El cáliz

Nancy Bilyeau · Capítulo 3 de 54

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El cáliz

Capítulo 2

Dartford, 2 de octubre de 1538

Estaba acostada y despierta en la cama un funesto martes por la noche, diez años después de la visita a la vidente y dos meses antes de la desesperada misión a Canterbury. Lloraba el pasado y me preocupaba el futuro, aunque sin tener la menor noción de lo que estaba por venir. Los acontecimientos del día siguiente me devolverían al sendero de la adivinación que la hermana Elizabeth Barton ya me había anunciado tiempo atrás. Pero allí acostada y con la mirada clavada en el techo, tan solo había una cosa predecible: la espesura del fango del día siguiente.

La lluvia había empezado a caer con fuerza a medianoche, cuando hacía ya unas horas que me había acostado. Era una buena cama, con un colchón en una tabla apoyada sobre cuatro cortas patas de madera. En cualquier caso, era más cómoda que el viejo camastro que había ocupado en el priorato de Dartford, un jergón relleno de paja sobre el suelo de piedra del dormitorio de novicias. En el priorato dormíamos a ratos: después de vísperas descansábamos unas horas y a medianoche nos despertaban las campanas para llamarnos a maitines. Tras esa práctica, volvíamos a dormir a nuestros dormitorios hasta que el repicar de campanas convocaba a laudes.

Aunque ya no había nada que me molestase entre el crepúsculo y el amanecer, el sueño me eludía como llevaba haciéndolo varias noches. Me detuve a escuchar la lluvia y los leves ronquidos de Arthur, que dormía en el lado opuesto de la pequeña estancia.

—Contigo Arthur estará a salvo —me había dicho mi padre el invierno anterior. Había ido al priorato para pedirme que cuidara del pequeño, que en aquel entonces tenía cuatro años y que era el hijo único de mi prima Margaret. Margaret había muerto y mi padre no había tardado en seguir sus pasos, pues su salud no había podido superar el encarcelamiento en la Torre y los demás horrores que había sufrido durante el año anterior.

A ojos de toda Inglaterra, Margaret Bulmer, la hija bastarda de mi tío, el duque de Buckingham, era una infame traidora que había muerto en la hoguera de Smithfield por haber participado en la Peregrinación de Gracia. Pero para mí era mi íntima compañera de infancia. Jamás me arrepentiría de haber ido a Smithfield, quebrantando con ello la regla de clausura de mi orden dominica, para apoyar a Margaret. Por supuesto que protegería y cuidaría de su hijo. Y jamás revelaría a nadie la verdad de su origen: que el pequeño no era hijo del marido de Margaret.

Tanto en el castillo de Stafford como en el priorato de Dartford me había resultado tranquilizador el repiqueteo de la lluvia contra las ventanas. ¿Y por qué no? Los elementos jamás habían sido para mí un impedimento. Antes de la aparición de Arthur, pasaba la mayor parte del día sin salir al exterior.

Pero esa noche estaba a merced de los elementos. Lo único que mantenía ocupado a Arthur era jugar sin descanso: corría, trepaba, cavaba y jugaba a la pelota. A medida que la lluvia arreciaba, el temor ensombrecía lo que traería consigo el día siguiente. ¿Cómo iba a bregar con Arthur si una tormenta nos impedía salir? Tendría que echar mano de toda mi fuerza para lidiar con él, y así los minutos de insomnio fueron alargándose hasta convertirse en horas. Las cavilaciones giraban una y otra vez en mi cabeza.

—No debemos rendirnos a la autocompasión —decía a menudo el hermano Edmund. Y tenía razón. Pero no era exactamente autocompasión lo que me atenazaba, sino mi incapacidad para entender por qué Dios había permitido que ocurriera todo lo que había tenido lugar: la disolución de los monasterios, el final de nuestra forma de vida. Me habían repetido hasta la saciedad que debía someterme a la voluntad de Cristo, Nuestro Señor. Para mi vergüenza, me resultaba imposible.

Por fin, afortunadamente, un terrible agotamiento silenció todas mis preguntas y pude conciliar el sueño.

Justo antes del amanecer, Arthur me despertó sacudiéndome el hombro con fuerza.

—Joanna…, hambre.

A pesar de lo exhausta que estaba, el sonido de la balbuceante voz de Arthur, que no hablaba tan bien como la mayoría de los niños de cinco años, y la visión de su rostro redondo y hermoso, me alentó. Me levanté de la cama, le puse su trajecito y lo llevé abajo con su pequeña mano caliente agarrando la mía.

Prendí el fuego en la cocina y corté unas rebanadas de pan. Descubrí entonces que la mayor parte del queso se había puesto rancio y aun así me las ingenié para encontrar un trozo decente para Arthur. Kitty, la sirvienta, a menudo olvidaba guardar convenientemente la comida en nuestra pequeña despensa. Yo era su primera señora. Kitty vivía cerca con sus padres e iba a casa casi todas las tardes a barrer, lavarnos la ropa y hacer la colada, batir la mantequilla y cocinar. No hacía nada bien, pero era una muchacha dulce y necesitaba el dinero y yo quería ayudarla. Arthur engullía ya su segunda rebanada de pan cuando llamaron a la puerta de la calle.

—¡Hermana Bea! —cacareó Arthur.

La hermana Beatrice entró sigilosamente en mi casa, sacudiéndose la lluvia de la capa. Tenía prendidas en las largas pestañas rubias pequeñas gotas de agua. La hermana había sido novicia antes que yo y hacía un año que había dejado el priorato, pero había regresado en calidad de seglar durante unos meses antes de su cierre. Desde entonces, como yo, también ella vivía en el limbo, convertida en una mujer obligada a renunciar a la vida religiosa pero que carecía de la mente y el espíritu necesarios para abrazar el mundo secular.

Cuando Arthur levantó los brazos para abrazarla por la cintura, la hermana Beatrice esbozó su sonrisa habitual, esa curva de los labios tan típica en ella que no dejaba a la vista los dientes. Era una mujer de pocas palabras. Yo jamás había visto la menor sombra de rubor en su blanca piel, ni un atisbo de rabia destellar en sus almendrados ojos verdes.

Cuando le di un trozo de pan ella me miró largamente. Supuse que la noche que había pasado prácticamente en vela me había dejado la cara en un estado lamentable. Pero la hermana no hizo preguntas. Ninguna de las dos nos inmiscuíamos en los secretos de la otra.

—Me vestiré enseguida —dije, pues llevaba todavía puesto el camisón.

—Cuando volváis de misa, ¿os parece que vayamos a la Oficina de Aduanas? —preguntó. La hermana Beatrice cuidaba de Arthur mientras yo iba a misa, pues el pequeño era incapaz de guardar silencio durante el servicio.

Un instante más tarde, mi modorra se desvaneció como por encanto.

—Ah, sí. Lo había olvidado. Es el primer miércoles de mes. ¡Hurra! — Bailé con Arthur por la cocina. Él se reía tanto que las migas de su pan medio mordido volaron por los aires.

Había llegado el día de ir a buscar mi telar para la elaboración de tapices.

En el priorato había tejido tapices, unas exquisitas piezas de seda. Los vendíamos para que adornaran las paredes de los castillos. Cada tapiz contaba una historia basada en mitos antiguos o en parábolas de las Escrituras. Se esperaba de nosotras, las novicias, que tejiéramos al menos tres horas diarias, cuando la luz era más intensa. Mi madre me había enseñado personalmente a manejar la aguja y aunque la elaboración de tapices era muy diferente —nos sentábamos ante un gran telar de madera, a veces pulsando los pedales con los pies—, enseguida había aprendido.

Hacía cuatro meses que se me había ocurrido seguir con la tradición de la elaboración de tapices de Dartford y hacer de ello una empresa privada. El desafío era conseguir un telar, puesto que naturalmente el del priorato había desaparecido con nuestra disolución, como había ocurrido con el resto de nuestras posesiones. Esa clase de telares ni siquiera se construía en Inglaterra. Había encargado uno a Bruselas, que era el centro de la producción de tapices de toda la cristiandad y había mandado que lo enviaran a Dartford desde los Países Bajos. No había sido tarea fácil a causa de todas las dificultades comerciales, pero lo había conseguido. El primer miércoles de mes era el día en que los nuevos productos importados se distribuían a sus respectivos clientes en la Oficina de Aduanas.

Subí corriendo a vestirme, me puse rápidamente la túnica y me recogí el espeso pelo negro antes de cubrirme la cabeza con mi toca blanca más limpia.

Le di un beso a Arthur en la mejilla y salí corriendo a la calle al tiempo que gritaba, sin tan siquiera volverme de espaldas:

—Cuando vuelva, os quiero a ambos preparados. ¡Traeré refuerzos!

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