! Sus únicos talentos son tocar el laúd y bailar. Los Howard no le han enseñado nada serio —apenas sabe leer—, ¡y aun así esperan que sirva a una reina criada en París o en Bruselas! Habrase visto ridiculez semejante.

Catherine, roja como la grana de vergüenza, me miró. El reconocimiento destelló en sus ojos. También ella se acordaba de mí.

Me acerqué a la mesa.

—Debéis hacer la mayor de las reverencias ante el cuchillo —le aclaré —. Frotáis el plato con un poco de sal. Acto seguido, ponéis un montoncito de sal en el cuchillo.

—Os agradezco mucho vuestra ayuda —me dijo la joven, y al instante una sonrisa le devolvió la hermosura que yo recordaba haber visto en ella —. Pero ¿cómo sabéis estas cosas, señora?

—Mi madre me enseñó a preparar el almuerzo para la sala de audiencias de la reina —dije.

La duquesa dijo entonces, aprobatoriamente:

—La madre de Joanna fue educada en España, donde cuentan con los requisitos más exigentes en lo que se refiere a las damas de la corte. Ella y yo servimos juntas a la reina. Yo fui dama de honor de la reina Catalina de Aragón durante dieciséis años.

—Excelencia, quizá me ayudaría poder entender por qué se hace esto — dijo tímidamente Catherine—. ¿Por qué hay que frotar los platos con sal?

—Tiene que ver con la amenaza de envenenamiento —respondió Elizabeth.

Hubo un destello de interés en los ojos de Catherine.

—¿Acaso alguien ha intentado alguna vez envenenar a una reina de Inglaterra?

—No hasta donde yo sé —reconoció Elizabeth—. Pero el recuerdo de los Borgia y de sus envenenadores sigue todavía muy presente.

—¿Quiénes son los Borgia?

Elizabeth dejó escapar un gemido. Una vez más, tuve que intervenir para explicárselo. No fue fácil. Los crímenes de los Borgia siempre me incomodaban. Había quien decía que los Borgia eran en parte responsables de haber prendido la chispa de la tormenta de fuego de la herejía que en ese momento amenazaba con engullir la cristiandad.

Cuando terminé, Elizabeth se dirigió a un taburete apoyado contra la pared. Cogió bruscamente un bordado y lo agitó hacia mí.

—A esto es a lo que llega Catherine.

Incluso desde el otro extremo de la habitación, los puntos resultaban primitivos. Volví a mirar disimuladamente a Catherine. Ella me miró a su vez, puso los ojos en blanco —me alivió ver que tenía arrestos— e hizo una reverencia.

—Os ruego que me disculpéis por mis limitaciones, Excelencia.

—¿Cuándo tiene prevista su llegada la nueva reina? —pregunté.

—Oh, todavía no hay nada decidido —respondió Elizabeth—. Pero el cerco se estrecha. —Se mordisqueó una uña y dijo—: Catherine, ya he tenido suficiente de vos. Dejadme.

La joven Howard salió apresuradamente de la habitación.

—¿Serviréis a la reina? —le pregunté a mi prima—. Imaginaba que seríais la primera dama de compañía. —Elizabeth había sido la primera dama de compañía de Catalina de Aragón.

—Es posible.

—En ese caso necesitaréis nuevas prendas para vestir en la corte —dije, dando una palmada en el aire. Intentaba dar la impresión de que acababa de ocurrírseme la idea—. Quiero que os quedéis el vestido de hilo de plata, Elizabeth. Será fácil limpiarlo y zurcirlo. Y el resto de elegantes vestidos que me regaló la marquesa de Exeter también deberías quedároslos. Prácticamente tenemos la misma talla.

A mi prima se le iluminó la cara. Intentó de inmediato disimularlo, pues era plenamente consciente de lo indecoroso de la propuesta.

—Si podemos conseguir sacarlos de la Rosa Roja, en ese caso, sí, podría hacerles un lugar aquí. ¿Estáis segura, Joanna?

—Oh, es mi deseo que os quedéis con la ropa —dije, lo cual era del todo cierto. No volvería a ponérmela.

De pronto, Elizabeth cruzó corriendo la sala y sus brazos me rodearon.

—Qué bondadosa sois, Joanna. Mucho. Si hay algo que yo pueda hacer…

Conté hasta diez antes de responder.

—Podéis hablar con el duque para que en vez de llevarme al castillo de Stafford me permita regresar a Dartford.

Rápidamente puso fin a nuestro familiar abrazo.

—No, no puedo —exclamó—. El duque jamás accedería. Todo esto es culpa vuestra, Joanna. No deberíais haberos instalado en Dartford con ese niño. No era propio. Nadie lo aprobó en su día.

—Ese niño, como vos lo llamáis, es el hijo de Margaret —dije.

—Lo sé, sí —afirmó Elizabeth—, naturalmente que lo sé. —Por primera vez alcancé a vislumbrar un atisbo del afectuoso corazón que, según había oído comentar a Margaret con frecuencia, tenía Elizabeth—. Durante mucho tiempo quise ver a Arthur…, quise estar al lado de Margaret al final. Imposible. Después de las esposas y de las hijas del rey y de lady Margaret, soy la dama de mayor rango del reino, pero carezco por completo de poder.

Elizabeth siempre se había enfurecido contra la inferioridad de nuestro sexo. Otras mujeres eran a diario víctimas de desprecios, sino de abusos. Elizabeth no. Ese era uno de los motivos que la habían llevado a tomar la asombrosa decisión de dejar a su esposo. Se negaba a someterse a él después de haberse sentido injustamente tratada.

—¿Por qué habéis vuelto a Howard House? —pregunté.

—No tenía elección —respondió—. Cuando lo dejé, mi esposo se negó a darme una asignación decente y yo no tengo dinero propio. Nadie iba a visitarme, ni siquiera mis hijos. Se pusieron de parte de su padre. Gertrude Courtenay, vuestra gran amiga, abandonó mi causa como los demás. Le pregunté a mi hermano Henry si podía volver al castillo de Stafford y vivir con él y su familia, ¿y sabéis lo que hizo? Le escribió a mi esposo para decirle que no me quería allí. Ni siquiera se molestó en escribirme. El escándalo relacionado con mi nombre pesaba demasiado.

—Quizá el primo Henry tampoco me quiera a mí —dije, esperanzada.

Elizabeth agitó una mano en el aire.

—Yo soy la duquesa de Norfolk y vos no sois nadie, Joanna. No es lo mismo. —Suspiró—. Fue Cromwell quien urdió esta reconciliación. Aunque accedí a intentarla, jamás volveré a sentir el menor afecto por él. Mi condición fue que no volviera a pegarme ni a humillarme teniendo a sus furcias bajo mi mismo techo. A cambio, volveré a ocuparme de sus casas, aunque no es tarea fácil. Mi esposo desea celebrar la Navidad a lo grande. Qué ridiculez. Todos los miembros de la familia van y vienen y las cuentas son un auténtico caos. Los Howard son un espanto. Se lo dije a mi padre cuando me obligó a contraer matrimonio. Padre se rio de mí, pero yo no me equivocaba.

Mientras miraba su rostro afligido, tuve otra idea.

—Dejad que os ayude, prima —dije—. Puedo enseñar a Catherine a bordar y el resto de cosas que necesita para convertirse en una adecuada dama de honor. Y os ayudaré con todos los preparativos de la Navidad.

A Elizabeth se le iluminó el rostro.

—¿Haríais eso por mí, Joanna?

Sentí una punzada de culpa por mi engaño, pero me obligué a responder que sí. Southwark estaba muy cerca de Dartford, a dos horas de viaje a caballo. Si conseguía hacerme indispensable allí, quizá encontrara el modo de volver a casa. Si me obligaban a regresar al castillo de Stafford, me resultaría mucho, muchísimo más difícil.

Elizabeth intercedió ante su esposo y me permitieron quedarme hasta después de la Navidad. Pero mientras siguiera allí debía respetar ciertas normas, pues el duque simplemente no se fiaba de mí. Arthur Bulmer jamás podría entrar en la casa. No podía escribirme con nadie. Tenía prohibido hablar del arresto de los Courtenay, del barón Montagu y de los demás dentro de las paredes de Howard House. No podía leer libros. La última norma me dejó perpleja. Elizabeth me contó que su marido detestaba la lectura y que estaba convencido de que era precisamente la lectura lo que había destruido el reino. La literatura, la teología y la política eran temas prohibidos en Howard House.

Todo el mundo acataba atemorizado los edictos del duque salvo otro miembro de la familia Howard: el conde de Surrey, el hijo de veintiún años y heredero de Norfolk. Surrey incumplía todas las normas.

Durante mi cuarto día de estancia en la casa, apareció durante el almuerzo acompañado de Frances, su esposa. Como Catherine Howard, en cuanto se le refrescó la memoria, me reconoció y recordó haberme visto en la fiesta que había dado el año anterior. Pero en ese momento no eran las festividades lo que le preocupaba. La tensa política de la corte era su principal motivo de preocupación.

—No hay ninguna prueba determinante de traición contra Courtenay ni contra los demás —declaró—. Quizá pasen un largo período de reclusión en la Torre, pero el rey no permitirá que Cromwell mate a esos buenos hombres sin ninguna base que le permita obrar así.

Yo no veía el momento de preguntar a Surrey y saber más sobre mis amigos encerrados en la Torre. Elizabeth, que me conocía bien, me miró y negó con la cabeza en señal de advertencia.

Surrey se puso bruscamente en pie y arrojó una copa a la chimenea. La copa estalló en pedazos.

—Cromwell solo quiere a criaturas mezquinas como él alrededor del rey —rugió.

Mi siguiente encuentro con Surrey resultó ser más alarmante, aunque en esta ocasión a un nivel personal. Mientras dormía, las palabras de un obsceno griterío estallaron en el pasillo delante de mi habitación.

Entreabrí la puerta y descubrí el motivo de la algarabía. Surrey se encontraba apoyado contra la pared y su madre estaba con él.

—Vos —gritó—, sois vos la que odia a mi padre.

Entró violentamente en mi habitación, abriendo de un empujón la puerta con tanta furia que los trozos de madera saltaron por el aire.

—Hablaré con vuestra prima —dijo.

Cuando lo tuve cerca, olí el vómito que impregnaba su ropa. El conde tenía la cara enrojecida y brillante. Los hombres bebían demasiado vino, bien que lo sabía. Pero su nivel de ebriedad era simplemente espantoso.

—También es prima vuestra —apuntó Elizabeth, preocupada por mí. Pero eso no hizo sino provocar que Surrey se volviera hacia ella.

—No quiero hablar con vos —gruñó—. Quiero hablar con Joanna Stafford.

—Hacedlo pues —dije, enojada—. Decid lo que tengáis que decir y dejadme.

Surrey empujó a su madre fuera y cerró la puerta.

—Sé lo que la gente murmura a mis espaldas. Que mi padre fue el proxeneta de Ana Bolena. Eso es una maldita mentira. Los Bolena nunca le hicieron caso. Siempre hicieron lo que quisieron. ¿Y qué sacamos al fin y al cabo de ese matrimonio? Nada. Mi padre me dijo que ella le había hablado peor que a un perro.

Me asaltó de pronto un recuerdo. Pocos días antes de su muerte, mi padre me había contado una sórdida historia sobre Norfolk. Cuando la reina Ana estaba embarazada, el rey se había fijado en mi hermosa prima Margaret y había pretendido a la hija del hombre al que había matado. Quiso que le llevaran a Margaret a su lecho. Norfolk intentó obligarla a que cediera a los deseos del rey, creyendo que su cuñada sería para él fuente de beneficios. Cuando una rebelde Margaret huyó de la corte, mi padre la ocultó de Norfolk hasta que ella pudo irse al norte.

Quizá el duque terminara odiando a su sobrina, Ana Bolena, pero yo sospechaba que al principio también había intentado tener con ella algún devaneo. La duda debió de aparecer en mi rostro. Surrey redobló sus esfuerzos para convencerme de la integridad de su padre.

—¿Por qué os importa lo que yo crea? —pregunté, agotada.

—Quiero que sepáis la verdad. Quiero que todos la sepan —dijo. Palideció, se tapó la boca y se dirigió tambaleándose hacia la puerta. Lo oí toser y escupir fuera de la habitación. Elizabeth, que esperaba fuera, le habló con tono conciliador.

—Oh, madre —gimió Surrey, echándose a llorar. Los sollozos infantiles llenaron el pasillo. Poco a poco, a medida que se alejaba hacia su habitación, fueron perdiendo intensidad. Volvió a hacerse el silencio en la infeliz Howard House.

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