El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 2 de 54

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El cáliz

Primera parte

 

Diez años antes

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1

Canterbury, 25 de septiembre de 1528

Antes de que arreciara el viento, antes de sentir cómo se levantaba el aire, nuestros caballos supieron que algo se anunciaba.

Yo tenía diecisiete años y había hecho el largo viaje a Canterbury desde mi casa, el castillo de Stafford. Al comienzo del otoño mi padre viajaba a Londres para atender allí asuntos familiares, pero jamás había querido que ni mi madre ni yo lo acompañáramos. Ese verano, un brote de fiebres golpeaba el sur y temía que perdiéramos la vida a causa del contagio de la enfermedad. Pero mi madre no se dejó disuadir. Le dijo a mi padre que temía por mi vida si no tomaba las aguas de un baño de Canterbury, que ella conocía, para curarme la melancolía.

Ya en Londres, mi padre se instaló en la casa que teníamos en Strand para ocuparse de sus asuntos mientras nosotras partíamos en compañía de dos criados a Canterbury. El día después de nuestra llegada, mi madre, visiblemente excitada, me llevó a la orilla desde la que se veía el mar, pero en cuanto llegamos y miré por primera vez esas agitadas olas grises, a mi madre le cambió el humor. Ella no había vuelto a ver el mar desde que a los catorce años viajó de España a Inglaterra como dama de honor de Catalina de Aragón. Tras unos instantes en silencio, se echó a llorar. Las lágrimas no tardaron en transformarse en violentos sollozos. No supe qué decir, de modo que opté por el silencio. Le toqué el hombro y un instante después se calmó.

Durante nuestro tercer día en Canterbury me llevaron a que me administraran las curas. Bajo una alta casa situada en una calle elegante se extendía una antigua gruta. Bajamos un tramo de escaleras, y acto seguido dos fornidas jóvenes me condujeron a la bañera de piedra, que estaba llena hasta los bordes de un agua acre que salía a borbotones de un manantial. Me quedé allí sentada, inmóvil. De vez en cuando, alcanzaba a distinguir extraños colores bajo el agua del manantial: un lustroso marrón rojizo y un gris-azul marino. Según nos dijeron, eran mosaicos.

—Un romano construyó este baño —nos contó la mujer que administraba el tratamiento—. Había un foro en la villa, templos y hasta teatros. Todo saqueado por los sajones, pero bajo el suelo el conjunto sigue en pie. Una ciudad bajo la ciudad.

La encargada del baño me giró la cabeza a un lado y a otro.

—¿Cómo os sentís, señora? ¿Más fuerte? —Estaba deseosa de complacernos. Lejos de Londres y de los miembros de la nobleza, se desconocía qué parte de nuestra familia se había visto perjudicada por la caída en desgracia del duque de Buckingham, el hermano mayor de mi padre. Lo habían ejecutado tras haberle acusado falsamente de alta traición y casi todas las tierras de los Stafford habían pasado a manos de la corona. Allí, en el baño de Canterbury, se nos tenía por gente importante.

—Me encuentro mejor —murmuré. La mujer sonrió, orgullosa. Me volví a mirar a mi madre, que entrelazó las manos sobre el regazo de nuevo. A ella no había conseguido engañarla.

Aunque esperaba emprender el viaje de regreso a Londres la mañana siguiente, estando todavía acostada, mi madre se tumbó a mi lado. Se acomodó de lado y me pasó los dedos por el pelo, como solía hacer cuando era niña. Teníamos las mismas trenzas negras. Con el tiempo ella perdería mucho cabello —de hecho, se le caería a puñados—, pero jamás tuvo una sola cana.

—Juana, lo he dispuesto todo para que vayamos a ver a una joven monja —dijo.

No había nada de sorprendente en el hecho de que hubiera planeado algo así. En España, la familia de mi madre pasaba el mayor tiempo posible en compañía de monjes y frailes. Visitaban las abadías que salpicaban las colinas de Castilla para rezar en las iglesias, mostrar sus respetos a las reliquias sagradas o meditar durante la noche en austeras celdas. Uno de los motivos de lamento más habituales de mi madre era lo pobre que Inglaterra se le antojaba en comparación con su país. Las casas religiosas situadas en las cercanías del castillo de Stafford no conseguían impresionarla.

—No hay un solo místico a una jornada de camino de aquí —se lamentaba.

Mientras nos preparábamos, mi madre me habló de la hermana Elizabeth Barton. La monja benedictina tenía una historia personal poco frecuente. Apenas dos años antes había trabajado de criada para el secretario del arzobispo de Canterbury. Había enfermado y había estado inconsciente durante varias semanas. Al despertar estaba curada, y su primera pregunta fue sobre una niña que vivía cerca y que también había enfermado, pero después de que Elizabeth Barton hubiera perdido el conocimiento. No había modo alguno de que hubiera podido estar al corriente de la situación de la niña. A partir de ese día, percibía cosas que ocurrían en otras habitaciones, en otras casas, incluso a kilómetros de distancia. El arzobispo Warham mandó a unos hombres a examinarla y concluyeron que sus dones eran auténticos. Decidieron que la joven criada tomara los votos sagrados para quedar así protegida del mundo. La Santa Doncella de Kent residía en el priorato del Saint Sepulchre, pero a veces concedía audiencia a almas con preguntas apremiantes.

—Sus plegarías podrían ser importantes —dijo mi madre, pasándome el pelo por detrás de las orejas. En una época, conocer a una persona como ella me habría intrigado. Aun así, no sentía esa expectación. Me vestí en silencio con la ayuda de nuestra criada.

Cuando un año antes había salido de la casa de la reina Catalina, me había encerrado en un mutismo absoluto. Lloraba o me quedaba en la cama, con los brazos alrededor del cuerpo. Mi madre había tenido que obligarme a comer. Todos habían atribuido mi actitud a la conmoción provocada por la petición de la nulidad por parte del rey. Deshecha, la reina había llorado a voz en grito y el alto y furioso monarca había salido hecho un basilisco de la habitación. Eso había ocurrido el día que yo había empezado a servir como dama de honor de la bendita reina, como mi madre lo había hecho antes que yo. La anulación era sin duda alguna un escándalo descomunal, pero desde el principio mi madre sospechaba algo más. Debió de presionarme cientos de veces para obtener respuestas, pero jamás se me pasó por la cabeza confesarle —ni a ella ni a mi padre— la verdad. Y no se trataba solo de mi profunda vergüenza. George Bolena fanfarroneaba de ser un cortesano favorito. Su hermana Ana era la amante del rey. Si mi padre, un Stafford, se hubiera enterado de la verdad y hubiera sabido que un Bolena me había tocado violentamente, que me había tapado la boca con la mano y que me habría violado de haber dispuesto de más tiempo, no hubiera habido fuerza alguna en la tierra capaz de haberle impedido que intentara matar a George Bolena. La venganza habría sido aún más feroz en el caso de mi madre, por cuyas venas corría sangre noble española. Yo no había dicho nada con el fin de proteger a mis padres. Me había culpado por lo ocurrido. En ningún caso habría destrozado las vidas de mis padres, ni tampoco las de los demás miembros de la familia Stafford, por semejante estupidez.

Cuando el verano de 1527 tocó a su fin, fui presa de una leve sensación de monotonía. Di la bienvenida a aquel retiro de emoción tumultuosa, un retiro que sin embargo despertó la preocupación en mi madre. No podía creer que yo hubiera perdido el interés por los libros y la música, que hasta entonces habían sido mis principales fuentes de felicidad. Pasé los meses siguientes —el invierno más largo de mi vida— navegando a la deriva sobre un manto gris de indiferencia. El sanador al que llamaron al castillo de Stafford diagnosticó melancolía, pero el cirujano barbero dijo que no, que mis humores no estaban alineados y que me mostraba demasiado flemática. Cada uno de los dos diagnósticos exigía un remedio opuesto. Mi madre discutió con ambos. Cuando llegó la primavera, decidió confiar en sus propios instintos para cuidarme. Efectivamente, recuperé la salud, pero en ningún caso mejoró mi ánimo. Mis parientes Stafford recibieron de buen talante a esa nueva Joanna, más callada y dócil, puesto que yo siempre había sido una niña testaruda, pero mi madre estaba preocupada.

Esa mañana en Canterbury, después de terminar de vestirnos, mi madre declaró que no necesitábamos a los criados. El priorato del Saint Sepulchre no estaba lejos del otro lado de las murallas de la villa.

Nuestra criada se mostró claramente encantada de librarse de nosotras durante unas horas. La reacción del criado, sin embargo, fue muy distinta.

—Sir Richard ha dicho que debo estar con vos en todo momento — advirtió.

—Y yo te digo que te ocupes de otro modo —replicó mi madre—. Canterbury es una villa honrada y conozco el camino.

El criado lanzó una mirada de odio a la espalda de mi madre. El servicio del castillo odiaba a mi madre casi tanto como adoraba a mi padre. Era una mujer difícil y extranjera. Los ingleses desconfiaban de todos los extranjeros, en particular de las mujeres imperiosas.

Hacía un día despejado y más caluroso de lo que cabía esperar para aquella época del año. Cogimos el camino principal para salir de la villa. Los majestuosos robles bordeaban la senda a ambos lados. Un murete de piedra, a buen seguro construido por los romanos hacía muchos siglos, rodeaba Canterbury.

Cuando nos acercábamos a la muralla, mi caballo paró en seco. Sacudí las riendas, pero en vez de reemprender el paso, el animal viró a un lado, saliéndose del camino. Jamás había visto a mi caballo —ni a ningún otro— moverse de aquel modo.

Mi madre se volvió a mirar con un gesto interrogante en el rostro. Pero justo en ese momento, su caballo también se mostró esquivo. Ella blandió la pequeña fusta que siempre llevaba consigo.

Entonces sopló el viento. Conseguí que mi caballo volviera al camino, pero seguía inquieto. El viento le agitó con tanta fuerza la crin que fue como si un látigo duro me azotara la cara. Para entonces habíamos llegado a la abertura de la muralla donde el camino salía de Canterbury. Todos los árboles se movían y se curvaban, hasta los robles, como si rindieran homenaje a un severo dueño.

— [1] Madre, deberíamos regresar —tuve que gritar para que me oyera por encima de aquel rugido.

—No, seguiremos adelante, Joanna —chilló. Su negro tocado español se levantó y aleteó alrededor de su cabeza como un halo enastado—. Debemos continuar.

Seguí a mi madre hasta el priorato del Saint Sepulchre. La maleza muerta se arrastraba por el suelo como una exhalación. Un puñado de conejos cruzaron a toda prisa el camino y mi caballo retrocedió con un relincho. Tuve que tirar con todas mis fuerzas de las riendas para evitar que se encabritara. Delante de mí, mi madre se volvió y señaló a un edificio que estaba a nuestra izquierda.

Jamás entenderé qué fue lo que me golpeó. Mi madre dijo después que fue una rama que en ese momento se escoró violentamente por el aire. Lo único que supe fue que el dolor se me clavó cual garra en la mejilla, seguido de una humedad densa y que empezó a extenderse a toda prisa.

Me habría caído del caballo de no haber sido por un hombre barbudo que emergió del vendaval y agarró las riendas. El hombre me ayudó a bajar y me acompañó al interior de una pequeña garita de piedra. Mi madre estaba ya dentro. Mostró su gratitud en castellano. El hombre humedeció un trapo y ella me lavó la sangre de la cara.

—Gracias a la Virgen que no es un corte profundo —dijo mi madre antes de enseñarme a apretarme el paño con fuerza a la piel.

—¿Cuánto falta para llegar al priorato? —Quise saber.

—Estamos ahora en Saint Sepulchre y este hombre es el portero —dijo ella—. Apenas nos separan unos pasos de la puerta principal.

El portero nos acompañó hasta el alargado edificio principal. El viento soplaba con tanta fuerza que temí que me lanzara volando por el aire como una rama rota. El portero abrió de un empujón una alta puerta doble de madera. No se quedó. Según dijo, debía ocuparse de nuestros caballos. Segundos más tarde, oí el chasquido de un pestillo procedente del otro lado de la puerta.

Estábamos encerradas en Saint Sepulchre.

Poco era lo que yo sabía sobre la vida de las monjas. Los monjes, que tenían libertad de movimiento, a veces visitaban el castillo de Stafford. Hasta entonces jamás me había parado a pensar en el sentido de la clausura. Como los monjes, las monjas debían vivir apartadas del mundo, dedicadas a la plegaria y al estudio. Eso sí lo sabía. Pero en ese momento también empecé a entender que la clausura podía requerir una imposición.

En la sala cuadrada había un ventanal alto. El viento golpeaba contra el cristal con una ferocidad indómita. En la penumbra no brillaba la luz de ninguna vela. No había muebles ni tampoco ningún tapiz a la vista.

El retrato enmarcado de un hombre colgaba en una pared. El hombre vestía ropa sencilla y su larga barba blanca reposaba sobre el hábito. Llevaba en la mano una vara de madera. Cada una de las esquinas del marco estaba embellecida con una imagen labrada de una rama surtida de hojas.

Mi madre contuvo el aliento y me agarró del brazo. Con la otra mano señaló a una forma oscura que flotaba hacia nosotras desde el extremo más alejado de la sala. Segundos más tarde, entendimos que era una mujer. Vestía un largo hábito negro y un tocado también negro, de ahí que se hubiera fundido con la oscuridad. A medida que se acercaba a nosotras, vi que era muy mayor y que tenía los ojos de color azul celeste.

—Soy la hermana Anne. Os doy la bienvenida al priorato del Saint Sepulchre —dijo.

Mi madre, en contraste con el talante amable de la monja, habló a borbotones y elevando la voz, sin dejar de mover las manos. Dijo que nos esperaban. Se nos había concedido una visita a la hermana Elizabeth Barton, la tormenta había complicado nuestro viaje y yo había quedado levemente herida, pero esperábamos seguir adelante. La hermana Anne se lo tomó todo con perfecta calma.

—La priora deseará hablar con vos —dijo, volviendo a alejarse por donde había llegado para guiarnos. La seguimos por un pasillo aún más oscuro que la sala en la que habíamos esperado. La monja debía de tener como poco sesenta años y, a pesar de la edad, caminaba con un garbo juvenil.

A lo largo del pasillo había tres puertas. La hermana Anne abrió la última de la izquierda y nos hizo pasar a otra sala vacía y tenuemente iluminada.

—Pero ¿dónde está la priora? —preguntó mi madre—. Como os hemos dicho, hermana, nos esperan.

La hermana Anne saludó con una inclinación de cabeza y se marchó. A juzgar por el modo en que mi madre arrugó los labios, entendí que no estaba nada satisfecha con la forma en que nos habían tratado hasta el momento.

En la sala había dos mesas de madera. Una era grande y tenía un taburete detrás. La otra era estrecha y estaba pegada a una pared. Vi que acababan de barrer el suelo y que no había en las paredes huellas del paso del tiempo. Quizá el priorato fuera modesto, pero estaba escrupulosamente mantenido.

—¿Cómo tienes ese corte? —preguntó mi madre. Levantó el paño y me miró la mejilla—. Ya no sangra. ¿Todavía te duele?

—No —mentí.

Vi un libro encima de la mesa estrecha y decidí inspeccionarlo más de cerca. Dominaba la cubierta de piel un brillante retrato de un hombre con hábito y barba blanca que llevaba en la mano una vara, parecido al retrato de la cámara delantera, aunque más detallado. El orgullo beatífico de su expresión, los pliegues de su túnica marrón, las nubes que flotaban sobre su cabeza. Todo estaba elaborado con colores intensos y deslumbrantes. Una rama entreverada recorría el largo del borde cuadrado del retrato: delgada y con finas hojas grises. Con mucho cuidado, abrí el libro. Estaba escrito en latín, lengua a la que me había dedicado desde los ocho años. La vida de san Benedicto de Nursia, ese era el título del volumen. Debajo de este aparecían sus años de vida: 480 al 543 a. C. Había un pájaro negro debajo de los años, con una hogaza de pan en el pico. Pasé otra página y empecé a absorber la historia. Bajo el retrato de un adolescente vestido con una túnica romana leí que san Benedicto renunció a la fortuna de su familia y eligió dejar la villa donde se había criado. Otra página lo mostraba solo, rodeado de montañas.

Tan concentrada estaba que no oí a mi madre hasta que la tuve a mi lado.

—Ah, el fundador de los benedictinos —dijo. Señaló las ramas que se entrecruzaban en el borde de las páginas—. La rama de olivo es preciosa. Es el símbolo de su orden.

Mi dedo se quedó helado sobre la página. Por vez primera desde el mes de mayo anterior, cuando me había visto sometida al libertinaje de la corte de Enrique VIII, me di cuenta de que sentía auténtica curiosidad. ¿Era acaso la violenta fuerza del viento la que me había arrancado de la lasitud en la que estaba sumida? ¿O me había quizá despertado ese parco y humilde priorato y la relumbrante hermosura de aquel, su precioso objeto?

Se abrió la puerta y una mujer entró con paso firme a la habitación. Era más joven que la primera monja, de una edad más próxima a la de mi madre. Tenía un rostro afiladamente cincelado y unos pómulos marcados.

—Soy la priora. La hermana Philippa Jonys.

Mi madre se adelantó al instante, cogió la mano de la priora para besarla y se hincó sobre una sola rodilla. No fue un gesto puramente teatral: yo sabía que en España se mostraba una profunda obediencia a los superiores de las santas casas. Pero los ojos de la priora se abrieron ostensiblemente al ver a mi madre postrada ante ella.

Tras desasirse de la mano de mi madre, dijo:

—Lamento vuestro contratiempo. Somos una casa benedictina y hemos jurado hospitalidad. Os ofreceremos un lugar donde podréis descansar hasta que estéis preparadas para reemprender el viaje.

Mi madre balbuceó:

—Pero hemos venido a ver la hermana Elizabeth Barton. Así se había dispuesto. Me escribí con el doctor Bocking antes de salir del castillo de Stafford.

Miré a mi madre sin disimular mi sorpresa. Desde un principio había creído que el viaje a Saint Sepulchre era espontáneo y que, como muy pronto, se había organizado en Canterbury o en Londres. Empecé a comprender que las aguas curativas no eran sino una excusa para llevarnos hasta allí. La visita a Saint Sepulchre, sin la vigilancia de nuestros criados, era su propósito.

—No he sido informada de esta visita, y nada ocurre aquí sin mi aprobación —dijo la priora.

Cualquiera se habría sentido intimidada ante semejante desplante. Jamás lady Isabella Stafford.

—El doctor Bocking, el monje que según tengo entendido es el asesor espiritual de la hermana Elizabeth, me escribió para concederme su permiso —replicó mi madre—. Habría traído su carta a modo de prueba, pero no imaginé que pudiera ponerse en duda la palabra de la esposa de sir Richard Stafford y dama de compañía de la reina de Inglaterra.

La priora cerró la mano sobre el cinturón de cuero que sujetaba su hábito.

—Esto es un priorato, no la corte del rey. La hermana Elizabeth no es miembro de nuestra comunidad. Tenemos a seis monjas en Saint Sepulchre. Seis. Hay mucho que hacer aquí, responsabilidades terrenales y espirituales. Estas visitas son perjudiciales para la salud de la hermana Elizabeth. «¿Será mejor esta cosecha? ¿Volveré a casarme?». No puede dedicar todo su tiempo a esa suerte de ruegos.

—No he venido a preguntar por las cosechas —replicó mi madre.

—Entonces, ¿a qué habéis venido?

Tras dedicarme una mirada, mi madre respondió:

—Hace tiempo que mi hija no está bien. Si supiera qué camino tomar, lo que depara el futuro…

—No, madre —la interrumpí, horrorizada—. El primo Enrique nos ordenó que jamás solicitáramos ninguna clase de adivinación, después de que el duque de Buckingham…

—Silencio —me regañó mi madre—. Esto no tiene esa importancia.

Llamaron a la puerta y reapareció la hermana Anne.

—La hermana Elizabeth dice que verá ahora a la joven llamada Joanna —murmuró la anciana monja.

—¿La habéis informado de la presencia de estas visitas? —preguntó la priora.

La hermana Anne negó con la cabeza. La priora y la monja se miraron. Una peculiar emoción palpitó en el aire.

Mi madre no reparó en ella.

—Por favor, sin más demora, mostradnos cómo llegar a la hermana Elizabeth —dijo con tono triunfal.

La hermana Anne bajó la cabeza.

—Perdonadme, lady Stafford, pero la hermana Elizabeth ha dicho que verá a la joven a solas. Y que debe ir a verla por voluntad propia y sin presiones de ningún tipo.

—Pero yo no quiero ir a verla —protesté.

Mi madre me cogió de los hombros. Tenía el rostro enrojecido. Temí que estuviera al borde del llanto.

—Debes ir, Joanna —dijo—. [2] Por favor. Pregúntale qué es lo que debes hacer. La hermana Elizabeth tiene un don, una visión. Solo ella puede guiarnos. Yo no puedo seguir bregando con esto sola. No puedo.

No había sido consciente de hasta qué punto mi aflicción espiritual preocupaba a mi madre. Su sufrimiento me colmó de remordimientos. Iría a ver a la extraña y joven monja. La visita sería breve. Decidí que le haría algunas preguntas.

La priora y la hermana Anne hablaron entre susurros durante un minuto más. Luego la priora me indicó que la siguiera sola.

Me condujo por un pasillo, cruzamos la puerta de entrada y seguimos por otro corredor tenuemente iluminado. Mientras caminaba tras ella, pensé que la elegancia de sus movimientos los hacía distintos de los de las damas con las que me había criado. La de la hermana no estaba claramente calculada para despertar la admiración. Era una elegancia derivada de la simplicidad y de la economía de movimientos.

Intentaba asimismo planear cómo hablaría con la hermana Elizabeth Barton sin desobedecer la orden de lord Henry Stafford, mi primo y cabeza de la familia. El motivo fundamental del arresto de mi tío, el duque de Buckingham, había sido la profecía ostensiblemente distorsionada de un fraile. Durante el juicio, mi tío había sido acusado de intentar conocer el futuro, y en particular de desear saber cuánto tiempo más viviría el rey Enrique VIII y si tendría hijos varones, para poder así conspirar y hacerse con el trono. Después, mi cauto primo, su hijo, había dicho en repetidas ocasiones que ningún miembro de la familia podría jamás volver a tener ninguna relación con las profecías. Mi padre se mostró de acuerdo, pues albergaba una personal antipatía hacia los videntes, las brujas y los nigromantes. Esa era una de las múltiples facetas en las que mi madre y él no coincidían.

La priora llamó con suavidad a la puerta. Vaciló, frunciendo el ceño, antes de abrirla y hacernos pasar.

La habitación era diminuta, tan pequeña como la de una criada. Una única figura esperaba en el centro de la estancia, de espaldas a nosotras. No había ventanas. Dos velas que ardían a ambos lados de la puerta eran la única fuente de luz.

—Hermana Elizabeth, ¿asistiréis más tarde a vísperas? —preguntó la priora.

La figura asintió, pero no se volvió a mirarnos. La priora me dijo entonces, antes de indicarme con un gesto que me adelantara:

—No tardaré en regresar.

Entré en la habitación. La priora cerró la puerta.

La hermana Elizabeth Barton vestía el mismo hábito que las demás religiosas. No se volvió. Me sentí incómoda. Indeseada. Los minutos transcurrieron muy despacio.

—Es un viento que no trae lluvia consigo —dijo una voz joven.

—Cierto, hermana —respondí, aliviada al ver que por fin hablaba—. No hemos tenido lluvia. —Sin embargo, un segundo después me pregunté cómo era posible que estuviera al corriente de los elementos sin una sola ventana en la estancia. Supuse que otra monja debía de habérselo dicho. Del mismo modo que alguien le había dicho cuál era mi nombre: quizá el monje doctor Bocking. No creí que la hermana tuviera los poderes de los que había hablado mi madre. A pesar de mi feroz devoción, en esa suerte de cosas yo estaba más próxima al espíritu de mi pragmático padre.

Unas manos blancas se mostraron por fin y la hermana Elizabeth se volvió despacio, sentándose en el suelo. La monja no era más que una muchacha, y de aspecto tremendamente frágil. Tenía un rostro alargado y una barbilla respingona.

Cuando alzó la vista, vi que la tristeza le llenaba los ojos.

—No sabía que erais tan joven —susurró.

—Tengo diecisiete años —dije—. Parecéis de mi edad.

—Tengo veintidós años —respondió, y prosiguió—. Vos poseéis inteligencia, piedad, fuerza y belleza. Y sangre noble. Todo aquello de lo que yo carezco. —No había envidia en sus palabras. Era como si estuviera confeccionando mentalmente una lista de cosas que tenía que comprar en el mercado.

Pasando por alto el examen al que me había sometido, que por otro lado no hizo sino avergonzarme, pregunté:

—¿Cómo podéis decir que no tenéis piedad si sois una hermana de Cristo?

—Dios me eligió —respondió—. Yo era una criada y carecía de importancia para el mundo. Dios me eligió para dar voz a la verdad. No tengo elección. Debo someterme a su voluntad. En vuestro caso es distinto. Vos poseéis una auténtica vocación espiritual.

La hermana Elizabeth Barton estaba confundida.

—No soy monja —apunté.

De pronto frunció el ceño, como si respondiera a la voz de otra persona. Se levantó despacio. Era una mujer menuda y flaca. Debía de medir al menos seis centímetros menos que yo.

—Sí, los dos cardenales vienen hacia aquí —dijo—. En el plazo de un mes. Pasarán por aquí de camino a Londres. Intentaré hablar con ellos. Debo encontrar el valor de presentarme ante los hombres más poderosos y de mayor alcurnia del reino.

En ningún momento mi madre había mencionado que la hermana Elizabeth fuera a salir de Saint Sepulchre para presentarse ante los poderosos.

—¿Y por qué ibais a hacer eso? —pregunté.

—Para detenerlos —respondió.

Me sentí de pronto indecisa. Una parte de mí era presa de la curiosidad. Sin embargo, otra parte aun mayor estaba empezando a inquietarse. No había nada de malévolo en aquella frágil monja, y sin embargo sus palabras me incomodaban.

Por fin, me pudo la curiosidad.

—¿A quién debéis detener, hermana? —Quise saber—. ¿A los cardenales?

Negó con la cabeza y dio dos pasos hacia mí.

—Vos lo sabéis, Joanna.

—No, hermana Elizabeth. No lo sé.

—Vuestra madre quiere saber cuál es vuestro futuro: duda entre malcasaros en el campo con alguien que acepte vuestra parca dote o intentar devolveros a la corte del rey. Tiene delante de sus ojos vuestra verdadera vocación, pero es incapaz de verla. Pobre mujer. No tiene la menor idea de lo que ha desatado al traeros.

¿Cómo podía saber la Santa Doncella de Kent tanto sobre mi familia? Y aun así dije, muy nerviosa:

—Hermana, no sé de lo que me habláis.

Su labio inferior tembló.

—Cuando la vaca monte al toro, debe el sacerdote su cuello poner a buen recaudo —dijo.

Se me encogió el estómago. Por fin había oído formular una profecía.

—No son palabras mías —prosiguió la hermana Elizabeth—. Proceden de los labios de la madre Shipton. ¿Sabéis a quién me refiero?

Negué con la cabeza.

—Nació en una cueva de Yorkshire —dijo, hablando apresuradamente —. Una niña sin padre, una bastarda del norte, odiada y el objeto de la burla de todos. Y no solo por su rostro deforme, sino por el poder de sus palabras. Arpía, la llaman. Bruja. Es una desgracia conocer la verdad, Joanna. Ver cosas que los demás no ven. Tener que intentar poner fin al mal antes de que sea demasiado tarde.

—¿Qué clase de mal? —En cuanto hice la pregunta, me arrepentí.

Una vez más, el labio inferior de la monja tembló. Tenía los ojos brillantes a causa de las lágrimas.

—Los Bolena —respondió.

Me tambaleé hacia atrás y me golpeé contra la pared de piedra. Busqué tras de mí a tientas, intentando dar con la puerta. Encontraría la salida de aquella estancia. Tenía que encontrarla.

—Oh, os he asustado. Perdonadme —gimió con las lágrimas surcándole el rostro—. No deseo este destino para vos. Sé que el mal os ha tocado ya. Haré lo que esté en mi mano, Joanna. No quiero que seáis vos la elegida.

—¿La elegida? —repetí, sin dejar de buscar la puerta.

La hermana Elizabeth extendió los brazos a ambos lados, con las palmas hacia el techo.

—Vos llegaréis después —dijo.

La gravedad de sus palabras, junto con el modo en que había extendido las manos, me provocó un escalofrió que me recorrió hasta los tuétanos.

La hermana Elizabeth abrió la boca como si fuera a decir algo más y de pronto la cerró. Su rostro se tiñó de un rojo intenso. Sin embargo, en un visto y no visto, el rojo desapareció, dejándole la piel de un pálido mortecino. Miré las velas. ¿Cómo podía alguien cambiar de color de ese modo? Pero las velas ardían, inmutables.

—¿Os encontráis indispuesta, hermana? —pregunté—. ¿Queréis que vaya a buscar ayuda?

Negó violentamente con la cabeza, aunque no para decirme que no. Su cabeza, los brazos, las piernas, todas y cada una de las partes de su cuerpo temblaban. La lengua asomaba y desaparecía una y otra vez en el interior de la boca. Menos de un minuto después, las rodillas le flaquearon y se desplomó.

—Duele —gimoteó, retorciéndose bocarriba—. Duele.

—Iré a buscar ayuda —dije.

—No, no, no —insistió, y su voz fue un ronco tartamudeo—. Joanna Stafford, escuchadme. Os… lo… imploro.

Luché contra el terror que me invadía y me arrodillé a su lado. Un hilillo de espuma blanca escapaba de su boca abierta. La hermana se agitaba y tosía. Creí que iba a perder la conciencia, pero no lo hizo.

—Veo abadías que se desmoronan hasta quedar convertidas en polvo — añadió. La agitación y la asfixia cesaron. Por increíble que parezca, la voz de la hermana Elizabeth tronó alta y clara—. Veo la sangre de monjes derramada por todo el país. Libros destruidos. Estatuas derribadas. Reliquias profanadas. Veo a los hombres más prominentes del reino con las cabezas cortadas. El pueblo será colgado, incluso los niños. Los frailes morirán de hambre. Las reinas morirán.

Mientras me balanceaba adelante y atrás, gemí:

—No, no, no. No puede ser.

—Vos sois quien llegará después —dijo, elevando todavía más la voz—. Yo soy la primera de tres videntes. Si fracaso, deberéis ir a ver al segundo y después al tercero para conocer toda la profecía y saber lo que debéis hacer. Pero solo debéis actuar por voluntad propia. Cuando la tercera haya profetizado, nada podrá detenerlo, Joanna Stafford. Nada.

—Pero no puedo —grité—. No puedo hacer nada. No soy nadie… y estoy demasiado asustada.

Alzando de tal modo la voz que reverberó en su celda, la hermana Elizabeth dijo:

—Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro deberá volar como el halcón. Cuando el cuervo trepe por la cuerda, el perro deberá volar como el halcón.

La puerta se abrió de par en par. La priora y la hermana Anna corrieron hacia la monja que seguía tirada en el suelo y se arrodillaron junto a ella. La hermana Elizabeth Barton dijo tan solo dos palabras más antes de que la priora le abriera la boca y la hermana Anne le introdujera un paño dentro. Entonces la hermana Elizabeth giró la cabeza, clavó en mí su mirada feroz y habló.

—El cáliz.

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