El cáliz
Capítulo 36
El embajador Eustace Chapuys era un hombre famoso en toda la cristiandad por su inteligencia, su erudición, su valor y, quizá lo más importante, su calma. Pero a punto estuvo de perder esa calma cuando se enfrentó a mi negativa a marcharme de Inglaterra para ser conocedora de la tercera y última parte de la profecía.
—Procedéis de una familia inglesa que ha sido destruida por el rey, habéis servido a Catalina de Aragón, rezasteis en la ejecución de los amigos de lady María —dijo, incrédulo—. Esta misma noche estabais dispuesta a morir para proteger la santidad del santo más amado de Inglaterra, ¿y aun así os negáis a dar el siguiente paso en el aprendizaje de la profecía que os concierne? El Santo Padre ha condenado a Enrique VIII. No puede haber pecado alguno en ningún acto que cometáis.
Negué con la cabeza.
Chapuys se levantó para acercarse a mí. Sus afilados rasgos temblaban.
—Dentro de unas semanas, el rey Francisco llegará a España para renovar su tratado de paz con el emperador. Tengo información, información fiable, de que el papa implorará a los reyes católicos de Francia y de España que firmen un pacto sagrado para declarar la guerra al rey hereje de Inglaterra. Cada año que pasa, Enrique se vuelve más inhumano y cruel. Debe ser derrocado.
«Veo muchos barcos…, navegan hacia Inglaterra». Esas habían sido las palabras de Orobas.
—Si la invasión es inminente, traerá consigo incontables soldados y armas —dije—. ¿En qué podría yo cambiar las cosas?
Chapuys negó con la cabeza.
—Juana, jurasteis los votos de obediencia a la Orden de las Dominicas, la más estimada en España, en Francia, en Italia, por doquier. No importa que este rey inglés haya disuelto vuestro priorato. Debéis obedecernos. Esos votos son inquebrantables.
Inspiré hondo y dije:
—Jamás pretendí desempeñar este papel. Me he opuesto a él desde que tenía diecisiete años. Ha provocado cosas espantosas en mi vida. No puedo guiarme por esos videntes ni por esos poderes. No vais a contarme nada sobre ese hombre y aun así ¿debo marcharme de Inglaterra? Es demasiado.
Chapuys regresó a su silla, situada al otro lado de la mesa. Se sirvió un poco de vino. Con los dedos alrededor de la copa, su mirada se volvió hacia Jacquard, que llevaba un rato en silencio. Algo, una tácita decisión, pareció cruzarse entre ambos.
El embajador tomó un poco de vino y dijo con esa imperturbable actitud tan habitual en él:
—No hay que decidir nada todavía. Se ha decretado un embargo naval entre Inglaterra y Flandes y el resto de los reinos del emperador. Pase lo que pase, organizar el viaje y disponer de los documentos necesarios requerirá no solo semanas, sino meses de esfuerzo. En cualquier caso, el plan seguirá adelante. Cuando todo esté organizado, quizá hayáis cambiado de parecer.
—Os ruego que no contéis con ello —supliqué—. No puedo pensar en un solo motivo que pudiera llevarme a hacerlo.
—Por la memoria de vuestra madre, leal hija de España y del imperio de Carlos V, ¿accedéis al menos a mantener abierta esa posibilidad? — insistió el embajador.
Mi madre. Cómo podía saber Chapuys que, tres años antes de su muerte, mi madre había ejercido sobre mí una influencia como ninguna otra persona. Yo siempre había tenido la sensación de haberla decepcionado. ¿De qué otro modo, sino como un fracaso, podía nadie percibirme? Había renunciado sin previo aviso a servir a la reina y no me había casado. Mi madre había muerto sin saber que yo había atendido a Catalina de Aragón en su lecho de muerte y que después había jurado mis votos de novicia. Quizá eso habría logrado que por fin se sintiera orgullosa de mí.
—Lo siento —dije tristemente—. No puedo.
El embajador mantuvo la calma.
—Muy bien, Juana. Nos ocuparemos de que os lleven de regreso a Dartford. —Se volvió hacia Jacquard—. Por favor, dad orden de que el monje dominico se una a los demás en la prisión de Canterbury.
—¡No, no, el hermano Edmund no! —grité—. ¿No podríais usar vuestra influencia para liberarlo conmigo?
Chapuys suspiró.
—Incluso aunque eso fuera posible, Juana, no puedo permitirme el lujo de que le contéis nuestros planes ni le habléis de la existencia del tercer vidente. Sé que habéis formado cierto vínculo con el hermano Edmund Sommerville.
—No diré nada. Nada —dije—. Os lo prometo. Y no soy de las que faltan a sus promesas.
Jacquard intervino.
—Ahora estáis al corriente de los planes más secretos del emperador. Sois mitad española y por ello más de fiar que los ingleses. Pero si el hermano Edmund llegara a saber algo, cualquier cosa, debería ser eliminado.
Eliminado. Con qué naturalidad había usado la palabra.
El embajador dijo:
—Si concediera esa libertad, Juana, ¿podríamos acordar que no solo no le diréis nada, sino que cuando llegue la hora, cuando hayamos ha acometido el plan, consideraréis al menos la posibilidad de desempeñar vuestro papel en él?
Tras un momento de agónica indecisión, respondí:
—Sí. Estoy de acuerdo.
Volví a percibirla: esa silenciosa y cómplice mirada entre Jacquard y el embajador.
—Pero si recurrís a mí y me niego, no deberéis insistir. Ese será el final —dije abruptamente—. No podéis obligarme a ir a ninguna parte ni a hacer nada en contra de mi voluntad. Es parte de la profecía y así ha sido siempre.
—Por supuesto, Juana —dijo Chapuys—. Por supuesto.
El alba despuntó sobre los campos helados cuando partí de Saint Sepulchre en compañía del hermano Edmund. Regresamos a Dartford, sin que nada ni nadie nos lo impidiera. Durante semanas primero y durante meses después, no mantuve ningún contacto con el embajador Chapuys. Hice planes para mi vida: casarme y empezar por fin con mi empresa de tapices. Pasó el invierno y los primeros albores de la primavera trajeron consigo la esperanza de una vida normal.
Hasta un día de abril en el que comprendí que mi vida jamás podría ser normal.
Pasé gran parte del día delante del telar. Gracias a nuestros incansables esfuerzos, el tapiz del fénix estaba prácticamente terminado. El cuerpo rojo y oro del ave legendaria iba configurándose a buen ritmo. Había en su pico, que imitaba al del águila, cierto orgullo y las plumas, de color violeta y verde, resplandecían. Pero faltaba por hilar el cuarto inferior del tapiz. Y mucho me temía que era precisamente en esa parte donde podía estropearse toda la imagen. Las llamas rizándose alrededor del denso nido de un ave exigían precisión.
—Concentraos en las ondulaciones —apremié a las hermanas Beatrice y Agatha, que estaban sentadas a ambos lados de mí al telar. En su taburete, la hermana Winifred leía las páginas de un martirologio. Yo había puesto todo mi empeño en recrear las condiciones de trabajo que habíamos tenido en el priorato de Dartford. Aunque odiaba tener que llamarles la atención, últimamente ambas mujeres mostraban cierta tendencia a dispersarse en su labor. Se perdían en sus ensoñaciones, lo cual quizá no fuera tan sorprendente, puesto que ambas se habían prometido para casarse. Faltaban solo tres días para la boda de la hermana Agatha con el señor Oliver Gwinn, el 20 de abril. La hermana Beatrice se casaría con Geoffrey Scovill en junio.
Fijamos la fecha de mi boda para el 16 de mayo, día en que me convertiría en Joanna Sommerville. Después de la Pascua y de que volvieran a permitirse las bodas, tres mujeres que en su día habían pertenecido al priorato de Dartford se casarían en rápida sucesión.
La hermana Agatha probablemente no tendría que haber estado hilando, puesto que el día de su boda estaba muy próximo, pero ella siempre insistía en ayudar. Era su modo de darme las gracias por haberla acogido en mi casa. Las demás hermanas no se habían tomado bien su compromiso con el señor Gwinn. Percibían esa ruptura de los votos como una traición al compromiso adquirido por todas para vivir juntas como Novias de Cristo. Yo entendía que se sintieran así, pero también compadecía a la hermana Agatha. La invité a vivir conmigo y con Arthur hasta que se casara y ella accedió, agradecida.
De las tres de nosotras que pronto nos casaríamos, la hermana Beatrice era la más cambiada por su inminente boda. Estaba sencillamente radiante. Huelga decir que me alegré de que se casara con Geoffrey. Dadas las circunstancias, era la única respuesta decente posible.
Se oyó un grito de alegría procedente de la calle. Un momento después se abrió la puerta. El hermano Edmund llegó con Arthur de la lección de la tarde. Enseñar las letras a Arthur requería una extraordinaria dosis de paciencia, pero nadie tenía tanta como el hermano Edmund.
—Ha sido un buen día, un buen día —dijo, sonriendo, dirigiéndose primero a mí y después a las demás.
Me tranquilicé. Aunque mis temores no se habían desvanecido del todo, siempre remitían cuando estaba cerca del hermano Edmund. Lamenté no haber sido todavía capaz de deshacerme del «hermano», tanto en mi mente como en mi discurso. Por algún enloquecedor motivo, me resultaba difícil conseguirlo.
—Tengo que ir a Londres con un puñado de hombres de la villa —dijo —. Hermana Winifred, ¿podríais dormir aquí, en casa de Joanna, durante mi ausencia? Espero estar de vuelta mañana.
Me levanté del banco que ocupaba delante del telar.
—¿Por qué debéis ir? —pregunté. De soslayo vi que mis amigas se sonreían.
El loco de la villa había desaparecido hacía dos meses. John ya se había marchado en otras ocasiones, pero siempre volvía al cabo de unos días. Esta vez era distinto, y todos habíamos empezado a dar por hecho que había muerto en algún lugar triste y perdido.
—Vos erais la obsesión de John —dije afectuosamente—, y aun así os empeñáis en devolverlo a su lugar favorito para que siga atormentándoos.
—Pero debo hacer todo lo que esté en mi mano para ayudarlo, ¿lo entendéis? —dijo.
—Sí —respondí—. Lo entiendo.
—Quizá necesite medicinas —prosiguió—. Iré a recogerlas a la enfermería antes de reunirme con los demás. —Desde nuestro regreso de Canterbury, la enfermería de Edmund había florecido. Y todo gracias al señor Oliver Gwinn. Él había combatido contra los prejuicios difundidos por Timothy Brooke y sus padres. La enfermería se había vuelto tan popular que Edmund había contratado a un avezado aprendiz llamado Humphrey.
—¿Podéis salir conmigo un momento? —dijo Edmund.
High Street estaba cubierta de fango esa tarde. Un feroz aguacero primaveral había empapado el suelo hacía unas horas. El sol acababa de asomarse tras unas nubes recientes.
Edmund miró a un lado y a otro de la calle, con la frente tapizada de arrugas de preocupación.
—Es posible que haya vuelto un hombre a Dartford para observarnos. Ayer por la mañana estuve ocupado en la enfermería. El hijo del carnicero se había roto el brazo jugando y toda la familia vino con él. Pero había otro hombre: muy delgado, bastante alto, con los ojos marrones muy juntos. Se quedó al fondo, y cuando volví a mirar había desaparecido. Hoy, en misa, he vuelto a verlo al fondo de la iglesia. He hecho discretas averiguaciones y nadie sabía quién era.
—No me he fijado en ningún hombre así —dije, y así era.
—Raras veces estáis sola, lo sé, Joanna. Aun así, os ruego que tengáis cuidado —dijo Edmund—. ¿Me lo prometéis?
—Por supuesto.
Se volvió para marcharse por High Street. No se había alejado mucho cuando le llamé.
—¡Esperad, Edmund! —Salí corriendo tras él, recogiéndome la falda para evitar que se me manchara de barro. Edmund me sonrió, confundido.
—Debéis prometerme que estaréis de regreso a tiempo para la boda de la hermana Agatha. Será una ocasión perfecta para que practiquéis el baile —dije.
—Ah, sí, el baile —dijo, riéndose. Edmund no había aprendido a bailar cuando era niño. Yo, por el contrario, había recibido clases de baile durante casi toda mi vida. Le había enseñado algunos pasos para prepararlo para nuestra boda, pero sin músicos era una tarea terriblemente difícil.
Edmund me apretó el brazo y me besó levemente en la frente.
—No tardaré en volver —dijo, echando de nuevo a andar por High Street.
Vi cómo desaparecía: ese andar con grandes zancadas, el pelo largo y tan rubio y fino que parecía oro blanco a la luz del sol. Tendría que cortárselo para la boda.
Volví a casa para decirles a mis amigas que necesitaría disponer de un rato para hacer un recado. Me fui en la dirección contraria que había tomado Edmund, cuesta arriba por High Street. Ahora que por fin había aparecido aquel sol alegre, la calle se había llenado de vecinos. Todos estaban concentrados en el siguiente recado, en la siguiente comida, en el siguiente abrazo.
Cuando llegué a la Oficina de Aduanas, Gregory, que había sido en su día el portero del priorato de Dartford, estaba solo en la recepción.
—Tengo que hablar con Jacquard Rolin —dije—. ¿Podrías decirle que hay que ajustar el pedido para el tapiz?
—Naturalmente, hermana Joanna —respondió antes de desaparecer. Como me ocurría a mí, para Gregory era muy difícil romper con las costumbres adquiridas en el priorato.
Me sentí profundamente abatida cuando me enteré de que Jacquard seguía en Dartford.
—Si dejo mi puesto al frente del comisionado para la construcción de la casa solariega de Su Majestad en Dartford, Cromwell querrá saber por qué —dijo cuando me enfrenté a él—. ¿Y adónde iría? No puedo regresar ahora a los Países Bajos.
Edmund jamás se enteró de que Jacquard había estado en Saint Sepulchre. Le conté la misma historia que Chapuys le había narrado a lord Dudley: debido al cariño que me profesaba, no solo a mí sino también a mi familia española, el embajador había sobornado a Dudley para que me dejara libre junto con mi amigo. Nuestros nombres no figuraron en el informe que se entregó al rey. «Decir la verdad mezclada con una mentira siempre es preferible que contar una mentira», me había advertido Chapuys.
Esa noche en Saint Sepulchre, Edmund interpretó nuestra libertad de la prisión como una señal de Dios de que debíamos buscar la paz y poner fin a nuestro esfuerzo por desvelar la profecía. Lloró la muerte del hermano Oswald como también lo hice yo. Y se preocupó por la suerte de los monjes encarcelados, confesándome la culpa que lo embargaba por no haber compartido su destino. Lo que había ocurrido en Canterbury aquella noche era terrible. ¿Y todo para qué? El rey tenía en su posesión el cuerpo del santo Tomás Becket. ¿Habría profanado el cadáver o lo habría enterrado dignamente? No lo sabíamos y quizá jamás llegaríamos a saberlo.
Apareció entonces un sonriente Jacquard.
—Buenas tardes, Joanna Stafford —dijo afectuosamente—. Me han dicho que tenéis preguntas sobre vuestro pedido. Quiero enseñaros algo.
Fui tras él. Esas eran las palabras exactas que me había dado por si llegaba el caso de que lo necesitaba. Jacquard y yo nos habíamos visto durante los últimos tres meses y medio en la iglesia o en el mercado, pero jamás a solas. En grupo, nos había felicitado a Edmund y a mí por nuestro compromiso. Incluso entonces, yendo tras él mientras se movía por las distintas salas, parecía imposible que aquel hombre delgado que saludaba a todos aquellos con quienes nos cruzábamos fuera un espía de alto rango a las órdenes del Sacro Emperador Romano. Jacquard entró relajadamente en una gran sala llena de nuevos materiales para la casa solariega del rey. Las paredes de ladrillo se habían levantado y tanto los suelos como los techos estaban terminados. Durante el verano se instalarían las ventanas. Caminar por esas hileras de cristal enmarcado me deslumbró.
Cuando llegamos a un rincón donde estaban colgados los tapices, dijo:
—Ahora contadme lo que ha ocurrido. Intentad que no os traicione la emoción. Mirad en todo momento los tapices conmigo mientras habláis.
—Me ha parecido que debíais saber que Edmund cree que ha llegado alguien a Dartford para espiarnos. O al menos para espiarlo a él. Lo ha visto en la enfermería y también en la iglesia —dije en voz baja—. Además, en diciembre le pareció ver a un desconocido observándolo.
Jacquard sacudió una mota de polvo de uno de los tapices.
—¿Es un hombre alto, delgado y con los ojos muy juntos? —preguntó.
—Sí —respondí—. ¿Lo conocéis?
—Bajad la voz. No mostréis ninguna emoción —dijo—. Sí, es el tercer espía enviado por el obispo Gardiner. Vuestro Edmund vio al primero, pero al parecer no se ha fijado en el segundo. Yo sí. Gardiner usa a un hombre distinto cada vez.
«Gardiner».
—¿Cómo lo sabéis? —pregunté, conteniendo un jadeo.
—Debo pediros una vez más que borréis toda emoción de vuestra voz y de vuestro rostro —dijo Jacquard, con cierto deje de irritación en la voz—. Sé quién entra y quién sale de esta villa.
Tragué saliva y pregunté, intentando mantener la calma:
—¿Qué vais a hacer?
—Nada.
Miré de reojo a Jacquard. Él sonrió mientras seguía estudiando el tapiz.
—Habéis levantado sospechas y Gardiner os quiere tener vigilada. Han enviado al espía para que os observe y lo que él ve es una mujer que hila en su tapiz, preparándose para casarse y bailando con su prometido. El espía no sabe nada, no informa de nada. Joanna Stafford, sé que deseáis que le corte el cuello a ese espía del obispo y me encantaría trincharlo para vos y arrojarlo despedazado al río Darent, pero sería una maniobra demasiado imprudente.
Intenté no alzar la voz cuando dije:
—Jamás le desearía ningún daño a nadie.
—Quisisteis hacer daño a los soldados en la catedral de Canterbury, de eso no hay duda. Aunque, claro, todas las mujeres españolas son sanguinarias.
Me volví, dispuesta a marcharme, pero Jacquard me detuvo. Su mano se cerró con fuerza sobre la mía. De nuevo, me costó creer lo fuerte que era.
—Mirad este de aquí y el trabajo que se ha invertido en él —dijo Jacquard, alzando la voz. Acto seguido murmuró—: Ahora os soltaré y seguiremos con nuestra conversación. ¿Entendido?
—Sí —dije por fin. No tenía otra elección que someterme a sus deseos.
Un instante después, dijo:
—Sé que teméis a Gardiner. Y no os equivocáis al hacerlo. Winchester es el más formidable de los hombres del rey, tan traicionero e implacable como Cromwell.
Me estremecí.
—Algo está a punto de ocurrir —musitó—. No estoy seguro de lo que es. Por primera vez en dos años se celebrará una sesión en el Parlamento. Dará comienzo el 28 de abril. Se tratarán en ella asuntos religiosos así como los preparativos para la guerra. No cesan los rumores. Un día oigo decir que han avistado barcos franceses en el canal y al día siguiente que Escocia prepara sus fuerzas para aprovecharse de la invasión. El rey Enrique tiene a punto ciento veinte naves en la desembocadura del Támesis y otras treinta en Portsmouth. Cientos de hombres trabajan día y noche en las fortificaciones a lo largo de la costa sur. ¿Sabéis de dónde proceden los fondos para eso?
Una vez más, negué con la cabeza.
—De los miles de libras que han llenado las arcas reales tras la disolución de los monasterios. El rey defenderá su país contra la Guerra Santa del papa con el dinero que ha robado a las abadías y a los prioratos.
Se me cerró la garganta.
—Estáis enfadado porque no obedecí a Chapuys —dije.
—No, no estoy enfadado, y tampoco lo está el embajador —se apresuró a replicar Jacquard—, puesto que la última información que recibió decía que estaba anunciado que vos dudaríais. Cuando llegue el momento oportuno, accederéis. Y no solo eso. Vendréis a implorarnos que os llevemos a la ciudad de Gante.
—No —dije—. Nunca.
Jacquard se sacó un papel del jubón.
—¿Habéis visto últimamente al alguacil Scovill?
—Eso no es asunto vuestro —dije, apretando los dientes.
Jacquard suspiró.
—Aunque vuestros amoríos son una fuente de gran interés para todos nosotros, ese no es el motivo de mi pregunta. Geoffrey Scovill recibió una orden hace dos días. Debe de estar muy ocupado. La orden procede del inspector del rey en Kent. Y yo, por supuesto, tengo una copia de esa orden.
Le cogí el papel de la mano y leí: «Todos los ciudadanos deben estar preparados ante la posibilidad de que los enemigos de Su Majestad ataquen el reino. Todos los alguaciles deben certificar los nombres de los hombres de su ciudad, cuyas edades estén comprendidas entre los dieciséis y los sesenta años, y registrar esos nombres, junto con las monturas y armas que cada uno de ellos posea. Para el reclutamiento, debe reunirse a los hombres y seleccionar a las personas más válidas, junto con un reducido número que deberá quedarse a defender la ciudad si es necesario».
—El rey Enrique desempeña su papel en el gran juego —dijo Jacquard.
—¿Juego? —pregunté.
—Las guerras que libran los reyes por la tierra y por la gloria — respondió.
Temblé al volver a depositar el papel en sus manos.
—Entre las edades de dieciséis y sesenta años —repetí. Los visualicé a todos: los muchachos que se reían en la calle, los aprendices, los jóvenes y orgullosos padres, los granjeros y los pescadores y también los abuelos. Edmund. Y Geoffrey.
—Se derramará mucha sangre, aquí y en todo el reino, si se produce la invasión —dijo Jacquard, dándome una palmadita en el codo—. Llevamos en este lugar demasiado tiempo. Os acompañaré fuera. Hay una cosa más que deberíais saber.
—¿Sí? —dije, exhausta.
—El emperador ha convocado a Chapuys justo después de que Francisco lo hiciera con el embajador francés. Ese es siempre el preludio de una declaración formal de guerra. El rey Enrique quiere mantener a Chapuys en la corte inglesa y ha interpuesto una queja. Pero a finales de junio quizá nuestro embajador se haya marchado de esta isla.
Jacquard volvió a sonreír al tiempo que se volvía para acompañarme y alejarnos de los tapices.
—Si eso llegara a ocurrir, no os alarméis, porque yo seguiré aquí. Y mis instrucciones son claras. Proceden directamente del emperador: debo obrar como mejor crea conveniente en lo que concierne a Joanna Stafford.
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